OPINIÓN · 11 DICIEMBRE, 2016 00:05

Empatía y Fosas Comunes

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Manuel Alejandro Llorens

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Las fosas comunes se han vuelto demasiado comunes en nuestro país. Las masacres han llegado a ser eventos semanales. Doce cadáveres fueron encontrados en una fosa común en Barlovento, aparentemente asesinados por integrantes de nuestras Fuerzas Armadas; fosas comunes fueron halladas en la Penitenciaría General de Guárico en octubre, donde, presuntamente el pran escondía a sus víctimas; en esos días once jóvenes fueron asesinados en el 23 de enero por la operación que supuestamente nos liberará; esa misma semana una masacre que resultó en doce muertos se reportó en Tumeremo, producto de un enfrentamiento de dos pandillas luchando por el control de la minería ilegal, reminiscente de la masacre de veintiocho mineros que ocurrió en marzo de este mismo año y que, en principio, fue negada por líderes gubernamentales; esa misma semana de octubre, tres hombres fueron asesinados en una cárcel de Táchira y canibalizados por sus compañeros de celda.

Estos eventos desafían nuestra capacidad de comprensión. ¿Cómo se llaman las masacres en serie? ¿Cómo denominamos el asesinato a gran escala que no ocurre en el contexto de la guerra sino en muchas pequeñas riñas de distintas facciones de poder?

No hemos podido contar con precisión a nuestros muertos. Tampoco sabemos cómo darles un nombre. Mucho menos condolernos por ellos. Hemos perdido nuestra sensibilidad ante la violencia, hemos llegado al nivel en que perdimos la capacidad para conmovernos e indignarnos ante pilas de cadáveres escondidos en un hueco para sustraerlos de la mirada pública.

En el diario de Franz Kafka, la entrada del 2 de agosto de 1914, lee: “Alemania le declaró la guerra a Rusia. En la tarde, clases de natación.” Alemania le declaró la guerra a Rusia, sigamos, la vida continúa. Las noticias de la muerte se entrecruzan con los actos triviales del vivir. Supongo, que en cierto sentido, de eso es que se trata la vida y la muerte. En ocasiones, no podemos hacer nada con respecto a la crueldad y la muerte, tenemos que seguir viviendo. “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”, reza un viejo dicho. Pero en Venezuela no tenemos siquiera acceso al bollo, a menos que hagamos colas de por lo menos media hora, por la escasez de pan. ¿Qué debemos hacer frente a esta nueva normalidad que hace de las masacres y las fosas comunes una cotidianidad?

De manera significativa en una investigación transcultural sobre empatía, publicada en octubre en el Journal of TransCultural Psychology[2], los investigadores analizaron una muestra de más de 100,000 personas de 63 países distintos. Cuando se preguntó a las pesonas qué tanto se identificaban con frases como: “a menudo siento ternura por las personas menos afortunadas que yo”, o “a menudo intento comprender a mis amigos tomando su perspectiva de las cosas”, los venezolanos puntuamos como el penúltimo país en niveles de empatía. Se ha demostrado que en muestras grandes, puntajes de empatía están correlacionados con colectivismo, conducta tierna y amable, ser confiable y responsable, así como satisfacción con la vida y felicidad.

Los venezolanos tendemos a pensar que somos afables y gregarios. Pero probablemente lo somos solo de manera superficial. No somos tan propensos a tomar la perspectiva del otro. Quizás estamos demasiado atareados lidiando con nuestra propia sobrevivencia. Padecemos el “narcisismo de la víctima”, que es la limitación que tienen las pesonas que han sido victimizadas para registrar el sufrimiento de los demás. La compasión escasea tanto como el azúcar y el arroz.

Cuando el psicólogo social, Ignacio Martín-Baró, estudió los efectos de la guerra civil salvadoreña en la población, llegó a la conclusión de que la violencia crónica conduce a lo que él denominó el “trauma psico-social” que se refiere a la cristalización traumática de relaciones deshumanizadas entre las personas y los grupos. Creo, desafortunadamente que eso describe buena parte de lo que estamos atravesando.

Hay muchos duelos que elaborar en Venezuela, no solo en nuestro vecindario, no solo en nuestro círculo social inmediato. Necesitamos encontrar alguna manera de hacerlo.

 

[1] Versión traducida del artículo publicado originalmente en Caracas Chronicles: https://www.caracaschronicles.com/2016/11/28/mass-graves-normal-normality-abnormal/

[2] http://jcc.sagepub.com/content/early/2016/10/11/0022022116673910.abstract

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Las fosas comunes se han vuelto demasiado comunes en nuestro país. Las masacres han llegado a ser eventos semanales. Doce cadáveres fueron encontrados en una fosa común en Barlovento, aparentemente asesinados por integrantes de nuestras Fuerzas Armadas; fosas comunes fueron halladas en la Penitenciaría General de Guárico en octubre, donde, presuntamente el pran escondía a sus víctimas; en esos días once jóvenes fueron asesinados en el 23 de enero por la operación que supuestamente nos liberará; esa misma semana una masacre que resultó en doce muertos se reportó en Tumeremo, producto de un enfrentamiento de dos pandillas luchando por el control de la minería ilegal, reminiscente de la masacre de veintiocho mineros que ocurrió en marzo de este mismo año y que, en principio, fue negada por líderes gubernamentales; esa misma semana de octubre, tres hombres fueron asesinados en una cárcel de Táchira y canibalizados por sus compañeros de celda.

Estos eventos desafían nuestra capacidad de comprensión. ¿Cómo se llaman las masacres en serie? ¿Cómo denominamos el asesinato a gran escala que no ocurre en el contexto de la guerra sino en muchas pequeñas riñas de distintas facciones de poder?

No hemos podido contar con precisión a nuestros muertos. Tampoco sabemos cómo darles un nombre. Mucho menos condolernos por ellos. Hemos perdido nuestra sensibilidad ante la violencia, hemos llegado al nivel en que perdimos la capacidad para conmovernos e indignarnos ante pilas de cadáveres escondidos en un hueco para sustraerlos de la mirada pública.

En el diario de Franz Kafka, la entrada del 2 de agosto de 1914, lee: “Alemania le declaró la guerra a Rusia. En la tarde, clases de natación.” Alemania le declaró la guerra a Rusia, sigamos, la vida continúa. Las noticias de la muerte se entrecruzan con los actos triviales del vivir. Supongo, que en cierto sentido, de eso es que se trata la vida y la muerte. En ocasiones, no podemos hacer nada con respecto a la crueldad y la muerte, tenemos que seguir viviendo. “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”, reza un viejo dicho. Pero en Venezuela no tenemos siquiera acceso al bollo, a menos que hagamos colas de por lo menos media hora, por la escasez de pan. ¿Qué debemos hacer frente a esta nueva normalidad que hace de las masacres y las fosas comunes una cotidianidad?

De manera significativa en una investigación transcultural sobre empatía, publicada en octubre en el Journal of TransCultural Psychology[2], los investigadores analizaron una muestra de más de 100,000 personas de 63 países distintos. Cuando se preguntó a las pesonas qué tanto se identificaban con frases como: “a menudo siento ternura por las personas menos afortunadas que yo”, o “a menudo intento comprender a mis amigos tomando su perspectiva de las cosas”, los venezolanos puntuamos como el penúltimo país en niveles de empatía. Se ha demostrado que en muestras grandes, puntajes de empatía están correlacionados con colectivismo, conducta tierna y amable, ser confiable y responsable, así como satisfacción con la vida y felicidad.

Los venezolanos tendemos a pensar que somos afables y gregarios. Pero probablemente lo somos solo de manera superficial. No somos tan propensos a tomar la perspectiva del otro. Quizás estamos demasiado atareados lidiando con nuestra propia sobrevivencia. Padecemos el “narcisismo de la víctima”, que es la limitación que tienen las pesonas que han sido victimizadas para registrar el sufrimiento de los demás. La compasión escasea tanto como el azúcar y el arroz.

Cuando el psicólogo social, Ignacio Martín-Baró, estudió los efectos de la guerra civil salvadoreña en la población, llegó a la conclusión de que la violencia crónica conduce a lo que él denominó el “trauma psico-social” que se refiere a la cristalización traumática de relaciones deshumanizadas entre las personas y los grupos. Creo, desafortunadamente que eso describe buena parte de lo que estamos atravesando.

Hay muchos duelos que elaborar en Venezuela, no solo en nuestro vecindario, no solo en nuestro círculo social inmediato. Necesitamos encontrar alguna manera de hacerlo.

 

[1] Versión traducida del artículo publicado originalmente en Caracas Chronicles: https://www.caracaschronicles.com/2016/11/28/mass-graves-normal-normality-abnormal/

[2] http://jcc.sagepub.com/content/early/2016/10/11/0022022116673910.abstract

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