OPINIÓN · 10 DICIEMBRE, 2021 05:45

El antes y después de la banca

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Oscar Doval

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QUÉ CHÉVERE
QUÉ INDIGNANTE
QUÉ CHIMBO

Con el objeto de contener la grave crisis hiperinflacionaria -iniciada en 2017 y de la que todavía no hemos salido- el gobierno impuso a la banca unos porcentajes extraordinarios de encaje. Dicho de manera más sencilla, se trata de mantener la mayoría de sus captaciones o depósitos en el Banco Central de Venezuela.

Este porcentaje, que históricamente había sido de entre un 12% y 15% del total de los depósitos, aumentó este año a un 85%.

Para los lectores no familiarizados con terminología bancaria, esto quiere decir que la banca nacional sólo puede contar con el 15% de los haberes líquidos obtenidos del dinero de los depositantes en bolívares, para hacer prestamos de cualquier tipo, lo que sin duda limita de forma sustancial la actividad crediticia.

Esta afirmación, que es obvia y notoria para todo el mundo, hace que, desde las tarjetas de crédito, hasta las empresas que requieren financiamiento para mantener sus operaciones, cuenten con escasas fuentes y montos muy pequeños respecto a sus necesidades de financiamiento.

Si sumamos a lo anterior, que las tasas de los escasos créditos liquidados son indexadas al precio del dólar lo que deriva en muy altos intereses, se genera una letal mezcla financiera que hace que productores y comerciantes vean mermada su capacidad operativa no pudiendo satisfacer las necesidades del mercado.

¿Las medidas de encaje tienen sentido?

¡Por su puesto que tienen sentido!

Ante todo, la primera fuente de ingresos del país se vio gravemente mermada por la baja producción petrolera, dada por la devastación de la industria, sumado a la caída de los precios del crudo entre 2015 y 2020. Por lo tanto, el gobierno se vio obligado a generar ingentes cantidades de bolívares inorgánicos, para cubrir la gigantesca deuda pública, generando así una descomunal y corrosiva inflación como la que hemos vivido. Esto, a su vez conllevó al país a un incremento exponencial de la pobreza, al punto de que la mayoría poblacional no tenía acceso ni tan siquiera a alimentos, lo que claramente evidenciamos en la “casi hambruna” experimentada entre 2017 y 2019.

La gigante emisión de bolívares inorgánicos era distribuida a través de la banca en forma de prestamos a tasas de interés reales negativas, muy por debajo de la inflación, en lo que se erigió como una gran piñata crediticia.

Además, se sumaba a lo anterior el sistema cambiario preferencial, lo que hizo que el empresariado y sector público venezolano más consciente contara con dinero gratis para financiar sus operaciones comerciales, así como los más inescrupulosos, lamentablemente muy abundantes, se hicieran de los préstamos gratuitos para comprar divisas en el mercado paralelo y colocar este dinero en el exterior, generando una fuga de capitales incalculable.

Lo anteriormente descrito, produjo una devaluación del bolívar sin precedentes entre diciembre de 2015 y hasta nuestros días, mayor de 50 millones por ciento.

Ante el dilema del gobierno, respecto si seguir alimentando el aparato productivo público y privado a costa de una inflación indigesta, o bajar sustancialmente la emisión de bolívares y apegarse a una mayor disciplina fiscal, aunque esto indujera una recesión económica, escogió el segundo camino. Además, laxó controles de precios y controles sobre el hacer empresarial en general. Se sumó, la derogación de la Ley de Ilícitos Cambiarios, lo que permitió que los costos y precios del hacer empresarial, los ingresos por exportaciones del Estado y las remesas inundaran nuestro país aislado financieramente por las sanciones, de dólares en cash.

Todo esto condujo a un proceso de dolarización informal de la economía, esperando con ello, que el aparato productivo privado pudiera activarse por sí mismo y la inflación amainara.

Ciertamente, la decisión del Ejecutivo ha controlado la inflación de forma importante, al punto de que algunos analistas económicos de peso, como Asdrúbal Oliveros, prevé que la hiperinflación podría darse por terminada durante el primer semestre de 2022. ¡Palabra santa, querido Asdrúbal!

La banca, la banca

 Al extinguirse el recurso del crédito por las medidas de encaje mencionadas, la banca nacional en su conjunto se ha reducido a su mínima expresión en términos de operativa y volumen comercial.

Según cifras a cierre de noviembre del Banco Central de Venezuela, la Banca venezolana en su totalidad, con los 29 bancos públicos y privados que la componen, cuenta en bolívares a la tasa actual de cambio con una cartera de crédito acumulada de 276,7 millones de dólares, en contraste con captaciones de los depositantes de 8,86 millardos de dólares.

Tiene un capital social pagado, o dinero propio de los accionistas, colocado en acciones del banco, de apenas 750 mil dólares. A lo anterior, los banqueros suman como parte del patrimonio, inversiones en acciones o papeles de Deuda República o PDVSA a un valor nominal muy alto, que, si lo llevamos a valor real del mercado internacional, sumaría una cifra pírrica.

Los bancos se han convertido fundamentalmente en empresas operativas que obtienen sus ingresos para apenas subsistir de las comisiones que cobran por operaciones de pago, ya sea a través de tarjetas de crédito o débito, transferencias, custodia de cuentas en dólares y otros pocos conceptos más. Esto, en detrimento de los ingresos financieros que tradicionalmente obtenían, por el margen que les quedaba tras pagar pocos intereses a los depositantes y cobrar altos intereses sobre los créditos que liquidaban.

La misma Sudeban reporta este mes, que el ROE o ganancias sobre el patrimonio de los dueños de la banca, se encuentra en 8,15%. Lo que quiere decir, que por cada bolívar que tengan los accionistas en su patrimonio bancario, reciben anualmente el referido porcentaje de ganancias. Si bien, podría parecer que estas ganancias son suficientes para un negocio de altos volúmenes como la banca comercial, debido a la enorme tasa de inflación, que esperamos al cierre de año en un 750%, los bancos están teniendo sustanciales pérdidas reales, ya que esta alta inflación se “come” toda ganancia.

Lo anterior, lo podemos evidenciar en la tendencia de los bancos a cerrar agencias, reducir empleados, no dar mantenimiento a sus instalaciones, no actualizar los sistemas tecnológicos y muchos otros aspectos derivados de reducir todo gasto posible, tratando de mitigar sus pérdidas. La mayoría de los bancos se mantiene en un estado de hibernación, esperando tiempos mejores.

En su conjunto, todo el sistema bancario venezolano, podría compararse con el Banco Guayaquil de Ecuador, apenas un solo banco de ese país, mucho más pequeño que Venezuela, con tan solo 17,5 millones de habitantes.

Retos de la Banca para 2022

Como una salida a la crisis sistémica que viven, muchos bancos han tratado de dar créditos en dólares, dados los grandes depósitos de esa divisa en cash, que reposa en sus cuentas custodia, las cuales estimamos pueden superar los 2 millardos. Mas el gobierno, ha prohibido expresamente este tipo de operaciones para evitar una dolarización total de la economía nacional, lo que daría al traste con la soberanía monetaria venezolana, al desparecer completamente el bolívar de nuestro panorama financiero.

En el sector económico vivo venezolano, estimamos que existe una demanda de capital de trabajo de 10 millardos de dólares para suplir las necesidades básicas de producción y la demanda de mercado. La misma, está siendo muy precariamente cubierta por los propios empresarios a través del aporte de su patrimonio, o ahorcando a los proveedores al pedirles “fiado” lo que les venden y cobrando de contado a los clientes que adquieren sus productos.

Lo mencionado, básicamente relentece la cadena productiva, e incluso ahorca y puede llegar a quebrar a algunos proveedores de productos y servicios, sobre todo a los más pequeños, que no tienen músculo financiero para tolerar largas esperas y hacerse del retorno que requieren de sus ventas, para poder seguir trabajando.

La única solución que vemos para que el sistema bancario salga del estado vegetativo, y en algunos casos particulares puedan curar heridas mortales, es que el gobierno autorice los créditos en divisas, pero para ello los banqueros tendrían que traerse los reales que tienen afuera, con el objeto de fortalecer de forma real su patrimonio y garantizar los dólares que los confiados depositantes entregan a sus bóvedas.

Nos preguntamos ¿los banqueros estarían dispuestos a capitalizar sus negocios con las riquezas personales que reposan seguras fuera de la Patria y que hicieron durante las épocas de vacas gordas de la IV y V República?, de modo que puedan llegar a acuerdos con el gobierno y éste les permita dar créditos en divisas. ¡Está por verse!

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

Del mismo autor: Black Friday: negro proceder

 

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Este porcentaje, que históricamente había sido de entre un 12% y 15% del total de los depósitos, aumentó este año a un 85%.

Para los lectores no familiarizados con terminología bancaria, esto quiere decir que la banca nacional sólo puede contar con el 15% de los haberes líquidos obtenidos del dinero de los depositantes en bolívares, para hacer prestamos de cualquier tipo, lo que sin duda limita de forma sustancial la actividad crediticia.

Esta afirmación, que es obvia y notoria para todo el mundo, hace que, desde las tarjetas de crédito, hasta las empresas que requieren financiamiento para mantener sus operaciones, cuenten con escasas fuentes y montos muy pequeños respecto a sus necesidades de financiamiento.

Si sumamos a lo anterior, que las tasas de los escasos créditos liquidados son indexadas al precio del dólar lo que deriva en muy altos intereses, se genera una letal mezcla financiera que hace que productores y comerciantes vean mermada su capacidad operativa no pudiendo satisfacer las necesidades del mercado.

¿Las medidas de encaje tienen sentido?

¡Por su puesto que tienen sentido!

Ante todo, la primera fuente de ingresos del país se vio gravemente mermada por la baja producción petrolera, dada por la devastación de la industria, sumado a la caída de los precios del crudo entre 2015 y 2020. Por lo tanto, el gobierno se vio obligado a generar ingentes cantidades de bolívares inorgánicos, para cubrir la gigantesca deuda pública, generando así una descomunal y corrosiva inflación como la que hemos vivido. Esto, a su vez conllevó al país a un incremento exponencial de la pobreza, al punto de que la mayoría poblacional no tenía acceso ni tan siquiera a alimentos, lo que claramente evidenciamos en la “casi hambruna” experimentada entre 2017 y 2019.

La gigante emisión de bolívares inorgánicos era distribuida a través de la banca en forma de prestamos a tasas de interés reales negativas, muy por debajo de la inflación, en lo que se erigió como una gran piñata crediticia.

Además, se sumaba a lo anterior el sistema cambiario preferencial, lo que hizo que el empresariado y sector público venezolano más consciente contara con dinero gratis para financiar sus operaciones comerciales, así como los más inescrupulosos, lamentablemente muy abundantes, se hicieran de los préstamos gratuitos para comprar divisas en el mercado paralelo y colocar este dinero en el exterior, generando una fuga de capitales incalculable.

Lo anteriormente descrito, produjo una devaluación del bolívar sin precedentes entre diciembre de 2015 y hasta nuestros días, mayor de 50 millones por ciento.

Ante el dilema del gobierno, respecto si seguir alimentando el aparato productivo público y privado a costa de una inflación indigesta, o bajar sustancialmente la emisión de bolívares y apegarse a una mayor disciplina fiscal, aunque esto indujera una recesión económica, escogió el segundo camino. Además, laxó controles de precios y controles sobre el hacer empresarial en general. Se sumó, la derogación de la Ley de Ilícitos Cambiarios, lo que permitió que los costos y precios del hacer empresarial, los ingresos por exportaciones del Estado y las remesas inundaran nuestro país aislado financieramente por las sanciones, de dólares en cash.

Todo esto condujo a un proceso de dolarización informal de la economía, esperando con ello, que el aparato productivo privado pudiera activarse por sí mismo y la inflación amainara.

Ciertamente, la decisión del Ejecutivo ha controlado la inflación de forma importante, al punto de que algunos analistas económicos de peso, como Asdrúbal Oliveros, prevé que la hiperinflación podría darse por terminada durante el primer semestre de 2022. ¡Palabra santa, querido Asdrúbal!

La banca, la banca

 Al extinguirse el recurso del crédito por las medidas de encaje mencionadas, la banca nacional en su conjunto se ha reducido a su mínima expresión en términos de operativa y volumen comercial.

Según cifras a cierre de noviembre del Banco Central de Venezuela, la Banca venezolana en su totalidad, con los 29 bancos públicos y privados que la componen, cuenta en bolívares a la tasa actual de cambio con una cartera de crédito acumulada de 276,7 millones de dólares, en contraste con captaciones de los depositantes de 8,86 millardos de dólares.

Tiene un capital social pagado, o dinero propio de los accionistas, colocado en acciones del banco, de apenas 750 mil dólares. A lo anterior, los banqueros suman como parte del patrimonio, inversiones en acciones o papeles de Deuda República o PDVSA a un valor nominal muy alto, que, si lo llevamos a valor real del mercado internacional, sumaría una cifra pírrica.

Los bancos se han convertido fundamentalmente en empresas operativas que obtienen sus ingresos para apenas subsistir de las comisiones que cobran por operaciones de pago, ya sea a través de tarjetas de crédito o débito, transferencias, custodia de cuentas en dólares y otros pocos conceptos más. Esto, en detrimento de los ingresos financieros que tradicionalmente obtenían, por el margen que les quedaba tras pagar pocos intereses a los depositantes y cobrar altos intereses sobre los créditos que liquidaban.

La misma Sudeban reporta este mes, que el ROE o ganancias sobre el patrimonio de los dueños de la banca, se encuentra en 8,15%. Lo que quiere decir, que por cada bolívar que tengan los accionistas en su patrimonio bancario, reciben anualmente el referido porcentaje de ganancias. Si bien, podría parecer que estas ganancias son suficientes para un negocio de altos volúmenes como la banca comercial, debido a la enorme tasa de inflación, que esperamos al cierre de año en un 750%, los bancos están teniendo sustanciales pérdidas reales, ya que esta alta inflación se “come” toda ganancia.

Lo anterior, lo podemos evidenciar en la tendencia de los bancos a cerrar agencias, reducir empleados, no dar mantenimiento a sus instalaciones, no actualizar los sistemas tecnológicos y muchos otros aspectos derivados de reducir todo gasto posible, tratando de mitigar sus pérdidas. La mayoría de los bancos se mantiene en un estado de hibernación, esperando tiempos mejores.

En su conjunto, todo el sistema bancario venezolano, podría compararse con el Banco Guayaquil de Ecuador, apenas un solo banco de ese país, mucho más pequeño que Venezuela, con tan solo 17,5 millones de habitantes.

Retos de la Banca para 2022

Como una salida a la crisis sistémica que viven, muchos bancos han tratado de dar créditos en dólares, dados los grandes depósitos de esa divisa en cash, que reposa en sus cuentas custodia, las cuales estimamos pueden superar los 2 millardos. Mas el gobierno, ha prohibido expresamente este tipo de operaciones para evitar una dolarización total de la economía nacional, lo que daría al traste con la soberanía monetaria venezolana, al desparecer completamente el bolívar de nuestro panorama financiero.

En el sector económico vivo venezolano, estimamos que existe una demanda de capital de trabajo de 10 millardos de dólares para suplir las necesidades básicas de producción y la demanda de mercado. La misma, está siendo muy precariamente cubierta por los propios empresarios a través del aporte de su patrimonio, o ahorcando a los proveedores al pedirles “fiado” lo que les venden y cobrando de contado a los clientes que adquieren sus productos.

Lo mencionado, básicamente relentece la cadena productiva, e incluso ahorca y puede llegar a quebrar a algunos proveedores de productos y servicios, sobre todo a los más pequeños, que no tienen músculo financiero para tolerar largas esperas y hacerse del retorno que requieren de sus ventas, para poder seguir trabajando.

La única solución que vemos para que el sistema bancario salga del estado vegetativo, y en algunos casos particulares puedan curar heridas mortales, es que el gobierno autorice los créditos en divisas, pero para ello los banqueros tendrían que traerse los reales que tienen afuera, con el objeto de fortalecer de forma real su patrimonio y garantizar los dólares que los confiados depositantes entregan a sus bóvedas.

Nos preguntamos ¿los banqueros estarían dispuestos a capitalizar sus negocios con las riquezas personales que reposan seguras fuera de la Patria y que hicieron durante las épocas de vacas gordas de la IV y V República?, de modo que puedan llegar a acuerdos con el gobierno y éste les permita dar créditos en divisas. ¡Está por verse!

***

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