OPINIÓN · 3 DICIEMBRE, 2021 05:45

Black Friday: negro proceder

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Oscar Doval

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Las ofertas en el marco del Black Friday a veces pueden resultar un poco estafadoras. Largas colas se registraron en Caracas, como parte del evento que concentra grandes rebajas. Como les he comentado en otras oportunidades, no comprendo como parte de la venezolanidad acoge celebraciones gringas como Halloween o Thanksgiving. ¿Qué diablos tiene que ver eso con nuestro país? Tenemos fechas de sobra para celebrar que van desde Carnavales, Semana Santa hasta el Corpus Christi con diablos danzantes si queremos vestirnos de monstruos, incluso Navidad, Fin de Año, entre otros. Pero a los venezolanos nos encanta lo gringo, y de nuestras tradiciones, cada vez deleznamos más.

Lo que me faltaba escuchar era sobre Black Friday y Cyber Monday, con descuentos reales y filas de personas, para hacerse de productos a precios mucho más bajos que el resto del año.

Me di a la tarea de revisar realmente si las rebajas eran falsas o se trataban de reales descuentos. ¡Sorpresa!, se trataba de ofertas reales que oscilaban entre un 20% y 50% en la mayoría de los rubros en los que pude comparar precios usuales a lo largo del año.

Pues sí, no se trataba de un “engaño atrapa tontos”, los comerciantes habían renunciado a parte de su margen, con el objeto de aumentar el volumen de ventas.

Lo que hay detrás de la oferta

Recuerdo a principios de los 80’s, antes de la crisis cambiaria y económica que ya era inminente en nuestro país, mi madre, comerciante del ramo textil, y en épocas señaladas del año, hacía promociones sobre las telas de hasta un 50%. Entonces, le preguntaba que si podían dar descuentos de esa magnitud, cuánto era el margen que tenían sobre sus productos. Ella, socarrona, usaba el viejo chiste, de que ganaba el 1% a sus telas: —Hijo, sencillo, si me cuesta 1, las vendo en 2, ¡viste, el 1%!, y reía. Ya entonces, poco gracioso me parecía el comentario. No sólo por lo gastado del chiste, sino porque tenía una madre especuladora.

El importador, productor y comerciante de esa época, podía darse el lujo de cargar un 100% o más a sus productos, y ciertamente, existía un mercado inmenso y pujante, que podía consumir y hacer ricos a los empresarios de entonces -claro, no la gente pobre que bastante abundaba para la época.

A diferencia de otros países latinoamericanos, Venezuela se erigía como el país con tasas de retorno más altas de la región, y con una tasa de riesgo mínima, dada la seguridad jurídica y política que existía en el momento.

No en vano, nuestro país, no sólo era el paraíso para pequeños empresarios, sino que se llenó de multinacionales de gran calado, que hicieron pingues fortunas a expensas de vender grandes volúmenes a altos precios.

Insisto, eso no incluía a los pobres, que se veían excluidos de la fiesta comercial venezolana, mientras una robusta clase media, hoy extinguida, y las clases más pudientes iban a Miami, con mucha frecuencia hasta para hacer mercado. De allí, la célebre frase de “¡ta barato dame dos!”, que se hiciera tan popular en la época.

Las ganancias

Los empresarios venezolanos estamos acostumbrados a ganancias sobre nuestros productos que con creces superan a las de todos los países de occidente. Incluso, en situaciones de crisis económicas, vistas tanto en la IV como en la V República, preferimos sacrificar volúmenes en aras de mantener los precios que pretendemos cobrar al consumidor.

Los gobiernos más restrictivos de la IV República, recuerdo a CAP I, apenas ponían controles de precios en artículos muy básicos de la canasta alimentaria, como leche, pan, harina de maíz y otros pocos más, ante el grito y airadas protestas de las cámaras de empresarios, a quienes parecían insultantes tales medidas, e incluso se negaban a producir y comercializar esos rubros.

Con la llegada de Chávez, el panorama cambió radicalmente cuando nos llevó a un estricto control de precios, supervisado ahora por la Sundde, que no solo puso el precio de muchos productos por debajo de su costo de producción, sino que hizo pagar hasta con cárcel a los empresarios que tildaban de especuladores y acaparadores.

El leonino control de precios, juntamente con los indigestos controles centrales del hacer empresarial, las expropiaciones, la gran corrupción e inseguridad personal, y lo que fue considerado por muchos actores locales y foráneos como una violación a los derechos fundamentales del hacer empresarial, trajeron como fenómeno una contracción del aparato productivo y la salida en bandada de la mayoría de las corporaciones multinacionales que hacían vida en Venezuela. Especialmente, después de las sanciones de la OFAC, que colocaban a muchas empresas foráneas en el foco de los gringos, como sujetos de sanción.

De neomarxistas a neoliberales

Ante la grave crisis económica que contrajera el PIB en un 85%, entre los años 2015 y 2000, y en un viraje poco socialista, el gobierno decidió laxar sus medidas de control, al punto de hacerse “el loco”, respecto a los precios, y comenzó a estimular la libre ley de oferta y demanda, para adentrarnos en una economía de mercado.

Lamentablemente, este reciente paso al liberalismo económico se dio cuando el aparato productivo público y privado estaba ya desbastado con un mercado realmente tan contraído como la economía misma. Lo afirmado, encuentra correlato en el PIB per cápita de $1962, que hoy se encuentra entre los tres más bajos de América Latina. Esto se traduce en pobre intercambio comercial y una muy mermada capacidad de consumo.

¿Y los empresarios qué?

Por ley, los empresarios venezolanos tenemos un máximo margen de utilidad sobre la estructura de costos de un 30%, en cada uno de los eslabones de la cadena de valor comercial, ya sea explotación de materia prima o importación, transformación y comercialización de productos terminados.

Sabemos que esto no se está cumpliendo en muchos casos. ¿Por qué aseveramos de manera categórica lo mencionado, y especialmente en el aspecto de importación y comercialización?

Si nos remitimos a cifras de inflación, estimamos que, al cierre de este año, nos encontremos con cifras tan espeluznantes como 800%, lo que resulta incomprensible en una economía que hoy podemos estimar está dolarizada hasta en un 87%, de modo que las estructuras de costos y precios para el consumidor intermedio y final son calculadas en dólares.

Se suma a lo anterior, que el índice Big Mac, elaborado anualmente por la revista The Economist y relacionado con el precio de esta hamburguesa icónica internacional, se estimó este año para Venezuela en $8,35, en contraste con el precio en Estados Unidos de $5,65, Brasil de $4,36, Colombia de $3,74, Argentina de $3,75, Chile $4,1, y paremos de contar.

Basado en este sencillo indicador, que durante más de 30 años ha servido como referente de los precios internacionales, Venezuela se sitúa como uno de los países más caros del mundo, incluso colocándose sobre Suiza, que tradicionalmente ha ocupado este lugar.

Podríamos asegurar que la mal llamada “inflación en dólares” en nuestro país, es al menos de un 48%. Esto quiere decir que, respecto a Estados Unidos, nuestros precios son 50% más elevados -y creo que nos quedamos muy cortos.

Pan para hoy…

Lo mencionado revela un aspecto especulativo en nuestra cadena de valor comercial, que sin duda afecta el volumen de ventas de productos y servicios, dado el poder de consumo muy mermado de la mayoría de nuestra población.

Fenómenos como el Black Friday y cualquier otra excusa para hacer ofertas, lo entendemos como un soberano desatino por parte de comerciantes y consumidores.

Los empresarios tenemos que renunciar a márgenes de ganancias para garantizar mayores volúmenes de venta durante todo el año y no sólo en fechas señaladas, mientras los consumidores debemos exigir a los empresarios, de manera frontal, o de forma más “ghandiana”, dejando de consumir productos sobrevaluados, hasta que bajen los precios.

No hay forma de reactivar el sector privado si pretendemos los márgenes de ganancia que detentábamos en los 80’s. Venezuela cambió y lo hizo para siempre. Debemos adaptarnos a esta nueva Venezuela, en términos de mercado y patrones de consumo. No hacen falta, ni deseamos, regulaciones de precios del Gobierno. En nosotros, los ciudadanos, reposa la responsabilidad de hacer entender a los empresarios que se tienen que ajustar a precios y tarifas más justas, o simplemente se quedan con sus productos “fríos” en los anaqueles

A los empresarios, a cuyo gremio pertenezco, les digo, lo que estamos haciendo con precios inflados es ¡pan para hoy y hambre para mañana!

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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