OPINIÓN · 13 ABRIL, 2021 04:10

Cuando el poder asfixia la razón

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Antonio José Monagas

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Refiere un antiguo refrán chino que “el poder es la prueba del hombre”. Y al parecer, es así. La historia es fehaciente testigo de todo cuanto ha encubierto el ejercicio del poder. Bajo su praxis el hombre ha construido, pero igualmente ha destruido.

Ya Pítaco de Mitilene, uno de los siete grandes sabios de Grecia, había señalado, “¿Queréis conocer a un hombre? Revestidle de un gran poder”. Sin embargo, ante tan manifiesto cuestionamiento al poder, vale preguntarse la razón que ha llevado a reconocidos estudiosos a objetarlo como violencia ejercida sobre la gente. Tanto como la fuerza que el hombre se arroga con intemperancia desde una posición de mando, para imponer su voluntad. Aun cuando Séneca, reconocido filósofo durante el Imperio Romano, dijera “nadie ha conservado jamás por largo tiempo un poder ejercido con violencia”.

Del poder se dice igualmente que es la oportunidad que se toma el individuo, para emitir su opinión, concentrar la atención de otros, o proponer su intención de algo. Se dice también que el poder funge como la disposición para moderar ante una situación.

En fin, las consideraciones o escritos que hablan del poder son innumerables. Muchos se han esforzado en indagar sobre la esencia del poder. O de las condiciones que incitan su aumento, regulación o reducción. No obstante, el poder siempre ha estado acompañando al hombre como recurso activo para aplicarlo a sus infinitas ambiciones, ideales o codicias.

Hay quienes juegan con el poder. Aunque no siempre su juego garantiza acceder a lo perseguido. Es el riesgo que corre quien se aventura a hacer del poder cómplice de sus trapisondas. Sobre todo, valiéndose del lucro, del sarcasmo, la amenaza, la envidia, el egoísmo, el abuso, el odio, el engaño, la exageración, la revancha o la maldad. Así quien maneja los hilos del poder, se hace de la ventaja para lograr el plan pensado y elaborado.

Y para el poder, no hay mejor ni más expedita ruta que la política. Desde la política, el poder puede manifestarse permanentemente. Por eso, el poder que induce el ejercicio de la política, tiende a convertirse en una conspiración frecuente. Incluso, infecciosa. Muchas veces, corrompida, tóxica y contagiosa.

Basta con observar, aunque brevemente, el proceder de la política en Venezuela. Indistintamente de la ejercida desde los cenáculos del régimen, o de la realizada desde los recintos donde operan instancias que se proclaman o definen de “oposición”.

Cualquier coyuntura se presta para alardear del poder que, para ante una particularidad, se tiene bajo un nivel de control en lo específico. Es una señal de la arrogancia que brinda la situación cuando, el mismo manejo del poder, permite al operador político valerse de actos, palabras, hechos o contextos cundidos de humillación, injuria, perjuicio o condenación. De esa forma, el cometido político busca degradar, desplazar o urdir contra quien ha pretender eliminar moral, política, económica y hasta físicamente.

El poder ha sido un enemigo bastante temido por las extremidades o “brazos largos”, por su capacidad para desenmascarar. Igual, el poder se vale de su fuerza o sus mañas para revertir virtudes y reducirlas a su mínima expresión.

¿Y en Venezuela?

En Venezuela el ejercicio de la política se transfiguró. Ahora cabe hablar del ejercicio del poder. Del poder perturbador. Del poder que no ha logrado justificarse, dada su sed de coerción. Para ello, se vale de la represión desnuda de cuanto traje de justiciera y demócrata ha podido utilizar a manera de disfraz.

El poder del régimen venezolano sólo ha servido para derruir lo que al “paso de vencedores”, consigue en su tránsito. Tanto así, que se valió del poder para potenciar las crisis que su oferta política ha prometido resolver. Reiteradamente.

El miedo a perder el poder fue lo que fraguó el poder ignominioso, indigno, injusto, miserable y usurero que ahora detenta. Peor aún, en detrimento de lo que representa la sociedad, el ser humano, los valores, y hasta los triunfos y fracasos que la propia historia revela con el sentimiento y orgullo que sus páginas entregan.

De intentarse resolver la ecuación sociopolítica que le ha impuesto velocidad de expansión al poder que el régimen ha desatado contra Venezuela, podría deducirse “por defecto” que su fuerza fue causada por miedo a verse defenestrado. Y sin duda, también fue la causa que corrompió a quienes han actuado en el papel de gobernantes usurpadores y felones.

Pero también el miedo al castigo que ese mismo poder impregnó al país, igual corrompió y degradó moralmente a quienes se arrimaron a su pérfida sombra. Por ilusos, aduladores, taimados, suspicaces o serviles. He ahí el problema, cuando el poder asfixia la razón. 

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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Ya Pítaco de Mitilene, uno de los siete grandes sabios de Grecia, había señalado, “¿Queréis conocer a un hombre? Revestidle de un gran poder”. Sin embargo, ante tan manifiesto cuestionamiento al poder, vale preguntarse la razón que ha llevado a reconocidos estudiosos a objetarlo como violencia ejercida sobre la gente. Tanto como la fuerza que el hombre se arroga con intemperancia desde una posición de mando, para imponer su voluntad. Aun cuando Séneca, reconocido filósofo durante el Imperio Romano, dijera “nadie ha conservado jamás por largo tiempo un poder ejercido con violencia”.

Del poder se dice igualmente que es la oportunidad que se toma el individuo, para emitir su opinión, concentrar la atención de otros, o proponer su intención de algo. Se dice también que el poder funge como la disposición para moderar ante una situación.

En fin, las consideraciones o escritos que hablan del poder son innumerables. Muchos se han esforzado en indagar sobre la esencia del poder. O de las condiciones que incitan su aumento, regulación o reducción. No obstante, el poder siempre ha estado acompañando al hombre como recurso activo para aplicarlo a sus infinitas ambiciones, ideales o codicias.

Hay quienes juegan con el poder. Aunque no siempre su juego garantiza acceder a lo perseguido. Es el riesgo que corre quien se aventura a hacer del poder cómplice de sus trapisondas. Sobre todo, valiéndose del lucro, del sarcasmo, la amenaza, la envidia, el egoísmo, el abuso, el odio, el engaño, la exageración, la revancha o la maldad. Así quien maneja los hilos del poder, se hace de la ventaja para lograr el plan pensado y elaborado.

Y para el poder, no hay mejor ni más expedita ruta que la política. Desde la política, el poder puede manifestarse permanentemente. Por eso, el poder que induce el ejercicio de la política, tiende a convertirse en una conspiración frecuente. Incluso, infecciosa. Muchas veces, corrompida, tóxica y contagiosa.

Basta con observar, aunque brevemente, el proceder de la política en Venezuela. Indistintamente de la ejercida desde los cenáculos del régimen, o de la realizada desde los recintos donde operan instancias que se proclaman o definen de “oposición”.

Cualquier coyuntura se presta para alardear del poder que, para ante una particularidad, se tiene bajo un nivel de control en lo específico. Es una señal de la arrogancia que brinda la situación cuando, el mismo manejo del poder, permite al operador político valerse de actos, palabras, hechos o contextos cundidos de humillación, injuria, perjuicio o condenación. De esa forma, el cometido político busca degradar, desplazar o urdir contra quien ha pretender eliminar moral, política, económica y hasta físicamente.

El poder ha sido un enemigo bastante temido por las extremidades o “brazos largos”, por su capacidad para desenmascarar. Igual, el poder se vale de su fuerza o sus mañas para revertir virtudes y reducirlas a su mínima expresión.

¿Y en Venezuela?

En Venezuela el ejercicio de la política se transfiguró. Ahora cabe hablar del ejercicio del poder. Del poder perturbador. Del poder que no ha logrado justificarse, dada su sed de coerción. Para ello, se vale de la represión desnuda de cuanto traje de justiciera y demócrata ha podido utilizar a manera de disfraz.

El poder del régimen venezolano sólo ha servido para derruir lo que al “paso de vencedores”, consigue en su tránsito. Tanto así, que se valió del poder para potenciar las crisis que su oferta política ha prometido resolver. Reiteradamente.

El miedo a perder el poder fue lo que fraguó el poder ignominioso, indigno, injusto, miserable y usurero que ahora detenta. Peor aún, en detrimento de lo que representa la sociedad, el ser humano, los valores, y hasta los triunfos y fracasos que la propia historia revela con el sentimiento y orgullo que sus páginas entregan.

De intentarse resolver la ecuación sociopolítica que le ha impuesto velocidad de expansión al poder que el régimen ha desatado contra Venezuela, podría deducirse “por defecto” que su fuerza fue causada por miedo a verse defenestrado. Y sin duda, también fue la causa que corrompió a quienes han actuado en el papel de gobernantes usurpadores y felones.

Pero también el miedo al castigo que ese mismo poder impregnó al país, igual corrompió y degradó moralmente a quienes se arrimaron a su pérfida sombra. Por ilusos, aduladores, taimados, suspicaces o serviles. He ahí el problema, cuando el poder asfixia la razón. 

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Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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