OPINIÓN · 8 ABRIL, 2017 23:16

Aferrarse al poder

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Piero Trepiccione

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Hace tan solo unos siglos atrás, los gobernantes justificaban su autoridad y su poder en el derecho “divino” que argumentaba que Dios estaba detrás de los mandatarios de “sangre azul” cuyo destino era el de gobernar permanentemente a los hombres a través de su linaje. Mucha sangre tuvo que correr gracias a la guillotina y otros instrumentos de guerra para desmontar esta tesis y dar paso a mecanismos más democráticos y humanos para poder fundamentar el ejercicio del gobierno.

Hoy en día las luchas por el poder lamentablemente siguen siendo noticia en muchas partes del mundo debido a que a algunos líderes les cuesta dar el paso a otros en lo que se refiere a los privilegios. La justificación divina de antaño ha sido sustituida por un uso abusivo y exacerbado del “pueblo”. En nombre de éste se justifica la reelección indefinida, malas políticas públicas, la utilización de familiares cercanos o el llamado “nepotismo” en cargos claves de la administración pública.

En nombre del “pueblo” se han lanzado candidaturas presidenciales de esposas, hijos, sobrinos, favoritos, entre otros inventos absolutamente justificados para mantener “el coroto” o la silla que identifica el poder en una sociedad. Todo es válido cuando de mantener el control del poder se refiere. Inclusive, cuando una sociedad se ve afectada grandemente por severas crisis económicas producidas por la mala gerencia pública de quienes ostentan el gobierno, antes que renunciar o facilitar procesos de transición política que redunden en cambios significativos para la población en general, los gobernantes prefieren cerrar cualquier válvula de escape que pueda poner en riesgo su control.

En la Venezuela del presente, estamos viendo un claro ejemplo de lo que significa “aferrarse al poder”. El presidente Maduro gobierna en medio de una baja de popularidad sin precedentes en la historia política del país al menos en los últimos 15 años. Esto no sería suficiente para “justificar” su salida del poder; pero lo que si agrava su situación particular y la de millones de venezolanos es la “parálisis” del gobierno que preside para tomar decisiones racionales en materia económica que permitan al menos detener, la espantosa ola inflacionaria que afecta el bolsillo y el estómago de las familias venezolanas. “Aferrarse al poder” significa no reconocer las victorias de tus adversarios en gobernaciones, alcaldías, Asamblea Nacional y en otros niveles donde creas órganos paralelos para evitar someterte al escrutinio de la voluntad general que se manifiesta en procesos electorales. Ejemplos de ello tenemos muchos. Antonio Ledezma gana la alcaldía mayor de Caracas e inmediatamente se le quita la mayoría de su presupuesto y competencias con una entelequia denominada “gobierno del Distrito Capital” que ni siquiera es producto de una elección popular sino de una designación. Gobernaciones como la de Miranda, Lara, Amazonas, entre otras, que reciben menos presupuesto que es transferido a “corporaciones regionales” cuyos titulares no son electos sino designados para hacer “contrapeso” político a mandatarios de oposición.

El caso más emblemático es el de la Asamblea Nacional electa en 2015 y ganada mayoritariamente por los factores de oposición que ha sido diezmada por el Tribunal Supremo de Justicia, pública y notoriamente controlado por jueces ligados al partido de gobierno. En fin, el trasfondo del juego cerrado que nos está caracterizando actualmente tiene que ver con el cierre de todas las vías que faciliten las válvulas de escape constitucionales que procesen las diferencias del liderazgo del país ceñido a la voluntad general del pueblo.

Pareciera que hemos involucionado en materia de la política como mecanismo de resolución de conflictos en una sociedad. San Agustín nos decía, al final del primer milenio de la era cristiana, que “la política era el oficio más noble al que se podía dedicar el ser humano” en tanto y cuanto sirviera al bien común y al servicio público. Hoy estamos alejados de estos preceptos porque “algunos” están entendiendo que la política es para fines particulares y no en función del bienestar general. Venezuela vive una prueba dura en estos momentos. El poder hasta ahora ha sido el protagonista. ¿Cuándo será protagonista el pueblo, de verdad, no por invocación?

 

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Hace tan solo unos siglos atrás, los gobernantes justificaban su autoridad y su poder en el derecho “divino” que argumentaba que Dios estaba detrás de los mandatarios de “sangre azul” cuyo destino era el de gobernar permanentemente a los hombres a través de su linaje. Mucha sangre tuvo que correr gracias a la guillotina y otros instrumentos de guerra para desmontar esta tesis y dar paso a mecanismos más democráticos y humanos para poder fundamentar el ejercicio del gobierno.

Hoy en día las luchas por el poder lamentablemente siguen siendo noticia en muchas partes del mundo debido a que a algunos líderes les cuesta dar el paso a otros en lo que se refiere a los privilegios. La justificación divina de antaño ha sido sustituida por un uso abusivo y exacerbado del “pueblo”. En nombre de éste se justifica la reelección indefinida, malas políticas públicas, la utilización de familiares cercanos o el llamado “nepotismo” en cargos claves de la administración pública.

En nombre del “pueblo” se han lanzado candidaturas presidenciales de esposas, hijos, sobrinos, favoritos, entre otros inventos absolutamente justificados para mantener “el coroto” o la silla que identifica el poder en una sociedad. Todo es válido cuando de mantener el control del poder se refiere. Inclusive, cuando una sociedad se ve afectada grandemente por severas crisis económicas producidas por la mala gerencia pública de quienes ostentan el gobierno, antes que renunciar o facilitar procesos de transición política que redunden en cambios significativos para la población en general, los gobernantes prefieren cerrar cualquier válvula de escape que pueda poner en riesgo su control.

En la Venezuela del presente, estamos viendo un claro ejemplo de lo que significa “aferrarse al poder”. El presidente Maduro gobierna en medio de una baja de popularidad sin precedentes en la historia política del país al menos en los últimos 15 años. Esto no sería suficiente para “justificar” su salida del poder; pero lo que si agrava su situación particular y la de millones de venezolanos es la “parálisis” del gobierno que preside para tomar decisiones racionales en materia económica que permitan al menos detener, la espantosa ola inflacionaria que afecta el bolsillo y el estómago de las familias venezolanas. “Aferrarse al poder” significa no reconocer las victorias de tus adversarios en gobernaciones, alcaldías, Asamblea Nacional y en otros niveles donde creas órganos paralelos para evitar someterte al escrutinio de la voluntad general que se manifiesta en procesos electorales. Ejemplos de ello tenemos muchos. Antonio Ledezma gana la alcaldía mayor de Caracas e inmediatamente se le quita la mayoría de su presupuesto y competencias con una entelequia denominada “gobierno del Distrito Capital” que ni siquiera es producto de una elección popular sino de una designación. Gobernaciones como la de Miranda, Lara, Amazonas, entre otras, que reciben menos presupuesto que es transferido a “corporaciones regionales” cuyos titulares no son electos sino designados para hacer “contrapeso” político a mandatarios de oposición.

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Pareciera que hemos involucionado en materia de la política como mecanismo de resolución de conflictos en una sociedad. San Agustín nos decía, al final del primer milenio de la era cristiana, que “la política era el oficio más noble al que se podía dedicar el ser humano” en tanto y cuanto sirviera al bien común y al servicio público. Hoy estamos alejados de estos preceptos porque “algunos” están entendiendo que la política es para fines particulares y no en función del bienestar general. Venezuela vive una prueba dura en estos momentos. El poder hasta ahora ha sido el protagonista. ¿Cuándo será protagonista el pueblo, de verdad, no por invocación?

 

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