¿Quién rescata a los rescatistas venezolanos? El peso de la escasez de recursos en las horas más críticas
Además del déficit de recursos, el reloj se convirtió en un enemigo implacable para las brigadas de emergencias

El tiempo se acaba y todavía hay demasiado concreto en pedazos, muros rotos, escombros y vidrios que han dejado enterrados a cientos de mujeres, hombres, niños y animales. La tierra sigue vibrando a ratos en réplicas sísmicas cortas. Los breves sacudones estremecen la espina dorsal de los que caminan de un lado a otro en un intento de ayudar. Es 26 de junio de 2026 y el sol quema en lo alto de un cielo claro en Venezuela. Escasea el equipo, faltan palas y cascos. No alcanzan los picos y las mandarrias. Pero los rescatistas no sucumben a la oleada de pánico ante el vacío de recursos.
Mantienen una calma obligada por años de entrenamiento y se enfocan en lo que pueden hacer con lo que tienen a mano.
Piden materiales a gritos roncos. Mientras tanto improvisan, con la garganta seca y los ojos llenos de polvo. El aire es tibio en Los Palos Grandes, al este de Caracas, y en La Guaira, a 30 km de la capital venezolana. También se cuela un olor a tiza pulverizada que se pega a las fosas nasales y deja un sabor amargo en el centro de la lengua. Los hombres y mujeres de Protección Civil, Bomberos y demás personal de rescate tienen los músculos adoloridos por levantar losas y restos sin la maquinaria adecuada. Algunos trabajan sin detenerse apenas a dormir la angustia. Se esfuerzan por ignorar el dolor de los labios resecos, uñas partidas y los nudillos en carne viva.
“Hay que mover macro losas que pesan toneladas. No tenemos equipos de corte ni hidráulico para levantar esas losas. Otro ejemplo, hay algo que se llama panqueques: cuando la estructura cae, lo hace como si fueran panqueques. Así se le dice. Ahí hay espacios. Esos espacios hay que abrirlos, pero no tenemos material. Trabajamos con las uñas. Lo peor es que no podemos decir esto formalmente. En mi caso me pueden meter preso o peor, me destituyen”, explicó el 27 de junio un bombero de la Dirección de Operaciones Especiales del cuerpo de Bomberos de Caracas a Efecto Cocuyo, que pidió no ser identificado por seguridad.
Ahora es 4 de julio. Ha pasado diez días desde el doble terremoto que arrasó Venezuela y que impactó con fuerza en el Distrito Capital y el eje de la Línea de la Costa, además de otros estados como Yaracuy, Sucre y Carabobo. El desastre dejó en evidencia una crisis de insumos de auxilio en el país, que ha requerido intervención de las poblaciones locales y apoyo extranjero para hacer frente a los destrozos en las horas más críticas. A la fecha, la posibilidad de encontrar supervivientes se redujo drásticamente. Además del déficit de herramientas adecuadas, el reloj se convirtió en un enemigo implacable para las brigadas de emergencias.
“Saca la cuenta. Duramos cuatro horas en rescatar a una persona: con el equipo adecuado hubiésemos durado una o dos horas“, explicó el bombero. Reiteró la urgencia de contar con equipos eléctricos de corte, rotomartillos, esmeriles, escaladores, plantas eléctricas, guantes de carnaza y hasta lentes de protección. Recordó el caso de Amir Infante, quien murió tras pasar horas esperando ser rescatado bajo los escombros de una edificación en La Guaira.
Miembros de Protección Civil Chacao, en el Área Metropolitana de Caracas, vivieron una situación similar. Voluntarios de las comunidades aledañas se sumaron a iniciativas para llevarles palas, cascos y demás insumos faltantes. En ese municipio, se reportaron 62 muertos y 28 rescatados con vida, según cifras ofrecidas por la alcaldía el 2 de julio.
“Nuestro personal tuvo al menos 80 horas de labor continúa los primeros días. Necesitábamos guantes de carnaza, bolsas de cadáveres, guantes de látex, cascos y chalecos fosforescentes. También palas, picos, mandarrias, patas de cabra. Alcohol, betadine y medicamentos básicos también”, indicó Lusmar Lazo, miembro de Protección Civil en Chacao, una de las zonas más afectadas dentro de Caracas.
Qué dicen los estándares internacionales
Existen estándares internacionales que dictan las formas de trabajar y las herramientas que los equipos de socorro deberían tener a disposición en caso de grandes tragedias. Sin embargo, la realidad de la crisis venezolana desafía cualquier manual técnico de Naciones Unidas. En vídeos y fotos difundidos en redes sociales es posible observar a los rescatistas agachados entre los escombros, mientras acercan la oreja directamente a grietas entre dos losas aplastadas, esforzándose al máximo para captar un sonido que indiquen que alguien está vivo allí debajo.
Un suspiro, un gemido, un susurro de auxilio, una señal de esperanza. En esas grabaciones todos piden silencio para que los especialistas logren escuchar el mínimo ruido humano a través del concreto. Estos se asoman e intentar iluminar los agujeros con las linternas de sus teléfonos, a falta de otras adecuadas. En un país con recursos, en ese espacio entraría una sonda con cámara térmica y de fibra óptica, es decir, un ojo flexible capaz de ver en la negrura absoluta.
El manual del INSARAG (Grupo Asesor Internacional de Operaciones de Búsqueda y Rescate), que opera bajo el paraguas legal de la ONU, define la lista de procedimientos estándar para terremotos a nivel global. Además de explicar las responsabilidades del Estado que sufre el terremoto y de los países que envían ayuda, detalla paso a paso el proceso de la Clasificación Externa (IEC) y describe el Ciclo de Respuesta USAR (Gestión, administración, búsqueda, rescate, médico y logística) que consta de cinco etapas: preparación, movilización, operaciones, desmovilización y post misión.

Esta guía establece una pauta a seguir y recomendaciones importantes a nivel mundial. De acuerdo con el documento, un equipo de rescate urbano profesional debería contar con un inventario tecnológico avanzado que reemplace el esfuerzo manual: dispositivos de búsqueda técnica (cámaras de fibra óptica y sensores acústicos para localizar signos de vida bajo el suelo), herramientas industriales de corte y penetración para concreto y acero, sistemas de estabilización estructural (como puntales hidráulicos y cojines neumáticos de alta presión para levantar losas de hasta 50 toneladas) y, finalmente, logística de autosuficiencia médica y operativa. Venezuela falla en cada una de esas expectativas.
La incapacidad del Estado venezolano para responder de forma efectiva a las exigencias de recursos es de vieja data. Desde hace más de una década medios y organizaciones han denunciado la carencia de personal y herramientas para actuar en momentos de catástrofe. No hay cifras oficiales de cuál es el déficit. El 27 de junio de 2026, los bomberos en Venezuela solicitaban hasta teléfonos celulares para poder trabajar.
Un país sin ambulancias
Tampoco hay cifras de cuántas ambulancia hay operativas en todo el país, pero la inexistencia de estos vehículos ya venía advirtiéndose desde 2015, cuando Efecto Cocuyo registró un déficit del 80 % solo en Caracas. En 2021, en plena pandemia de COVID-19 el Cuerpo de Bomberos Metropolitanos de la capital venezolana contaba con dos unidades operativas de las 38 que tenían en 2015. En 2026 no hay información oficial sobre si alguna de ellas está activa.
Jaime Lorenzo, director ejecutivo de la ONG Médicos Unidos Venezuela, dijo a Efecto Cocuyo el 27 de junio que Caracas solo tiene tres ambulancias públicas en funcionamiento. En la capital conviven unos 5 millones de habitantes. De acuerdo con los parámetros de la Organización Mundial de la Salud (OMS), lo ideal es que haya una ambulancia por cada 25 mil personas. Eso significa que en la ciudad debería haber un aproximado de 234.
“La situación más grave es que el transporte de los heridos de La Guaira a Caracas lo hicieron con vehículos pick-up. Lo único bueno de ese transporte es que los acompañaron personas de Protección Civil y rescatistas, es decir, gente con entrenamiento. La única ventaja es que venían acompañados por las mejores personas que podrían acompañar un herido en estas circunstancias”, dijo Lorenzo en entrevista telefónica.
Durante la primera semana tras el terremoto, en La Guaira improvisaron con tablas e incluso mecates para asegurar heridos. En la mayoría de ocasiones los vehículos particulares que esperaban no tenían oxígeno medicinal, ni soluciones analgésicas para calmar el dolor de un síndrome de aplastamiento. El traslado al hospital se volvió un viaje de saltos y oraciones para que el paciente resistiera un tramo más, en los 30 kilómetros hasta los centros de salud habilitados para los heridos en la capital.
En un artículo publicado el 14 de diciembre de 2025 en su sitio web oficial, el Ministerio para las Comunas de Venezuela aseguró que el Gobierno entregó un total de 17 nuevas ambulancias en los estados Aragua, Apure, Barinas, Bolívar, Cojedes, Delta Amacuro, Guárico, Lara, Monagas, Nueva Esparta, Táchira y Zulia. Hoy los venezolanos se preguntan qué les pasó a estas unidades.
Finalmente, mas de 24 países han ofrecido o enviado ayuda a los venezolanos, con recursos y especialistas en terreno. Es un respiro para los rescatistas locales, pero esto no cubre la crisis de maquinaria pesada y transporte, que retrasó gravemente todos los esfuerzos por salvar a los sobrevivientes tapiados en las primeras horas. Hasta las 10 a.m. de este 4 de julio, la cifra oficial de fallecidos asciende a 2.645 y se registran más de 12.666 heridos por el doblete sísmico.
