Ir al colegio en tiempos de COVID-19 en Venezuela: expectativa y realidad 

LA HUMANIDAD · 8 NOVIEMBRE, 2021 15:35

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Albany Andara Meza | @AlbanyAndara


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Mía saboreó la chupeta roja con tranquilidad durante algunos minutos, deteniéndose brevemente cuando se dio cuenta de que su compañero de enfrente la miraba con la boca abierta. Ella lo observó en silencio, con el tapabocas en la barbilla; reflexionó con demasiada seriedad para sus cortos tres años y terminó ofreciendo a su amiguito el dulce lleno de saliva, en un gesto resignado.

Maravillado, el niño lo tomó con entusiasmo. Así, la chupeta pasó de un lado a otro de la mesa del salón de preescolar, al este de Caracas.

Cuando las maestras se dieron cuenta, horrorizadas; de la pequeña golosina quedaban los restos de frambuesa adheridos a los mentones de Mía y Luisver. Y es que, aunque afuera hay una pandemia de COVID-19, los niños siguen compartiendo caramelos, tomándose de las manos y, en general, jugando a centímetros de los otros, en las escuelas venezolanas. 

Iniciando el mes de noviembre, en Venezuela se confirmaron 407.866 casos de coronavirus desde que empezó la pandemia. Las clases en el país se iniciaron el lunes 25 de octubre por decreto gubernamental, luego de 18 meses con por lo menos 29.103 planteles cerrados debido a la cuarentena. 

Aunque distintos gremios docentes y sindicales denunciaron que las infraestructuras de las escuelas públicas no están en condiciones, desde hace dos semanas algunos niños y adolescentes han acudido a los centros educativos. Mientras las expectativas del gobierno prometían un regreso sencillo, la realidad es otra. 

«Esto es una locura. Si ni siquiera los grandes atienden a las medidas de seguridad, ¿cómo pretenden que una maestra controle a veinte niños chiquitos? Ellos descubren el mundo a través del tacto todavía. Una tiene que tener como diez ojos para vigilar que no se metan las manos en la boca, no muerdan al otro, no se abracen ni se monten encima del compañero», dijo a Efecto Cocuyo la maestra Daisy Meza, docente de preescolar de una primaria en Petare. 

Primera semana de clases presenciales cierra con balance negativo

Según Raquel Figueroa, coordinadora de la Unidad Democrática del Sector Educativo y dirigente sindical de la Federación del Colegio de Profesores de Venezuela, el 95 % de los planteles del país no ha recibido ningún implemento que tenga que ver con un plan de bioseguridad. El Estado no ha dotado de este material a los docentes y directivos.

«La gran mayoría de niños y docentes están utilizando tapabocas de tela. Cabe acotar que la Organización Mundial de la Salud (OMS) subrayó que ese tipo de tapabocas no asegura absolutamente nada», señaló Figueroa. 

Paciencia para los niños

En la escuela Jesús Maestro intentan cumplir con las normas de bioseguridad para no tener que lidiar con una ola de contagios en todo el plantel, que tiene una matricula de poco más de 600 estudiantes. En la zona de preescolar las maestras esperan a los niños en la puerta de las aulas con una botella de alcohol o antibacterial. Ninguno entra sin haberse limpiado las manos primero.

Sin embargo, una vez en el salón, comienza una jornada de estrés para las educadoras. Sacarles los dedos de la boca a los más pequeños, evitar que toquen o abracen a los otros y vigilar que nadie se quite la mascarilla es ya una rutina que las agota. 

«En estos días les dije: levántense y hagan un círculo entre todos. Y automáticamente todos se tomaron de las manos e hicieron el círculo en el centro del salón. ¿Quién les dijo que tenían que agarrarse las manos? Eso es inconsciente, sobre todo en segundo y tercer nivel. Entonces hay que llamarles la atención y enseñarles que no pueden hacer eso, pero ellos terminan desconcertados», explicó Meza. 

Mía tiene una peculiar tendencia a compartir sus meriendas. Basta con que un amigo se le acerque para que ella deje de mordisquear una galleta y se la ofrezca de mala gana. En febrero de 2020, un mes antes de que decretara cuarentena a nivel nacional, conseguir que Mía compartiera algo era un logro casi imposible. Las maestras creen que es probable que sus padres la corrigieran en casa, pero ahora mismo preferirían que siguiera siendo la misma chiquilla egoísta con todos y no la que reparte pedazos de chocolate a medio comer. 

Moisés, que cumplirá cuatro años en diciembre, es otro de los casos a los que hay que prestarles atención. Llevar media cara cubierta le cansa, por lo que es común que, a lo largo de la jornada, su tapabocas aparezca en distintos lugares del salón. 

«No se lo podemos amarrar en las orejas, pero es lo que nos provoca a todas. Igual, los entendemos. A nosotras nos cansa estar toda la mañana con la mascarilla y el visor de plástico. Te mueres de calor siendo adulto, imagina lo que siente un niño. Hay que tener mucha paciencia», contó Meza.

La planificación en el aula

En el colegio Jesús Maestro las clases se dictan solamente cuatro días a la semana. En el caso de preescolar, desde las 7:30 hasta las 11:00 de la mañana. Los viernes son días de planificación, lo que significa que no llegan niños pero si docentes. 

En el salón de la maestra Daisy y la maestra Yolanda hay un aproximado de 26 estudiantes, divididos en grupos de 12. Es decir, cada una atiende hasta una docena por día. El aula es un espacio amplio, abierto, que cuenta con cuatro áreas de juego relacionadas a actividades necesarias para desarrollar la creatividad y otros aspectos del niño. 

No hay días aburridos en preescolar: cada pequeño estudiante es el protagonista de distintas ocurrencias. Sofía, por ejemplo, harta de ponerse el tapabocas, se lo quitó durante la semana pasada y lo arrojó en la cara a una de las ayudantes de las maestras. A los más chicos les cansa el olor a alcohol y niegan con la cabeza cuando deben alzar las manos para que se las limpien. 

80 % de las instituciones no está impartiendo clases formales, asegura el gremio de maestros

«Tenemos merienda y recreo, aunque eso lo prohibió el Estado. En estos días un niño me dijo: «Yo no me voy a poner el tapabocas, porque en mi casa no me lo pongo», y cuando le dije que en la calle y el salón tenía que hacerlo, me respondió que era mentira porque su mamá sale de la casa sin tapabocas. Hay que educar a los padres también», narró Daisy. 

Aymara es la única alumna de la maestra Daisy que cumple a cabalidad con todas las medidas. Su mamá trabaja en la Cruz Roja y en la mochila le envía su propio spray de alcohol personalizado. Una mañana, una de sus compañeras tosió en su rostro accidentalmente y Aymara corrió rápidamente a buscar la pequeña botella de alcohol. Antes de que la maestra pudiese detenerla, se roció la cara y los ojos. Hubo que llevarla al baño para lavarle los párpados. 

En general, no hay directrices de parte del Ministerio de Educación de cómo deben organizarse los colegios a nivel nacional. Esto ha causado que cada plantel funcione bajo sus propias normas. Al finalizar la última semana de octubre, Belkis Bolívar, secretaria nacional de Legislación Laboral y Negociación Colectiva de la Federación Venezolana de Maestros, reportó que en 80 % de las instituciones no se están impartiendo clases formales. 

Diferentes situaciones en una misma realidad

En la Unidad Educativa Simón Bolívar de Palo Verde, los profesores que asisten costean tapabocas, caretas de plástico e incluso alcohol, cuando el sueldo promedio del educador venezolano apenas alcanza los 3 dólares al cambio en bolívares. 

Los encargados de los primeros grados permanecen alertas, sobre todo en los veinte minutos del receso. A los niños parece divertirles quitarse los tapabocas los unos a los otros y esconderlos en los rincones de la escuela. Por ello, se exige que cada estudiante lleve una mascarilla de repuesto. Aunque, al final del día, hay quienes vuelven a casa sin ninguna de las dos en la cara.

«Los padres colaboran con algunas cosas, pero en general tus materiales debes pagarlos tú. Me parece un abuso que manden a abrir todas las escuelas, pero ni siquiera se preocupen por proteger a profesores y estudiantes. Ya no sé ni por cuál ola de COVID-19 vamos, pero eso a ellos no les importa», expresó Marcos, docente de segundo grado. 

En la California Sur, el liceo José Cortés Madariaga solo recibe a cada grupo de bachillerato en un día de la semana específico. Les envían guías y trabajos, que deben volver a llevar en físico para ser evaluados. 

«No entiendo nada. Ni de química, ni de matemática, ni nada. Nos explican un día y ya. Es lo mismo del año pasado», explicó José, estudiante del quinto y último año.  

En general, la vuelta a clases no está exenta de problemas relacionados con la crisis sanitaria, el déficit de profesores, la falta una planificación única sobre bioseguridad en los planteles y la falla de los servicios públicos. Actualmente, solo el 15% de los docentes se encuentra vacunado a nivel nacional, según datos de la Federación Venezolana de Maestros.

«Organizar, acoplarse y readaptarse ha sido todo un tema, con lo que implica la realidad de los profesores en el país, los que no están vacunados, la información sobre el proceso de vacunación para los chamos y los protocolos que se cumplen dentro de las instituciones. Sin embargo, algunas normativas de escuelas no tienen fundamento, esto último te lo digo porque una vecina me cuenta que a su hijo no lo van a dejar inscribir a menos que lleve un haragán y un coleto a la institución», explicó Mary, dueña de una academia de música en La Vega, al oeste de Caracas.

¿Qué pasa en los colegios privados? 

En el Colegio María Santísima, ubicado en La California, la realidad es otra. Una maestra, que no quiso ser identificada, contó que las semanas son rotativas. Es decir, primaria trabaja una semana presencial mientras que bachillerato lo hace online. El siguiente lunes, se invierten los papeles. 

Esta institución privada no ha experimentado mayor problema para recibir a los niños. De hecho, se prepararon con antelación desde septiembre. Antes del 25 de octubre, realizaron una encuesta a la totalidad de padres y representantes del plantel para saber quién regresaría a la presencialidad y quién no. 

Actualmente, en un solo salón de tercer grado acuden entre diez y doce niños, de 26 matriculados. El resto recibe sesiones remotas, dictadas por la misma docente en las tardes. 

«En realidad los grupos son muy pequeños. No se están haciendo rutinas colectivas, como rezar en las mañanas o cantar el himno nacional. Todo eso se eliminó por medidas de seguridad. Ellos entran a las 7:30 y en la entrada el personal directivo toma la temperatura y les echa alcohol en las manos. Antes de entrar al salón de clases, es obligatorio colocarse gel antibacterial, que lo encuentras en cada puerta», explicó la maestra. 

Los estudiantes se sientan en lo que el colegio denomina «esquema dominó»: dejando un puesto vacío de por medio. Hay dos recesos, uno de 20 minutos y otro de 15. Cada grupo tiene un espacio estipulado en el patio para acomodarse y desayunar. 

«Estas primeras semanas hubo una buena adaptación. Especialmente porque todas las maestras hicimos campaña de cómo nos manejaríamos cuando todavía estábamos vía online». 

El sector privado atiende a entre 15 % y 20 % de los estudiantes en el país. La situación de estos planteles es visiblemente mejor que la de los colegios a cargo del Estado. Según Raquel Figueroa, esto se debe a que las autoridades no han prestado atención a las recomendaciones y solicitudes del sector público educativo. 

«Consideramos que el estado viene repuntando una crisis acelerada en educación que no fue resuelta en años anteriores. Esta tiene todas las consecuencias gravísimas de problemas de años pasados», puntualizó.