Entre oraciones y penumbra, La Guaira guarda duelo a un mes del terremoto

Con más de 5.500 fallecidos y una cifra de desaparecidos que el Estado aún no precisa, cientos de familias en La Guaira continúan las labores de búsqueda

La Guaira siempre ha tenido el ritmo de las ciudades costeras del Caribe: fines de semana con música, turistas hospedados en hoteles, bañistas disfrutando de las playas, ventas ambulantes de empanadas y pescado frito y calles congestionadas. A un mes del doble terremoto (el primero de 7,2 y el segundo de 7,5), el litoral central es otro. Hoy la costa queda a oscuras después de las 7 de la noche y bajo un silencio que se extiende de este a oeste, mientras los vecinos asimilan las pérdidas y siguen las labores de búsqueda donde aún hay gente bajo los escombros.

Con más de 5.500 víctimas contabilizadas por las autoridades y un número de desaparecidos que el Estado aún no precisa, en las ruinas de los edificios colapsados cientos de familias continúan trabajando sin pausa para recuperar los cuerpos de sus seres queridos.

La tarde de este viernes 24 de julio las maquinarias dejaron de sonar por un momento, cuando a las 6:04 p.m. los familiares del complejo de la Gran Misión Vivienda conocido como OPP guardaron un minuto de silencio para honrar a quienes perdieron la vida durante el doble sismo y a quienes, a un mes del desastre, continúan atrapados tras el colapso de la mitad de las 12 torres que integraban el urbanismo.

En una de esas ruinas estaba Karla Gutiérrez, una joven de 21 años que busca a su madre en lo que antes era la torre del urbanismo OPP 26. Desde el jueves 25 de junio, un día posterior al colapso de la edificación, está en el lugar para intentar ubicar a su familiar entre los escombros.

La tarde del 24 de junio, Karla no estaba en el apartamento. Su hermana y su sobrino sí se encontraban allí, pero lograron sobrevivir y salir por la parte trasera del edificio colapsado. Su madre, Lola Caridad Sifontes, de 63 años, estaba en ese momento visitando a una vecina en el mismo edificio. A un mes del desastre, Karla no ha logrado ubicarla.

Ante la falta de constancia en la asistencia institucional, el trabajo en el sitio recayó en el esfuerzo de los vecinos de la propia comunidad, según señala Karla.

“La ayuda que he tenido han sido voluntarios que también están buscando a sus familias, el apoyo ha sido entre nosotros mismos. Han llegado ayudas de afuera, pero vienen y se van, y nosotros nos quedamos día y noche aquí”, asegura. 

Un minuto de silencio y fe frente a las ruinas

En el mismo sector donde se encontraban las OPP, el sacerdote Fredy Lara, perteneciente a la obra Don Orione, encabezó la jornada de oración este 24 de julio frente a las estructuras colapsadas. Lara llegó a Venezuela el 25 de mayo proveniente de Chile; tras una breve estancia en Barquisimeto, se trasladó a Caraballeda para apoyar el trabajo pastoral de la parroquia Nuestra Señora de la Candelaria en medio de la emergencia.

La intervención del religioso logró pausar la dinámica de remoción en el punto cero ete viernes. A las 6:04 p.m., un repique de campanas marcó el inicio de la concentración, de inmediato el cesó el ruido de los motores y también las labores de rescate en la zona afectada.

“Hicimos un momento de oración y un minuto de silencio con toque de campanas y se produjo algo hermoso”, relató el sacerdote. “Todos los maquinistas, la gente paró. Más allá de que el que estaba haciendo la oración era un cura católico, es Venezuela que se tiene que unir en un momento de silencio, de amor y de esperanza”, dijo. 

Para el religioso, el impacto del evento sísmico trasciende la pérdida material y el colapso del concreto. Advierte que el trabajo de acompañamiento a las víctimas debe enfocar la reconstrucción del tejido social en una comunidad marcada por el duelo y la separación de sus integrantes.

Al caer la noche, cerca de las 8:00 p.m,  la manifestación de fe tomó la avenida principal de El Caribe, donde decenas de feligreses caminaron en procesión con velas encendidas para acompañar al sacerdote a rezar por los fallecidos y por las familias golpeadas por la tragedia.

Los vecinos que siguen ayudando 

En las ruinas de lo que fue su hogar, en la OPP 27, se encontraba Eli Sosa, de 40 años, ayudando a sus vecinos a remover escombros. El día del doble terremoto él se encontraba con su esposa en otra zona de Caraballeda, pero sus cuatro hijas estaban en el apartamento ubicado en el piso 12. Cuenta que se abrazaron sobre una cama hasta que un familiar las ayudó a salir, aunque a una de ellas le cayó un trozo de mampostería y le partió el fémur.

“Ahí en el piso 12 vivía yo, pero gracias a Dios ese día nos encontrábamos en Caraballeda mi esposa y yo”, recuerda Sosa sobre las primeras horas del evento. Luego de garantizar la atención médica de sus hijas en una clínica, decidió volver al complejo para trabajar de la mano con sus vecinos en la localización de los desaparecidos.

Para Eli, el retraso en la llegada de equipos pesados fue determinante en el desenlace de la tragedia, ya que durante las primeras jornadas los trabajos se hicieron exclusivamente a fuerza humana. 

“Fue una situación bastante complicada porque las losas cayeron una sobre otra y los primeros días no se tuvo ayuda, la gente estaba era con barras, manualmente, con las manos. Si la ayuda hubiera llegado como está ahorita muchas personas se hubiesen salvado, porque muchas personas tienen pocos días de haber fallecido, ya sea asfixiadas o por falta de alimento”, dice. 

La tarde de este viernes se constató en el lugar cuando los vecinos lograron extraer el cuerpo de una de las personas atrapadas en la OPP 27. Uno de los familiares rompió a llorar en la acera mientras comisiones del Cicpc esperaban para realizar el traslado del cadáver.

Aunque el flujo de insumos ha disminuido en comparación con las primeras semanas, algunos voluntarios permanecen en la zona del desastre repartiendo agua, arepas y café, tanto para los operarios de la maquinaria pesada como para los vecinos que descansan tras las jornadas de búsqueda.

A poca distancia, en los campos de golf, donde se instaló el campamento de refugiados con cientos de familias de las OPP, la falta de alumbrado marca la noche. A un mes de los terremotos, la gran mayoría de las carpas permanece a oscuras y solo unos pocos faros o bombillos recargables ofrecen algo de iluminación en el refugio, mientras el resto de las familias pernocta en completa penumbra.

En la zona de las estructuras colapsadas la oscuridad es similar. Aun cuando algunas calles ya cuentan con servicio eléctrico en los postes públicos, los rescatistas y la comunidad continúan los trabajos nocturnos apoyados con faros e iluminación a batería, resistiendo en el terreno para no detener la búsqueda.

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Me dedico al periodismo con enfoque en derechos humanos. Hago cobertura sobre violencia en un país con pocas garantías