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Entre las ruinas y la fe: La segunda noche en La Guaira

Los rescatistas voluntarios, en una labor conjunta con médicos, funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana (PNB), bomberos y miembros de Protección Civil, trabajaban a contrarreloj con los pocos guantes, guayas y herramientas que tenían a la mano.

A las 6:00 PM, en la calle José María Vargas con calle Real de Playa Verde, en el estado Vargas, los equipos de rescate continuaban una búsqueda incesante. El objetivo, encontrar con vida a Moisés Segovia, de 10 años de edad, el único miembro de su familia que aún quedaba atrapado bajo los escombros del edificio donde se encontraba.

Los rescatistas voluntarios, en una labor conjunta con médicos, funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana (PNB), bomberos y miembros de Protección Civil, trabajaban a contrarreloj con los pocos guantes, guayas y herramientas que tenían a la mano.

Frente al colapso se encontraba una de las tías de Moisés, quien prefirió reservar su identidad; solo pronunció el nombre de su sobrino. Ella vestía una franela rosa, un mono y llevaba el cabello recogido: “Es un niño hermoso, bello, allí está atrapado”.

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La esperanza es lo último que pierde el pueblo guaireño, y la tía de Moisés se aferraba a ella: “A él lo van a sacar vivo, confío en Dios que así sea”.

Un kilómetro después de Playa Grande, en la misma calle José María Vargas, otro grupo de voluntarios escarbaba desde el mediodía en las ruinas de la residencia Nautilus. “No hemos logrado sacar a más personas con vida, pero seguimos buscando sobrevivientes”, señaló uno de los rescatistas.

A lo lejos, la voz de un funcionario policial rompía el murmullo de la zona exigiendo silenciar el entorno: ¡Apaguen las motos para poder escuchar!, gritaba el efectivo de la PNB. De inmediato, cientos de samaritanos comenzaron a desplazar sus motocicletas apagadas entre los escombros para continuar su camino hacia los centros de acopio o para llevar agua, ropa, comida y medicamentos a los damnificados. Algunos llevaban cascos y guantes puestos, esperando el momento de relevar a los rescatistas.

Un vecino de la zona observaba el panorama mientras prestaba el baño de su vivienda a las mujeres voluntarias. “Ese edificio se llamaba residencia Nautilus, no sabemos cuántas personas estaban allí dentro”, sostuvo.

Decenas de motos se moviizan por toda la zona de desastre
En Caraballeda la solidaridad se ve en las calles
PNB, voluntarios y familiares pasan la segunda noche en vigilia, buscando a sus familiares y vecinos, tras los terremotos del 24 de junio

Al lado de la estructura colapsada, un edificio residencial contiguo mostraba las heridas del sismo: paredes partidas, cimientos expuestos e incluso los cables de los ascensores asomándose al vacío. Al frente, otra edificación derribada también era intervenida por cuerpos de rescate.En la calle, el tránsito vehicular quedó completamente bloqueado por toneladas de concreto y terreno cedido; solo las motos lograban avanzar. No había luz eléctrica, salvo la proyectada por los faros de los automóviles.

Por la zona de Puente Viejo, en Playa Grande, cientos de personas quedaron damnificadas. Muchos continuaban excavando entre los escombros por su cuenta. Es uno de los puntos críticos a los que aún no han llegado los cuerpos oficiales de rescate ni las grandes redes de voluntariado. 

“Solo entre vecinos y familiares estamos buscando entre los destrozos”, señaló Aaron Parada, quien llegó al sitio con diez amigos para localizar a su padre. “Gracias a Dios, mi papá está bien”, agregó.

Nos toca dormir en la calle

A lo largo de la avenida Bicentenario, detrás del Aeropuerto Internacional de Maiquetía, cientos de familias se disponían a pasar la noche en las aceras que colindan con los balnearios.

“Lleven las ayudas a Playa Grande, que allá las personas están mucho peor que nosotros. Pero si tienen agua, déjenme algunas”, pidió un vecino de unos 55 años, quien junto a su familia levantó un campamento improvisado frente a las estructuras

En algunos de los edificios de Mare Abajo, la pérdida de las fachadas dejaba las salas de los apartamentos expuestas a la vista de todos; otros exhibían grietas profundas. Esta es una de las pocas zonas de Maiquetía que aún conserva el servicio de energía eléctrica.

“Hoy nos toca dormir en la calle”, lamentó otro de los residentes mientras un grupo de voluntarios les distribuía alimentos y bebidas.

Los centros de acopio

Isabella, de 12 años de edad, esperaba sola en la fila del centro de acopio instalado en la Terminal de Pasajeros de Catia La Mar. Sus padres siguen desaparecidos y ahora ella está a cargo de sus dos hermanos de 8 y 10 años. “Dame dos arepas más, por favor, que tengo a mis dos hermanos chiquitos”, imploró a uno de los voluntarios que distribuía la comida, quien sin dudar le entregó más alimento. Eran las 7:30 PM, el sol ya se había ocultado y el complejo solo contaba sólo con la iluminación de los faroles de emergencia al frente del edificio.

En la penumbra, Isabela junto a cientos de personas, esperaban que avanzara la fila. Varías madres sostenían a sus hijos en brazos y los ancianos aguardaban en grupos, algunos tenían la misma ropa del día anterior. Ninguno se negó a recibir las arepas y los panes que ofrecían los samaritanos. En otra sección de la fila se repartía agua potable.

Efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB), en coordinación con funcionarios públicos y voluntarios, asumieron la organización del centro de acopio. Sin embargo, la aglomeración de personas imposibilitaba levantar un censo o tomar datos; la prioridad absoluta era la distribución de los suministros.

Yurbin López aguardaba a pocos metros de la entrada principal desde las 4:00 PM.  “La cola sigue igual de larga”, relató.

López detalló que tiene a dos familiares desaparecidos, entre ellos su sobrino de dos años, Elio López, tras el colapso del edificio donde residían en la urbanización Suma. En su propio apartamento, ubicado en los bloques de 10 de Marzo, los pisos y las paredes sufrieron severas fisuras. “Esto fue una tragedia, aún no sabemos nada de mis sobrinos”, relató. 

En el bulevar situado más arriba del centro de acopio, entre las caminerías y las plazas, varias familias instalaron colchones, toldos y carpas desde el pasado 24 de junio. No tienen a dónde ir, y muchos de los que aún conservan sus casas prefieren pernoctar a la intemperie por temor a las réplicas sísmicas.

A las 9:00 PM, al subir hacia la urbanización Bicentenario, en Catia La Mar, el escenario se repetía: familias enteras sacaban sus colchones a las veredas frente a las residencias. Aunque el servicio eléctrico se restableció en este sector a las 7:00 PM, el suministro de agua seguía totalmente interrumpido.

“No se nada de mi familia en Tanaguarenas, no se como se encuentra eso, no he salido de la urbanización desde el terremoto, ¿sabes cómo está Montesano?”, preguntó una de las vecinas de la localidad, quien señaló que apenas conoce la magnitud del evento. 

Sostuvo que desde que ocurrió el terremoto no tenía luz eléctrica, ni señal telefónica, por lo que se informaban mediante vecinos que salieron de la urbanización para evaluar los daños. 

Al dejar Catia La Mar, a las 9:50 PM, cientos de personas continuaban formadas en otro centro de acopio habilitado en la avenida El Ejército, dentro de las instalaciones de la Universidad Marítima del Caribe (UMC). Allí, mientras las operaciones de rescate se mantenían activas en las adyacencias, los habitantes de la parroquia esperaban para adquirir suministros básicos para sus hogares.

La tragedia que golpea al litoral central es innegable, pero también lo es la movilización de miles de ciudadanos, entre rescatistas y civiles solidarios. A las 10:00 PM, la autopista Caracas-La Guaira registraba una fuerte congestión vehicular; esta vez no se debía a un día feriado ni a temporadistas, sino a la masiva cantidad de personas que descendían desde la capital para brindar auxilio a sus hermanos de La Guaira.