Amputaciones: la otra emergencia que deja el doble terremoto

No hay cifras oficiales ni un plan nacional hecho público para atender a esta población afectada, en su mayoría niños, niñas y adolescentes

Foto cortesía @juanpablo2santos

El estruendo del colapso dura apenas unos segundos, pero sus secuelas sobre el cuerpo humano duran toda una vida. Tras el doble terremoto del 24 de junio de 2026, que derribó más de cien edificios en un solo instante, a la fase de búsqueda rápida para rescatar sobrevivientes le siguió de inmediato una crisis médica y social tan compleja como silenciosa: la marea de personas que sufrieron la pérdida de una o varias de sus extremidades.

Niños, jóvenes, adultos y ancianos —porque la catástrofe no hizo distinción de edad, raza ni condición social— hoy enfrentan la reconstrucción de sus vidas. Lo hacen no solo en medio del duelo, sino en el vacío que deja la opacidad de las cifras oficiales.

A un mes de la catástrofe, Venezuela sigue sin una radiografía real de sus sobrevivientes, en un contexto donde transparentar las cifras no es una concesión política, sino la herramienta indispensable para diseñar políticas de salud y asistencia médica sostenibles en el tiempo.

Para los profesionales de la salud con memoria histórica, la dimensión del desastre no tiene parangón. “Viví el sismo de 1967 cuando tenía 14 años, y este último ha sido mucho peor en cuanto a duración, intensidad y daños. La magnitud se escapa a cualquier capacidad de respuesta que hubiera podido tener el Estado”, advierte el doctor Oscar Martín, médico traumatólogo con más de cuatro décadas de trayectoria quirúrgica.

La estadística como tabú

En los pasillos médicos se habla de entre 100 y 200 personas amputadas. Sin embargo, en la vocería oficial, la opacidad entorpece cualquier intento de cuantificar la tragedia y articular soluciones dignas para quienes requerirán atención médica durante años.

Los boletines epidemiológicos publicados por el Ministerio de Salud muestran un severo subregistro de la crisis sanitaria. En la semana 25 (del 21 al 27 de junio), el reporte oficial se limitó a un cuadro comparativo de los eventos sísmicos ocurridos desde 1982 y su impacto general en el sistema sanitario, omitiendo la evaluación de daños en La Guaira, identificada como la “zona cero”.

EFE

Posteriormente, en el boletín de la semana 26 (del 28 de junio al 4 de julio), las autoridades introdujeron datos aportados únicamente por siete hospitales de campaña internacionales: en el renglón de amputaciones de miembros sólo reconocieron dos casos en personas mayores de 5 años.

Para la semana 27 (del 5 al 11 de julio), estos mismos centros internacionales reportaron en traumatología 819 lesiones menores, 181 moderadas y 55 graves en extremidades, pero mantuvieron la cifra de amputaciones en cero.

Los informes oficiales excluyen por completo las estadísticas de la red pública nacional de hospitales. Sin embargo, fuentes médicas confirman que en centros de referencia como el Hospital Universitario de Caracas, el Periférico de Catia, el Domingo Luciani de El Llanito y el Pérez Carreño se practicaron múltiples amputaciones a heridos por el terremoto.

Tan solo el 15 de julio, en el Pérez Carreño permanecían hospitalizados siete pacientes amputados, dos de ellos menores de 18 años. A la Clínica de Amputados del Hospital Ortopédico Infantil, el 23 de julio ingresó un paciente de 6 años y se programó también a una persona adulta. Las clínicas privadas también recibieron personas con pérdida de miembros.

El síndrome del aplastamiento

Para quien queda aprisionado entre bloques de concreto, las lesiones mortales directas ocurren si el impacto aplasta la cabeza o el tórax.

Sin embargo, cuando el traumatismo compromete las extremidades —uno, dos o hasta tres miembros—, se desencadena un fenómeno clínico denominado el síndrome de aplastamiento, por lo que el verdadero riesgo vital del paciente empieza en el instante exacto en que es rescatado.

El doctor Martín explica la fisiopatología del síndrome de aplastamiento: “La célula muscular puede vivir sin recibir sangre hasta por 4 horas, pero después de 6 horas de aplastamiento, el músculo muere. Al rescatar al paciente y quitar la compresión, el miembro empieza a revascularizarse y ahí ocurre el problema serio. La célula muerta se rompe y libera una gran cantidad de sustancias: mioglobina y potasio. El riñón no puede manejar esa carga y colapsa en una insuficiencia renal aguda”.

⏱️ El reloj biológico del músculo atrapado

  • 0 a 4 horas: 🟢 Fase de resistencia — La célula muscular sobrevive sin flujo sanguíneo.
  • 4 a 5 horas: 🟡 Límite compartimental — Aumenta la presión interna de las fascias; el flujo se detiene y la muerte muscular es irreversible.
  • +6 horas: 🔴 Necrosis muscular — Muerte celular masiva por falta de irrigación sanguínea.

Esta es la razón por la que un considerable número de rescatados termina de inmediato en diálisis. “Por eso, el abordaje ideal exige iniciar la hidratación e inactivación de la mioglobina en el sitio de la maniobra, antes de liberar a la persona de la estructura que la aprisiona”, señala el traumatólogo.

A la falla renal se suma el síndrome compartimental. “Los músculos están confinados en envolturas no elásticas llamadas fascias. Al inflamarse el músculo atrapado, la presión interna aumenta hasta bloquear el flujo sanguíneo de los vasos que atraviesan la zona. Si la presión dentro del compartimiento iguala a la del vaso, el flujo se detiene. En un lapso de 4 a 5 horas el músculo muere de forma irreversible”, precisa.

Para evitar la necrosis, los especialistas optan por la fasciotomía (abrir la piel y las fascias quirúrgicamente para liberar la presión), pero la exposición de los tejidos en un entorno contaminado desencadena la principal causa de mortalidad postrescate: la infección sistémica o sepsis.

Medicina de guerra

Suena duro y a muchos médicos no les gusta el término. Pero el tiempo en el rescate es implacable y por eso, cuando logran sacar a alguien de los escombros y lo tienen sobre la camilla del hospital, se practica lo que llaman “medicina de guerra”.

“Hubo casos en los que llegaron con el músculo de la pierna desprendido y solo agarrado por la piel, además muy contaminado. En eso no queda otra cosa que amputar, pues por el tiempo transcurrido era muy peligroso”, contó un médico del Periférico de Catia.

“Las primeras horas constituyen la llamada ‘ventana de oro’. Hay un tiempo para hallar sobrevivientes con vida entre los 3 y 4 días, extendiéndose como máximo a 7 días bajo condiciones excepcionales. Un ser humano resiste aproximadamente tres días sin agua. En estas condiciones de calor sofocante el riesgo de deshidratación grave es inminente, aunque cuando una persona está aplastada puede sufrir hipotermia. Es rarísimo rescatar a alguien con vida después de 10 días”, detalla el doctor Martín.

Cuando la vida del paciente está en juego en la misma escena del colapso, el equipo médico aplica procedimientos de emergencia extrema: amputación in situ y torniquete. Se realiza el corte de emergencia en el sitio del atrapamiento para liberar el cuerpo y se traslada de inmediato al paciente a un quirófano para configurar técnicamente el muñón.

Explica el doctor Martín que, en amputaciones traumáticas graves, el muñón no se puede cerrar de inmediato por el alto riesgo de infección. Se sutura únicamente la masa muscular y se coloca la pierna en tracción continua para evitar la retracción del tejido antes del cierre definitivo.

Comenta que los cirujanos siempre intentan, a toda costa, preservar la articulación de la rodilla, esencial para la biomecánica de la marcha. “Por su parte, las amputaciones de miembro superior —además de ser tecnológicamente más difíciles de protetizar— suelen ser letales desde el origen, pues el aplastamiento del brazo casi siempre compromete el tórax por cercanía anatómica”.

Lo que viene ahora

Sin un escenario claro sobre cuántos son y más allá de la sutura del muñón y la profilaxis renal, los especialistas coinciden en que la etapa más compleja es el acompañamiento posterior a la emergencia quirúrgica de los pacientes.

“Me preocupa lo que está por venir”, reflexiona Martín. “Pasada la tragedia queda un número innumerable de pacientes con lesiones y un trauma psicológico severo. Me preocupan mucho los niños que quedaron huérfanos y sin familia, a los que lo único que les quedó fue la vida. Conocemos el caso de una escuela donde murieron 15 de sus 50 o 60 alumnos. Y en el caso de los adultos, hay padres que tuvieron que sacar con sus propias manos a sus hijos de los escombros”.

En el Rita Sol Palace han recuperado 34 cuerpos y faltan 8 por extraer.

La periodista Jessiree Querales, es uno de ellos. La rescataron del edificio Coral Mar en Los Corales, una de las zonas más golpeadas por los terremotos. Perdió un brazo y una pierna, y debido al aplastamiento requiere atención médica constante. 

A Bryan Da Conceicao también lo sacaron de los escombros el 26 de junio, en horas de la madrugada. Fue el único sobreviviente de su familia. Su mamá, su hermana y sus sobrinos fallecieron tras el derrumbe de la panadería La Almendrina en Playa Grande. 

A él y a su papá los sacaron y los llevaron al Hospital Naval; tiempo después su padre falleció. Bryan, un muchacho deportista a quien le gusta correr, había regresado al país para visitar a su familia. Aún permanece hospitalizado en un hospital caraqueño con un cuadro psicológico severo.  

Vanessa Silveira es otra sobreviviente, perdió a sus dos hijos y sus dos piernas. Está recluida en el hospital Militar Carlos Arvelo. A Lía, de 10 años, el terremoto le arrebató a su mamá y a su hermana. También un brazo y hoy está en un proceso de recuperación. 

Son muchos los casos de sobrevivientes. Lo que viene ahora es la recuperación mental para proceder a la física. Pero ¿cómo? ¿quiénes? ¿dónde encontrarán la ayuda?  La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de la ONU es clara: los Estados deben garantizar la protección y rehabilitación integral en desastres humanitarios. Sin embargo, así como en la hora cero de la emergencia fue la red de voluntarios quienes recuperaron a las primeras víctimas, también es esta parte de asistencia son las alianzas médicas, fundaciones y académicos quienes están desde ya estableciendo políticas de acompañamientos. Conoceremos algunas en la próxima entrega.