«Vacunarme fue mi decisión, me siento más tranquila»

CORONAVIRUS · 1 JUNIO, 2021 12:24

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Yamel Samantha Rincón | @yamelr

Foto por Mairet Chourio

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Cuando leí que comenzaría este 29 de mayo una jornada de vacunación masiva en Caracas no perdí el tiempo en deshojar la margarita y llamé al motorizado que siempre me presta servicio para que me llevara hasta el hotel Alba, destinado como punto de vacunación contra el COVID-19.

Mi decisión no tenía vuelta atrás. Tampoco me intimidó no tener registro en el Sistema Patria, que desde marzo de este año amarraron al plan de inmunización.

Desde hace una semana camino con muletas por un esguince grado 1 en el tobillo derecho producto de una caída. Pero, para mí esa dolencia tampoco fue una limitación para llegar hasta el Alba en busca de protección contra el virus que desde marzo de 2020 hace presencia en el país.

Soy diabética tipo 1, patología que aunque controlo bien, me pone en población de alto riesgo. Por eso mis temores. No puedo darme el lujo de vacilar, de tener un descuido. No creo en los mitos urbanos que se tejieron alrededor de las vacunas. Por eso no dudé por un momento.

Salí a toda carrera

El motorizado que me buscó a las 8:30 de la mañana del 30 de mayo para llevarme de El Cafetal al centro de la ciudad, del municipio Baruta a Libertador, solo tardó 20 minutos en acercarme lo más posible a las instalaciones del hotel Alba, ubicado en Bellas Artes.

Apoyada en mis muletas y con el informe médico del endocrinólogo me dirigí a la puerta de ingreso, donde estaban parados al menos cinco GNB, que intentaban responder las preguntas de quiénes hacían la cola: cuándo comienzan a vacunar, quiénes primero, cuántas dosis, hasta qué hora.

Uno de los uniformados decía que la prioridad del día (ese domingo) serían las personas de la tercera edad que habían recibido un mensaje de texto del Sistema Patria, y que después se decidiría si se vacunarían a quienes siguieran en la cola, ciudadanos provenientes de varios puntos de la ciudad e, incluso, del estado Miranda.

En medio del bululú insistí en hablarle al funcionario. Logré decirle que soy diabética y le pregunté si tenía alguna posibilidad de ser vacunada. El uniformado me miró de arriba abajo y, sin verme a los ojos, respondió seco y cortante: “Espere ahí en la cola a ver si se puede”.

Mientras, la cola en las afueras del hotel iba en aumento y ya daba la vuelta hacia la estación del Metro Bellas Artes, en la avenida México. El sol empezaba a calentar y la incertidumbre no tardó en apoderarse de los semblantes de muchos de los asistentes. Yo no estaba excluida, pero ese domingo no me daba por vencida.

¿Y el mensaje de texto?

El tiempo corría y pude escuchar cómo numerosos venezolanos que no tenían el carnet pedían ser atendidos, pero ni los militares o policías se daban por enterados.

A las 10:00 de la mañana mis piernas empezaron a resentirse por el cansancio. Busqué un espacio en la acera donde estaba la cola de las personas que recibieron mensajes de texto para asistir a la jornada de vacunación.

Varios me ayudaron a sentarme y esperé a recuperar fuerzas en la pierna sana para reincorporarme e intentar hablar con otro militar, quien al ver mis limitaciones de inmediato me dijo: “Por favor, siéntese ahí y apenas le toque pasar al siguiente grupo, yo la busco y la hago ingresar”.

Ante esta posibilidad, sentí que la respiración era más fluida, mis latidos acelerados se calmaban y -de nuevo- me inundé de esperanzas.

Treinta minutos después empezó a moverse la cola y en intento por levantarse, una señora se me acercó y ofreció ayudarla.»Con ella llegué hasta la reja de entrada, donde otro militar (con muy poca cordialidad) gritaba que solo pasarían quienes tuvieran el mensaje de texto.

Al verme me pidió que le mostrara el teléfono con mi cita. Empecé a tocarme los bolsillos, a mirar de un lado a otro y el ángel que me levantó del piso contestó: “Acá está el mensaje. Léelo rápido que se me apaga el teléfono. 

Ese mensaje fue la llave para que me dejaran pasar. Caminé cerca de 30 metros por una bajada hasta la zona donde estaban tomando nota de los datos y entregaban el cartón de identificación para la vacuna.

En esa parte del proceso separaban a las y los beneficiarios en dos bloques: los que tenían más de 60 años y los que tenían menos de esa edad.

En el grupo que me tocó había aproximadamente 30 personas. Todas sentadas esperaban a ser llamadas. Al lado de las filas de sillas estaban dispuestos tres mesones donde los encargados de la jornada, con mascarillas, guantes y máscara de plástico, anotaban datos personales, como dirección de habitación, municipio, oficio y empresa donde se trabaja.

En el sitio, una joven que llevaba una franela del Psuv, partido oficialista, indicaba cuándo ingresar al salón habilitado: «Una cola a la vez», ordenaba la militante.

Más cerca de la inyección

Cuando pasaron las primeras dos colas y, finalmente, llegó la mía, revisaron mi cartón y me pidieron que siguiera hasta el final del pasillo. Había poca iluminación, solo rastros de luz proveniente del gran salón dividido en cubículos. Al avanzar hasta el lugar, observé cómo ingresaban personas por una vía distinta por la que yo accedí. No pude percatarme de cuántas venían, solo que se dirigían al mismo destino que yo.

Un funcionario al ver mis limitaciones de movilidad me llevó hasta el pasillo de los cubículos y me ayudó a sentar.

Pregunté qué vacuna me iban a poner, al tiempo que veía la cava donde las tenían almacenadas y cómo salían frías del contenedor. La enfermera llenó la jeringa, tomó la parte externa superior de mi brazo izquierdo y puso el contenido de la Vero Cell, fabricada por el laboratorio SinoPharma de China.

Luego anotó la fecha y, con mucha gentileza, me indicó que debía regresar el domingo 20 de junio, para la segunda dosis con la que se completa la protección contra el Sars-Cov-2.

Ya al mediodía estaba de regreso hacia El Cafetal. En casa mi mamá (sobreviviente de cáncer) y mi hermano me esperaban sin mucha algarabía. Me siento bien, estoy como si nada. Ahora más tranquila.