Perú: Una celda para 24 personas
Ante un virus exige mantener distancia, el hacinamiento en las cárceles de Perú es una bomba de tiempo
La pandemia se ha convertido en el punto de quiebre en las cárceles del Perú. Ahora que un virus exige mantener distancia, el hacinamiento en el que viven los presos es una bomba de tiempo.
Alguna vez vi a un hombre arrastrar el cuerpo de otra persona por la pista. Yo tenía doce años. Y los gritos hicieron que corriera hacia mi ventana desde el tercer piso de un viejo edificio, en Lince, un distrito de clase media conocido por sus hostales. La mujer seguía gritando, aferrada a su cartera, mientras el muchacho jalaba con furia, lastimando sus rodillas. Suelta, mierda. Suelta le decía. Y la mujer soltó.
No sé en qué momento me di cuenta de que esa mujer era mi madre. Solo recuerdo que ese niño se quedó paralizado y no pudo ni bajar las escaleras para darle un abrazo. Ese niño se quedó en la ventana mientras vio cómo un grupo de vecinos la ayudaba a levantarse y le alcanzaba algunas cosas que quedaron desparramadas en la pista.
Desde entonces, durante muchos años, mi padre y yo nos turnamos para recoger a mamá del paradero. Me hice adulto caminando con ella esas tres cuadras. Y podría decir que me volví observador. Me obligué a serlo. Mientras fingía conversar con ella, mis ojos estaban atentos a todo lo que sucediera a su alrededor. Un auto que de pronto bajara la velocidad, alguna moto sospechosa, un tipo corriendo en la oscuridad. Giraba y giraba el cuello cuantas veces fuera necesario.
Por esos años un hombre se metió a mi cuarto de madrugada, trepándose por la pared hasta mi ventana y se llevó mi billetera, mis llaves y unas zapatillas nuevas. El mismo hombre, al parecer, que otra noche tuvo medio cuerpo adentro de la habitación de mis padres. Si no fuera por el sueño ligero de mamá que lo ahuyentó a gritos, no sé qué hubiera pasado.
Hasta que me fui de casa de mis padres me acostumbré a dormir con las ventanas cerradas. No importaba que fuera verano. Tenía que tapiar mi cuarto de alguna manera. No asesinaron a nadie de mi familia, a ningún sujeto se le escapó un balazo, pero crecí en estado de alerta.
Ese reflejo casi natural por cuidarse las espaldas no es particular. En Lima, durante el 2019, se realizaron casi cien mil denuncias entre hurtos y asaltos. Esa cifra, desde luego, no incluye a quienes sintieron temor o hartazgo para acercarse a una comisaría.
No es de extrañar que la mayoría de los limeños creamos rotundamente en los derechos humanos hasta que alguien nos apunta con una pistola en la cabeza. Es más sencillo compadecerse del otro cuando no mataron a tu padre en un asalto ni violaron a uno de tus hijos. La empatía tiene el camino más libre cuando no apuñalaron a tu mejor amigo ni arrojaron el cuerpo de tu sobrina a un descampado. Así, desde esa fortuna, cualquiera.
Para el imaginario popular todos los presos están hechos de la misma costura y merecen el mismo rechazo. No son pocos los que creen que este virus que ha revuelto al mundo está haciendo justicia. Desde los techos y patios de sus pabellones, en medio del humo de colchones quemados y cuerpos en descomposición, los presos del Perú piden que no los dejen morir.
El 27 de abril se escucharon ráfagas de fuego en el penal Miguel Castro Castro durante tres horas. Después solo hubo muertos y heridos que contar. Una imagen empezó a esparcirse en la prensa internacional: el cadáver de un interno en calzoncillos con unas velas encendidas a sus pies, una cruz de madera sobre su cabeza y un cuadro del Señor de los Milagros. Había muerto por COVID-19 dos días antes y ninguna ambulancia lo había retirado.
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Este reportaje forma parte del Programa Lupa, liderado por la plataforma digital colaborativa Salud con Lupa, con el apoyo del Centro Internacional para Periodistas (ICFJ).