Me siento preso: el testimonio de un venezolano en Véneto

CORONAVIRUS · 30 MARZO, 2020 14:45

“Aquí vivo con mis abuelos de 80 y 86 años”, cuenta venezolano desde Véneto

Texto por Isabella Reimí │@isabellareimi

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La tierra donde los Césares levantaron el imperio romano, la misma del Renacimiento, vive los días más díficiles  luego de la post guerra: los días del coronavirus. Al 28 de marzo las estadísticas daban cuenta de más de 10 mil persona muertas.

El máximo responsable de Protección Civil, Angelo Borrelli, confirmó este sábado que todavía hay casi 70.000 casos de COVID-19 en todo el país, 33.415 de estos solo en Lombardía, la región más afectada.

Véneto es otra región al norte de Italia y vecina de la Lombardía. Allí viven casi cinco millones de habitantes y hay 7.497 personas infectadas por el Sars-Cov-2.  Allí también vive Danilo Perotto, un italo-venezolano que se fue al país de sus padres y abuelos en el año 2016 para estudiar psicología y música en el conservatorio de la Universidad de Padua, en Véneto.

“Aquí vivo con mis abuelos de 80 y 86 años. La nona sigue repitiendo: “¡qué desgracia ha caído al mundo!”, y su preocupación no es exagerada. Todavía hay una posibilidad alta de que haya muchas personas contagiadas con el virus del COVID-19 que no presenten síntomas, y el Estado se ha tardado mucho en hacer las pruebas en las casas”, cuenta vía WhatsApp, desde el apartamento de la familia, donde también está su papá que fue a visitarlos y tenía previsto regresarse en marzo, pero no pudo por la suspensión de los vuelos a Venezuela.

Ahora los Perotto hacen las comidas juntos y se dan ánimos para mantenerse en casa. A pesar de que la abuela todavía maneja su carro “como si tuviera 65 años”, en palabras de su nieto, y que al abuelo le encantaría salir aunque sea a la farmacia, cumplen la cuarentena.

Hacen seguimiento de la pandemia por la TV y ahora también ven la misa por esa vía. Danilo asiste a sus clases virtuales y después practica el cello. En el conservatorio están ensayando también online.

Danilo entiende que “todos en Italia están poniendo un gran esfuerzo” y destaca los numerosos voluntarios que han salido a ponerle pecho a la pandemia y también ideas innovadoras que hacen más llevadera la lucha contra el enemigo invisible. “Intento llevar la pandemia con más tranquilidad, a pesar de que la tristeza esté siempre ahí escondida”.

La cuarentena

Este domingo, 29 de marzo, comenzó la cuarta semana de cuarentena en Italia, pero este cellista sabe que no será la última ni la penúltima porque Luca Zaia, el presidente de Véneto, pidió al gobierno que el confinamiento siga hasta el 18 de abril.

“En las últimas dos semanas la curva de contagios ha ido bajando, pero quién sabe. Estamos lejos de la normalidad. Ayer me enteré que una señora con la que toco en el coro de mi parroquia se enfermó. Esto no ha sido nada fácil. Hay más de 26 mil pacientes hospitalizados y las salas de terapia intensiva no son suficientes  para atender a las 3.856 personas en Italia que padecen de complicaciones”.

A pesar de las alarmantes estadísticas, valora que el país se haya movilizado para resolver la situación. Incluso algunas embarcaciones han prestado sus camarotes para atender a los enfermos y “el grupo de voluntarios ha sido muy grande”.

“Hace dos semanas podíamos caminar por las calles sin usar mascarillas si no nos sentíamos enfermos. Hoy todos estamos en nuestras casas, solo están abiertos los supermercados, las farmacias y los hospitales y para ir a esos lugares debes usar tapabocas, por eso el estado compró material para distribuir”.

La alcaldía creó una aplicación móvil para avisar cuándo repartirán los tapabocas en cada comunidad de Vicenza de Véneto. A través de ese canal también leen las noticias oficiales y los decretos ministeriales.

Al principio visitaba con frecuencia a su novia, Daria, pero ayer, cuando cumplió un mes de la relación con ella, “tuve que lanzarle su regalo por el balcón para evitar el contacto. Digamos que, aunque estamos tristes, nos sentimos responsables y nos sentimos orgullosos porque decidimos guardar distancia antes de que empezara la cuarentena”.

¿Cómo comenzó?

Tras darse a conocer el primer fallecido del COVID-19 en Italia, el 28 de febrero el gobierno decretó el cierre de espacios públicos en 11 municipios del norte del país y suspendieron las clases en los colegios y las universidades. También ordenaron que nadie podía entrar ni salir de Codoño (en Lombardía) y de Padua, donde había muerto aquel hombre. Pero la medida no se adoptó de inmediato y los casos siguieron aumentando en el norte, y empezaron en el sur.

También incrementaron las medidas de seguridad en Lombardía y Véneto. Suspendieron el carnaval de Venecia, igual todas las funciones religiosas, manifestaciones públicas y privadas, funerales, matrimonios, bibliotecas, funciones de teatros y cine… Todos los eventos deportivos se cancelaron o se hicieron a puerta cerrada, sin público.

En los estados de zonas amarillas, donde todavía no había casos,  cualquier grupo que no tuviera más de 15 miembros podía reunirse si podía conservar un metro de distancia. En las zonas rojas, como en Vicenza, todo eso estaba prohibido.

“Suspendieron la orquesta de nuestro conservatorio y cancelaron los conciertos porque no podíamos ensayar; ni siquiera en el coro de la parroquia nos podríamos reunir. Perdí un examen en febrero, una audición en marzo y mis planes de Semana Santa en abril. Todo desapareció de golpe”.

Ya la primera semana de marzo la medida se expandió a nivel nacional. Ya nadie podía entrar ni salir de ninguno de los municipios sin un justificativo médico o un salvoconducto. Fue muy tarde porque ya les había dado oportunidad a muchas personas de desplazarse dentro del país, por ejemplo, en el tren de Milán.

“Hoy me preocupa un poco más el centro y el sur de Italia. En Calabria van casi 500 casos de contagio, que pasan muy desapercibidos, pero es bastante considerando que la región tiene menos de dos millones de habitantes”.

Responsable del sacrificio

Danilo confiesa que a veces se siente preso, le parece que el tiempo no pasa. Los objetivos de las clases los “ve lejos”, pero “me estoy poniendo como objetivo tratar de estar tranquilo”.

“He tenido miedo de que esta cuarentena se pueda transformar en mi normalidad, pero yo sé que mi normalidad es otra. El evangelio que leyó el Papa en la bendición Urbi et Orbe me ayudó mucho: no quiero tener miedo, quiero pensar que todo va a terminar”.

Para Danilo, todos en Italia están haciendo un gran esfuerzo, cada quien está poniendo lo mejor de sí para salir de esta situación. “Me hace sentir que somos un solo país que quiere salir de esto y esta unidad debería manifestarse en todos los países del mundo. Si todos unificamos nuestros esfuerzos podemos salir de esta batalla, obviamente no ilesos, pero vencedores y aprendidos”.