De Estambul a Maracaibo

La oposición debe reconocer que lo electoral es su terreno principal de acción. Pero debe asumir qué su recuperación rebasa sus capacidades actuales

Armando Chaguaceda [i]

Pululan esta semana en la web variados comentarios acerca de las “lecciones” que la victoria de la oposición turca en los comicios a la importante alcaldía de Estambul deja a su par venezolana. Lejos de lo que algunos creen, la política comparada no permite hacer traspolaciones simples. Si acaso nos habilita para identificar aquellas estructuras, procesos, el contexto geopolítico y estrategias suceptibles de replicarse, con las adecuaciones de cada caso, en diferentes contextos de lucha y análisis políticos.

Partamos de reconocer que el ecosistema político electoral turco es el de un régimen de autoritarismo electoral -como lo era Venezuela hasta 2015- y que el venezolano actual -estructurado entre la imposición de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC) y el fraude del 20M- tiene rasgos de autoritarismo hegemónico, con vocación totalitaria.

Turquía todavía está en transición, tropezando con una democracia defectuosa pero pluralista al sistema autoritario bajo el gobierno de Erdogan. En Turquía hay un claro ventajismo e influencia oficiales incidiendo sobre el ente y proceso electorales, como sucedió a lo largo de la época chavista. Pero las elecciones turcas pueden ser injustas, pero también son reales y competitivas, y la oposición tiene una posibilidad real de ganar. En, contraste, en la Venezuela post ANC el sistema es estructuralmente vulnerado y fraudulento: repasemos la denuncia de Smarmatic, el veto extendido a partidos y candidatos opisitores, la modificación caprichosa e ilegal de las condiciones de campaña y votación -con los conocidos Puntos Rojos– y, para rematar, las prácticas de control biopolítico, emblemáticamente representadas por el llamado Carné de Patria.

En ambos países el oficialismo controla -de modo directo o a través de testaferros- buena parte de la prensa impresa y electrónica. Ambos gobiernos imponen distintos tipos de censura y fomentan la autocensura, claves para invisibilizar las candidaturas y propuestas opositoras. En Venezuela la censura se extiende, además y de modo creciente, a medios alternativos y redes sociales -situación favorecida por el galopante deterioro de las redes de infraestructura de Internet-, al punto de cortar el servicio en horas y días clave. Las dos naciones se ha judicializado al extremo la política, usando a los tribunales como arma para la purga de los opositores políticos y las protestas ciudadanas. En Venezuela, el patrón de control social se extiende en alcances, letalidad y penetracion territorial con Operativos Liberación del Pueblo, FAES y colectivos.

Para cualquier escenario de transición democrática, la geopolítica juega un rol relevante. En Turquía, el régimen no ha procedido a romper radicalmente con alianzas y marcos geopolíticos (pro)democracia: NATO/UE. Las críticas y comentarios provenientes del mundo occidental aún son considerados seriamente por el gobierno turco y el partido gobernante intenta justificar su acción contra los críticos. Este movimiento indica el poder restrictivo de la geopolítica sobre el gobierno autoritario. En contraste, Venezuela ha denunciado la OEA y se apoya en una clara alianza con Rusia y Cuba, entre otros soportes autocráticos, que le permiten sortear las presiones de Occidente.

¿Todo es distinto y negativo para Venezuela?

No. El apoyo a Maduro es sustantivamente menor al que difsruta Erdogan. Los niveles de reconocimiento internacional a la oposición venezolana son relevantes. Y esta controla (aún) un poder del Estado: el legislativo.

¿Podrían hacerlo mejor los demócratas venezolanos, ante un hipotético escenario electoral?

Ciertamente, la oposición debe reconocer claramente que lo electoral -aún hoy en su condición de espacio ocluido- es su terreno principal de acción, por su naturaleza -civil, desarmada- y por la falta de apoyo de su adversario en ese terreno. Pero también debe asumir qué su recuperación como espacio político relevante rebasa sus capacidades de presión y decisión actuales.

En lo táctico, los opositores venezolanos podrían mejorar sus opciones al definir candidaturas únicas de primera línea (abiertas) y de reemplazo (ocultas), retando al gobierno en su estrategia de desincentivar y desguazar las alternativas de los demócratas. En lo estratégico, estos deberían avanzar a una compleja unificación de organizaciones y liderazgo, capaz de enfrentar la maquinaria del Partido/Estado PSUV y sus mecanismos militares y paramilitares de coacción y represión, antes, durante y después de las jornadas electorales.

Tal contienda supone también la maestría de jugar con algunas cartas tapadas -negociaciones con partidos y candidatos presumiblemente habilitables por el régimen para concurrir- para burlar vetos ex ante a comicios. Implica, además, manejar bien la comunicación política, hacia dentro -no convocar o desmontar irreflexivamente marchas de protesta electoral- y hacía fuera -documentar ante gobiernos aliados, entes como ONU o Vaticano y mediadores- responsabilidad de partes en disputa (pos)electoral.

Realismo y creatividad

Entonces, dado el contexto real y la eventualidad de nuevas elecciones -para la Asamblea Nacional en 2019/2020 o incluso una hipotética presidencial, de celebración incierta- la oposición mayoritaria debe decidir, claramente, si va “como quiera” a esos comicios -usándolos como un contexto y evento movilizador- o si hay “líneas rojas” tras las que participar es avalar fraude sin beneficio alguno. La decisión es compleja, supone tomar decisiones arriesgadas, poder explicar a ciudadanía riesgos de cada alternativa y prepararse para resultados adversos.

El actual liderazgo de Guaidó tiene la capacidad para ello, como sucedió en las elecciones de Estambul, siempre que sea adecuadamente asesorado y apoyado por los expertos políticos y las organizaciones y bases opositoras.

Cierro con tres ideas sobre el tema de esta columna. Ponderar el valor del voto prodemocrático en el marco del proceso autocratizador desplegado en Venezuela no implica traspolar falsos paralelismos, aludiendo a casos no necesariamente coincidentes aún dentro de su parentesco común autoritario. Supone reconocer, desde ahí, que el potencial de las elecciones como mecanismo democratizador difiere según tipos de autoritarismos. Y, lo más concreto para el caso venezolano,  que la oposición deberá combinar realismo y creatividad en su pugna electoral frente a una camarilla dispuesta a llevar al país al universo frío y oscuro de las tiranías de inspiración orwelliana.

[i] Politólogo e historiador. Estudia la relación entre la sociedad civil, la capacidad estatal y la democratización (y la desdemocratización) en América Latina -con especialización en los casos cubano, nicaraguense y venezolano- y Rusia.

[II] Estas notas serán desarrolladas en un análisis de mayor calado, de tipo académico, que realizo actualmente con el colega turco İmdat Oner, a quién agradezco sus observaciones al presente texto

* * *

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores

Le puede intersar

Erdogan pierde Estambul en municipales ante alianza de la izquierda