Pacto de fiducia, la necesaria institución invisible para Venezuela
“La tragedia del 24 de junio no suspendió la conversación pública sobre democracia, pueblo e instituciones”

Por mucho tiempo hemos sobrevivido, desconfiando de las instituciones, y con ello terminamos desconfiando de la democracia. Hoy al hablar de democracia, sobre todo ahora en medio de la tragedia del terrible terremoto, rescatamos la importancia de la institucionalidad democrática para garantizar la vida en paz y con justicia. Por eso creo que debemos poner en primer plano a la confianza como una suerte de institución invisible que da forma a todo lo demás.
El pacto de fiducia tiene ahora una renovada fuerza ética y política. Porque no precisa de la confianza decretada en leyes o discursos, sino que demanda actos materiales apegados a la Constitución, a una ruta electoral clara, a tiempos aproximados para recuperar la legitimidad con elecciones inclusivas, pluralidad, transparencia, libertad de expresión y garantías de participación política.
Bitácora de promesas
Desde el 18 de junio de este año, con la aparición de Dinorah Figuera como cabeza de la Asamblea Nacional electa legítimamente en 2015, y su posterior reunión con Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea actual, se teje la promesa de un nuevo acuerdo. Se centra, en palabras de Figuera, en un mapa de ruta hacia un Consejo Nacional Electoral (CNE) creíble donde el voto de los venezolanos pueda expresarse libremente.
La tragedia del 24 de junio no suspendió la conversación pública sobre democracia, pueblo e instituciones, más por ausencia que por presencia. Aunque la oficialidad esgrimió la excusa de no tener cabeza para pensar en elecciones ni en magistrados del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ); la ciudadanía trajina con la manida resiliencia que condena a la resignación y al resuelve para convertirla en capacidad orgánica para reclamar y forjar los cambios.
A partir del 14 de julio, se refresca la página de promesas, y se marca en la agenda al 1 de agosto como el inicio del trazado de una hoja de ruta. En sendos comunicados, cada Asamblea expuso sus puntos de partida. La encabezada por Rodríguez prioriza el llamado a la unidad nacional para enfrentar las consecuencias del doble terremoto, y pone en segundo lugar el fortalecimiento de la democracia. Por su parte, la AN de 2015 anticipa el fortalecimiento de las instituciones democráticas, del sistema electoral y el restablecimiento de las garantías de participación política.
Acto seguido, desde la plataforma X, Marco Rubio reposta el comunicado de la AN 2015, lo que se lee como señal de acompañamiento. Y Figuera, desde su cuenta en la misma red, aboga por el camino hacia la recuperación de la democracia y pide elevar “las banderas de la fe y de la esperanza”.
Escepticismo y confianza
Hasta los más desconfiados miran expectantes hacia el 1 de agosto, pero las capas de escepticismo no pueden obviarse:
1. La sombra geopolítica. El proceso tutelado por Estados Unidos, por más buenas intenciones que se le atribuyan, genera la sospecha legítima de que los intereses externos (petróleo, control geopolítico, estabilidad regional) podrían primar sobre la voluntad popular venezolana. La confianza no es un producto de importación con marca extranjera.
2. La agenda de la transición. Aunque Estados Unidos celebra al proceso liderado por venezolanos, lo cierto es que la agenda está marcada desde Washington, y, por tanto, el elenco de acciones y actos para el rescate de la democracia estará signado por esos intereses. Tiene el músculo social el desafío de incluir en esa agenda a los presos políticos, presionar por una fecha para elecciones o que se hable de lo ocurrido el 28 de julio de 2024.
3. El tecnicismo excluyente. Reducir el destrabe a una mesa de negociación entre diputados de 2015 y 2025, tutelados por los intereses norteamericanos, por más representativas que sean, es insistir en el error de creer que la democracia se resuelve entre élites.
Esto no es un juego de truco a orilla de playa, donde los de la mesa paritaria le dicen al resto del país: los mirones son de palo. La sociedad organizada, la ciudadanía es el sujeto político central, es la titular de la soberanía. Sin ella, cualquier acuerdo es un castillo de naipes.
El pacto de fiducia para reconstruir la confianza
Frente al catálogo de desconfianzas, propongo pensar en el pacto de fiducia. La fiducia, en derecho, es un acto de confianza en el que una parte (el fiduciante) entrega poder o bienes a otra (el fiduciario) para que los gestione a favor de alguien (el beneficiario).
Llevado a la política:
El fiduciante es la ciudadanía, titular de la soberanía. El fiduciario son los actores políticos (gobierno, oposición, figuras de la AN de 2015) que reciben el mandato de administrar el poder. El beneficiario es el interés general, el Estado, el pueblo todo.
Este pacto, para ser válido, exige condiciones no negociables: inclusión; transparencia, para que las decisiones sean públicas y verificables; no polarización, para que nadie sea tratado como enemigo; compromiso público y responsabilidad, para que el incumplimiento tenga costos.
Pero nada de esto será posible sin un proceso electoral confiable. En palabras de Figuera, no es posible hablar de elecciones limpias sin que se revise la institucionalidad electoral y la del TSJ, en su Sala electoral y en la Constitucional. También se impone el restablecimiento de la libertad de expresión, los derechos civiles y políticos, la eliminación de las inhabilitaciones, la devolución de los partidos judicializados, así como la liberación de todos los presos políticos.
La confianza es un acto de fe con ojos abiertos. Es la institución invisible que vuelve perdurable al resto de las instituciones. Se forja, requiere de varios actos concretos. Uno de ellos tiene nombre: elecciones libres y rescate de las instituciones. Sin confianza, las elecciones son solo trámites, las promesas de acuerdos son cantos de sirena. Con ella, en cambio, el 1 de agosto es el desafío y la oportunidad.
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