Nuestro pana Zapatero
“Zapatero, es pues, el más destacado representante de los que han servido (y sirven) al régimen chavista prostituyendo el concepto de diálogo”

Hay momentos en los cuales toda duda queda aclarada, toda sospecha es despejada, lo que permanecía oculto es revelado y la trama toma sentido. “La verdad os hará libres”, dice el evangelio.
Desde la madre patria el juez José Luis Calama confirma algo de lo que se tenía certezas en este lado del Atlántico, pero se carecía de pruebas: el expresidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero es “nuestro pana”.
Resulta que esta jerga, típicamente venezolana, es la expresión clave en la investigación judicial que se utiliza para señalar la implicación del líder socialista en una red de tráfico de influencias y negocios vinculados a Venezuela de la que él, y su entorno, se beneficiaron irregularmente en alrededor de 2,5 millones de euros entre 2020 y 2025, según el sumario del caso Plus Ultra, instruido en la Audiencia Nacional de España.
En su clásica obra Buenas y malas palabras en el castellano de Venezuela, el ilustre filólogo Ángel Rosenblat sostiene que el término pana proviene por adaptación fonética del inglés “partner” y significa compañero o socio.
Como vemos, el uso en este caso es absolutamente pertinente, pues es público y notorio que Zapatero ha sido compañero del régimen chavista. Ahora sabemos que también socio mercantil. Lo primero era bastante abierto, lo segundo se pretendió ocultar.
Hace más o menos un año el ex senador del Partido Nacionalista Vasco, Iñaki Anasagasti, preguntaba: ¿Qué hace Zapatero en Venezuela? Pues ya lo sabemos, traicionando los más altos valores de la libertad y la dignidad humana a cambio de sustanciales beneficios personales.
“Mediador”
El expresidente se autoerigió como principal mediador entre gobierno y oposición, ofreciendo sus buenos oficios para promover el diálogo, y la liberación de algunos presos políticos, justamente durante los años en los cuales el número de detenidos por estos motivos sin fórmula de juicio, así como las desapariciones forzadas, las torturas y prácticamente todo tipo de violaciones a los derechos humanos, se multiplicaron de manera exponencial y millones de venezolanos abandonaron el país, la mayoría en condiciones desesperadas.
Él optó por mirar hacia otro lado apelando a la prudencia como excusa. Mientras era recibido en la oficina presidencial de Miraflores en Caracas por Nicolás Maduro con la más alta deferencia, predicaba en el viejo continente y ante el Grupo de Puebla sobre la ética pública y los valores de la democracia. Zapatero, es pues, el más destacado representante de los que han servido (y sirven) al régimen chavista prostituyendo el concepto de diálogo. Quizás, sea este, el peor daño que ha contribuido a hacerle a la sociedad venezolana que hoy siente alergia cada vez escucha esa palabra.
Todo intercambio pacífico y civilizado entre dos o más personas que se alternan para expresar ideas, opiniones o sentimientos, incluso profundos desacuerdos, es imprescindible para cualquier sociedad. Pero el diálogo requiere un mínimo de igualdad de condiciones entre sus participantes; reconocer al otro y estar abierto a comprenderlo.
No ha sido el caso de Venezuela, donde una parte ha ejercido el terrorismo de Estado, a una escala pocas veces vista en este lado del mundo, contra una población desarmada e inerme. Entre un secuestrador, que amenaza con su arma cargada, y su víctima, no puede haber diálogo. Hay coacción.
En el caso que nos ocupa, Zapatero decidió ponerse del lado de quien tenía la pistola en la mano. Sus gestiones desde 2017 en adelante coincidieron con la noche más oscura de Venezuela no por ineptitud, ingenuidad o ceguera ideológica, sino motivados por uno de los siete pecados capitales.
No tuvo pudor en asociar su nombre con uno de los regímenes más condenables y desprestigiados del hemisferio. Un antecedente ilustrativo de esta historia la protagonizó su embajador en Venezuela entre 2004 y 2008 Raúl Morodo, quien terminó siendo condenado a 10 meses de prisión por defraudación al fisco español de ganancias obtenidas en falsos contratos de asesoría a PDVSA, entre los años 2013 y 2015.
Por la confesión de los hechos pagó 1.410 millones de euros a la Hacienda española, razón por la cual la pena le fue atenuada.En su día, Morodo fungió más como operador político al servicio del expresidente Hugo Chávez que como embajador de España. La justicia demostró que su lealtad tenía precio.
Políticamente condenado
Durante esos años fue el miembro del cuerpo diplomático acreditado en Caracas más cercano al régimen chavista, ufanándose ante los dirigentes opositores venezolanos de su amistad personal con el mandatario.Desde que abandonó su cargo diplomático, y hasta 2013, su hijo Alejo Morodo recibió decenas de transferencias de Pdvsa por supuestas labores de “asesoría jurídica” a través de una sociedad instrumental panameña.
Detrás del fervientemente apoyo al chavismo existía un fuerte interés personal corrupto.Un esquema muy parecido a la relación que establecieron Juan Carlos Monedero y Pablo Iglesias Turrión precisamente en esa época. Panas de los opresores, enemigos de los oprimidos.Por supuesto, todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario.
La democracia española (esa misma que Iglesias, otro aliado del presidente Pedro Sánchez, está empeñado en destruir) le garantiza a Zapatero el derecho a defender su inocencia penal, en un juicio justo. Todo lo que “sus panas” les han negado a miles de venezolanos en todos los años en los que cobró por sus asesorías y servicios.
Pero independientemente de que fuera absuelto de los cargos, o que por un tecnicismo el proceso judicial incoado en su contra fuera anulado, Zapatero ya está políticamente condenado, porque su actitud de pública cercanía a Maduro y su régimen era éticamente indefendible. Así las cosas, la imagen de Rodríguez Zapatero como un hombre de buenas intenciones, pero malas compañías, se ha derrumbado. Dime con quién andas y te diré quién eres, nos advertían nuestros abuelos llenos de sabiduría.
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