Un año complejo

Miguel Ángel Latouche | @miglatouche

Internacionalista. Director de la Escuela de Comunicación Social - UCV. Doctor en Ciencias Políticas. Profesor en la Universidad Central de Venezuela. Consultor.

Las navidades comienzan a llegar a Caracas. Uno empieza a ver cómo lentamente los aparadores se llenan con adornos y arbolitos que refieren la celebración por venir en unos pocos días. Los precios son exorbitantes: el pan de jamón, las nueces y las hallacas han multiplicado su precio con respecto al año pasado.

Los caraqueños caminan indiferentes, poca gente parece andar con el ánimo de celebración que requieren estas fiestas. ¿Habrá estrenos este diciembre? Es común escuchar a la gente quejándose: los aguinaldos duraron poco, muy poco, la inflación ha pulverizado los sueldos y salarios del ciudadano común, los ha convertido en polvo cósmico, por decir lo menos.

El Gobierno insiste en imponer una lógica de normalidad llena de mensajes de bienaventuranza, buenos deseos y parabienes, en un intento por hacerle olvidar a la gente las penurias de la vida cotidiana. El Gobierno ha prometido la llegada de barcos con productos navideños, un festival de música urbana –“Suena Caracas”– y la existencia de los productos requeridos para hacer hallacas. La gaita suena a diestra y siniestra en todas las actividades gubernamentales.

Todo esto mientras se empieza a ver un importante despliegue policial con el cual, se asegura, garantizará la seguridad de todos, y se ordenan las vacaciones colectivas de los trabajadores del Consejo Nacional Electoral con lo cual este año no habrá, definitivamente, Referendo Revocatorio Presidencial.

El Gobierno tiene apuro por terminar un año que le ha sido complicado. La diatriba política ha sido particularmente ruda con la Asamblea Nacional (AN) y con una parte importante de la ciudadanía que siente que su calidad de vida ha disminuido rápidamente en medio de la escasez, la delincuencia y el deterioro general de la infraestructura.

Las cosas cambian rápidamente, por ejemplo, ya no solo roban a la gente en la calle sino que se ha llegado a un punto en el que los tipos entrar en forma de comando a las oficinas y “limpian” a quien encuentren, tal y como los saben los amigos de El Estímulo. ¡Ya ni la Chinita salva!

Desde los medios públicos se impone un discurso que habla de normalidad, como si no estuviese sucediendo nada; como si no se tratase de la capital más violenta de América Latina; como si la gente no tuviese que hacer largas colas para comprar pan, para adquirir medicinas o para ser atendidos en las emergencias de alguna clínica.

La verdad es que uno siente al país a punto de colapso. La gente está sometida a la tensión constante de las colas, mientras el miedo forma parte de nuestra cotidianidad.

El 2016 puede declararse como el peor año de la Revolución; la verdad, las cosas no les han salido bien desde que perdieran la mayoría parlamentaria en las últimas elecciones. Han sido meses complicados que han colocado al gobierno al borde de la inestabilidad. La pérdida de afectos es evidente: largas marchas, protestas, manifestaciones, cacerolazos y llamados a paros han caracterizado este momento político.

El gobierno se ha manejado para sobrevivir y lo ha logrado con relativo éxito. Lo que hace meses parecía un momento terminal se ha ido convirtiendo en un ejercicio de populismo que le ha permitido desmontar las amenazas más inmediatas y “pasar el año” con Maduro en la presidencia. Esto ha tenido un costo alto, es indudable que hay una pérdida de legitimidad que se hace cada vez más visible.

No es fácil para el “chavismo” gobernar con oposición. Los últimos tiempos hemos visto cómo se ha horadado el sistema de división de los poderes. Una característica del autoritarismo líquido con el cual se gobierna en Venezuela es, precisamente, la ausencia de controles y la posibilidad de gobernar por decreto y sin consulta, utilizando al Tribunal Supremo de Justicia para validar las acciones del Ejecutivo.

Esa incomodidad que implica la presencia de la oposición en la AN se ha traducido en una compleja y ruda confrontación de poderes, que se pone de manifiesto en términos de la debilidad institucional y la división del país entre grupos francamente excluyentes.

Uno tendría que decir que el 2016 es un mal año para la nación, para todos nosotros. Es evidente que se ha producido una ruptura del universo simbólico sobre el cual se soporta la convivencia, eso hace que el problema venezolano no se resuelva con algo tan simple como un proceso electoral.

En realidad todo parece indicar la necesidad de trabajar para reconstituir el tejido colectivo, para rescatar una dimensión de la moralidad que defina con claridad el contenido de reglas ampliamente aceptadas por la mayoría de los pobladores de este país. Reglas construidas sobre la base del consenso y que consideren ampliamente el conjunto de intereses diversos y complejos que se juegan entre nosotros en este momento político. Este año no es más que una coyuntura cuya solución requiere mucho más que una buena conversación.

Foto: La Razón

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