La locura colectiva

La democracia es un ámbito para el funcionamiento de los ciudadanos que requiere, al menos, de la aceptación de unas reglas de juego que regulen la convivencia, de la comprensión de los componentes simbólicos a partir de los cuales se constituye la sociedad y de la existencia de una construcción contractual a partir de la cual se definan los contenidos del proyecto colectivo. Una sociedad que funciona lo hace como totalidad, se nos presenta de manera inclusiva, auspicia la institución de la justicia y la imparcialidad como valores superlativos. Lamentablemente es cada vez más claro que no tenemos esa sociedad.

Por acá andamos todos confundidos. Se nos ha olvidado que la verdad nunca se juega en los extremos. A mí no me queda claro –en la lógica perversa del desprecio colectivo y del miedo en la que estamos metidos– qué tan lejos estamos de una confrontación abierta. Uno escucha algunas manifestaciones públicas del ciudadano común y se encuentra con una carga creciente de odio y de hastío que causa preocupación.

Antes éramos un pueblo cordial, de puertas abiertas, de invitar a los amigos, de compartir con la familia.  Uno recuerda con nostalgia ese tiempo en el cual todos estaban invitados a nuestra mesa, “donde caben dos caben tres”, decíamos. Los tiempos son malos; el dinero no alcanza, a pesar de los aumentos del salario mínimo; las empresas están a punto de estallar, así como las amas de casa, o quienes viven de su sueldo. Hace poco un taxista se negó a hacerme una carrera porque era cuesta arriba y se le podía dañar la caja de velocidades.

Este momento histórico parece haber sacado lo peor de nosotros mismos. Hemos transitado hacia una dinámica de la violencia que nos hace vivir con miedo, puestos frente a nosotros mismos, a nuestra propia desnudez, despojados de la moralidad; el asunto asusta, se trata de una pérdida de la inocencia que nos saca del paraíso, que nos coloca frente a la agreste y dura realidad, al odio, a la desconfianza y a la intolerancia que se manifiestan como formas desde las cuales nos interrelacionamos, o más, no lo hacemos.

¿Qué puede uno decir, por ejemplo, acerca de esta destrucción generalizada por la que andamos? Allí donde la gente no se reconoce en el otro no hay posibilidades para la convivencia democrática. Vienen tiempos muy duros, estamos sobre una bomba de tiempo. Yo no me hago ilusiones. El lío en el que estamos metidos no se acaba mañana.

Cabrujas hablaba de este país como de un campamente en el cual la gente buscaba fortuna sin arraigarse demasiado, sin comprometerse con el futuro. Yo creo que queda mucho de eso en nosotros, con el agravante de que ya no nos quedan recursos para la repartición indiscriminada. Entre el populismo de la Cuarta y el de la Quinta se nos ha ido el país de las manos. Digo lo anterior sin dejar de reconocer que el de la Quinta es mucho peor, es mucho más voraz, mucho más corrupto, mucho más ineficiente y mucho más excluyente.

De manera general uno podría decir que se ha reducido nuestra civilidad, eso que genera contención, que hace que no nos matemos entre nosotros. Nos movemos en una sociedad que genera injusticias y violencia. En Venezuela no solo crece la inflación, también lo hace el desempleo, el número de exiliados, los presos políticos, los límites a la libertad, el odio, la desconfianza. Al mismo tiempo se reduce el espacio para el funcionamiento de la sociedad. Esta es una época oscura, en la cual el poder se aferra a los resquicios intentando permanecer a toda costa.

El gobierno juega duro. Negar el revocatorio afecta la naturaleza misma del sistema democrático. Le niega a la gente la posibilidad de manifestar su voluntad para cambiar o para permanecer, secuestra la soberanía popular, la coloca bajo la tutela de un sistema institucional que está prácticamente tomado por el partido de gobierno y por la Fuerza Armada.

La gente quiere marchar a Miraflores, como si se tratase de una solución mágica, como si el gobierno estuviese por caerse. Yo no creo que lo esté, creo que vamos a un choque que pudiera ser brutal. Esta circunstancia que vivimos no nos ha dado la oportunidad de pensarnos con cuidado, de evaluar las opciones, de mirar hacia el futuro. Nuestra clase política es incapaz de liderar, hay demasiadas cosas a la vista. Es evidente que hay algunos intereses inconfesables se han colocado sobre la mesa.

El discurso de los líderes de ambos bandos tiende a calentar la calle. Parece difícil salir de esto sin daños a terceros. ¿Quién se beneficia de la sangre derramada? El tiempo pondrá las cosas en perspectiva, mientras tanto nos toca sobrevivir, permanecer, no caer en el intento a pesar de que la locura nos rodea. Esto que nos aqueja es una enfermedad colectiva, es la ausencia de referentes, se han derrumbado los límites de la moralidad. Estamos realmente muy jodidos.