Ounushin y Nawieba: cuando los indígenas jivi y wayuu dejan su territorio

VENEZUELA MIGRANTE · 19 DICIEMBRE, 2021 08:30

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Madelen Simo y Eira Gonzalez


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El proceso migratorio venezolano, que se agudizó a partir de 2015, afecta de manera directa a las culturas indígenas. En el caso de los wayuu, el hecho de que la madre abandone el hogar significa un cambio en la estructura familiar, pues la madre es la encargada de transmitir la tradición oral. Para los jivi, dejar su hogar es un quiebre que llevan en silencio, porque para los pueblos originarios el territorio lo es todo y en ocasiones, ese arraigo los obliga a regresar a sus raíces. Este trabajo explora la situación particular de dos pueblos indígenas venezolanos afectados por la migración venezolana actual.

ajapona, napuijoba y nawieba son palabras que en idioma jivi significan irse lejos, despedirse y regresar. En los últimos cinco años han tomado la voz de este pueblo originario del estado Amazonas, para escucharse en circunstancias muy distintas a las que ancestralmente estaban destinadas.

Anteriormente, cuando los jóvenes de una familia indígena salían de su hogar, se usaban estas palabras para hablar de esos muchachos que iban a estudiar fuera de su comunidad, en otro municipio, o en otro estado de Venezuela. Hoy se escuchan para referirse a algún miembro de este pueblo que decide irse muy lejos de su territorio, a otro país, en busca de trabajo y alimentos.

Ounushin, ounowa son términos que usan los wayuu cuando alguien de su pueblo debe salir de su territorio. Según un reportaje realizado por ACNUR en el 2018, más de medio millón de personas venezolanas, entre ellas parte de la comunidad wayuu, han cruzado la frontera hacía Colombia, donde aspiran encontrar oportunidades de trabajo para mantener a su familia.

Dentro de la cultura wayuu la madre es el pilar de la casa por ser la figura presente, la encargada de transmitir la cultura a través de la oralidad. Pero es la vulnerabilidad a los derechos humanos de sus hijos y ellas mismas, lo que las empujan a salir de sus comunidades, las cuales nunca habían abandonado.

Desplazamiento forzado

Si bien muchas familias han migrado juntas, también hay madres que se han ido solas, dejando un vacío en sus hogares. A juicio de José David González, coordinador de los derechos humanos, para los pueblos indígenas el insilio no es de quien se siente extranjero en su propia tierra, sino del que vive desde adentro la migración y ve cómo poco a poco se van perdiendo los valores que le han permitido mantenerse arraigado a su territorio. Esto ha generado que a su cultura hayan llegado otros modos de vida y formas de expresión que, incluso, se nombran en su idioma original.

De acuerdo a las cifras actualizadas el 24 de noviembre de 2021 por la Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela, en el mundo hay 6.038.937 venezolanos en estas condiciones. Un desplazamiento forzado que en 2015 tomó formas más vulnerables. A este proceso se sumaron los indígenas, quienes por las mismas razones han dejado su territorio: escasez de alimentos y medicamentos, bajo poder adquisitivo, desempleo o falta de un empleo digno.

Desde el año 2018, las agencias de las Naciones Unidas comenzaron a alertar sobre la migración forzada de los pueblos originarios. En julio de 2019 la alta comisionada de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas (Acnudh), Michell Bachelet, reconoció la violación de los derechos humanos de los pueblos indígenas en el informe anual que presentó en el 40° Periodo de Sesiones del Consejo de DDHH de la ONU, en el cual precisó:

“La situación humanitaria ha perjudicado (…) los derechos económicos y sociales de muchos pueblos indígenas, especialmente sus derechos a un nivel de vida digno, incluido el derecho a la alimentación, y su derecho a la salud. Hay violaciones de los derechos colectivos de los pueblos indígenas a sus tierras, territorios y recursos tradicionales”.

Wayuu y jivi comparten historias

El derecho colectivo de guardianes del territorio que por milenios han habitado es la afectación más palpable impuesta por el desplazamiento forzado a los pueblos originarios. Esto pudiera explicar que por su cercanía con Colombia, es a este país donde principalmente parten los indígenas venezolanos. Lo hacen caminando por el desierto de la Guajira o navegando en canalete por las aguas del río Orinoco: wayuu y jivi son dos pueblos originarios que se entrelazan en estas historias.

En el estado Zulia, en el occidente de Venezuela, están los Wayuu, un pueblo binacional que por el lado colombiano tiene 380.460 personas, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) de 2018 y por el lado venezolano 413.437 habitantes censados por Instituto Nacional de Estadística (INE) en 2011.

El estado Amazonas, al sur de Venezuela, cuenta con 23.953 miembros de la etnia jivi, según el censo de 2011, mientras que en Colombia los jivi, guahibo o sikuani (como se les conoce en ese país), suman 52.361 personas, en los llanos orientales, precisó el DANE en 2018.

Según el censo del 2011, los wayuu son el pueblo indígena con más habitantes en Venezuela. Los jivi forman parte de los cinco pueblos indígenas más representativos del estado Amazonas, en donde confluyen 21 pueblos indígenas.

Si bien los desplazamientos han formado parte de la cultura ancestral indígena, para Pablo Tapo, coordinador general del Movimiento Indígena de Amazonas en Derechos Humanos (Moinaddhh), el éxodo que se presenta en Amazonas y en otros estados donde habitan los pueblos originarios como Zulia, Bolívar y Delta Amacuro, ha devenido en una pérdida de su acervo histórico.

Es un mundo de saberes que se va desvaneciendo con la ausencia de quienes se han ido por diversos motivos. El Informe Migración Indígena, presentado por el Observatorio Derechos Humanos durante el año 2019, reveló que las principales razones de esta población para migrar fueron la búsqueda de oportunidades y el empleo con 55%, seguido del hambre con 42%.

Regresar en unuma (unión)

Unuma para el pueblo indígena jivi significa unión. Fue esa palabra la que palpitó en Ligia Pérez y la que la hizo regresar a su comunidad en Platanillal, Amazonas. En 2020 partió con sus hijos y su esposo a Puerto Carreño, capital del Departamento de Vichada, Colombia. Se fue con la idea de conseguir trabajo para solventar el déficit alimenticio de su familia.

La Asociación Civil Kapé Kapé elaboró un estudio en 2020 sobre la migración que ha tenido lugar en el estado Amazonas, tomando como muestra 20 encuestas en la comunidad de Platanillal, en donde se determinó que 64% de la población había migrado de manera permanente y 36% lo había hecho de forma temporal.

Datos similares se levantaron en el informe del Grupo de Investigaciones sobre la Amazonía (GRIAM), que presentó su director Luis Betancourt en abril de 2021. La investigación señala las causas más importantes del desplazamiento de las poblaciones indígenas: agudización de la crisis económica y política, escasez de alimentos, presencia de grupos armados, mercados ilegales de gasolina, invasión de territorios, minería ilegal.

Ligia cuenta su historia

Los indígenas que se desplazan hacia Puerto Carreño se establecen en “asentamientos”. Según la Secretaría de Desarrollo Social y Asuntos Indígenas de la Gobernación del Vichada, existen 25 en la ciudad de este Departamento colombiano. De acuerdo a las declaraciones ofrecidas para el informe de GRIAM por Manuel Aguilar, coordinador de Asuntos Étnicos de la referida Secretaría, estos asentamientos han aumentado desde hace cinco años.

“Se trata de viviendas improvisadas hechas de láminas de zinc, plástico, telas y demás elementos que sirvan para cubrirse del sol y la lluvia; sin ningún tipo de servicio público conforme a las normativas de urbanismo local y control de riesgo”, precisó Aguilar. Añadió que en los datos que manejan hay aproximadamente 1.000 indígenas y 3.000 no indígenas procedentes de Venezuela viviendo bajo estas condiciones.

Por su parte, Ramón Ponare, capitán de la comunidad de Platanillal, indicó que contabilizaron 10 familias de la comunidad jivi que migraron. Consideró que “la situación hizo que se fueran porque en Amazonas, entre los años 2017 y 2019, desaparecieron los artículos de primera necesidad”. Sin embargo, precisó que algunos están regresando porque en el vecino país no encontraron lo que buscaban, mientras que otros miembros de la comunidad retornaron a labores antiguas para ser autosustentables: pesca, caza y artesanía.

En este último grupo es donde se encuentra Ligia, una mujer que luego de pasar ocho meses en Puerto Carreño, Colombia, regresó a su casa para trabajar en la cestería y en el conuco, y así proporcionar el alimento a sus hijos.

Cira Palmar

Cira Palmar, mujer wayuu de 73 años, habitante del municipio Guajira, es madre de una migrante venezolana, quien tuvo que irse de su tierra a causa de las condiciones en las cuales vivía.

Su vivienda actual es una estructura débil, confeccionada a partir de latas desgastadas por la lluvia y el salitre. Su hogar no cuenta con servicio eléctrico porque no tiene dinero para comprar los cables y, mucho menos, para pagar la instalación que tendría que hacer. El agua que consume es salada, la saca de un pozo artesanal (hecho por ella y su nieta mayor) en el patio de una vecina. No tiene un trabajo formal pero, cada vez que sus piernas se lo permiten, camina hasta la playa de Caimare Chico a pedir peces para comer y cambiar algunos por otros alimentos; otras veces su nieta de 20 años es quien asume ese trabajo. No hay gas doméstico, ni por tubería ni en bombonas. Cira, sin temerle a sus 73 años, se vale de toda su fuerza para cortar la leña que avivará el fuego y servirá para cocinar los alimentos de sus nietos.

Tiene a su cargo cinco niñas y dos niños, tienen entre 1 y 15 años. Aunque están matriculados, generalmente no van al colegio: durante el tiempo de pandemia han estudiado con su tía en casa, con una guía fotocopiada y según sus conocimientos. Las clases virtuales son una utopía para ellos, pues no hay teléfono en su residencia, mucho menos Internet o televisión.

Nojotsü eein wanee müinkainka piaa Nojotsü eein wanee müinkainka pia tamúin teichon, choujaaleekalaja’a main pia tamüin ma’atshii moutshiikana waya puchikiru’u, püntaata wou, anii waya sutuma meliyaa, penta teichon, púnta wo’müin alu’süchon ta’leesüja’amain pia püntapa wo’müin.

Isidro Uriana.

Como tú no hay otra, como tú no hay otra madrecita, tu ausencia es un vacío,
estar separado de ti es ser huérfanos, ven pronto madrecita,
sin ti es un caos interminable, ven pronto que te necesitamos,
cuánto daríamos por tenerte a nuestro lado, ven madrecita, ven ya.

Isidro Uriana, poeta wayuu, resalta que la ausencia de la mamá en una vivienda wayuu, representa la pérdida de la esencia de la familia. Por más que la abuela asuma su papel, los niños mirarán a su madre de una manera diferente, pues no convivió con ellos, no fue parte de su proceso de crecimiento y no fue quien les mostró la manera de hacer las cosas, según su tradición. La abuela pasa a ser madre por segunda vez, debido al proceso migratorio, y la madre biológica, pasa a ser el padre del hogar ante la mirada de los pequeños.

Los procesos migratorios generalmente son dolorosos en cuanto a los lazos afectivos se refiere, pero para las comunidades indígenas implican mucho más que sentimientos. Para el wayuu la familia es lo más importante y el hecho de que una madre deba irse, dejando a los más pequeños bajo el cuidado de la abuela, por ejemplo, genera una ruptura en la tradición de este pueblo originario.

De acuerdo con declaraciones de Johanna Reina, asistente de protección de la oficina de ACNUR en Colombia, publicadas en un artículo de Universidad de los Andes al ser “obligados a salir de Venezuela, los wayuu, waraos, barí y yukpas, entre otros, tienen dificultades para acceder a los servicios básicos debido a la falta de documentación (…). Se enfrentan a desafíos de pérdida de identidad, incluyendo su idioma, y un dramático deterioro de sus estructuras organizacionales”.
La identidad como pueblo originario se queda atrás, no solo en su territorio sino en las costumbres y lo que diariamente comparten como familia. Allí donde la oralidad que se escucha desde niño es lo que fortalece el idioma indígena y lo que paulatinamente se está desdibujando cuando los wayuu y los jivi dejan su gran casa.

Bien lo señaló la antropóloga María Eugenia Villalón, cuando fue citada en un trabajo del Iam Venezuela sobre la pérdida de idiomas indígenas en el país. Existen indicadores que advierten el debilitamiento de las lenguas: cuando los hablantes dejan de utilizarlas, cuando se usa solo en casa o en reuniones de grupos indígenas, cuando se deja de transmitir a las generaciones siguientes.

Ausencia y pérdida resumen esos desplazamientos de los pueblos originarios. Es una huida que, en el caso de los jivi, ha dejado un vacío de saberes en la comunidad de Platanillal: docentes, personal obrero, personal de salud y estudiantes cruzaron la frontera por el sur. De una población de 700 personas, que ha contabilizado el capitán indígena Ponare, al menos 193 se fueron a Colombia en el año 2020, según censo levantado por los promotores comunitarios del lugar. La ausencia no solo afecta a una familia sino a una comunidad completa.

El regreso de Ligia

Tiene 47 años de edad y siete hijos. Su esposo es pescador y ella es obrera del sector educativo, pero también se dedica a la cestería y al conuco.

En el año 2020, en plena pandemia, decidió irse a Colombia con sus tres hijos más pequeños y su esposo. Primero se fue para buscar los útiles escolares de sus hijos, segundo por el alimento diario, porque como aseguró, “la situación que le han impuesto los gobernantes venezolanos a los indígenas es un atropello”.

En Colombia intentó trabajar con su artesanía, pero no pudo hacerlo. De acuerdo a lo narrado por Ligia, Parques Nacionales Naturales de Colombia prohibía este tipo de trabajo con planta de moriche, porque era ilegal. El empleo que sí consiguió fue como ayudante de cocina, pero como no tenía documentación legal colombiana, le pagaban la mitad de lo que podía ganar y se retiró.

Esa fue una de las causas que la motivó a regresar a su casa en Venezuela. Ella pronto decidió que era mejor estar en su comunidad, así sea pasando trabajo, pero buscando otras maneras de sobrevivir. Ahora teje bolsos y otras piezas de moriche para vender y alimentar a su familia. También cambia la comida por otros alimentos o por otros tipos de productos.

Ligia cree en la comunidad, en su tajamonae (familia), en boo (hogar), en que la memoria cultural de su pueblo se mantendrá si sus miembros no huyen a otro país. Según su experiencia en Colombia, “es mejor crear desde su propia cultura para resolver sus necesidades, que tajupona (irse lejos)”.

Ligia Pérez, indígena Jivi. Foto: Madelen Simó/El Estímulo

La comunidad lleva su registro de migración

El pueblo originario jivi, que habita en Platanillal, por el eje carretero sur del estado venezolano de Amazonas, se organizó para llevar un registro de cuántos indígenas han dejado su territorio en busca de mejores oportunidades. Así es como sus promotores comunitarios levantaron un censo, que comenzaron durante enero de 2020 de forma manual, con el fin de cuantificar el desplazamiento forzado que está viviendo en su comunidad.

Hasta octubre del mismo año escribieron sobre una plantilla de papel los datos de sus parientes. Para este reportaje se digitalizó esta data, se agrupó la información, según algunas variables, y se realizaron las gráficas que a continuación presentamos.

Este registro se detuvo durante el año 2021 debido a que los promotores culturales se enfocaron en asentar los datos sobre desnutrición en la comunidad local jivi.

Este material digitalizado es un aporte de nuestro equipo periodístico en agradecimiento a la comunidad.

Reportaje elaborado en colaboración entre los medios El Estímulo y Radio Fe y Alegría.
Producción realizada en el marco del curso Puentes de Comunicación II de la Escuela Cocuyo. Apoyado por DW Akademie y El Ministerio Federal de Relaciones Exteriores de Alemania.

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