Náufragos dentro de Güiria

VENEZUELA MIGRANTE · 19 DICIEMBRE, 2021 11:37

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Yohennys Briceño


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En las calles de lo que fue una de las ciudades más importantes del estado Sucre, en la costa oriental venezolana, algunos andan como náufragos buscando desesperados una manera de sobrevivir. Güiria se ha convertido en un lugar con más carencias que virtudes, y del que muchos desean escapar porque se sienten insiliados, extraños en su propia tierra. Algunos lo han logrado, otros siguen atrapados y más de 100 han perdido la vida en altamar, en el intento de llegar hasta Trinidad y Tobago en los últimos dos años

Hay una larga y resquebrajada calle desde donde se desprenden las demás. Es la calle Juncal. Una punta toca al estadio Julio César Casas, la otra el decolorado Puente Guillermina que se alza sobre el turbio río Guatapanare. Hay casas de estilo antillano que sólo brillan cuando el dorado del atardecer las alcanza. Postes que se encienden y se apagan al cabo de unos minutos. También se ven rostros con la comisura de los ojos caídas, la mirada perdida y la sonrisa volteada. Todo confluye en la Güiria de hoy.

En la calle Juncal se reúne la cotidianidad de este pueblo de pescadores y agricultores que han abandonado los anzuelos y carretas. Al adentrarse en la vía, comienza a palparse la movida de esta comunidad sucrense donde hace unos años se respiraba prosperidad, empatía y buen ánimo. Caminar por la Juncal solía ser una recreación: casas coloridas y personas que saludaban y ofrecían algún bocadillo o un café, algo nuevo que encontrar en algún local, una agradable plática con algún amigo.

Pero hoy, la travesía por esta ciudad del oriente venezolano es diferente. Las casas lucen opacas y muchas sonrisas son forzadas. Gran parte de las tertulias se transformaron en quejas. Algunos de los locales que daban vida a esta calle están cerrados, vacíos o destruidos. Las aceras están rotas. Las cunetas sucias, basura por todos lados. Como el aseo urbano no ha pasado en semanas, los vecinos queman sus desechos, y ahora por el humo, este lugar parece un camino de tinieblas. Tan tenebroso, que los mismos güireños aconsejan no transitar por allí.

Una atmósfera muy distinta a la que narra el cronista del pueblo, en sus relatos de antaño: “Güiria era una cascada de cariños y ensueños, lanchitas y botecitos a remos y alguna que otra –más tarde– a motor fuera de borda adentrándose más y más en el mar de Colón. Había amos, dulzura y esperanza con envidiable sabor de próspera vida”, escribió en su libro Güiria: historia, su gente y costumbres el ya fallecido Alberto Betancourt.

En la calle Juncal y en cualquier otra avenida o vereda, los vecinos confirman que así era la vida allí, próspera y jovial. Muchos atesoran estos recuerdos con nostalgia en sus álbumes familiares: sonrisas, carnavales, juegos y disfraces, comparsas, calipsos y bailes, abrazos, comidas para todos, hospedaje para desconocidos.

Pocos vestigios quedan de aquello. Ahora Güiria es percibida por muchos lugareños y turistas como un lugar inhóspito, aislado, peligroso. Incluso, algunos choferes temen cruzar la carretera que conduce a la ciudad porque la vía está repleta de baches y está inundada por la maleza. También porque es una travesía sólo para valientes. Los miembros de las bandas delictivas en este estado –el tercero más violento del país con un 61,3% de delitos por cada 100.000 personas según el último informe del Observatorio Venezolano de Violencia– andan como piratas surcando el asfalto para despojar a quien pase de cualquier cosa de valor.

Pueblo adentro, por esas calles resquebrajadas, se ven transeúntes cabizbajos, hundidos en la necesidad de conseguir algo con lo que puedan sortear la comida del día. No son pocos en esta situación, de hecho, 99,1% de los que habitan en el municipio Valdez, y en Güiria, su capital, sufre de inseguridad alimentaria, según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi) realizada en 2021.

Pareciera que un movimiento telúrico –de esos que son comunes en esta zona de Venezuela– sacudió todo y tumbó hasta la última señal de estabilidad en este pueblo, que tiene un déficit de 66,6% de los servicios públicos.

Quizás fue una sacudida más fuerte, emocional e interna, de dos placas tectónicas que chocaron: la crisis y el insilio –ese estado de desarraigo que hace que la persona se sienta extranjera en su país–. Desde entonces parece que Güiria estuviera rodeada de un mar de dificultades que pocos se atreven a cruzar. Ni siquiera los jóvenes, que en su mayoría deambulan desempleados o trabajan ocasionalmente como vendedores informales, asumiendo el futuro con desesperanza.

Por eso muchos de los 44.077 habitantes de este municipio quieren irse. Ya no sienten que este pueblo sea ese lugar donde pertenecen. Algunos parecen náufragos con la piel curtida -quemada por los feroces rayos de sol-, con las ropas sucias, deshilachadas y desteñidas, que buscan en los cocales que rodean al pueblo algo de sustento. Quieren salir y no pueden, y sienten que están destinados a permanecer infelices rodeados de un cementerio de peñeros y barcos chatarras con vista al mar.

A simple vista, el malecón que cubre al puerto pesquero internacional de Güiria se exhibe manso. Por aquí centenares de güireños han intentado escapar de su desdicha –en la clandestinidad– para llegar a Trinidad y Tobago, que está a unos 138 kilómetros de estas playas. Muchos han llegado a salvo. Pero en los últimos dos años, más de 100 han perdido la vida.

Estas aguas del Golfo de Paria cargan consigo el peso de la historia de Venezuela como el lugar donde Cristóbal Colón pisó tierra firme por primera vez en el país (1.498). Como en aquella época en que el Almirante realizó su tercer viaje y vislumbró ese pedazo de tierra que llamó “paraíso terrenal”, llegar implica flotar sobre innumerables dificultades.

De acuerdo con la historia, Güiria le debe su nombre a una serpiente de agua que según los primeros pobladores de ese territorio, los indios Kariñas, era tan grande que su cabeza reposaba donde hoy funciona la iglesia parroquial Inmaculada Concepción y su cola estaba hundida en el lecho marino del Golfo de Paria. “Era una serpiente gigantesca a la que bautizaron con el nombre de ‘Güiria’, un animal aterrador. Los indios Kariñas le huían. Hasta los Turipiaris que no le tenían miedo a nadie, le temían a la ‘Güiria’ ”, cuenta el cronista Betancourt en su libro.

Como en esa época, algunos güireños viven con temor a la inseguridad, la escasez y la falta de oportunidades. Aquellos días de pobladores gallardos parecen dormidos como la mitológica serpiente. Ahora prevalece la resignación. La etapa próspera de crecimiento, donde el puerto pesquero, la agricultura y la empresa petrolera Creole mantenían viva la economía ha dejado lamentos en muchos hogares de ese pueblo fundado el 8 de diciembre de 1767, sobre todo entre las nuevas generaciones.

Como le ocurre a Héctor, un joven güireño para quien el pueblo dejó de ser su hogar hace años. El miedo de no poder salir de la tierra donde creció lo abruma, le quita el sueño y lo castiga. Trabaja a diario para intentar escapar, pero sus esfuerzos parecen inútiles. Las oportunidades laborales están limitadas al comercio informal o al trabajo ilegal. A lo sumo, puede percibir entre 50 y 75 bolívares al mes, lo que equivale a unos 10 o 15 dólares americanos. Con esa cantidad, solo pueden salir hasta Carúpano, la ciudad más cercana ubicada a 130 kilómetros y donde las condiciones de vida también son precarias.

Ana, una maestra de Güiria, también teme quedarse ahí toda su vida. Ve con tristeza cómo las calles donde fue feliz se muestran como caminos tenebrosos donde no permite que sus hijos de diez y cuatro años se aventuren. Le da miedo salir, adentrarse en nuevas fronteras y aún así no poder desprenderse de ese estado de insilio que la consume y, a veces, la paraliza.

Le pasa igual a Nitcelis, una ingeniera de sistemas. Se siente mal, deprimida y desprotegida incluso dentro de su casa. Vislumbra la posibilidad de salir de allí, tras meses de trabajo como programadora web que se han alargado debido a las constantes fallas en el servicio eléctrico y el Internet. Prefiere evitar salir de su cuarto porque se niega a ver cómo su pueblo se cae a pedazos.

Asdrúbal, otro güireno que mira cabizbajo cómo el pueblo que conoció próspero en los años sesenta, y del que jamás ha querido desligarse, se ha convertido en un espacio de torturas para muchos. Aún siente al pueblo como su casa pero le cuesta adaptarse a la nueva dinámica de ese lugar que vio crecer como uno de los precursores de muchas de las tradiciones que los habitantes desean volver a disfrutar.

A continuación presentamos a estos cuatro náufragos en tierra firme que decidieron contar cómo viven con la sensación de sentirse extraños en su propio territorio.

El árbol que da oxígeno a Ana:

El árbol que da oxígeno a Ana

Una casa que cobija a Asdrúbal:

Una casa que cobija a Asdrúbal

El cuarto sin sombras de Nitcelis:

El cuarto sin sombras de Nitcelis

Héctor y las risas forzadas:

Héctor y las risas forzadas

Producción realizada en el marco del curso Puentes de Comunicación II de la Escuela Cocuyo, apoyado por DW Akademie y el Ministerio Federal de Relaciones Exteriores de Alemania, en alianza con Historias que laten.

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Náufragos dentro de Güiria

Texto por Yohennys Briceño

En las calles de lo que fue una de las ciudades más importantes del estado Sucre, en la costa oriental venezolana, algunos andan como náufragos buscando desesperados una manera de sobrevivir. Güiria se ha convertido en un lugar con más carencias que virtudes, y del que muchos desean escapar porque se sienten insiliados, extraños en su propia tierra. Algunos lo han logrado, otros siguen atrapados y más de 100 han perdido la vida en altamar, en el intento de llegar hasta Trinidad y Tobago en los últimos dos años

Hay una larga y resquebrajada calle desde donde se desprenden las demás. Es la calle Juncal. Una punta toca al estadio Julio César Casas, la otra el decolorado Puente Guillermina que se alza sobre el turbio río Guatapanare. Hay casas de estilo antillano que sólo brillan cuando el dorado del atardecer las alcanza. Postes que se encienden y se apagan al cabo de unos minutos. También se ven rostros con la comisura de los ojos caídas, la mirada perdida y la sonrisa volteada. Todo confluye en la Güiria de hoy.

En la calle Juncal se reúne la cotidianidad de este pueblo de pescadores y agricultores que han abandonado los anzuelos y carretas. Al adentrarse en la vía, comienza a palparse la movida de esta comunidad sucrense donde hace unos años se respiraba prosperidad, empatía y buen ánimo. Caminar por la Juncal solía ser una recreación: casas coloridas y personas que saludaban y ofrecían algún bocadillo o un café, algo nuevo que encontrar en algún local, una agradable plática con algún amigo.

Pero hoy, la travesía por esta ciudad del oriente venezolano es diferente. Las casas lucen opacas y muchas sonrisas son forzadas. Gran parte de las tertulias se transformaron en quejas. Algunos de los locales que daban vida a esta calle están cerrados, vacíos o destruidos. Las aceras están rotas. Las cunetas sucias, basura por todos lados. Como el aseo urbano no ha pasado en semanas, los vecinos queman sus desechos, y ahora por el humo, este lugar parece un camino de tinieblas. Tan tenebroso, que los mismos güireños aconsejan no transitar por allí.

Una atmósfera muy distinta a la que narra el cronista del pueblo, en sus relatos de antaño: “Güiria era una cascada de cariños y ensueños, lanchitas y botecitos a remos y alguna que otra –más tarde– a motor fuera de borda adentrándose más y más en el mar de Colón. Había amos, dulzura y esperanza con envidiable sabor de próspera vida”, escribió en su libro Güiria: historia, su gente y costumbres el ya fallecido Alberto Betancourt.

En la calle Juncal y en cualquier otra avenida o vereda, los vecinos confirman que así era la vida allí, próspera y jovial. Muchos atesoran estos recuerdos con nostalgia en sus álbumes familiares: sonrisas, carnavales, juegos y disfraces, comparsas, calipsos y bailes, abrazos, comidas para todos, hospedaje para desconocidos.

Pocos vestigios quedan de aquello. Ahora Güiria es percibida por muchos lugareños y turistas como un lugar inhóspito, aislado, peligroso. Incluso, algunos choferes temen cruzar la carretera que conduce a la ciudad porque la vía está repleta de baches y está inundada por la maleza. También porque es una travesía sólo para valientes. Los miembros de las bandas delictivas en este estado –el tercero más violento del país con un 61,3% de delitos por cada 100.000 personas según el último informe del Observatorio Venezolano de Violencia– andan como piratas surcando el asfalto para despojar a quien pase de cualquier cosa de valor.

Pueblo adentro, por esas calles resquebrajadas, se ven transeúntes cabizbajos, hundidos en la necesidad de conseguir algo con lo que puedan sortear la comida del día. No son pocos en esta situación, de hecho, 99,1% de los que habitan en el municipio Valdez, y en Güiria, su capital, sufre de inseguridad alimentaria, según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi) realizada en 2021.

Pareciera que un movimiento telúrico –de esos que son comunes en esta zona de Venezuela– sacudió todo y tumbó hasta la última señal de estabilidad en este pueblo, que tiene un déficit de 66,6% de los servicios públicos.

Quizás fue una sacudida más fuerte, emocional e interna, de dos placas tectónicas que chocaron: la crisis y el insilio –ese estado de desarraigo que hace que la persona se sienta extranjera en su país–. Desde entonces parece que Güiria estuviera rodeada de un mar de dificultades que pocos se atreven a cruzar. Ni siquiera los jóvenes, que en su mayoría deambulan desempleados o trabajan ocasionalmente como vendedores informales, asumiendo el futuro con desesperanza.

Por eso muchos de los 44.077 habitantes de este municipio quieren irse. Ya no sienten que este pueblo sea ese lugar donde pertenecen. Algunos parecen náufragos con la piel curtida -quemada por los feroces rayos de sol-, con las ropas sucias, deshilachadas y desteñidas, que buscan en los cocales que rodean al pueblo algo de sustento. Quieren salir y no pueden, y sienten que están destinados a permanecer infelices rodeados de un cementerio de peñeros y barcos chatarras con vista al mar.

A simple vista, el malecón que cubre al puerto pesquero internacional de Güiria se exhibe manso. Por aquí centenares de güireños han intentado escapar de su desdicha –en la clandestinidad– para llegar a Trinidad y Tobago, que está a unos 138 kilómetros de estas playas. Muchos han llegado a salvo. Pero en los últimos dos años, más de 100 han perdido la vida.

Estas aguas del Golfo de Paria cargan consigo el peso de la historia de Venezuela como el lugar donde Cristóbal Colón pisó tierra firme por primera vez en el país (1.498). Como en aquella época en que el Almirante realizó su tercer viaje y vislumbró ese pedazo de tierra que llamó “paraíso terrenal”, llegar implica flotar sobre innumerables dificultades.

De acuerdo con la historia, Güiria le debe su nombre a una serpiente de agua que según los primeros pobladores de ese territorio, los indios Kariñas, era tan grande que su cabeza reposaba donde hoy funciona la iglesia parroquial Inmaculada Concepción y su cola estaba hundida en el lecho marino del Golfo de Paria. “Era una serpiente gigantesca a la que bautizaron con el nombre de ‘Güiria’, un animal aterrador. Los indios Kariñas le huían. Hasta los Turipiaris que no le tenían miedo a nadie, le temían a la ‘Güiria’ ”, cuenta el cronista Betancourt en su libro.

Como en esa época, algunos güireños viven con temor a la inseguridad, la escasez y la falta de oportunidades. Aquellos días de pobladores gallardos parecen dormidos como la mitológica serpiente. Ahora prevalece la resignación. La etapa próspera de crecimiento, donde el puerto pesquero, la agricultura y la empresa petrolera Creole mantenían viva la economía ha dejado lamentos en muchos hogares de ese pueblo fundado el 8 de diciembre de 1767, sobre todo entre las nuevas generaciones.

Como le ocurre a Héctor, un joven güireño para quien el pueblo dejó de ser su hogar hace años. El miedo de no poder salir de la tierra donde creció lo abruma, le quita el sueño y lo castiga. Trabaja a diario para intentar escapar, pero sus esfuerzos parecen inútiles. Las oportunidades laborales están limitadas al comercio informal o al trabajo ilegal. A lo sumo, puede percibir entre 50 y 75 bolívares al mes, lo que equivale a unos 10 o 15 dólares americanos. Con esa cantidad, solo pueden salir hasta Carúpano, la ciudad más cercana ubicada a 130 kilómetros y donde las condiciones de vida también son precarias.

Ana, una maestra de Güiria, también teme quedarse ahí toda su vida. Ve con tristeza cómo las calles donde fue feliz se muestran como caminos tenebrosos donde no permite que sus hijos de diez y cuatro años se aventuren. Le da miedo salir, adentrarse en nuevas fronteras y aún así no poder desprenderse de ese estado de insilio que la consume y, a veces, la paraliza.

Le pasa igual a Nitcelis, una ingeniera de sistemas. Se siente mal, deprimida y desprotegida incluso dentro de su casa. Vislumbra la posibilidad de salir de allí, tras meses de trabajo como programadora web que se han alargado debido a las constantes fallas en el servicio eléctrico y el Internet. Prefiere evitar salir de su cuarto porque se niega a ver cómo su pueblo se cae a pedazos.

Asdrúbal, otro güireno que mira cabizbajo cómo el pueblo que conoció próspero en los años sesenta, y del que jamás ha querido desligarse, se ha convertido en un espacio de torturas para muchos. Aún siente al pueblo como su casa pero le cuesta adaptarse a la nueva dinámica de ese lugar que vio crecer como uno de los precursores de muchas de las tradiciones que los habitantes desean volver a disfrutar.

A continuación presentamos a estos cuatro náufragos en tierra firme que decidieron contar cómo viven con la sensación de sentirse extraños en su propio territorio.

El árbol que da oxígeno a Ana:

El árbol que da oxígeno a Ana

Una casa que cobija a Asdrúbal:

Una casa que cobija a Asdrúbal

El cuarto sin sombras de Nitcelis:

El cuarto sin sombras de Nitcelis

Héctor y las risas forzadas:

Héctor y las risas forzadas

Producción realizada en el marco del curso Puentes de Comunicación II de la Escuela Cocuyo, apoyado por DW Akademie y el Ministerio Federal de Relaciones Exteriores de Alemania, en alianza con Historias que laten.

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