La pandemia silenciosa: microorganismos resistentes a antibióticos

CIENCIA · 28 MARZO, 2022 04:36

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Gioconda Cunto de San Blas


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¿Usted sabía que después del Proyecto Manhattan (1942-1946) para la producción de una bomba nuclear, el segundo proyecto prioritario e igualmente secreto para el gobierno norteamericano fue la producción en masa de penicilina para la atención de los heridos de guerra en el campo aliado? No era pequeño el desafío. Se sabía que de los 10 millones de soldados muertos en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), casi la mitad no había fallecido por bombas, disparos o gases productos del afán bélico sino por infecciones menores que al ser intratables con los medicamentos disponibles al momento, derivaban en septicemias letales. De manera que la revelación de la penicilina como droga exitosa contra infecciones bacterianas se tradujo en uno de los capítulos brillantes de la química, la microbiología y la medicina modernas para salvar gentes en medio de un escenario de muerte.

En 1928 el médico microbiólogo Alexander Fleming trabajaba en el Hospital Saint Mary de Londres dedicado a la mejora y fabricación de vacunas o inyecciones y sueros. Al regreso de sus vacaciones de verano en su nativa Escocia, Fleming notó que una de las placas, dejadas para observación ulterior en un experimento en marcha, se había contaminado con otro microorganismo. No uno cualquiera, sino el hongo Penicillium notatum, que al crecer en un medio de cultivo adecuado producía una sustancia luego llamada penicilina en referencia a su origen, que al inhibir el crecimiento de la bacteria producía un halo visible en la placa bajo observación.

En su discurso de recepción del premio Nobel 1945 en Medicina o Fisiología, compartido con Howard Florey y Ernst Chain, Fleming reconoce que dada su formación como microbiólogo, carecía de destrezas para acometer la purificación y determinación de estructura de la penicilina. Ese reto fue asumido años más tarde en Londres por el bioquímico Florey y el químico Chain quienes en 1940 y años sucesivos, en plena Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y bajo los bombardeos nazis a la ciudad, lograron estos éxitos en conjunto con colegas norteamericanos. El primer paciente tratado con penicilina fue Albert Alexander, oficial de policía de Londres, quien recibió la única dosis de penicilina disponible en el laboratorio de Florey. Una recuperación notable en pocas horas fue revertida por imposibilidad de disponer de una segunda dosis del antibiótico. Fue Anne Miller (New Haven, Connecticut, 1942) la primera persona salvada de la muerte por septicemia, luego de ser tratada con dosis suficientes de penicilina. Vivió hasta sus 90 años, cumplidos en 1999.

A partir de allí, la producción masiva de penicilina y derivados, así como la búsqueda de nuevos antibióticos se multiplicaron exponencialmente. El control de las infecciones bacterianas quedaba así resuelto y garantizado… ¿Realmente?

En una suerte de yin y yang, conceptos del taoísmo referentes a la dualidad de todo lo existente en el universo, a fuerzas opuestas y complementarias, la introducción de antibióticos al arsenal médico terapéutico trajo como consecuencia casi inmediata la respuesta de las bacterias y otros microbios, que mientras se adaptaban a ese medio para ellos hostil, aseguraban su sobrevivencia a través de diversos mecanismos moleculares que no es del caso discutir aquí. Como consecuencia de esa resistencia adquirida, los antibióticos van perdiendo efectividad a poco de comenzar a usarse.

Ejemplos de resistencia hay muchos, baste con mencionar unos pocos: la frecuencia de resistencia a ciprofloxacina, un antibiótico comúnmente usado para tratar infecciones urinarias, neumonías o sepsis, particularmente en pacientes en unidades de cuidado intensivo, varía de 8,4% a 92,9% para Escherichia coli y de 4,1% to 79,4% para Klebsiella pneumoniae. La bacteria Staphylococcus aureus que cohabita de forma natural en nuestra piel, puede mutar a bacteria resistente a meticilina, generando infecciones que en algunos casos serán incurables y letales.

Datos recientes del Hospital Universitario “Antonio Patricio de Alcalá”, Cumaná, estado Sucre, Venezuela, indican una frecuencia del 25,2% de E. coli multirresistente, en similitud con otros reportes a lo largo y ancho del país. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que en 2018 hubo cerca de 500 mil nuevos casos de tuberculosis resistentes a la rifampicina y otros antibióticos. También se han descrito hongos patógenos resistentes a antibióticos antifúngicos (no son los mismos que los antibacterianos), como es el caso de Candida auris, uno de los más frecuentes agentes de infecciones fúngicas.

El mes pasado (febrero de 2022) fue publicado en la prestigiosa revista científica The Lancet un artículo, el más exhaustivo hasta la fecha, en el que a través de metanálisis de cientos de miles de datos relativos a la generación de superbacterias (como se ha dado en llamar a las bacterias resistentes a antibióticos), los autores concluyen que tan solo en 2019 fallecieron 1,2 millones de personas por infecciones producidas por microorganismos resistentes, más que las muertes causadas por el sida o la malaria. Los responsables del estudio consideran que de no poner reparo a esta situación, en menos de 30 años las superbacterias acabarán con la vida de 10 millones de personas cada año, es decir, tres veces más que lo estimado para la Covid-19 en 2020. De hecho, la OMS ha declarado a la resistencia antimicrobiana como una de las 10 amenazas más graves que enfrenta la humanidad.

¿Hay alguna manera de evitar la aparición de microorganismos resistentes a antibióticos? No. Pero sí hay formas de retrasarla. A tal efecto, la OMS a través del Grupo Coordinado sobre Microorganismos Resistentes a Antibióticos publicó en abril de 2019 el documento   “No time to wait: Securing the future from drug-resistant infections” (Sin tiempo que perder: asegurar el futuro libre de infecciones resistentes a drogas), contentivo de normas a seguir. También la Organización Panamericana de la Salud (OPS) publicó un manual al efecto: Recommendations for Implementing Antimicrobial Stewardship Programs in Latin America and the Caribbean: Manual for Public Health Decision-Makers (Recomendaciones para implementar programas de vigilancia antimicrobiana en América Latina y el Caribe: Manual para los gestores de la salud pública).

Entre las principales recomendaciones en dichos documentos están las de prevenir el uso inapropiado de antibióticos, ya sea por automedicación, por prescripción inadecuada del médico tratante, por errónea profilaxis quirúrgica; establecer controles rigurosos para la venta de antibióticos, de manera similar a los controles en la adquisición de psicotrópicos; crear programas nacionales de vigilancia. Además, restringir la aplicación de antibióticos de uso clínico en técnicas agropecuarias de engorde animal.

El uso inapropiado de antibióticos antibacterianos en enfermedades de origen viral tiene su más reciente expresión en estos dos años de pandemia. En declaraciones del médico venezolano Manuel Guzmán Blanco, coordinador del Programa Venezolano de Vigilancia de la Resistencia a los Antimicrobianos (PROVENRA),  “la pandemia por Covid-19 ha reflejado un abuso desmedido en el empleo de antibióticos, a pesar de todas las recomendaciones y orientaciones brindadas. La azitromicina, la levofloxacina y otros antibióticos no le hacen nada al virus, pero se han usado en cantidades industriales, y eso no ha mejorado el pronóstico de la Covid-19, sino que ha ayudado al desarrollo de más bacterias resistentes”, desencadenando lo que él ha llamado “la pandemia silenciosa”.

PROVENRA fue fundada por los doctores Manuel Guzmán Blanco, Oswaldo Carmona y Honorio Silva con el objetivo de vigilar la actividad de los antibióticos frente a las distintas bacterias que causan infecciones en Venezuela, en un esfuerzo loable por suministrar datos fidedignos que sirvan no solo para particulares sino como guía para los hacedores de políticas públicas en el tema. Cuenta con 51 centros participantes de las distintas regiones del país, que recogen la información diaria generada en hospitales y laboratorios de microbiología, la cual es puesta a disposición de los interesados a través de su portal.

En la ceremonia de entrega de premios Nobel el 10 de diciembre de 1945, a cuatro meses de los bombardeos nucleares en Hiroshima y Nagasaki que marcaron un doloroso punto final a la Segunda Guerra Mundial, el Profesor G. Liljestrand (Instituto Karolinska, Estocolmo) actuó como presentador del premio en Medicina o Fisiología otorgado a Fleming, Florey y Chain. En su discurso, escrito bajo el influjo de los dramáticos sucesos de entonces, Liljestrand resaltó la fundamental importancia de la investigación básica, en este caso hecha en Londres al tiempo que toneladas de bombas nazis caían sobre la ciudad. “El punto de inicio fue una investigación académica que generó más tarde la purificación y cristalización de uno de los más eficientes remedios conocidos para el momento. Este proceso fue posible con la ayuda conjunta de la bioquímica, la bacteriología y la investigación clínica […]. También exigió un enorme entusiasmo científico. En un tiempo en que la aniquilación y la destrucción a través de invenciones humanas ha sido más grande que nunca antes en la historia de la humanidad, la introducción de la penicilina es una demostración brillante de que el ingenio humano es también capaz de salvar vidas y combatir la enfermedad.”

Hoy, cuando estamos peligrosamente al borde de una nueva conflagración de alcances inimaginables, las palabras de este investigador sueco resuenan para recordarnos que los recaderos de la guerra serán siempre sobrepasados por los apóstoles de la paz. Entre estos, tantos científicos abnegados que contrarrestan los tambores de la guerra con su dedicación generosa a la creación, al control de la pandemia de la Covid-19, a la lucha por un mundo ecológicamente equilibrado, al avance del conocimiento para el progreso en el mundo que nos ha tocado vivir. Renovar los votos de paz a través de la ciencia será una manera de justificar nuestra presencia en el mundo.

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*Gioconda Cunto de San Blas es Ph.D. Bioquímica, Universidad Heriot-Watt, Edimburgo, UK y Lic. Química, UCV. Investigadora Emérita del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) e Individuo de Número de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales (Acfiman).

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