El silencio de la Puerta del Sol

POLÍTICA · 26 ENERO, 2020 14:34

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Anamaria González Oxford

Foto por Joe Codallo

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Desde el día antes se sentía la emoción de movilización: “hasta mi suegra, que le huye al frío, va”. Nada fácil en estos días de invierno en Madrid, que para los caribeños se siente rudo los  5, 6 y 7 grados de temperatura y, además, lloviendo.

Y así fue, la Puerta del Sol se llenó de venezolanos, “Está petao”, decía un español. Era difícil moverse entre la cantidad de gente. Poco a poco fueron llegando, todos querían escuchar a Juan Guaidó, no lo recibiría el Presidente de España, pero los venezolanos sí lo harían. Era lo que correspondía.

Desde la 1 de la tarde ya se veían banderas, gorras tricolor, que también viajaron en las maletas. Algunos llegaron desde las regiones españolas, Almería, Burgos, Santander, venezolanos que rodaron horas, para estar en primera fila, para esperar mojados y abrigados, con y sin paraguas que llegara Juan Guaidó.

Ahí estaban con la necesidad de sentir que estaban conectados con su país, con las familias que dejaron, con los amigos que extrañan, y también con la injusticia del JM. De Los Ríos, que también estaba presente en las pancartas.

Una española se le acerca a una venezolana y le pregunta: ¿Estás emocionada?, ella se voltea y le contesta: ¡Muchísimo¡. “Debes estarlo”, le dijo la española, “hasta yo estoy emocionada. Estamos aquí para apoyar a Venezuela y queremos conocer a su Presidente”.

Ese era el ambiente antes que Juan Guaidó subiera a la tarima. Muchos españoles, esperando, demostrando que España sí abraza la causa venezolana, demostrando la integración con los migrantes y también haciendo lo que no hizo Sánchez, recibiendo a Guaidó.

Pero no solo había españoles, también nicaragüenses, bolivianos, cubanos y hasta argentinos que contaban la tragedia de los venezolanos a los grupos con los que se habían citado en Sol. “pasan hambre”, “los meten presos sin que hayan hecho nada”, “no tienen pasaporte”, era algunos de los cuentos que echaban.

A las 6:05 comenzó a sonar la música venezolana que ambientaba la espera. Instrumentales de Simón Díaz, Gualberto Ibarreto, Aldemaro Romero, y la que rompió el patrón “Enfurecida” de Luis Silva, joropos, el Alma Llanera, sonidos familiares que finalmente introdujeron a los venezolanos en la jornada, que hasta ese momento era un tanto ajena.  Empezó a sentirse el calor de la causa común.

Los actos protocolares programados retrasaron el comienzo del encuentro, así que como de costumbre venezolana, un vocero comenzaría a animar con consignas exportadas “¿Quiénes somos?” “¿Qué queremos?”… Venezuela y Libertad sonaron con convicción.

Finalmente llegó la hora, Juan Guaidó se subió a la tarima y con un: “¡Buenas Noches Venezuela!”, ya se ganaba las lágrimas y los aplausos de un discurso con momentos de voz quebrada, de perdones, de historias y reflexiones.

Juan Guaidó fue escuchado con apabullante silencio. No lloraron los bebés, no silbaron los presentes, no trompetearon, no se escuchaba otra cosa que la voz de Juan Guaidó y el coro de asistentes que dos o tres veces lo siguió al grito de “Libertad”.

Mientras hablaba todos escuchaban con atención, con respeto, con interés, algunos asentían, y cuando mencionaba alguna trastada del régimen, unos desaprobaban con la cabeza y a otros se les escuchaba el susurro de “desgraciados”.

Ordenados, calmados, sentidos, emocionados, así estaban los asistentes, no había cientos de policías, solo los necesarios para un encuentro cívico entre un líder y un gran grupo de migrantes. Y transcurrieron los 25 minutos de ese encuentro.

“¡Gracias Venezuela!, ¡Gracias España!, ¡Gracias Madrid! dijo Guaidó para darle paso al  Himno Nacional de Venezuela, que entonó él, bandera en mano, en una sola voz con todos los que ahí estaban. Quizás uno de los momentos que más lágrimas, entre abrazos, hubo.

Pero los venezolanos querían más. Querían despedirse con menos silencios, con más ánimo y alegría. Luego de vivir en colectivo el dolor del país, le pidieron que se asomara desde el balcón del edificio del gobierno de Madrid. Y con la emoción de la improvisación, desde abajo se escuchaba el grito de ¡Presidente! ¡Presidente! Mientras Juan Guiadó saludaba y grababa un selfie con los cientos de compatriotas forzados a migrar, dejando el mensaje de “lo vamos a lograr”.

La Puerta del Sol se llenó, en realidad se abarrotó. No sucede con frecuencia que una comunidad extranjera sea tan activa, “son los más activos políticamente, pero también los más desordenados”, me dijo un día un especialista en migración español.

Los venezolanos son activos, los movió el compromiso, los movió las ganas de volver de algunos, la posibilidad de una palabra que indicara que eso va a pasar, el reconocerse dentro de un colectivo, el plantarse siempre ante la lucha. Los movió “la afrenta” de Sánchez, como lo llamó una abuelita, “él (Guaidó) es mi presidente, y mis hijos están aquí trabajando, muy duro, quiero que nos respete”, dijo.

Foto: Joe Codallo

POLÍTICA · 11 AGOSTO, 2022

El silencio de la Puerta del Sol

Texto por Anamaria González Oxford
Foto por Joe Codallo

Desde el día antes se sentía la emoción de movilización: “hasta mi suegra, que le huye al frío, va”. Nada fácil en estos días de invierno en Madrid, que para los caribeños se siente rudo los  5, 6 y 7 grados de temperatura y, además, lloviendo.

Y así fue, la Puerta del Sol se llenó de venezolanos, “Está petao”, decía un español. Era difícil moverse entre la cantidad de gente. Poco a poco fueron llegando, todos querían escuchar a Juan Guaidó, no lo recibiría el Presidente de España, pero los venezolanos sí lo harían. Era lo que correspondía.

Desde la 1 de la tarde ya se veían banderas, gorras tricolor, que también viajaron en las maletas. Algunos llegaron desde las regiones españolas, Almería, Burgos, Santander, venezolanos que rodaron horas, para estar en primera fila, para esperar mojados y abrigados, con y sin paraguas que llegara Juan Guaidó.

Ahí estaban con la necesidad de sentir que estaban conectados con su país, con las familias que dejaron, con los amigos que extrañan, y también con la injusticia del JM. De Los Ríos, que también estaba presente en las pancartas.

Una española se le acerca a una venezolana y le pregunta: ¿Estás emocionada?, ella se voltea y le contesta: ¡Muchísimo¡. “Debes estarlo”, le dijo la española, “hasta yo estoy emocionada. Estamos aquí para apoyar a Venezuela y queremos conocer a su Presidente”.

Ese era el ambiente antes que Juan Guaidó subiera a la tarima. Muchos españoles, esperando, demostrando que España sí abraza la causa venezolana, demostrando la integración con los migrantes y también haciendo lo que no hizo Sánchez, recibiendo a Guaidó.

Pero no solo había españoles, también nicaragüenses, bolivianos, cubanos y hasta argentinos que contaban la tragedia de los venezolanos a los grupos con los que se habían citado en Sol. “pasan hambre”, “los meten presos sin que hayan hecho nada”, “no tienen pasaporte”, era algunos de los cuentos que echaban.

A las 6:05 comenzó a sonar la música venezolana que ambientaba la espera. Instrumentales de Simón Díaz, Gualberto Ibarreto, Aldemaro Romero, y la que rompió el patrón “Enfurecida” de Luis Silva, joropos, el Alma Llanera, sonidos familiares que finalmente introdujeron a los venezolanos en la jornada, que hasta ese momento era un tanto ajena.  Empezó a sentirse el calor de la causa común.

Los actos protocolares programados retrasaron el comienzo del encuentro, así que como de costumbre venezolana, un vocero comenzaría a animar con consignas exportadas “¿Quiénes somos?” “¿Qué queremos?”… Venezuela y Libertad sonaron con convicción.

Finalmente llegó la hora, Juan Guaidó se subió a la tarima y con un: “¡Buenas Noches Venezuela!”, ya se ganaba las lágrimas y los aplausos de un discurso con momentos de voz quebrada, de perdones, de historias y reflexiones.

Juan Guaidó fue escuchado con apabullante silencio. No lloraron los bebés, no silbaron los presentes, no trompetearon, no se escuchaba otra cosa que la voz de Juan Guaidó y el coro de asistentes que dos o tres veces lo siguió al grito de “Libertad”.

Mientras hablaba todos escuchaban con atención, con respeto, con interés, algunos asentían, y cuando mencionaba alguna trastada del régimen, unos desaprobaban con la cabeza y a otros se les escuchaba el susurro de “desgraciados”.

Ordenados, calmados, sentidos, emocionados, así estaban los asistentes, no había cientos de policías, solo los necesarios para un encuentro cívico entre un líder y un gran grupo de migrantes. Y transcurrieron los 25 minutos de ese encuentro.

“¡Gracias Venezuela!, ¡Gracias España!, ¡Gracias Madrid! dijo Guaidó para darle paso al  Himno Nacional de Venezuela, que entonó él, bandera en mano, en una sola voz con todos los que ahí estaban. Quizás uno de los momentos que más lágrimas, entre abrazos, hubo.

Pero los venezolanos querían más. Querían despedirse con menos silencios, con más ánimo y alegría. Luego de vivir en colectivo el dolor del país, le pidieron que se asomara desde el balcón del edificio del gobierno de Madrid. Y con la emoción de la improvisación, desde abajo se escuchaba el grito de ¡Presidente! ¡Presidente! Mientras Juan Guiadó saludaba y grababa un selfie con los cientos de compatriotas forzados a migrar, dejando el mensaje de “lo vamos a lograr”.

La Puerta del Sol se llenó, en realidad se abarrotó. No sucede con frecuencia que una comunidad extranjera sea tan activa, “son los más activos políticamente, pero también los más desordenados”, me dijo un día un especialista en migración español.

Los venezolanos son activos, los movió el compromiso, los movió las ganas de volver de algunos, la posibilidad de una palabra que indicara que eso va a pasar, el reconocerse dentro de un colectivo, el plantarse siempre ante la lucha. Los movió “la afrenta” de Sánchez, como lo llamó una abuelita, “él (Guaidó) es mi presidente, y mis hijos están aquí trabajando, muy duro, quiero que nos respete”, dijo.

Foto: Joe Codallo