Vuelta a la patria
Familiares de personas asesinadas durante las protestas antigubernamentales de 2017 protestan frente al Ministerio Público en Caracas. Foto: Mairet Chourio Credit: Mairet Chourio

El título de este artículo es de un poema que Juan Antonio Pérez-Bonalde escribió para transmitir sus sentimientos al volver a su patria, Venezuela, hace casi 150 años. Por años, ese conmovedor texto del siglo pasado se leyó a pesar de lo extenso, en las escuelas básicas, y algunas familias se afanaban porque alguno de sus hijos o hijas aprendieran algunos sus versos para declamarlos en las reuniones familiares.

Hoy, quizás el estilo pomposo y la rima del poema de Pérez-Bonalde no calaría entre los millones de venezolanos que por razones políticas y/o económicas viven fuera de su país y quisieran regresar, pero el dolor que transmite el poema sí tiene vigencia entre muchas de las personas migrantes.

Dejar al país

La experiencia migratoria es única, cada quien la vive a su manera. Se emigra por múltiples razones desde el afán por hacerlo hasta hacerlo sin querer.

Hay quienes emigran con mucha tristeza. Se van de la patria adoloridos por la pérdida, por dejar a seres queridos y la cotidianidad construida junto a pedazos de la historia personal, los espacios, sus pertenencias. Se llevan en la memoria la luz, los olores, los sonidos, los sabores. Eso duele. Con ellos alimentan la nostalgia y el futuro con el deseo de volver.

Hay quienes se van llenos de alegría. El proyecto del futuro predomina sobre la tristeza por lo que dejan. Poco a poco, a veces con una rapidez inaudita, borran de su cabeza y de su pecho todo lo que alguna vez tuvieron y dejaron. La ilusión es que, muy posiblemente, todo será más y mejor. Los hechos pudieran ir demostrando que se cumple lo soñado. Pero, atrás quedó el país para siempre y con el su historia personal, algún ser querido, alguna que otra querencia. Podrán ignorar el pasado, renegar de él, pero no borrarlo.

Dejar el país duele, por más que sea.

Un migrante es un ser único aun cuando la experiencia de emigrar la haya vivido en grupo. Cada quien enfrenta su tristeza, sus miedos, sus esperanzas de manera distinta. Hay quienes, en cuestión de días, se olvidan de las angustias, temores, penurias vividas por la migración y hay quienes las arrastran por años.

Hay quienes no emigran, a pesar de vivir fuera. Viven en guetos, reproduciendo la cultura de donde vienen, negando la integración al nuevo mundo. Esto es más dramático para quienes emigran a países con lengua distinta a la propia. Fuera de sus espacios íntimos, la gente se queda muda y sorda, habilitando insólitos mecanismos de comunicación. Emigrar es andar creando una permanente estrategia de sobrevivencia.

Volver al país

Volver al país de origen para algunas personas puede ser un deseo consciente, para otras un deseo no reconocido y hay quienes no quieren regresar. En otros casos, quienes quisieran volver no pueden por razones económicas o de estatus migratorio o porque todavía no han alcanzado las metas que se trazaron conseguir en otro país o por razones políticas o vaya usted a saber por qué.

Entre quienes emigran parece que es frecuente la ilusión de que algún día pudieran volver al país de origen. Junto a esa ilusión hay un miedo por el país que encontrarán y por las dificultades a adaptarse a lo que alguna vez fue suyo. Para los migrantes retornados el proceso suele ser difícil. “Yo no me hallo aquí,” suele ser una frase que pronuncian.

Aun cuando no se trate de retorno, si no, digamos, de una visita a la tierra dejada, junto a la ilusión y la alegría del regreso se siente también un susto, un miedo, porque la realidad sobrepase lo que se recuerda del país dejado. Ese vacío en el estómago pareciera inevitable a pesar de la certidumbre del mar de afectos y sabores ansiados que encontrarás.

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