OPINIÓN · 19 AGOSTO, 2019 05:46

Servir a Venezuela y no servirse de Venezuela

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Olga Bravo @bravoluna

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Hasta la costumbre de denigrar de nosotros mismos ha sufrido el impacto de la diáspora. Aunque ha dejado de escucharse que somos flojos o poco confiables, se escucha, con no poca frecuencia, que una reconstrucción del país no será posible.

Quiero retar esos señalamientos porque estas opiniones desesperanzadoras soslayan el hecho de que, cada vez que alguien ha confiado en los venezolanos, lo que implica reconocer sus capacidades y exigir resultados de acuerdo con esas capacidades, se ha alcanzado logros extraordinarios. Uno de esos casos lo encontramos en la lucha contra la malaria, encabezada por el médico Arnoldo Gabaldón.

En el año 1936, Enrique Tejera, quien se desempeñaba como Ministro de Salud, pide a Arnoldo Gabaldón, médico trujillano, que regrese a Venezuela para encargarse de la recién fundada División de Malariología (luego se llamaría Dirección de Malariología y Saneamiento Ambiental), con la misión de rescatar al país de la terrible enfermedad que arrasó poblaciones enteras y que, incluso, hacía inviable el país porque acababa con la vida de un venezolano cada dos horas.

Gabaldón, quien tenía en aquel momento unos 27 años y se encontraba trabajando en un centro de investigación en la ciudad de Nueva York, dio muestras de su enorme compromiso hacia el país y su confianza en que los venezolanos de la época podrían hacer frente al enorme reto planteado por Tejera, cuando respondió al llamado de su mentor y regresó a Venezuela para encargarse de una institución cuyo único integrante era él, en un país sin carreteras, sin dinero, con una estadística de analfabetismo que rozaba el 70%. Dos terceras partes del país estaban infestadas de paludismo y esta enfermedad ocasionaba 400 muertes por cada 100.000 habitantes al año, en un país cuya población era de poco más de tres millones y medio de personas.

Gabaldón conformó un equipo de trabajo, y convocó a unirse al esfuerzo de malariología a todo aquél que quisiera y pudiera ayudar. Hacendados, comerciantes, funcionarios públicos, telegrafistas, maestros, todos fueron, poco a poco, sumando sus esfuerzos. Disciplina, estudio, trabajo y tenacidad comenzaron a rendir frutos, porque ninguna gran empresa se alcanza sin esfuerzo, tiempo y dedicación. Trece años después, en 1949, el número de muertes por cada 100.000 habitantes se había reducido de 400 a siete y la esperanza de vida, que en 1936 era de 38 años, para 1961 se situaba en los 62 años de edad.

Quiero llamar la atención sobre dos aspectos de esta iniciativa. El primero tiene que ver con sus alcances, que reflejan una forma de entender la responsabilidad profesional como un propósito más que un ejercicio circunscrito a un cuerpo de conocimiento o a una descripción de cargo.

La misión era rescatar a Venezuela de la malaria y se hizo todo lo necesario, incluso aquello que no tenía que ver directamente con la administración de salud.

“El enemigo es poderoso, y hay que conocerlo muy bien para derrotarlo” decía Gabaldón en referencia a la enfermedad que combatía. Por esa razón, se revisó todo lo que promoviera la multiplicación del mosquito Anopheles, vector de la enfermedad, incluyendo, por supuesto, las condiciones de la vida de los sectores rurales, dado que la endemia era prevalentemente rural.

Cuando se comprendió que el vector de la enfermedad prosperaba debido a las condiciones de la vivienda y la ausencia de servicios, se buscó el modo de dar solución a esos problemas. Nunca la respuesta fue “eso escapa a mi competencia”. Esa manera de abordar el problema, no como una serie de tareas determinadas sino como un deber hacia los otros, llevó a que Gabaldón y la Dirección de Malariología y Saneamiento Ambiental aglutinara y coordinara los esfuerzos de múltiples organizaciones e instituciones gubernamentales y privadas, además de colectar y catalogar mucha información referente al medio rural y la vivienda campesina, todo lo que configuró una plataforma que encabezó la ejecución del Plan Nacional de Vivienda Rural iniciado en 1948.

El otro aspecto sobre el que quiero llamar la atención es la forma en que se abordó la preparación de ese Plan Nacional de Vivienda Rural, entre otros, porque el abordaje encaja en lo que se conoce hoy como Design Thinking.

Lo primero fue considerar las condiciones de vida, hábitos y cultura propios de la población rural en lugar de suponer que se correspondían con los de la población urbana, enfoque éste que explica muchos de los fracasos de iniciativas de desarrollo social en Venezuela y el mundo. Lo segundo fue que, en lugar de establecer juicios sobre esas condiciones propias de la población rural, fueron tomadas como premisas a considerar dentro del plan para beneficio de su ejecución.

Así, por ejemplo, se estableció el costo que podría sufragar la población rural, los materiales a utilizar (tierra o arena), la decisión de incorporar a los futuros propietarios a la construcción de las viviendas (la incorporación del esfuerzo propio y la ayuda mutua eran rasgos de la cultura de la zona rural de la época), lo que contribuyó, además, a rebajar el costo final. “En lugar de imponer al campesino la técnica consagrada, se comenzó por estudiar las suyas; es decir, se comenzó democráticamente, desde la base de la pirámide social”, comentaron Arturo Luis Berti, Doménico Filippone y Gilberto Chacín, quienes fueron Director, Arquitecto consultor y Jefe de División de Vivienda Rural, respectivamente, de la Dirección de Malariología y Saneamiento Ambiental, en una ponencia ofrecida ante el Colegio de Ingenieros en 1961.

Se desarrollaron prototipos de materiales de construcción (tierra-cemento), normas de construcción de “Vivienda sana”, programas de formación en las técnicas desarrolladas y viviendas experimentales, construidas con las familias beneficiarias, con el objeto de ajustar el modelo. También se revisó las opciones de pago hasta configurar un plan de pagos variable que contemplaba pagos más altos en épocas de mayores ingresos y reducciones de cuota en épocas de merma de ingresos.

Confiar en las propias posibilidades

El modelo de construcción se fue ajustando para incluir los aprendizajes derivados durante su desarrollo. En fin, se creó un plan de desarrollo de vivienda adecuado a las posibilidades, costumbres y cultura de los beneficiarios, que descansaba en las capacidades de la población beneficiaria y fue complementado con aquellas que no tenía, particularmente en los aspectos técnicos y financieros de la construcción.

No fue sencillo. Fueron treinta años de trabajo duro antes de ser distinguidos como territorio libre de malaria por la Organización Mundial de la Salud. Sin embargo, el esfuerzo bien valió la pena.

Este es uno más de muchos ejemplos que nos recuerdan nuestra verdadera valía y lo que podemos lograr cuando confiamos en nuestras capacidades, nos organizamos y comprometemos con el logro de un objetivo y cuando estamos dispuestos a “servir a Venezuela en lugar de servirnos de Venezuela”.

* * *

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores

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