OPINIÓN · 15 OCTUBRE, 2022 05:30

Sembradío de machismo

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Leoncio Barrios | @Leonciobarrios

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El inicio del año escolar en los niveles medios y superiores de buena parte del mundo está acompañado de rituales de bienvenida, sobre todo a quienes recién ingresan. Por lo general, esos rituales tienen algún componente de agresión, como cortar el pelo de “los nuevos”, y algo de conspiración. El grupo que lidera, que suele ser de varones, decide qué hacer y lo mantiene en secreto para agarrar por sorpresa a los incautos o incautas. En la medida que más sorprenden, más buena es la cosa.

Un ritual de inicio escolar

En las residencias de estudiantes del Colegio Mayor de Madrid -uno de los recintos educativos donde van a formarse y relacionarse los y las jóvenes de “buenas” familias (por decir, con buenas cuentas bancarias)- se ha celebrado un peculiar ritual en el comienzo de este año escolar: los jóvenes varones acordaron enviarle un saludo de bienvenida a sus compañeras de la residencia de enfrente.

Al grito de ¡putas!

A una acordada hora de la noche los ventanales de los dormitorios de varones se iluminaron y a contraluz, las figuras de ellos, casi fantasmales, saludaron a sus compañeras al grito de «¡putas, ninfómanas! les vamos a dar lo que queréis!». Aquello hizo despegar la vista de las pantallas telefónicas o del televisor o levantar de sus camas a las universitarias aludidas y a la vecindad aledaña.

Las grabaciones de audios y videos se activaron, las montaron en las redes y, en minutos, toda la ciudad, todo el país, buena parte del mundo se enteró del peculiar saludo de bienvenida que un grupo de  universitarios le enviaban a sus compañeras.

Las protestas en las redes y en las tertulias mañaneras en la televisión o en las vecindades, no tardaron. Tampoco las interrogantes: ¿por qué ese saludo tan agresivo de ellos a ellas?

Machismo a flor de piel

Los gritos de los varones hacia sus compañeras de clases, llamándolas putas, ninfómanas, fueron, a todas luces, en un lenguaje soez que, según cualquier pauta social, corresponde más a una ofensa que a un saludo. “Fue una broma”, dicen, algunos de los agresores y hasta hubo quien pidió disculpas por lo dicho o por lo violentos que fueron. La violencia machista también se expresa en burlas, ironías, chistes, descalificaciones hacia la mujer.

Un machista confeso le dice a su pareja: «te pego porque te quiero» o lo que es peor, confiesa: «la maté porque la quería». Los machistas confunden odio y amor, desprecio con aprecio, respeto con irrespeto, saludo con insulto. Los machistas, por supuesto, son misóginos.

La misoginia es desprecio, odio hacia lo femenino y la sienten comúnmente hombres heterosexuales a los que les gustan las mujeres pero también las desprecian por ser mujer. Por eso piensan: «hay que darles lo que se merecen». Ya sea hacer chistes de ellas, descalificarlas, insultándolas, golpeándolas o mutándolas.

La interpretación de las saludadas

Periodistas abordaron a las estudiantes supuestamente agredidas con los saludos insultantes de sus compañeros universitarios. Sorpresivamente, más fue la aparente molestia social colectiva aunque genuina en ciertos sectores sociales, que para algunas de las “agraviadas”.

Entre las estudiantes -que se atrevieron a declarar a periodistas- hubo quienes consideraron que las expresiones soeces de sus compañeros hacia ellas “fueron una broma”. Palabras menos, palabras más: que qué importa que las llamen putas, ninfómanas y así, que eso siempre se lo dicen, que estaban jugando.

Cuando una mujer admite la violencia verbal masculina hacia ellas u otra persona, asumiendo como “normal”, considerándola hasta graciosa, ha entrado en el juego machista, ha internalizado la ofensa, el irrespeto hacia ella como algo “normal”. Las mujeres machistas reconocen el poder del macho y se regocijan de ello.

Los mensajes machistas que le llegan, por diversas vías, a niños y niñas, a adolescentes, a jóvenes y a adultos, independientemente del sexo, se internalizan y pasan a formar parte de sus creencias y expectativas convirtiéndose en patrones de género. Se piensa que es ley de Dios o de los hombres. Se genera ceguera social.

Machismo diseminado

Los universitarios del Colegio Mayor de Madrid, veinteañeros del siglo XXI, crecidos en familias con recursos, muy probablemente conservadoras y, en un país donde hay un buen nivel educativo, derechos sociales instituidos y que ha hecho valiosos aportes culturales a la humanidad; se han expresado como lo harían los hombres de la edad media. Sus compañeras residentes, también piensan así. No son los únicos, ni las únicas que piensan así.

El machismo no es solo un conjunto de creencias y conductas de los varones, también lo es de las mujeres que han crecido bajo esas pautas educativas. Tampoco el machismo es una expresión de la gente “inculta” o de clase obrera, se da a todo nivel educativo y social y en cualquier parte del mundo. Todo depende de la educación que se haya recibido, de lo que se haya visto u oído, fundamentalmente, en casa.

El machismo no viene en los genes, pero se hereda culturalmente a través de lo que transmite, fundamentalmente la familia y refuerzan la comunidad, las iglesias, los medios de comunicación y hoy, las redes virtuales. Es como una pandemia extendida por todo el mundo, transgeneracional y puede expresarse de muchas maneras.

La lucha contra el machismo es dura y larga, pero a pesar de que siga expresándose a gritos o golpes, lo lograremos a través de la educación que le demos a ellos y a ellas.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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Un ritual de inicio escolar

En las residencias de estudiantes del Colegio Mayor de Madrid -uno de los recintos educativos donde van a formarse y relacionarse los y las jóvenes de “buenas” familias (por decir, con buenas cuentas bancarias)- se ha celebrado un peculiar ritual en el comienzo de este año escolar: los jóvenes varones acordaron enviarle un saludo de bienvenida a sus compañeras de la residencia de enfrente.

Al grito de ¡putas!

A una acordada hora de la noche los ventanales de los dormitorios de varones se iluminaron y a contraluz, las figuras de ellos, casi fantasmales, saludaron a sus compañeras al grito de «¡putas, ninfómanas! les vamos a dar lo que queréis!». Aquello hizo despegar la vista de las pantallas telefónicas o del televisor o levantar de sus camas a las universitarias aludidas y a la vecindad aledaña.

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Las protestas en las redes y en las tertulias mañaneras en la televisión o en las vecindades, no tardaron. Tampoco las interrogantes: ¿por qué ese saludo tan agresivo de ellos a ellas?

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Los gritos de los varones hacia sus compañeras de clases, llamándolas putas, ninfómanas, fueron, a todas luces, en un lenguaje soez que, según cualquier pauta social, corresponde más a una ofensa que a un saludo. “Fue una broma”, dicen, algunos de los agresores y hasta hubo quien pidió disculpas por lo dicho o por lo violentos que fueron. La violencia machista también se expresa en burlas, ironías, chistes, descalificaciones hacia la mujer.

Un machista confeso le dice a su pareja: «te pego porque te quiero» o lo que es peor, confiesa: «la maté porque la quería». Los machistas confunden odio y amor, desprecio con aprecio, respeto con irrespeto, saludo con insulto. Los machistas, por supuesto, son misóginos.

La misoginia es desprecio, odio hacia lo femenino y la sienten comúnmente hombres heterosexuales a los que les gustan las mujeres pero también las desprecian por ser mujer. Por eso piensan: «hay que darles lo que se merecen». Ya sea hacer chistes de ellas, descalificarlas, insultándolas, golpeándolas o mutándolas.

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Cuando una mujer admite la violencia verbal masculina hacia ellas u otra persona, asumiendo como “normal”, considerándola hasta graciosa, ha entrado en el juego machista, ha internalizado la ofensa, el irrespeto hacia ella como algo “normal”. Las mujeres machistas reconocen el poder del macho y se regocijan de ello.

Los mensajes machistas que le llegan, por diversas vías, a niños y niñas, a adolescentes, a jóvenes y a adultos, independientemente del sexo, se internalizan y pasan a formar parte de sus creencias y expectativas convirtiéndose en patrones de género. Se piensa que es ley de Dios o de los hombres. Se genera ceguera social.

Machismo diseminado

Los universitarios del Colegio Mayor de Madrid, veinteañeros del siglo XXI, crecidos en familias con recursos, muy probablemente conservadoras y, en un país donde hay un buen nivel educativo, derechos sociales instituidos y que ha hecho valiosos aportes culturales a la humanidad; se han expresado como lo harían los hombres de la edad media. Sus compañeras residentes, también piensan así. No son los únicos, ni las únicas que piensan así.

El machismo no es solo un conjunto de creencias y conductas de los varones, también lo es de las mujeres que han crecido bajo esas pautas educativas. Tampoco el machismo es una expresión de la gente “inculta” o de clase obrera, se da a todo nivel educativo y social y en cualquier parte del mundo. Todo depende de la educación que se haya recibido, de lo que se haya visto u oído, fundamentalmente, en casa.

El machismo no viene en los genes, pero se hereda culturalmente a través de lo que transmite, fundamentalmente la familia y refuerzan la comunidad, las iglesias, los medios de comunicación y hoy, las redes virtuales. Es como una pandemia extendida por todo el mundo, transgeneracional y puede expresarse de muchas maneras.

La lucha contra el machismo es dura y larga, pero a pesar de que siga expresándose a gritos o golpes, lo lograremos a través de la educación que le demos a ellos y a ellas.

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