OPINIÓN · 6 FEBRERO, 2018 17:17

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Carmen Beatriz Fernández | @carmenbeat

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Mientras escribo estas líneas y aún el órgano electoral venezolano deshoja la margarita con la fecha de unas próxima elecciones presidenciales adelantadas, pierdo la cuenta de cuántas estampitas y mensajes de aliento he leído, pidiéndole a Lorenzo Mendoza que se lance al ruedo electoral. Imágenes gráficas con toque más o menos profesional, un grupo de apoyo en Facebook con más de 50 mil seguidores, lo que parece un sofisticado “jingle” de campaña, una importante encuestadora que lo ubica como claro “frontrunner”, y hasta una marcha en peregrinación a las oficinas del exitoso empresario, son sólo algunas de las muestras de soporte a un candidato que en ningún momento dice que quiera serlo…

Aunque las redes sociales no son técnicamente la referencia más adecuada para realizar una medición política, son un submundo del país bastante más parecido al país opositor que al del elector en general, y, precisamente por ello, son indudablemente indicadores para medir las simpatías hacia el empresario. Que Lorenzo Mendoza suene como puntero es un claro un indicador de lo que opina el elector opositor y lo molesto que pueda estar con su clase política.

Un outsider aparece cuando hay hartazgo en la sociedad. En 1998 tanto Hugo Chávez como Irene Sáez fueron outsiders y lograron captar a un sector de la disidencia de la vieja política. Aparecen en la periferia de los partidos tradicionales. Un outsider es capaz de amalgamar el descontento y crear una ola que gane elecciones por fuera de los partidos políticos. Los outsiders pueden ser militares, reinas de belleza, académicos, sacerdotes, o empresarios. En el continente y en el mundo, hay ejemplos abundantes: Alberto Fujimori en Perú, Fernando Lugo en Paraguay, o Mauricio Macri en Argentina fueron outsiders en su momento. Hay también casos notables de outsiders empresarios: Martinelli en Panamá, o el mismísimo Donald Trump en los Estados Unidos.

Pero creo que afirmar que Lorenzo Mendoza es solamente un empresario “outsider” es banalizar el análisis. Mendoza no es cualquier empresario, es el hombre a la cabeza de la más importante de las industrias de alimentación del país: nada menos que la arepa y la cerveza. Su nombre surge en el contexto de la más terrible pauperización de la sociedad venezolana, en una sociedad en la que el tema principal que flota por los aires y domina los pensamientos del elector es dolorosamente concreto: HAMBRE.

Acción Democrática, el principal partido de la democracia venezolana sedujo a la sociedad de 1947 con un lema que se convirtió en la síntesis de su propuesta a la sociedad: “Pan, Tierra y Trabajo”. Es verdaderamente dramático que 70 años después la oferta que demanda los venezolanos se haya reducido sólo al pan (o la arepa).

Por otro lado, la emergencia de Lorenzo Mendoza como actor principal de las demandas políticas de la ciudadanía también representa otro aspecto importante: una sociedad que aún no se resigna a ser tiranizada por un modelo socioeconómico inviable. El apoyo espontáneo a Mendoza significa también el apoyo a un modelo capitalista de desarrollo, que le de espacio al sector privado de la economía, y que ofrezca oportunidades basadas en el esfuerzo y la capacitación. Apoyar a Mendoza es rechazar lo que durante 20 años la Revolución Bolivariana ha tratado de inculcar: un modelo socialista de subdesarrollo. “Tener una buena educación y trabajar duro” son los dos elementos claves que en los que confían los ciudadanos de las economías capitalistas de acuerdo al estudio Global de Valores de Pew[1]. Pues sorpresa: ambos elementos son certezas profundamente arraigadas entre los venezolanos. El 86% de los venezolanos cree que tener una buena educación es fundamental para triunfar en la vida, y otro 67% asegura que el trabajo duro es fundamental para el éxito personal. Un 67% de los venezolanos asegura que es una economía de libre mercado la que garantiza el bienestar de las mayorías, un porcentaje equivalente al de Israel o el Reino Unido, y bastante superior a lo que al respecto opinan brasileños (60%), chilenos (57%), peruanos (53%), colombianos (49%), o incluso la media global de 62%. Es decir, un subproducto no deseado de la revolución venezolana es que el país está deseando abrazar con fervor el capitalismo.

¿Puede entonces ganar la elección Lorenzo Mendoza? No necesariamente. En una democracia normal una sociedad se puede topar con un outsider, que la enamore, y gane la elecciones contando con experticia suficiente en términos de comunicación y marketing político, y un esfuerzo organizativo importante. Pero la venezolana no será una elección presidencial convencional. Será una elección hecha a la medida del traje de dictador que estrena Maduro. Una elección con los principales liderazgos del país inhabilitados, sin que puedan sufragar los más de dos millones de electores que recientemente emigraron, sin renovación ni equilibrio en el árbitro electoral, con una observación internacional no cuestionadora que disfrute las mieles del “turismo electoral” ofrecidas por unos anfitriones gobierneros. Tras el fracaso de los últimos esfuerzos razonables por tener condiciones electorales mínimas, hecho en República Dominicana, muy probablemente la elección presidencial no carecerá de condiciones electorales competitivas y equilibradas. Será lo contrario del deber ser de un sistema electoral equilibrado: tendremos normas flexibles y resultados muy predecibles: la reelección del presidente más impopular que recuerde la historia.

La figura de Lorenzo Mendoza le calza perfectamente a la sociedad, pero no basta con ello. Le faltaría estructura política. Si bien es cierto que partidos políticos fuertes son necesarios en democracia, en dictadura lo son más aún. En una elección como la que veremos en Venezuela, con las preferencias políticas tan bien definidas, hace falta un buen mensaje y el correcto mensajero que conecte con las necesidades sentidas. Pero no es el marketing político lo más importante. Lo vital será la presencia de estructuras, la lógica y disciplina de partidos que actúe con fuerza en el control electoral. Mendoza es un candidato casi-perfecto, pero jamás podría ganar una elección sin partido. Los partidos son el vehículo indispensable para que un candidato (outsider o no) logre concretar sus posibilidades. Una candidatura en un régimen como el venezolano es inviable si la figura no se respalda por una estructura política fuerte. Que sea legal o esté ilegalizada es quizás lo de menos…

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores. 

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Aunque las redes sociales no son técnicamente la referencia más adecuada para realizar una medición política, son un submundo del país bastante más parecido al país opositor que al del elector en general, y, precisamente por ello, son indudablemente indicadores para medir las simpatías hacia el empresario. Que Lorenzo Mendoza suene como puntero es un claro un indicador de lo que opina el elector opositor y lo molesto que pueda estar con su clase política.

Un outsider aparece cuando hay hartazgo en la sociedad. En 1998 tanto Hugo Chávez como Irene Sáez fueron outsiders y lograron captar a un sector de la disidencia de la vieja política. Aparecen en la periferia de los partidos tradicionales. Un outsider es capaz de amalgamar el descontento y crear una ola que gane elecciones por fuera de los partidos políticos. Los outsiders pueden ser militares, reinas de belleza, académicos, sacerdotes, o empresarios. En el continente y en el mundo, hay ejemplos abundantes: Alberto Fujimori en Perú, Fernando Lugo en Paraguay, o Mauricio Macri en Argentina fueron outsiders en su momento. Hay también casos notables de outsiders empresarios: Martinelli en Panamá, o el mismísimo Donald Trump en los Estados Unidos.

Pero creo que afirmar que Lorenzo Mendoza es solamente un empresario “outsider” es banalizar el análisis. Mendoza no es cualquier empresario, es el hombre a la cabeza de la más importante de las industrias de alimentación del país: nada menos que la arepa y la cerveza. Su nombre surge en el contexto de la más terrible pauperización de la sociedad venezolana, en una sociedad en la que el tema principal que flota por los aires y domina los pensamientos del elector es dolorosamente concreto: HAMBRE.

Acción Democrática, el principal partido de la democracia venezolana sedujo a la sociedad de 1947 con un lema que se convirtió en la síntesis de su propuesta a la sociedad: “Pan, Tierra y Trabajo”. Es verdaderamente dramático que 70 años después la oferta que demanda los venezolanos se haya reducido sólo al pan (o la arepa).

Por otro lado, la emergencia de Lorenzo Mendoza como actor principal de las demandas políticas de la ciudadanía también representa otro aspecto importante: una sociedad que aún no se resigna a ser tiranizada por un modelo socioeconómico inviable. El apoyo espontáneo a Mendoza significa también el apoyo a un modelo capitalista de desarrollo, que le de espacio al sector privado de la economía, y que ofrezca oportunidades basadas en el esfuerzo y la capacitación. Apoyar a Mendoza es rechazar lo que durante 20 años la Revolución Bolivariana ha tratado de inculcar: un modelo socialista de subdesarrollo. “Tener una buena educación y trabajar duro” son los dos elementos claves que en los que confían los ciudadanos de las economías capitalistas de acuerdo al estudio Global de Valores de Pew[1]. Pues sorpresa: ambos elementos son certezas profundamente arraigadas entre los venezolanos. El 86% de los venezolanos cree que tener una buena educación es fundamental para triunfar en la vida, y otro 67% asegura que el trabajo duro es fundamental para el éxito personal. Un 67% de los venezolanos asegura que es una economía de libre mercado la que garantiza el bienestar de las mayorías, un porcentaje equivalente al de Israel o el Reino Unido, y bastante superior a lo que al respecto opinan brasileños (60%), chilenos (57%), peruanos (53%), colombianos (49%), o incluso la media global de 62%. Es decir, un subproducto no deseado de la revolución venezolana es que el país está deseando abrazar con fervor el capitalismo.

¿Puede entonces ganar la elección Lorenzo Mendoza? No necesariamente. En una democracia normal una sociedad se puede topar con un outsider, que la enamore, y gane la elecciones contando con experticia suficiente en términos de comunicación y marketing político, y un esfuerzo organizativo importante. Pero la venezolana no será una elección presidencial convencional. Será una elección hecha a la medida del traje de dictador que estrena Maduro. Una elección con los principales liderazgos del país inhabilitados, sin que puedan sufragar los más de dos millones de electores que recientemente emigraron, sin renovación ni equilibrio en el árbitro electoral, con una observación internacional no cuestionadora que disfrute las mieles del “turismo electoral” ofrecidas por unos anfitriones gobierneros. Tras el fracaso de los últimos esfuerzos razonables por tener condiciones electorales mínimas, hecho en República Dominicana, muy probablemente la elección presidencial no carecerá de condiciones electorales competitivas y equilibradas. Será lo contrario del deber ser de un sistema electoral equilibrado: tendremos normas flexibles y resultados muy predecibles: la reelección del presidente más impopular que recuerde la historia.

La figura de Lorenzo Mendoza le calza perfectamente a la sociedad, pero no basta con ello. Le faltaría estructura política. Si bien es cierto que partidos políticos fuertes son necesarios en democracia, en dictadura lo son más aún. En una elección como la que veremos en Venezuela, con las preferencias políticas tan bien definidas, hace falta un buen mensaje y el correcto mensajero que conecte con las necesidades sentidas. Pero no es el marketing político lo más importante. Lo vital será la presencia de estructuras, la lógica y disciplina de partidos que actúe con fuerza en el control electoral. Mendoza es un candidato casi-perfecto, pero jamás podría ganar una elección sin partido. Los partidos son el vehículo indispensable para que un candidato (outsider o no) logre concretar sus posibilidades. Una candidatura en un régimen como el venezolano es inviable si la figura no se respalda por una estructura política fuerte. Que sea legal o esté ilegalizada es quizás lo de menos…

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