Neutralidad positiva - Efecto Cocuyo

OPINIÓN · 16 FEBRERO, 2019 05:54

Neutralidad positiva

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En una oportunidad, en medio de una clase, le escuché decir al profesor Basilio Tejedor (1931-2004) que se aprende más de retórica en un día de mercado que en cinco años de Academia. Este sacerdote claretiano, conocedor de lenguas clásicas y modernas, erudito y docente por sobre todas las cosas debió saber lo que decía.

Proveniente del latín rhetorĭca, y éste a su vez del griego ῥητορική (retoriké), se entiende que la retórica es, principalmente, una disciplina asociada con el arte de hablar correctamente para afectar de una manera específica al receptor. También proporciona las técnicas y las herramientas necesarias para convencer, deleitar y persuadir a una audiencia.

Como ocurre con casi todo lo creado por el hombre, en torno a la retórica existe una leyenda dorada y una leyenda negra: se supone que, en su acepción más pura, la retórica sirve para conmover y persuadir pero, paradójicamente, cuando eso no ocurre, no falta quien diga “¡Eso es pura retórica!” Y así se va por la vida de contradicción en contradicción.

Las cosas del decir

Conocida desde su origen como el arte de expresarse de manera adecuada para persuadir al interlocutor,  la retórica se ocupó en principio de la lengua hablada, para luego pasar también a la lengua escrita. Durante la Edad Media, fue enseñada en las escuelas entre las principales disciplinas de conocimiento, junto a la gramática y la lógica.

Hoy por hoy, y como bien se sabe, su radio de acción es mucho más amplio, y se extiende a áreas tan diversas como el periodismo, el derecho, la literatura, la publicidad, la educación y la política. Más allá de todo esto, la retórica responde, fundamentalmente, a necesidades expresivas; es el cantero de todo aquello que no es convencional en el uso del lenguaje; en el manejo regular de  las palabras.

Retórica y las cosas del decir

En materia de retórica, las cosas del decir adquieren otros matices y esos matices, a su vez, transforman las cosas del decir en las cosas del hacer. Cuando a un mismo vocablo se le añaden algunas particularidades fonéticas, gramaticales, sintácticas o semánticas, su significado puede sufrir un cambio sustancial. No es lo mismo, por ejemplo, hablar de un “hombre pobre” que hablar de un “pobre hombre”. Siendo como son las mismas palabras, no significan lo mismo si se altera su orden de aparición en la frase.

La expresión “una mujer de la calle” se presta a múltiples interpretaciones, según se le comprenda desde su carga denotativa o su carga connotativa. También habría que contar, para hacer la interpretación correcta, con el contexto de enunciación y –sin duda alguna– con el emisor.

La misma frase dicha por diferente persona en situación distinta no significa lo mismo. De hecho, una palabra puede ser extraída de su contexto natural de enunciación para, deliberadamente, ubicarla con fines inconfesables en otro contexto.

Palabras como “guerra”, “bloqueo”, “crisis”, “injerencia” –más allá de su inherente polisemia– tienen una carga valorativa e ideológica que facilita su uso discrecional en razón de intereses específicos. Como bien advierte Miguel Ángel Navarro: “Uno de los privilegios propios de todo ejercicio del poder político –por ejemplo– es el poder de significar, es decir, de establecer el espectro semántico con el que pensar, denominar e identificar las cosas y los hechos”. La retórica es el abono ideal para el terreno de la resemantización ad hoc.

Neutralidad positiva

El espectro de las figuras retóricas es muy amplio. Las hay de repetición, de significación, de acumulación, de posición, lógicas, etc. Algunas, obviamente, son de uso más común y coloquial –de las que abundan en un día de mercado– y  las  hay  más  cultas –de las que aparecen en los ensayos–, pero todas están integradas a las competencias del receptor. Es decir, el receptor siempre advierte cuando está frente a un uso no convencional del lenguaje; reconoce un uso no habitual, o poco probable, de las palabras. Le llamaría la atención una exclamación como “¡Qué belleza tan horrible!”.

Puede que el receptor no sepa cómo determinar frente a qué figura retórica está, pero sí sabe que en tales o cuales expresiones “hay algo raro”, “algo que no (le) cuadra”. Es lo que sucede ante una expresión como “neutralidad positiva”, el concepto que han invocado las autoridades de El Vaticano para definir su actitud frente a la situación que se desencadenó (o que se potenció) en Venezuela a partir del 23 de enero cuando, con arreglo al artículo 233 de la Constitución Nacional, Juan Guaidó (presidente de la Asamblea Nacional) asumió las competencias del Ejecutivo y comenzó a actuar como Presidente interino.

La palabra  neutralidad, del latín neuter (“ni uno ni otro”), implica  no tomar partido y renunciar a toda injerencia en un conflicto o diferencia de opiniones. Sepa o no sepa de etimología, un usuario de la lengua –por su competencia lingüística natural– asume que lo neutro neutro es y que hay situaciones de vida frente a las cuales ser neutro equivale a ser indiferente.

Neutralidades varias

La expresión “neutralidad positiva” ha causado ruido. A muchos le resulta inaceptable porque se da por sentado que la neutralidad no puede tener matices debido a su propia naturaleza. Por lo tanto, nadie sabe a ciencia cierta si se trata de una antítesis, de una contradicción, de una paradoja, de un sarcasmo… o de un oxímoron; de la unión forzosa o forzada de dos o más palabras cuya polaridad semántica es incompatible. Lo que ocurre, por ejemplo, con “revolución pacífica pero armada”.

La verdad verdadera es que hay muchas maneras de entender la neutralidad, sobre todo si se le estudia desde y dentro del ámbito político. Bruce Ackerman (1943), Joseph Raz (1939) y William Galston (1946) se han ocupado suficientemente de esta materia. Galston, por ejemplo, distingue cuatro tipos de neutralidad: 1) la neutralidad de oportunidad, 2) la neutralidad de resultados, 3) la neutralidad de propósitos y 4) la neutralidad de procedimientos.

Raz distingue entre la neutralidad restringida y la neutralidad abarcadora. De su propuesta se deduce que la neutralidad restringida tendría, por sus implicaciones, una carga negativa, y la abarcadora una carga positiva. En ambos casos, se estaría hablando estrictamente de la relación del Estado con los ciudadanos de su país (no con los ciudadanos de otra nación).

Una cruel ironía

De modo, pues, que el concepto de “neutralidad positiva” existe de hecho: no es un juego de palabras. Parece un oxímoron, pero no lo es. Suena paradójico, pero no lo es. Su apariencia es contradictoria, antitética y sarcástica; por eso despierta suspicacias, pero si uno se adentra un poco en el origen y en la naturaleza del término, se encuentra con que todo tiene una razón de ser. Los estudios sobre la neutralidad propuestos por analistas como Raz, Ackerman y Galston se refieren a la política interna de los países; a la relación Estado-ciudadanía. Más específicamente a los Estados liberales o libertarios.

La ironía no está en el término. El problema no deriva de adjetivar la palabra neutralidad y, con ello, dotarla de una carga valorativa e ideológica. Lo realmente irónico es que sea precisamente El Vaticano el Estado que invoque esa premisa como una excusa para no tomar partido, para no fijar posición y para no mediar en una crisis del tenor de la que atraviesa Venezuela en este momento.

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