OPINIÓN · 10 JUNIO, 2016 14:25

«Mamá, no quiero más mangos», tres relatos del hambre

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Hisvet Fernández | @HisvetF

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El hambre se convierte en el escenario donde se tejen historias dolorosas que de seguir convirtiéndose en lo cotidiano, podrían hacer estragos con los sueños de nuestra juventud. Las historias que escuchamos de manera cotidiana entre la gente, son casi para escribir un texto de “leyendas urbanas”. Pero lamentablemente no son leyendas, son historias de la vida real.

Al escuchar estas vivencias en medio de esta profunda y total crisis, parece que estuviéramos en medio de una pesadilla, una pesadilla compartida, hecha coro. Quise narrar algunas de estas historias, seguramente iguales o muy parecidas a las que ustedes conocen o protagonizan.

“Mamá, no quiero más mangos”

Conversando un grupo de mujeres, me contaba una joven madre de una zona del norte de Barquisimeto: «vivo en una comunidad donde las casas tienen grandes terrenos de patio y en casi todas hay matas de mango. Esa ha sido la salvación por estos días… es tan difícil hoy comprar la comida, porque no la encuentras, o porque tienes que hacer colas enormes que te roban el tiempo, o porque no tienes el dinero para comprar nada, o porque temes que en esas colas te pase algo, ahora siempre se forman trifulcas y una puede salir golpeada o hasta muerta, porque los bachaqueros al igual que la Guardia, siempre traen violencia (…) se ha puesto la cosa terrible (…) ya casi no comemos, en mi casa casi que nos turnamos para comer, un día comen unos y otro día los otros, y te hablo de una sola comida porque para tres o dos, ya no alcanza. En las noches, para cenar, comemos mangos, pero ya mi hijo de 9 años me dijo en estas noches: Mamá no quiero más mangos». Esta mujer, con lágrimas enjugando sus ojos, terminó diciendo: “A mí se me quebró el corazón, pero qué puedo hacer?, ¿Cómo le explico que no hay comida?».

Otra mamá de unos preadolescentes se preguntaba en medio de la conversa: “Cómo le explico a mis hijos que ya no pueden comer como antes, no pueden comerse más de una arepa o más de un pan, y los rellenos han disminuido tanto que ellos creen que yo me volví la bruja mala del cuento que no les quiero dar comida y que los vigilo todo el tiempo para que no coman. No sé cómo manejar esto sin dolor, rabia o violencia”.

Muchas personas están comiendo mango para mitigar el hambre y así saltarse comidas. La gente se lleva incluso a sus trabajos varios mangos y con eso resuelve. ¿Qué dirán de esto quienes diseñan las famosas políticas de agricultura urbana? Seguramente dicen que eso es una demostración de que si sembramos mangos, resolvemos el problema alimentario en las ciudades y podemos alimentar no a 100 mil personas, que declaraba la Ministra como logro, sino a toda Venezuela con este gran descubrimiento. De los adolescentes hambrientos seguramente dirá: son costumbres oligarcas de la pestilente clase media.

“Cuando me despierto antes de las 10am, me obligo a seguir durmiendo”

Una estudiante de psicología de la UCLA comentaba en una conversación sobre la situación: «no me despierto por nada antes de las 10 u 11 am». Estamos en receso intersemestral. «No me despierto para que no me dé hambre, porque ya no puedo desayunar y solo hago el almuerzo en el comedor de la universidad, aunque como es tan poquita, quedo con mucha hambre. Tampoco ceno. Hago una sola comida. Me vine de mi casa para la residencia y así no ser una boca más allá. Mi mamá necesita comer porque sufre de gastritis y como hay tan poco, pues así ella no deja de comer para darme a mí la comida. A veces las compañeras de la residencia me dan alguito, pero ellas también están pelando. Cuando mi mamá me llama para saber de mí y me pregunta si estoy comiendo, siempre le digo, sííííííí, claro, como bien mamá, hasta merienda hago”.

Otra estudiante, también residenciada, contaba: «Profe, realmente estoy en una crisis económica tan grande, al punto de que mi perro y yo hemos pasado días sin comer (bueno, yo con solo desayuno) y el pobre sin nada. Es terrible no tener qué comer y no tener qué darle a él”.

Este sentimiento de angustia en una joven estudiante por no tener para comer ella ni para darle de comer a su perro, en las madres, se maximiza al no tener qué darle de comer a sus hij@s y a su familia. Esta es otra carga negativa para las mujeres en Venezuela. La culpa terrible de no llenar las expectativas de la “buena madre”, esa que siempre logra satisfacer las necesidades de su familia.

“Mi papá arma y desarma su carro todas las noches”

Esta historia es tragicómica al principio y dentro de nuestra cultura, que de todo hace un chiste como para correr la arruga, te dejaría desnud@ ante el dolor o la tragedia.

Este joven me contaba que su papá maneja un carro de taxi, que de eso vive él y su mamá. Pero ante los graves problemas de seguridad que hablan de un incremento en el robo de vehículos o robo de sus repuestos, que en estos momentos son una joya, su papá no ha dormida nunca más. Por ejemplo, las baterías, los rines, los cauchos y otros repuestos, son incomprables o ameritan de un esfuerzo inaudito de tres o cuatro colas, en las que tienes que pagar comisiones a diferentes intermediarios. Casi que es un imposible adquirirlos.

Por otro lado, la seguridad simbólicamente ha quedado como responsabilidad individual de cada ciudadan@, que debe evitar que le roben porque cuando es víctima, toda la gente le pregunta por qué hizo o dejó de hacer tal o cual cosa. De manera insólita hemos eliminado la responsabilidad del Estado de garantizarnos la seguridad y atribuimos a nuestras conductas el hecho de que nos roben o no. Supongo que por eso este taxista se ha propuesto no dejarse robar.

Me contaba este joven: “Mi papá no ha dormido completo más nunca, desde hace unos cuantos meses. Como no ha podido hacer el portón del garaje para resguardar su carro, pues no ha dormido ya que lo hace con un ojo abierto y afinando los oídos ante cualquier sonido que lo haga sospechar que su carro corre peligro. Cada media hora, por lo menos, se levanta corriendo y sale al garaje a ver si todo está completo. No conforme con esta vigilancia que ya le quita la vida y el sueño, todos los días, desmonta batería, sonido, cables y otras partes del carro que impiden que se lo lleven o que se lleven esas piezas. Pero estos cuidados no fueron suficientes y una noche su carro amaneció sin uno de los cauchos y sin el rin respectivo. La indignación de mi papá fue demasiado grande y como asume que debe evitar ser robado, pues ahora cada noche le quita los 4 cauchos al carro y lo monta en cuatro ladrillos. Cada mañana antes de poder salir a trabajar, mi papá arma su carro y le monta sus cuatro cauchos de nuevo. Es una verdadera tortura como trabaja mi papá”.

Me pregunto qué dirán de estas historias los voceros y voceras del régimen, que dicen cosas como que “aquí todo está garantizado; aquí la gente está viviendo mejor que nunca; aquí no hay ningún problema ni de seguridad, ni de alimentación, ni de salud, ni de salarios. Todo es un invento de la una guerra psicológica. Hemos logrado que el pueblo venezolano viva la mayor suma de felicidad posible”, o dan la noticia que “la agricultura urbana ha resuelto la alimentación de 100 mil personas”, de los 30 millones de habitantes que somos. Estas sí son las perfectas leyendas urbanas de hoy.

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Al escuchar estas vivencias en medio de esta profunda y total crisis, parece que estuviéramos en medio de una pesadilla, una pesadilla compartida, hecha coro. Quise narrar algunas de estas historias, seguramente iguales o muy parecidas a las que ustedes conocen o protagonizan.

“Mamá, no quiero más mangos”

Conversando un grupo de mujeres, me contaba una joven madre de una zona del norte de Barquisimeto: «vivo en una comunidad donde las casas tienen grandes terrenos de patio y en casi todas hay matas de mango. Esa ha sido la salvación por estos días… es tan difícil hoy comprar la comida, porque no la encuentras, o porque tienes que hacer colas enormes que te roban el tiempo, o porque no tienes el dinero para comprar nada, o porque temes que en esas colas te pase algo, ahora siempre se forman trifulcas y una puede salir golpeada o hasta muerta, porque los bachaqueros al igual que la Guardia, siempre traen violencia (…) se ha puesto la cosa terrible (…) ya casi no comemos, en mi casa casi que nos turnamos para comer, un día comen unos y otro día los otros, y te hablo de una sola comida porque para tres o dos, ya no alcanza. En las noches, para cenar, comemos mangos, pero ya mi hijo de 9 años me dijo en estas noches: Mamá no quiero más mangos». Esta mujer, con lágrimas enjugando sus ojos, terminó diciendo: “A mí se me quebró el corazón, pero qué puedo hacer?, ¿Cómo le explico que no hay comida?».

Otra mamá de unos preadolescentes se preguntaba en medio de la conversa: “Cómo le explico a mis hijos que ya no pueden comer como antes, no pueden comerse más de una arepa o más de un pan, y los rellenos han disminuido tanto que ellos creen que yo me volví la bruja mala del cuento que no les quiero dar comida y que los vigilo todo el tiempo para que no coman. No sé cómo manejar esto sin dolor, rabia o violencia”.

Muchas personas están comiendo mango para mitigar el hambre y así saltarse comidas. La gente se lleva incluso a sus trabajos varios mangos y con eso resuelve. ¿Qué dirán de esto quienes diseñan las famosas políticas de agricultura urbana? Seguramente dicen que eso es una demostración de que si sembramos mangos, resolvemos el problema alimentario en las ciudades y podemos alimentar no a 100 mil personas, que declaraba la Ministra como logro, sino a toda Venezuela con este gran descubrimiento. De los adolescentes hambrientos seguramente dirá: son costumbres oligarcas de la pestilente clase media.

“Cuando me despierto antes de las 10am, me obligo a seguir durmiendo”

Una estudiante de psicología de la UCLA comentaba en una conversación sobre la situación: «no me despierto por nada antes de las 10 u 11 am». Estamos en receso intersemestral. «No me despierto para que no me dé hambre, porque ya no puedo desayunar y solo hago el almuerzo en el comedor de la universidad, aunque como es tan poquita, quedo con mucha hambre. Tampoco ceno. Hago una sola comida. Me vine de mi casa para la residencia y así no ser una boca más allá. Mi mamá necesita comer porque sufre de gastritis y como hay tan poco, pues así ella no deja de comer para darme a mí la comida. A veces las compañeras de la residencia me dan alguito, pero ellas también están pelando. Cuando mi mamá me llama para saber de mí y me pregunta si estoy comiendo, siempre le digo, sííííííí, claro, como bien mamá, hasta merienda hago”.

Otra estudiante, también residenciada, contaba: «Profe, realmente estoy en una crisis económica tan grande, al punto de que mi perro y yo hemos pasado días sin comer (bueno, yo con solo desayuno) y el pobre sin nada. Es terrible no tener qué comer y no tener qué darle a él”.

Este sentimiento de angustia en una joven estudiante por no tener para comer ella ni para darle de comer a su perro, en las madres, se maximiza al no tener qué darle de comer a sus hij@s y a su familia. Esta es otra carga negativa para las mujeres en Venezuela. La culpa terrible de no llenar las expectativas de la “buena madre”, esa que siempre logra satisfacer las necesidades de su familia.

“Mi papá arma y desarma su carro todas las noches”

Esta historia es tragicómica al principio y dentro de nuestra cultura, que de todo hace un chiste como para correr la arruga, te dejaría desnud@ ante el dolor o la tragedia.

Este joven me contaba que su papá maneja un carro de taxi, que de eso vive él y su mamá. Pero ante los graves problemas de seguridad que hablan de un incremento en el robo de vehículos o robo de sus repuestos, que en estos momentos son una joya, su papá no ha dormida nunca más. Por ejemplo, las baterías, los rines, los cauchos y otros repuestos, son incomprables o ameritan de un esfuerzo inaudito de tres o cuatro colas, en las que tienes que pagar comisiones a diferentes intermediarios. Casi que es un imposible adquirirlos.

Por otro lado, la seguridad simbólicamente ha quedado como responsabilidad individual de cada ciudadan@, que debe evitar que le roben porque cuando es víctima, toda la gente le pregunta por qué hizo o dejó de hacer tal o cual cosa. De manera insólita hemos eliminado la responsabilidad del Estado de garantizarnos la seguridad y atribuimos a nuestras conductas el hecho de que nos roben o no. Supongo que por eso este taxista se ha propuesto no dejarse robar.

Me contaba este joven: “Mi papá no ha dormido completo más nunca, desde hace unos cuantos meses. Como no ha podido hacer el portón del garaje para resguardar su carro, pues no ha dormido ya que lo hace con un ojo abierto y afinando los oídos ante cualquier sonido que lo haga sospechar que su carro corre peligro. Cada media hora, por lo menos, se levanta corriendo y sale al garaje a ver si todo está completo. No conforme con esta vigilancia que ya le quita la vida y el sueño, todos los días, desmonta batería, sonido, cables y otras partes del carro que impiden que se lo lleven o que se lleven esas piezas. Pero estos cuidados no fueron suficientes y una noche su carro amaneció sin uno de los cauchos y sin el rin respectivo. La indignación de mi papá fue demasiado grande y como asume que debe evitar ser robado, pues ahora cada noche le quita los 4 cauchos al carro y lo monta en cuatro ladrillos. Cada mañana antes de poder salir a trabajar, mi papá arma su carro y le monta sus cuatro cauchos de nuevo. Es una verdadera tortura como trabaja mi papá”.

Me pregunto qué dirán de estas historias los voceros y voceras del régimen, que dicen cosas como que “aquí todo está garantizado; aquí la gente está viviendo mejor que nunca; aquí no hay ningún problema ni de seguridad, ni de alimentación, ni de salud, ni de salarios. Todo es un invento de la una guerra psicológica. Hemos logrado que el pueblo venezolano viva la mayor suma de felicidad posible”, o dan la noticia que “la agricultura urbana ha resuelto la alimentación de 100 mil personas”, de los 30 millones de habitantes que somos. Estas sí son las perfectas leyendas urbanas de hoy.

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OPINIÓN · 15 AGOSTO, 2022 05:29

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