OPINIÓN · 8 MARZO, 2017 17:45

Los peores de la clase

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Aimé Nogal M. | @anogal

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Esta frase, surgida de una larga conversación-entrevista con mi querido profesor de Derecho Procesal (no mencionaré su nombre para no meterlo en problemas, ahora que pensar se ha vuelto peligroso) marcó mi comprensión del entorno país en la actualidad. Este ilustre abogado afirmaba, con tono de despecho, que existía una relación entre la gravedad en la que se sumergía Venezuela y la administración de sus recursos por quienes, según su experiencia docente, eran los peores de la clase.

Recordaba entonces a algunos dirigentes políticos de hoy que habían sido sus ex alumnos, reclamándole el diez en el pasillo de la Escuela de Derecho de la Universidad Central de Venezuela. Claro, pasar la materia en “la rayita”, no era el único rasgo de esta “especie”, copiarse en los exámenes, inventar con facilidad mentiras rocambolescas para excusar un alto número de inasistencias y atrincherarse en el Centro de Estudiantes, formaban parte de su estilo de vida.

Ellos no han cambiado, hoy la opinión pública está atiborrada de expresiones de los peores de la clase, que balbucean excusas atribuyéndole la responsabilidad de sus fracasos a cualquier agente exógeno, locus de control externo lo llaman.

Con cierta pena me confesó que algunas veces transigía ante las peticiones de los entonces dirigentes estudiantiles y otras tantas, los aplazados quedaban como alma en pena, repitiendo el farragoso Derecho Procesal tantas veces como fuese necesario, cuando reprobar una materia no era sinónimo de exclusión, y no representaba una obligación para el profesor aprobar al alumno sin importar el grado de experticia en la cátedra.

En el Estado actual de las cosas, no se descarta que la variable del mediocre rendimiento académico sea un elemento dentro del análisis de entorno, cuando intentamos dar con la respuesta única de la poco científica pregunta: ¿por qué el país está como está? Sin embargo, y sin descartar la hipótesis de mi querido profesor, recordé el documental “CAP dos intentos”, de Carlos Oteyza, y repasé un artículo del profesor Miguel Rodríguez, ex Ministro de Planificación del Presidente Carlos Andrés Pérez en 1989.

En los ya lejanos noventa, parte de la generación que había cosechado sus logros académicos en el exterior, gracias al programa de becas “Gran Mariscal de Ayacucho”, regresó a poner en práctica lo aprendido. Y vaya que resultó en naufragio la experiencia, me tomaré la licencia de reproducir lo que, en su oportunidad, Rodríguez escribió en su carta de felicitación a Ramón Piñango al ser designado Profesor Emeritus del IESA (2013) lo siguiente:

“A fines de 1988, las cosas cambiaron. El presidente electo de Venezuela, se llevó a medio tercer piso del IESA a formar parte de su gobierno, para resolver la peor crisis de balanza de pagos de la historia del país, y darle un gran viraje a la política económica, que permitiera explotar nuestras inmensas posibilidades de crecimiento y desarrollo. Transcurrieron tres años fundamentales de la historia contemporánea de Venezuela: la gran reforma económica y política que requería nuestro país. Carlos Andrés Pérez convocó a los IESA boys a dirigir ese proceso, convencido de la capacidad de ese grupo de profesionales y académicos. La historia es conocida. Cuando ya elegíamos directamente a los gobernadores, y más de la mitad de ellos eran de la oposición, y se estaban realizando las reformas políticas fundamentales que requería nuestra sociedad; cuando el programa económico avanzaba indetenible y convertía a Venezuela en el país de más alto crecimiento en el planeta, surgió al amparo de la noche más oscura, el zarpazo y la conspiración que destruyeron el futuro promisorio de Venezuela.[1]”

Considero pertinente recordar el destino de los “IESA Boys”, porque de cara al futuro, nuestro país habrá de recibir nuevamente el influjo de los que hoy han optado por emprender nuevos derroteros académicos y profesionales, allende nuestras fronteras, y cuando regresen, a diferencia de los peores de la clase, tendrán la misma sed de incorporar a nuestro sistema político y económico los conocimientos adquiridos en sociedades avanzadas.

Me inquieta el cómo serán recibidos, incluso me pregunto si los mismos de siempre recrearán las matrices de opinión ondeando las banderas del proteccionismo, acusando como si de una recreación de los tribunales de la Revolución Francesa se tratara, de “tecnócratas” a quienes aspiren transformar los subsidios universales, el gasto público y el tamaño de la administración pública, que a decir lo menos padece de elefantiasis.

Hablar del mañana mientras diariamente nos golpea el rostro la imagen de personas rebuscando comida en la basura, puede resultar para algunos inoportuno, pero nuestra sociedad necesita asimilar que Venezuela entrará tarde al siglo XXI, y la incorporación de nuevas praxis traerá nuevamente pugnas en torno a cuán civilizados podemos ser, y si estamos preparados para asumir los costos de ser un país productivo nuevamente.

Los desbalances en el área productiva saltan a la vista. El porvenir traerá dificultades para los talentos que regresen, cuando deban explicarle a los empresarios que tendrán que competir con las empresas de la región por mano de obra calificada, acostumbrarse a hacer proyecciones con un solo tipo de cambio, pagar a precios internacionales el combustible y el precio de los servicios públicos, sin culparlos por no conocer la modernidad. En un futuro cercano, el rol de nuestra generación será abrirle espacio a los que no se conformaron con la mediocridad.

 

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Recordaba entonces a algunos dirigentes políticos de hoy que habían sido sus ex alumnos, reclamándole el diez en el pasillo de la Escuela de Derecho de la Universidad Central de Venezuela. Claro, pasar la materia en “la rayita”, no era el único rasgo de esta “especie”, copiarse en los exámenes, inventar con facilidad mentiras rocambolescas para excusar un alto número de inasistencias y atrincherarse en el Centro de Estudiantes, formaban parte de su estilo de vida.

Ellos no han cambiado, hoy la opinión pública está atiborrada de expresiones de los peores de la clase, que balbucean excusas atribuyéndole la responsabilidad de sus fracasos a cualquier agente exógeno, locus de control externo lo llaman.

Con cierta pena me confesó que algunas veces transigía ante las peticiones de los entonces dirigentes estudiantiles y otras tantas, los aplazados quedaban como alma en pena, repitiendo el farragoso Derecho Procesal tantas veces como fuese necesario, cuando reprobar una materia no era sinónimo de exclusión, y no representaba una obligación para el profesor aprobar al alumno sin importar el grado de experticia en la cátedra.

En el Estado actual de las cosas, no se descarta que la variable del mediocre rendimiento académico sea un elemento dentro del análisis de entorno, cuando intentamos dar con la respuesta única de la poco científica pregunta: ¿por qué el país está como está? Sin embargo, y sin descartar la hipótesis de mi querido profesor, recordé el documental “CAP dos intentos”, de Carlos Oteyza, y repasé un artículo del profesor Miguel Rodríguez, ex Ministro de Planificación del Presidente Carlos Andrés Pérez en 1989.

En los ya lejanos noventa, parte de la generación que había cosechado sus logros académicos en el exterior, gracias al programa de becas “Gran Mariscal de Ayacucho”, regresó a poner en práctica lo aprendido. Y vaya que resultó en naufragio la experiencia, me tomaré la licencia de reproducir lo que, en su oportunidad, Rodríguez escribió en su carta de felicitación a Ramón Piñango al ser designado Profesor Emeritus del IESA (2013) lo siguiente:

“A fines de 1988, las cosas cambiaron. El presidente electo de Venezuela, se llevó a medio tercer piso del IESA a formar parte de su gobierno, para resolver la peor crisis de balanza de pagos de la historia del país, y darle un gran viraje a la política económica, que permitiera explotar nuestras inmensas posibilidades de crecimiento y desarrollo. Transcurrieron tres años fundamentales de la historia contemporánea de Venezuela: la gran reforma económica y política que requería nuestro país. Carlos Andrés Pérez convocó a los IESA boys a dirigir ese proceso, convencido de la capacidad de ese grupo de profesionales y académicos. La historia es conocida. Cuando ya elegíamos directamente a los gobernadores, y más de la mitad de ellos eran de la oposición, y se estaban realizando las reformas políticas fundamentales que requería nuestra sociedad; cuando el programa económico avanzaba indetenible y convertía a Venezuela en el país de más alto crecimiento en el planeta, surgió al amparo de la noche más oscura, el zarpazo y la conspiración que destruyeron el futuro promisorio de Venezuela.[1]”

Considero pertinente recordar el destino de los “IESA Boys”, porque de cara al futuro, nuestro país habrá de recibir nuevamente el influjo de los que hoy han optado por emprender nuevos derroteros académicos y profesionales, allende nuestras fronteras, y cuando regresen, a diferencia de los peores de la clase, tendrán la misma sed de incorporar a nuestro sistema político y económico los conocimientos adquiridos en sociedades avanzadas.

Me inquieta el cómo serán recibidos, incluso me pregunto si los mismos de siempre recrearán las matrices de opinión ondeando las banderas del proteccionismo, acusando como si de una recreación de los tribunales de la Revolución Francesa se tratara, de “tecnócratas” a quienes aspiren transformar los subsidios universales, el gasto público y el tamaño de la administración pública, que a decir lo menos padece de elefantiasis.

Hablar del mañana mientras diariamente nos golpea el rostro la imagen de personas rebuscando comida en la basura, puede resultar para algunos inoportuno, pero nuestra sociedad necesita asimilar que Venezuela entrará tarde al siglo XXI, y la incorporación de nuevas praxis traerá nuevamente pugnas en torno a cuán civilizados podemos ser, y si estamos preparados para asumir los costos de ser un país productivo nuevamente.

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