OPINIÓN · 6 ABRIL, 2018 23:29

Limpiecita como un sol

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Eritza Liendo

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QUÉ CHÉVERE
QUÉ INDIGNANTE
QUÉ CHIMBO

No importa si eres mujer. No importa si eres hombre. El horror que representa entrar a un baño y encontrar la poceta sucia es algo que produce monstruos que la razón desconoce. A muchos (por no decir a todos), nos ha pasado alguna vez que –obviamente fuera de nuestra casa y movidos por una urgencia fisiológica– hemos tenido que usar un baño público. El sitio es lo de menos: puede pasar en un aeropuerto, en la universidad, en un cafetín, en una empresa, en un terminal de pasajeros, en una encrucijada de la vía pública.

Por muy oscuros que sean nuestros presagios, por más que la evidencia de los hechos (recurrentes) haya minado nuestra fe, antes de empujar la puerta del cubículo en un baño público, uno se santigua y le pide a cualquier santo, ¡al que sea!, primero que haya agua y segundo que la poceta esté limpia. Por Diosito, que esté limpia. Justo por ser una conexión con el inframundo, en una poceta podría encontrarse cualquier cosa. Desde lo más natural y lógico (excretas menores y mayores), hasta el feto que alguna desdichada hubiera dejado caer a propósito. Ver cosas como ésas es parte del riesgo que uno asume al usar un baño público.

Si, a pesar de todo, al empujar la puerta, uno ve que la poceta está limpia, el alivio es sólo comparable con ir a un cajero automático y comprobar que está “dando plata”. En ese momento, el sentimiento de gratitud nos invade plenamente como una bendición bautismal y, por no gritar de alegría, uno agradece para sus adentros que alguien haya hecho su trabajo y lo haya hecho bien. Es muy feo eso de toparse con una poceta sucia. En un sitio público o en una casa ajena…

Ganas de embromar

En fecha reciente, el primer mandatario venezolano hizo mofa de los venezolanos que, habiendo salido de su país “con una falsa ilusión” en procura de mejores condiciones de vida, terminan allende nuestras fronteras (específicamente en Miami) limpiando pocetas en un sitio público o en una casa ajena. Cosa que, según él mismo, jamás haría. Son las palabras del popularmente conocido como “presidente obrero”.

Al escuchar frases tales, asumí que se trataba de una broma. De mal gusto, sí, pero broma al fin. No puede alguien que se deje llamar “presidente obrero” denigrar de ningún oficio. Menos ante un pueblo como el venezolano cuyos hombres y mujeres, mal que bien, crecieron hechos a la idea de que el trabajo no deshonra.

Las reacciones ante lo oído y visto en televisión se desgranaron como lluvia de reproches. La gama fue y sigue siendo variada. Las críticas se movieron entre un simple “Qué bolas tiene este tipo” hasta “Qué manera de descalificar al que trabaja honestamente”. Entre una frase y la otra, se ha dicho de todo. Nada bonito. Ni un gesto de solidaridad. Ni un solo “tiene razón el presidente”.

Yo hice tienda aparte: no me sumé a la polémica porque me dije: “el presi está de chanzas; no puede estar hablando en serio”. No puede ser, me dije, que un primer mandatario (así sea Nicolás Maduro) se tome a risas las penurias que pasan los demás por no tener cómo vivir en su propio país. Es insólito, me repetí en un intento por convencerme de que alguien que ocupe semejante cargo, ¡la primera magistratura!, lo use para violentar de ese modo a sus conciudadanos.

Entendí que todo era una guasa cuando recordé las cientos de dolorosas despedidas en el aeropuerto internacional de Maiquetía; cuando recordé los rostros llorosos de docenas de madres diciendo adiós a sus hijos adolescentes o en una adultez tan tempranera como desesperanzada. Me quedó claro que lo del presidente fue una tomadura de pelo subida de tono cuando recordé que ahora en Venezuela los cumpleaños, la Navidad y el Año Nuevo se celebran por WhatsApp o vía Skype. Me cayó la locha de que todo fue una joda cuando encontré en Facebook la foto de los hijos de mi amiga Valentina: eran de este tamañito cuando se fueron a Canadá ¡y ya están más altos que ella!

Lo que el “presidente obrero” no entiende es que uno no siempre tiene el cuerpo para bromas. Segura estoy de que él sabe lo duro que es acostumbrarse a dormir en otra cama, verse impelido a construir otras sintaxis y un humor en lengua extranjera. Aunque no me simpatiza, apuesto a que el presidente estaba en modo guachafa cuando dijo lo que dijo sobre irse del país a limpiar pocetas pa’ otro lado pues, aunque no lo haya vivido en carne propia, él debe al menos imaginarse lo jodido que ha de ser sufrir un quebranto y no contar con la sanadora presencia de la madre, de la hermana o de la tía porque –simple y llanamente– eso quedó atrás, porque el país no da tregua, porque la hiperinflación y la inseguridad obligan a muchos a preferir lavar baños afuera que sacar la basura de adentro.

¡Puede pasar con confianza!

En Venezuela, hay mucha gente comiendo basura. Y esto ha de interpretarse en su sentido literal y metafórico. Para algunos, es un doloroso sacrificio; para otros, es el pago por el encumbramiento. La basura de uno y otro tipo (la que se consigue hurgando en bolsas negras y la que se consume a través de ciertos medios de comunicación) está allí, a disposición de quien la quiera. La palabra final la dice uno y es uno quien decide si París vale o no vale una misa.

Yo sé que el presidente estaba de chacota cuando dijo lo que dijo: no puede nadie, hablando en serio, menospreciar el sacrificio de quien deja todo lo seguro para aventurarse en la incertidumbre; en el desafío que comporta lo extraño. No puede un primer mandatario (incluso si se trata de Nicolás Maduro) ignorar aquello que Dorothy repitió hasta la saciedad: No place like home.

Ya quisiera el presidente Nicolás tener –aunque fuera como posibilidad remota– la oportunidad de convocar el regreso de todos los jóvenes que han huido, la oportunidad de ofrecerles una democracia verdadera y una libertad sin persecuciones, una seguridad sin condiciones y una educación sin adoctrinamiento. Ya quisiera él poder hablar en nombre de Venezuela y decirles a tantos que se han ido: “Puede volver con confianza; va a verme limpiecita como un sol”.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores.

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Por muy oscuros que sean nuestros presagios, por más que la evidencia de los hechos (recurrentes) haya minado nuestra fe, antes de empujar la puerta del cubículo en un baño público, uno se santigua y le pide a cualquier santo, ¡al que sea!, primero que haya agua y segundo que la poceta esté limpia. Por Diosito, que esté limpia. Justo por ser una conexión con el inframundo, en una poceta podría encontrarse cualquier cosa. Desde lo más natural y lógico (excretas menores y mayores), hasta el feto que alguna desdichada hubiera dejado caer a propósito. Ver cosas como ésas es parte del riesgo que uno asume al usar un baño público.

Si, a pesar de todo, al empujar la puerta, uno ve que la poceta está limpia, el alivio es sólo comparable con ir a un cajero automático y comprobar que está “dando plata”. En ese momento, el sentimiento de gratitud nos invade plenamente como una bendición bautismal y, por no gritar de alegría, uno agradece para sus adentros que alguien haya hecho su trabajo y lo haya hecho bien. Es muy feo eso de toparse con una poceta sucia. En un sitio público o en una casa ajena…

Ganas de embromar

En fecha reciente, el primer mandatario venezolano hizo mofa de los venezolanos que, habiendo salido de su país “con una falsa ilusión” en procura de mejores condiciones de vida, terminan allende nuestras fronteras (específicamente en Miami) limpiando pocetas en un sitio público o en una casa ajena. Cosa que, según él mismo, jamás haría. Son las palabras del popularmente conocido como “presidente obrero”.

Al escuchar frases tales, asumí que se trataba de una broma. De mal gusto, sí, pero broma al fin. No puede alguien que se deje llamar “presidente obrero” denigrar de ningún oficio. Menos ante un pueblo como el venezolano cuyos hombres y mujeres, mal que bien, crecieron hechos a la idea de que el trabajo no deshonra.

Las reacciones ante lo oído y visto en televisión se desgranaron como lluvia de reproches. La gama fue y sigue siendo variada. Las críticas se movieron entre un simple “Qué bolas tiene este tipo” hasta “Qué manera de descalificar al que trabaja honestamente”. Entre una frase y la otra, se ha dicho de todo. Nada bonito. Ni un gesto de solidaridad. Ni un solo “tiene razón el presidente”.

Yo hice tienda aparte: no me sumé a la polémica porque me dije: “el presi está de chanzas; no puede estar hablando en serio”. No puede ser, me dije, que un primer mandatario (así sea Nicolás Maduro) se tome a risas las penurias que pasan los demás por no tener cómo vivir en su propio país. Es insólito, me repetí en un intento por convencerme de que alguien que ocupe semejante cargo, ¡la primera magistratura!, lo use para violentar de ese modo a sus conciudadanos.

Entendí que todo era una guasa cuando recordé las cientos de dolorosas despedidas en el aeropuerto internacional de Maiquetía; cuando recordé los rostros llorosos de docenas de madres diciendo adiós a sus hijos adolescentes o en una adultez tan tempranera como desesperanzada. Me quedó claro que lo del presidente fue una tomadura de pelo subida de tono cuando recordé que ahora en Venezuela los cumpleaños, la Navidad y el Año Nuevo se celebran por WhatsApp o vía Skype. Me cayó la locha de que todo fue una joda cuando encontré en Facebook la foto de los hijos de mi amiga Valentina: eran de este tamañito cuando se fueron a Canadá ¡y ya están más altos que ella!

Lo que el “presidente obrero” no entiende es que uno no siempre tiene el cuerpo para bromas. Segura estoy de que él sabe lo duro que es acostumbrarse a dormir en otra cama, verse impelido a construir otras sintaxis y un humor en lengua extranjera. Aunque no me simpatiza, apuesto a que el presidente estaba en modo guachafa cuando dijo lo que dijo sobre irse del país a limpiar pocetas pa’ otro lado pues, aunque no lo haya vivido en carne propia, él debe al menos imaginarse lo jodido que ha de ser sufrir un quebranto y no contar con la sanadora presencia de la madre, de la hermana o de la tía porque –simple y llanamente– eso quedó atrás, porque el país no da tregua, porque la hiperinflación y la inseguridad obligan a muchos a preferir lavar baños afuera que sacar la basura de adentro.

¡Puede pasar con confianza!

En Venezuela, hay mucha gente comiendo basura. Y esto ha de interpretarse en su sentido literal y metafórico. Para algunos, es un doloroso sacrificio; para otros, es el pago por el encumbramiento. La basura de uno y otro tipo (la que se consigue hurgando en bolsas negras y la que se consume a través de ciertos medios de comunicación) está allí, a disposición de quien la quiera. La palabra final la dice uno y es uno quien decide si París vale o no vale una misa.

Yo sé que el presidente estaba de chacota cuando dijo lo que dijo: no puede nadie, hablando en serio, menospreciar el sacrificio de quien deja todo lo seguro para aventurarse en la incertidumbre; en el desafío que comporta lo extraño. No puede un primer mandatario (incluso si se trata de Nicolás Maduro) ignorar aquello que Dorothy repitió hasta la saciedad: No place like home.

Ya quisiera el presidente Nicolás tener –aunque fuera como posibilidad remota– la oportunidad de convocar el regreso de todos los jóvenes que han huido, la oportunidad de ofrecerles una democracia verdadera y una libertad sin persecuciones, una seguridad sin condiciones y una educación sin adoctrinamiento. Ya quisiera él poder hablar en nombre de Venezuela y decirles a tantos que se han ido: “Puede volver con confianza; va a verme limpiecita como un sol”.

***

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