OPINIÓN · 9 ABRIL, 2021 04:38

Las muchas “Venezuelas” que existen

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Alberto Barrera Tyszka

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Hasta hace muy poco, los venezolanos que tenían alguna relación cercana con la migración eran una minoría. Por lo general, se trataba de hijos o nietos de gente que había huido de la guerra en Europa o que escapaba de países cercanos, buscando mejores condiciones económicas. Mi segundo apellido nunca dejó lugar a dudas. No podía decir que venía de los Tyszkas de Carache. Pero la experiencia temprana con un abuelo que a veces hablaba en un idioma incomprensible y que añoraba algo que yo desconocía, me mostró una dimensión distinta de la identidad, una forma más flexible y más diversa de los mapas.

Hasta hace muy poco, para la mayoría de los venezolanos, los extranjeros siempre eran otros. Nunca nosotros. 

Dos décadas atrás, la palabra diáspora no aparecía en nuestro vocabulario, no tenía un lugar en las hipótesis de nuestro futuro. Según ACNUR, si la tendencia que llevamos se mantiene, para el año 2021 podría haber más de 6.2 millones de migrantes y refugiados venezolanos en el mundo.

Esta experiencia de ser multitud en movimiento es, sin duda, uno de últimos cambios más fundamentales en el ADN cultural del país. Representa una configuración distinta de nuestra propia naturaleza, de lo que creíamos, sentíamos y pensábamos. Hemos entrado en otra edad. La condición colectiva de migrantes, de comunidad a la intemperie, sin tierra, sin seguridad, sin futuro definido, supone una vivencia inédita, una nueva conciencia desde la pérdida. Para un país que antes veía a los extranjeros desde una estable seguridad, con simpatía y generosidad, pero también a veces con desdén y con sorna, la diáspora significa un salto al vacío, un cataclismo en la identidad. 

La migración, como viaje obligado, exige de manera apresurada y abrupta cambios inmediatos que, irremediablemente, nos confrontan con nuestro pasado.  Es un proceso que combina la urgencia de la cotidianidad —la angustia por conseguir papeles y por tener trabajo— con el lento tránsito interior que trata de digerir lo que ocurre. De seguro, ahora entendemos de otra forma esa misma experiencia. Somos los musiús, los portus, los turcos, los gallegos, los colombiches o colombianos, los cholos… los que vienen de afuera, los que no saben o no comprenden, los que no tienen a dónde ir. Los pobres ajenos. Los distintos. Los raros. Los peligrosos. 

A diferencia de muchos países, para nosotros es una novedad, un proceso único y desconcertante.  Esto se hace evidente en las redes sociales, cargadas de mensajes y testimonios que construyen una de épica de la migración. Es un genuino ejercicio de catarsis melodramática de una población que se siente extraviada, que necesita contar hasta sus más mínimos esfuerzos por sobrevivir, que aún no sabe cómo ser extranjero sin ser turista, cómo existir siendo inmigrante.

Las imágenes de venezolanos peregrinando hacia otros países, pasando trabajo, sufriendo, siendo rechazados o excluidos en diferentes sitios del mundo es una representación del país que desconocíamos, que nos sorprende y nos produce mucho dolor, impotencia. Hay que añadir también las distintas reacciones del chavismo: todas indignantes. Primero negaron la realidad y, cuando finalmente la reconocieron, solo intentaron usarla políticamente. Se han burlado de los migrantes. Los han extorsionado y utilizado. Los han humillado. La diáspora también reafirma la definición de los gobernantes: indolentes y crueles.  Ninguna tragedia los conmueve. Para el chavismo, los pobres y la pobreza son un valor de mercado. Su negocio. 

Fuera del país, hay demasiadas historias que contar. Diferentes, de todo tipo y calidad, difíciles y maravillosas. Como en una guerra, cada quien tiene un relato cercano, una muerte o una salvación, una caída o una proeza, muchas heridas que mostrar. La migración puede ser vista como un inmenso espacio de aprendizajes, comenzando casi siempre por la difícil materia de ser nadie, de tener que empezar de nuevo. Migrar es transformarse en más de un sentido. Es un viaje radical, que no termina, que nos obliga a comprender mejor la diversidad, que nos exige aprender también a ser otros. 

Hay también formas de resiliencia colectiva: extraordinarios esfuerzos e iniciativas que animan y organizan grupos de venezolanos: desde cadenas eficaces para la recolección de alimentos o medicinas, equipos de apoyo, voluntarios que en cada país tratan de orientar y ayudar a quienes van llegando, hasta redes de reporteros que realizan investigaciones periodísticas para dar cuenta de lo que realmente ocurre. Es probable que todavía falte mucho, pero, con audacia y solidaridad, en muchos lugares se intenta enfrentar el desafío enorme de construir un país fuera del país.

La resiliencia supone firmeza, pero también ingenio e imaginación. Y requiere tolerancia, entender y respetar al otro en sus circunstancias y en su contexto. Es algo que vale también para la relación entre nosotros mismos, entre todos los que —de distintas maneras— somos víctimas de una pequeña casta que -anclada en la violencia institucional- ha decidido robarse el país. Eso es lo que nos define, lo que nos une. Adentro y afuera, con condiciones siempre distintas. Pero igualmente víctimas del mismo proceso, del mismo poder.

Recuerdo en una clase en bachillerato, hace años, el profesor nos contó que, de niños, su diversión era ir a una pequeña lavandería de chinos en una esquina del centro de Caracas. El chiste consistía en asomarse en la puerta y gritar “¡Chino, cochino, malico, ladlón!”.  Y luego salir corriendo. Se rió mientras echaba el cuento. Nos reímos todos cuando lo escuchamos. Quizás ahora esta anécdota sería distinta. Quizás a nadie le daría risa. Tal vez todos pensaríamos en los compatriotas que están afuera, en cualquier esquina de cualquier ciudad lejana, tratando de sobrevivir. Los extranjeros ya no son otros. Los extranjeros somos nosotros. Y desde esa certeza, desde el reconocimiento y la aceptación de los otros, debemos seguir resistiendo y buscando que vuelvan a estar juntas las muchas Venezuelas que existen.

Alberto Barrera Tyszka es escritor.

 

Este texto forma parte del Dossier de opinión 2020 de Efecto Cocuyo, puede leer la publicación completa aquí.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

 

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Hasta hace muy poco, para la mayoría de los venezolanos, los extranjeros siempre eran otros. Nunca nosotros. 

Dos décadas atrás, la palabra diáspora no aparecía en nuestro vocabulario, no tenía un lugar en las hipótesis de nuestro futuro. Según ACNUR, si la tendencia que llevamos se mantiene, para el año 2021 podría haber más de 6.2 millones de migrantes y refugiados venezolanos en el mundo.

Esta experiencia de ser multitud en movimiento es, sin duda, uno de últimos cambios más fundamentales en el ADN cultural del país. Representa una configuración distinta de nuestra propia naturaleza, de lo que creíamos, sentíamos y pensábamos. Hemos entrado en otra edad. La condición colectiva de migrantes, de comunidad a la intemperie, sin tierra, sin seguridad, sin futuro definido, supone una vivencia inédita, una nueva conciencia desde la pérdida. Para un país que antes veía a los extranjeros desde una estable seguridad, con simpatía y generosidad, pero también a veces con desdén y con sorna, la diáspora significa un salto al vacío, un cataclismo en la identidad. 

La migración, como viaje obligado, exige de manera apresurada y abrupta cambios inmediatos que, irremediablemente, nos confrontan con nuestro pasado.  Es un proceso que combina la urgencia de la cotidianidad —la angustia por conseguir papeles y por tener trabajo— con el lento tránsito interior que trata de digerir lo que ocurre. De seguro, ahora entendemos de otra forma esa misma experiencia. Somos los musiús, los portus, los turcos, los gallegos, los colombiches o colombianos, los cholos… los que vienen de afuera, los que no saben o no comprenden, los que no tienen a dónde ir. Los pobres ajenos. Los distintos. Los raros. Los peligrosos. 

A diferencia de muchos países, para nosotros es una novedad, un proceso único y desconcertante.  Esto se hace evidente en las redes sociales, cargadas de mensajes y testimonios que construyen una de épica de la migración. Es un genuino ejercicio de catarsis melodramática de una población que se siente extraviada, que necesita contar hasta sus más mínimos esfuerzos por sobrevivir, que aún no sabe cómo ser extranjero sin ser turista, cómo existir siendo inmigrante.

Las imágenes de venezolanos peregrinando hacia otros países, pasando trabajo, sufriendo, siendo rechazados o excluidos en diferentes sitios del mundo es una representación del país que desconocíamos, que nos sorprende y nos produce mucho dolor, impotencia. Hay que añadir también las distintas reacciones del chavismo: todas indignantes. Primero negaron la realidad y, cuando finalmente la reconocieron, solo intentaron usarla políticamente. Se han burlado de los migrantes. Los han extorsionado y utilizado. Los han humillado. La diáspora también reafirma la definición de los gobernantes: indolentes y crueles.  Ninguna tragedia los conmueve. Para el chavismo, los pobres y la pobreza son un valor de mercado. Su negocio. 

Fuera del país, hay demasiadas historias que contar. Diferentes, de todo tipo y calidad, difíciles y maravillosas. Como en una guerra, cada quien tiene un relato cercano, una muerte o una salvación, una caída o una proeza, muchas heridas que mostrar. La migración puede ser vista como un inmenso espacio de aprendizajes, comenzando casi siempre por la difícil materia de ser nadie, de tener que empezar de nuevo. Migrar es transformarse en más de un sentido. Es un viaje radical, que no termina, que nos obliga a comprender mejor la diversidad, que nos exige aprender también a ser otros. 

Hay también formas de resiliencia colectiva: extraordinarios esfuerzos e iniciativas que animan y organizan grupos de venezolanos: desde cadenas eficaces para la recolección de alimentos o medicinas, equipos de apoyo, voluntarios que en cada país tratan de orientar y ayudar a quienes van llegando, hasta redes de reporteros que realizan investigaciones periodísticas para dar cuenta de lo que realmente ocurre. Es probable que todavía falte mucho, pero, con audacia y solidaridad, en muchos lugares se intenta enfrentar el desafío enorme de construir un país fuera del país.

La resiliencia supone firmeza, pero también ingenio e imaginación. Y requiere tolerancia, entender y respetar al otro en sus circunstancias y en su contexto. Es algo que vale también para la relación entre nosotros mismos, entre todos los que —de distintas maneras— somos víctimas de una pequeña casta que -anclada en la violencia institucional- ha decidido robarse el país. Eso es lo que nos define, lo que nos une. Adentro y afuera, con condiciones siempre distintas. Pero igualmente víctimas del mismo proceso, del mismo poder.

Recuerdo en una clase en bachillerato, hace años, el profesor nos contó que, de niños, su diversión era ir a una pequeña lavandería de chinos en una esquina del centro de Caracas. El chiste consistía en asomarse en la puerta y gritar “¡Chino, cochino, malico, ladlón!”.  Y luego salir corriendo. Se rió mientras echaba el cuento. Nos reímos todos cuando lo escuchamos. Quizás ahora esta anécdota sería distinta. Quizás a nadie le daría risa. Tal vez todos pensaríamos en los compatriotas que están afuera, en cualquier esquina de cualquier ciudad lejana, tratando de sobrevivir. Los extranjeros ya no son otros. Los extranjeros somos nosotros. Y desde esa certeza, desde el reconocimiento y la aceptación de los otros, debemos seguir resistiendo y buscando que vuelvan a estar juntas las muchas Venezuelas que existen.

Alberto Barrera Tyszka es escritor.

 

Este texto forma parte del Dossier de opinión 2020 de Efecto Cocuyo, puede leer la publicación completa aquí.

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