OPINIÓN · 21 FEBRERO, 2018 08:00

La mala de la novela

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Susana Reina | @feminismoinc

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Una buena referencia para entender cómo opera el lavado de cerebro patriarcal desde que estamos chiquitas, son las telenovelas. Las de mi generación vimos Lucecita, La Señorita Elena, Esmeralda, La Usurpadora, Simplemente María, Sacrificio de mujer, La Mujer Prohibida…

Nada más ver los nombres ya uno puede darse una idea de por dónde van los tiros. Salvo La Señora de Cárdenas, Por Estas Calles, la colombiana Betty La Fea y las exitosas telenovelas brasileras de los 80, que revolucionaron en su momento el consabido esquema polarizado de malas contra buenas y finales felices para quienes se portaron bien, todas las demás alimentan creencias machistas clásicas.

Las novelas venezolanas modernas, confieso que no las veo mucho, pero lejos de adaptarse a los nuevos tiempos, siguen el consabido guion de premiar a la buena y castigar a la mala, para que nos quede bien claro el mensaje que venden. Todas ellas reproducen un sello indeleble, conservador y prescriptivo sobre el modelo y deber ser de la “buena mujer”.

La buena de la novela es sumisa, callada, de belleza virginal y angelical, aún con himen completo (y si alguien se lo rompió es con el que se va a casar), pobre (la pobreza como virtud), ansiosa de ser rescatada por un hombre rico y poderoso (los privilegios del lado masculino); llorona, sensible, tierna, cariñosa. Cuidadora de todos, servicial, desprendida. Deseosa de tener hijos, por aquello de que una mujer no es verdaderamente mujer hasta que es madre.

Sufre. Sufre mucho y en silencio. Creyente religiosa, mantiene su fe intacta por encima de cualquier adversidad. Maltratada y discriminada por pobre y disminuida. Muchas veces empieza la novela con algún tipo de discapacidad que supera hacia el final, o se presenta como una mujer sin atractivos físicos, más bien un poco afeada, que en el momento cumbre del bodrio, muta mágicamente en una suerte de Miss Venezuela para lograr así tener el premio más codiciado, el galán. La buena termina felizmente casada, con una sonrisa en sus labios, triunfo del amor puro y casto.

¿Cómo es la mala? Ambiciosa, bella, exuberante, se ríe mucho, habla alto y claro, se acuesta y tiene sexo con quien le da la gana. Es rica, poderosa, hace lo que quiere y cuando quiere. Sabe manejar los hilos del poder, es una amazona, no se deja apabullar, guerrera, inventiva. Mira de manera altiva, sube una ceja, saca el pecho, pisa firme, entaconada, pura pose de poder.

Trabaja. Sale a la calle. Se viste de forma provocativa, sensual. No tiene hijos o es infértil. Es atea. A veces divorciada o sin pareja estable, soltera e independiente. Es una atrevida que busca siempre salirse con la suya. ¿Y cómo termina la mala de la novela? Sin el galán (el peor castigo de todos), loca, muerta, presa, sola.

Además de todo esto, a la mala y a la buena las ponen a pelearse entre sí. Nada de sororidad por aquí. Mucho de envidia, competencia, chisme entre mujeres, reproduciendo así el mito patriarcal de que nosotras no podemos estar ni trabajar ni convivir juntas, porque hay un macho en disputa, que es lo verdaderamente importante.

La lección está clara. Una vida llena de sacrificios en santa resignación te lleva a casarte de velo y corona con el hombre de tus sueños. Una vida vivida como tú la quieras o desees, te castiga enviándote al infierno. Burda pero efectivísima manipulación, que moldea sueños, caracteres, ideales de comportamiento en las jóvenes que ven con ilusión cada capítulo de la novela “rosa”.

No es poca cosa. Las emociones se contagian, de allí el alto rating. Vivimos como propios los avatares de las figuras de estas producciones televisivas proyectadas en horario premium. Aprendemos vicariamente observándolas para adaptar a nuestras propias vidas lo que vemos que resulta en las protagonistas, reforzado además por un entorno machista que penaliza a las mujeres con ambición, a las que no necesitan de un varón para ser y tener, a las que quieren romper el molde.

Enseñemos a nuestras hijas e hijos que en la vida real hay gente real. No hay malas ni buenas ni galanes. Que sufrir y ser pobre no tiene ningún mérito. Que ambicionar y tomar tus propias decisiones es legítimo y válido. Que no es verdad que a haya “malas” a las que les va siempre mal, ni “buenas” a las que siempre les va bien. Que cada mujer tiene el derecho a elegir cómo quiere vivir su vida, sin temores.

Y si ven novelas juntos, úsenlas para señalar y reírse de estas aberraciones, con lentes y conciencia de género, pensamiento crítico y alma transformadora, para orientar mejor a las nuevas generaciones.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de la entera responsabilidad de sus autores. 

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Nada más ver los nombres ya uno puede darse una idea de por dónde van los tiros. Salvo La Señora de Cárdenas, Por Estas Calles, la colombiana Betty La Fea y las exitosas telenovelas brasileras de los 80, que revolucionaron en su momento el consabido esquema polarizado de malas contra buenas y finales felices para quienes se portaron bien, todas las demás alimentan creencias machistas clásicas.

Las novelas venezolanas modernas, confieso que no las veo mucho, pero lejos de adaptarse a los nuevos tiempos, siguen el consabido guion de premiar a la buena y castigar a la mala, para que nos quede bien claro el mensaje que venden. Todas ellas reproducen un sello indeleble, conservador y prescriptivo sobre el modelo y deber ser de la “buena mujer”.

La buena de la novela es sumisa, callada, de belleza virginal y angelical, aún con himen completo (y si alguien se lo rompió es con el que se va a casar), pobre (la pobreza como virtud), ansiosa de ser rescatada por un hombre rico y poderoso (los privilegios del lado masculino); llorona, sensible, tierna, cariñosa. Cuidadora de todos, servicial, desprendida. Deseosa de tener hijos, por aquello de que una mujer no es verdaderamente mujer hasta que es madre.

Sufre. Sufre mucho y en silencio. Creyente religiosa, mantiene su fe intacta por encima de cualquier adversidad. Maltratada y discriminada por pobre y disminuida. Muchas veces empieza la novela con algún tipo de discapacidad que supera hacia el final, o se presenta como una mujer sin atractivos físicos, más bien un poco afeada, que en el momento cumbre del bodrio, muta mágicamente en una suerte de Miss Venezuela para lograr así tener el premio más codiciado, el galán. La buena termina felizmente casada, con una sonrisa en sus labios, triunfo del amor puro y casto.

¿Cómo es la mala? Ambiciosa, bella, exuberante, se ríe mucho, habla alto y claro, se acuesta y tiene sexo con quien le da la gana. Es rica, poderosa, hace lo que quiere y cuando quiere. Sabe manejar los hilos del poder, es una amazona, no se deja apabullar, guerrera, inventiva. Mira de manera altiva, sube una ceja, saca el pecho, pisa firme, entaconada, pura pose de poder.

Trabaja. Sale a la calle. Se viste de forma provocativa, sensual. No tiene hijos o es infértil. Es atea. A veces divorciada o sin pareja estable, soltera e independiente. Es una atrevida que busca siempre salirse con la suya. ¿Y cómo termina la mala de la novela? Sin el galán (el peor castigo de todos), loca, muerta, presa, sola.

Además de todo esto, a la mala y a la buena las ponen a pelearse entre sí. Nada de sororidad por aquí. Mucho de envidia, competencia, chisme entre mujeres, reproduciendo así el mito patriarcal de que nosotras no podemos estar ni trabajar ni convivir juntas, porque hay un macho en disputa, que es lo verdaderamente importante.

La lección está clara. Una vida llena de sacrificios en santa resignación te lleva a casarte de velo y corona con el hombre de tus sueños. Una vida vivida como tú la quieras o desees, te castiga enviándote al infierno. Burda pero efectivísima manipulación, que moldea sueños, caracteres, ideales de comportamiento en las jóvenes que ven con ilusión cada capítulo de la novela “rosa”.

No es poca cosa. Las emociones se contagian, de allí el alto rating. Vivimos como propios los avatares de las figuras de estas producciones televisivas proyectadas en horario premium. Aprendemos vicariamente observándolas para adaptar a nuestras propias vidas lo que vemos que resulta en las protagonistas, reforzado además por un entorno machista que penaliza a las mujeres con ambición, a las que no necesitan de un varón para ser y tener, a las que quieren romper el molde.

Enseñemos a nuestras hijas e hijos que en la vida real hay gente real. No hay malas ni buenas ni galanes. Que sufrir y ser pobre no tiene ningún mérito. Que ambicionar y tomar tus propias decisiones es legítimo y válido. Que no es verdad que a haya “malas” a las que les va siempre mal, ni “buenas” a las que siempre les va bien. Que cada mujer tiene el derecho a elegir cómo quiere vivir su vida, sin temores.

Y si ven novelas juntos, úsenlas para señalar y reírse de estas aberraciones, con lentes y conciencia de género, pensamiento crítico y alma transformadora, para orientar mejor a las nuevas generaciones.

***

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