OPINIÓN · 27 ABRIL, 2017 15:32

La Antipolítica y el trágico protagonismo de las balas en el mes de Abril

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Verónica Zubillaga

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En los 21 días que corren entre el 4 y el 25 de abril, de acuerdo a las declaraciones de la Fiscal, murieron 26 personas. Y en el momento en que estoy escribiendo este texto, nos enteramos de dos más, ya son 28 los fallecidos. Al tratar de comprender el horror, uno puede darse cuenta que nueve personas murieron electrocutadas en saqueos en el Valle, y en estos mismos eventos, tres murieron de disparos de balas. También se pueden distinguir entre las víctimas cuatro adolescentes; al menos siete estudiantes y jóvenes; una señora; un Guardia Nacional; dos funcionarios de la gobernación de Mérida; un manifestante en Barinas. Todas estas personas estaban y murieron en el espacio público; es decir, se desplazaban en calles, plazas y avenidas de nuestro país. Y en esos espacios la gran mayoría fueron alcanzados por disparos de bala. Y como dice mi colega María Pilar García-Guadilla: “tristemente, todos son nuestros muertos, los de los unos y los de los otros”.

Al leer sobre estos eventos en la prensa se leen detalles de la atrocidad: “Muere de un disparo”; “recibió un disparo en el cuello”; “recibió un impacto de bala en la región occipital”; “ herida por arma de fuego en el toráx”… que culmina en muerte; “víctima de un disparo en la cabeza”. Como victimarios se leen agentes del orden actuando de manera ilegítima (Policía Nacional Bolivariana; policía del estado Carabobo; funcionarios de la Guardia Nacional); “grupos motorizados civiles armados” como los denominó la Fiscal, o colectivos armados, como se les denomina en el habla corriente; francotiradores; en fin, se trata de funcionarios de las fuerzas de la seguridad y de civiles armados.

Algunos hilos conductores de estos eventos son que la mayoría de las muertes han sido perpetradas por balas; la generalidad de estas muertes han ocurrido en el espacio público y las armas están circulando y están siendo accionadas sin control, bajo la permisividad y presuntamente bajo el auspicio de agentes del Estado. Trágicamente estos indicadores nos revelan que las “armas y las balas” han entrado de manera abrumadora a la vida política y la están transformando en antipolítica.

Hannah Arendt (1958) nos ilustra que la política, entendida como práctica fundamental que nos hace humanos, constituye el desafío de convivir siendo distintos y se sustenta en la palabra. El conflicto, intrínseco a la vida política y a la ciudadanía, es entendido como relación donde algo está en juego –la apuesta de la política: cómo vivimos, y las luchas acerca de quiénes podrán decir qué en el proceso de definir cuáles son los problemas comunes y como serán abordados, como nos ilustra E. Jelin (1996).

En este sentido, la vida política se constituye a través de adversarios que se reconocen como necesarios e interdependientes porque participan en esta apuesta y sobre todo porque comparten una condición de humanidad y de ciudadanía, a pesar de las diferencias e incluso las desigualdades. La violencia secuestra la política porque al aniquilar al adversario, elimina el conflicto y la relación. Por eso M. Wieviorka (1998) habla de la antipolítica para subrayar que la violencia al destruir al adversario imposibilita y niega radicalmente la acción política.

Armas y balas

Las armas y las balas son objetos tan poderosos que deben ser entendidos como actores en sí mismos –siguiendo la propuesta de B. Latour (2005) quien nos invita a pensar algunos objetos como actores–; esto es, al ser introducidos por los actores humanos, contribuyen a establecer avasallantes definiciones de la situación: un definitivo antagonismo; la posibilidad de la aniquilación permanente del otro; la relación suma-cero que se expresa en tu pellejo o el mío. Es pues, el objeto por antonomasia de la antipolítica. Que el Presidente vuelva a insistir, ahora, en Abril, momento de intensa contienda, que pretende distribuir 500.000 fusiles entre milicianos, remarca una y otra vez, la responsabilidad del gobierno en el afianzamiento del horizonte de la antipolítica y sus terribles consecuencias.

La evidencia de los “impactos de balas” y actores armados devela que la antipolítica ha irrumpido en el espacio público. Como en otros espacios, tan cercanos como el de nuestros vecinos colombianos, una vez entradas las armas y el horizonte de la antipolítica, éstas amenazan con quedarse por un tiempo y prometen un espinoso camino para desactivarlas.

Retomar la política implicará entonces, a pesar de las resistencias, plantear procesos de negociación sinceros – es decir, garantizando ciertas condiciones– , en efecto establecer el camino electoral previsto en la Constitución, entre otras cosas, pero también, vislumbrar opciones típicas de contextos de conflictos armados como los de justicia transicional y de Desmovilización, Desarme y Reinserción (DDR).

Los procesos de Desmovilización, Desarme y Reinserción en íntima conexión con la justicia transicional implican desistir de la tentación armada y a la aniquilación del adversario, en otras palabras, renunciar a la antipolítica. Exigen además “dejar las armas” por parte de los grupos armados, y por parte de las autoridades, comprometerse firmemente con el control de las armas y balas, así como promover espacios y redes de reinserción y socialización en la vida civil y política de estos grupos armados, incluyendo mecanismos de clarificación, justicia y reparación de las víctimas. Todo lo que resulta complejo, conflictivo y largo en el tiempo.

Arduos procesos nos esperan para retirar las armas y las balas que se han hecho tan visibles y con un impacto tan trágico en este abril, pero sin duda hay que irlos vislumbrando para retomar la senda de la vida política y evitar todavía más sufrimiento.

Foto: Iván Reyes / Efecto Cocuyo

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La Antipolítica y el trágico protagonismo de las balas en el mes de Abril

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En los 21 días que corren entre el 4 y el 25 de abril, de acuerdo a las declaraciones de la Fiscal, murieron 26 personas. Y en el momento en que estoy escribiendo este texto, nos enteramos de dos más, ya son 28 los fallecidos. Al tratar de comprender el horror, uno puede darse cuenta que nueve personas murieron electrocutadas en saqueos en el Valle, y en estos mismos eventos, tres murieron de disparos de balas. También se pueden distinguir entre las víctimas cuatro adolescentes; al menos siete estudiantes y jóvenes; una señora; un Guardia Nacional; dos funcionarios de la gobernación de Mérida; un manifestante en Barinas. Todas estas personas estaban y murieron en el espacio público; es decir, se desplazaban en calles, plazas y avenidas de nuestro país. Y en esos espacios la gran mayoría fueron alcanzados por disparos de bala. Y como dice mi colega María Pilar García-Guadilla: “tristemente, todos son nuestros muertos, los de los unos y los de los otros”.

Al leer sobre estos eventos en la prensa se leen detalles de la atrocidad: “Muere de un disparo”; “recibió un disparo en el cuello”; “recibió un impacto de bala en la región occipital”; “ herida por arma de fuego en el toráx”… que culmina en muerte; “víctima de un disparo en la cabeza”. Como victimarios se leen agentes del orden actuando de manera ilegítima (Policía Nacional Bolivariana; policía del estado Carabobo; funcionarios de la Guardia Nacional); “grupos motorizados civiles armados” como los denominó la Fiscal, o colectivos armados, como se les denomina en el habla corriente; francotiradores; en fin, se trata de funcionarios de las fuerzas de la seguridad y de civiles armados.

Algunos hilos conductores de estos eventos son que la mayoría de las muertes han sido perpetradas por balas; la generalidad de estas muertes han ocurrido en el espacio público y las armas están circulando y están siendo accionadas sin control, bajo la permisividad y presuntamente bajo el auspicio de agentes del Estado. Trágicamente estos indicadores nos revelan que las “armas y las balas” han entrado de manera abrumadora a la vida política y la están transformando en antipolítica.

Hannah Arendt (1958) nos ilustra que la política, entendida como práctica fundamental que nos hace humanos, constituye el desafío de convivir siendo distintos y se sustenta en la palabra. El conflicto, intrínseco a la vida política y a la ciudadanía, es entendido como relación donde algo está en juego –la apuesta de la política: cómo vivimos, y las luchas acerca de quiénes podrán decir qué en el proceso de definir cuáles son los problemas comunes y como serán abordados, como nos ilustra E. Jelin (1996).

En este sentido, la vida política se constituye a través de adversarios que se reconocen como necesarios e interdependientes porque participan en esta apuesta y sobre todo porque comparten una condición de humanidad y de ciudadanía, a pesar de las diferencias e incluso las desigualdades. La violencia secuestra la política porque al aniquilar al adversario, elimina el conflicto y la relación. Por eso M. Wieviorka (1998) habla de la antipolítica para subrayar que la violencia al destruir al adversario imposibilita y niega radicalmente la acción política.

Armas y balas

Las armas y las balas son objetos tan poderosos que deben ser entendidos como actores en sí mismos –siguiendo la propuesta de B. Latour (2005) quien nos invita a pensar algunos objetos como actores–; esto es, al ser introducidos por los actores humanos, contribuyen a establecer avasallantes definiciones de la situación: un definitivo antagonismo; la posibilidad de la aniquilación permanente del otro; la relación suma-cero que se expresa en tu pellejo o el mío. Es pues, el objeto por antonomasia de la antipolítica. Que el Presidente vuelva a insistir, ahora, en Abril, momento de intensa contienda, que pretende distribuir 500.000 fusiles entre milicianos, remarca una y otra vez, la responsabilidad del gobierno en el afianzamiento del horizonte de la antipolítica y sus terribles consecuencias.

La evidencia de los “impactos de balas” y actores armados devela que la antipolítica ha irrumpido en el espacio público. Como en otros espacios, tan cercanos como el de nuestros vecinos colombianos, una vez entradas las armas y el horizonte de la antipolítica, éstas amenazan con quedarse por un tiempo y prometen un espinoso camino para desactivarlas.

Retomar la política implicará entonces, a pesar de las resistencias, plantear procesos de negociación sinceros – es decir, garantizando ciertas condiciones– , en efecto establecer el camino electoral previsto en la Constitución, entre otras cosas, pero también, vislumbrar opciones típicas de contextos de conflictos armados como los de justicia transicional y de Desmovilización, Desarme y Reinserción (DDR).

Los procesos de Desmovilización, Desarme y Reinserción en íntima conexión con la justicia transicional implican desistir de la tentación armada y a la aniquilación del adversario, en otras palabras, renunciar a la antipolítica. Exigen además “dejar las armas” por parte de los grupos armados, y por parte de las autoridades, comprometerse firmemente con el control de las armas y balas, así como promover espacios y redes de reinserción y socialización en la vida civil y política de estos grupos armados, incluyendo mecanismos de clarificación, justicia y reparación de las víctimas. Todo lo que resulta complejo, conflictivo y largo en el tiempo.

Arduos procesos nos esperan para retirar las armas y las balas que se han hecho tan visibles y con un impacto tan trágico en este abril, pero sin duda hay que irlos vislumbrando para retomar la senda de la vida política y evitar todavía más sufrimiento.

Foto: Iván Reyes / Efecto Cocuyo

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