Esa risa no es de loco - Efecto Cocuyo

OPINIÓN · 10 AGOSTO, 2018 04:00

Esa risa no es de loco

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Eritza Liendo

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La gente cree que el humor es mamadera de gallo, y el humor no es cosa de risa. No, señor. Para hacer reír hay que ser muy serios, pues la risa –más que una reacción automática, más que un reflejo espontáneo o un espasmo muscular resultante de un estímulo fortuito– es una respuesta psico-emocional y espiritual asociada con la valoración social de los imaginarios colectivos.

A nuestro modo de ver las cosas, el humor es, entre las estrategias retóricas, una de las más exigentes. No cualquiera –por audaz o ingenioso que sea con las palabras y los gestos– puede (auto)proclamarse humorista. Humoristas fueron Leoncio Martínez (Leo), Francisco Pimentel (Job Pim), Aquiles Nazoa, Miguel Otero Silva, Pedro León Zapata, Luis Muñoz Tebar, Graterolacho. El nombre de José Ignacio Cabrujas y –más que lo carguen de jierro– el de Laureano Márquez son nombres que podemos sumar a la lista de aquéllos que han hecho del humor la marca distintiva de sus discursos.

Humor fino es el que encontramos en las novelas de Eduardo Liendo, de Luis Barrera Linares, de José Manuel Peláez (por citar sólo a tres autores de nuestros días). Humor bueno es aquel que, después de la risa, deja en el receptor la invitación a reflexionar sobre aquello que desató su hilaridad. En esos casos, hay un gesto de voluntad que suscribe el pacto ficcional: ya uno sabe a lo que va; ya uno sabe con qué va a encontrarse.

Es lo mismo que ocurre cuando uno se decide a ver lo que hace Mel Brooks con los clásicos del cine y de la literatura. No hay sorpresa, pero hay risas. La gratificación de la risa es parte de un acuerdo que se firma a partir del conocimiento que se tiene de ese director y actor: anímicamente, el receptor se prepara (se dispone) para disfrutar de un proceso desacralizador. La parodia, entonces, es el elemento desencadenante de la carcajada.

Humor sin libreto
Cuando se trata de periodismo humorístico, de literatura o de cine, ciertas reglas aplican. Leer prensa o literatura e ir al cine son actividades altamente ritualizadas (aunque no lo parezcan) y que demandan de quien las lleva a cabo una cierta disposición del ánimo. Cosa distinta ocurre cuando de lo que se trata es de la formalidad rigurosa de un acto público promovido desde el alto Gobierno con el concurso del (también alto) mando militar, al amparo de un protocolo milimétricamente estudiado.

El mundo todo fue testigo, en vivo y en directo (o diferido por apenas segundos) de lo que ocurrió el pasado 4 de agosto durante la alocución presidencial con motivo de la celebración de un aniversario más de la creación de la Guardia Nacional. Se habla de un intento fallido de magnicidio. No se sabe a ciencia cierta cuántos drones estuvieron involucrados en el acto fallido, pues un ministro dijo que habían sido dos y otro ministro dijo que habían sido tres.

De lo que no hay dudas es el del estallido y de las reacciones que trajeron consigo: el respingo automático de la señora Flores (la primera combatiente) y la evacuación del Primer mandatario. Lo otro fue la estampida de quienes estaban haciendo gala de la parada militar para deleite de los presentes a lo largo de la avenida Bolívar, en Caracas.

En las redes sociales, la respuesta fue inmediata, automática, espasmódica. Proliferaron los memes y las confesiones sobre carcajadas batientes.

Las reacciones fueron desde el “no me canso de ver esta vaina” hasta el “no puedo parar de reír”. El video de marras se viralizó en tiempo récord porque –sin que mediara guión alguno– hubo una puesta en escena en la cual los personajes quedaron en cueros con toda su vulnerabilidad expuesta.

De la parodia a la catarsis.
En un contexto político como el que se vive actualmente en Venezuela, donde prevalece la (aparente) omnipotencia de los gobernantes sobre todo un pueblo, la risa surge como el destello de una retaliación colectiva. Lo que gratifica es el desacomodo, es la pérdida de la compostura, es la ruptura momentánea e inesperada de la majestad. Lo que deja el fresquito es tener la evidencia de lo cierto por encima de lo aparente. Lo que compensa es la certidumbre de que el león no es ni tan fiero ni tan arrojado. Es la comprobación de que, a la hora de la chiquita, el miedo no da tregua y el culillo no tiene que ver con firmas de diseñador.

Freud y Bergson escribieron sobre el humor.

Ambos se ocuparon de la risa. Para Bergson, por ejemplo, un presupuesto de la risa es la insensibilidad. Es necesario apartarse de lo emocional para podernos reír. Incluso para burlarnos de la tragedia o de alguien a quien queremos, es necesario hacer a un lado cualquier emoción. Y ese distanciamiento que propone Bergson fue el que convirtió en ridículo y risible un evento que pudo haber tenido repercusiones dramáticas (en el sentido que se le quiera dar a la expresión “repercusiones dramáticas”).

En efecto, Bergson nos ayuda a entender la comicidad de los políticos, de los militares y de los poderosos en general cuando pretenden ser serios y solemnes. Bergson nos anima a comprender que las investiduras son sólo ropaje pero que, debajo de investiduras y ropajes, hay un ánimo reactivo que deja al descubierto aquello de lo que realmente se está hecho… cuando algo estalla sin que lo esperemos. Bergson nos recuerda que lo cómico es inconsciente; que a veces se chispotea…

Para un pueblo que, como el venezolano, ha sido humillado y vejado de tantas formas en su gentilicio y en su dignidad, unas son de cal y otras son de arena. Seguramente habrá imputados, habrá culpables y habrá presos, pero no hay barrotes que contengan la risa colectiva que desata ver el respingo de la auctóritas, el rictus temeroso de la primera magistratura y la estampida de la Fuerza Armada.

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Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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