¿El país de las mujeres bellas? - Efecto Cocuyo

OPINIÓN · 2 MARZO, 2019 05:26

¿El país de las mujeres bellas?

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Siete coronas del Miss Universo, seis del Miss Mundo, ocho del Miss International, dos del Miss Tierra, siete del Miss Hispanoamérica y cinco de Miss Intercontinental (sin contar con la figuración en otros certámenes de menor renombre) son datos más que suficientes para alimentar el imaginario colectivo con respecto a la belleza de la mujer venezolana.

No hay que ser un experto en estadísticas para predecir qué papel jugará la representante de nuestro país en cualquier certamen de belleza internacional: si no se hace con la corona, tendrá –al menos– un sitial de honor en el cuadro de las primeras finalistas. Y en eso es muy fácil acertar por una razón sencilla: Venezuela es el país de las mujeres bellas.

Al menos así ha quedado instituido como impronta imborrable en nuestro sistema de creencias. De hecho, entre nuestras elaboraciones simbólicas más significativas figuran tres que casi nadie –incluso hoy en día– se atreve a rebatir: a) somos un país rico, b) somos la tierra de las mujeres bellas y c) el venezolano es bonchón por naturaleza.

Belleza en masa

En Venezuela, la televisión se estableció bajo el mandato de Marcos Pérez Jiménez el 22 de noviembre de 1952. Se inauguró, para entonces, la Televisora Nacional en la frecuencia radioeléctrica del canal 5, correspondiente a los 76-82 MHz de la banda VHF (iniciales de Very High Frequency). Según quedó registrado en la historia, por fallas técnicas el mismo día de la inauguración, se postergó la salida al aire para el primero de enero de 1953.

¿Por qué hablar de la televisión? Porque la televisión es la plataforma por excelencia –más que el cine y más que la radio– para la promoción y la fijación de los insumos que alimentan la cultura de masas. Una de las cuatro culturas que, según Edgar Morín, coexisten en toda sociedad.

Tal como advierte este sociólogo y filósofo de origen sefardí, en toda sociedad coexisten cuatro modalidades de cultura: a saber: la cultura nacional, que está representada por las vivencias de los héroes de la patria y el sentimiento nacionalista; la cultura religiosa, que se refiere a la creencia de un dios salvador;  la cultura humanista, que está encarnada en la valoración de la Academia, del conocimiento y de lo intelectual. Y, por último –mas no por ello menos importante– la cultura de masas.

Cualquiera que se haya aproximado a los estudios de Comunicación Social, de Sociología, de Psicología, de Antropología e inclusive de Historia, sabrá que la cultura de masas –vista aun en su acepción más sencilla– se refiere al conjunto de productos, bienes o servicios producidos por las industrias culturales y que están dirigidos a un público heterogéneo.

Uno de esos productos son, sin lugar a dudas, los concursos de belleza (que tienen tanta aceptación como los festivales musicales, las ceremonias de entrega de premios y los grandes eventos deportivos, como las Olimpíadas, el beisbol de grandes ligas o los mundiales de fútbol). Concebidos para afectar directamente el caudal emocional del receptor, este tipo de productos favorece en igual medida la expresión de la catarsis y la experiencia vicaria: cualquiera de esa gente podría ser yo… y buena parte de la razón de ser de la televisión es instituir modelos (por lo general, inspiracionales, para modificar el horizonte de expectativas del receptor).

Belleza con nombre y apellido

Sofía Silva Incerri (1929-2011) fue la primera Miss Venezuela. El certamen tuvo lugar en el club Valle Arriba el 7 de junio de 1952. Seis meses antes de la llegada de la televisión. Pudo ser que su reinado, por lo tanto, transcurriera sin mucha pena y sin mucha gloria, como el de Gisela Bolaños (1935-2013), Miss Venezuela 1953.

Caso distinto fue el de Susana Duijm (1936-2016), la guapísima muchacha oriental que  ganó el Miss Venezuela en 1955 y que, al hacerse con el cetro de Miss Mundo ese mismo año, inauguró una tradición de beldades criollas que dura hasta el sol de hoy.

Al nombre de Susana Duijm le siguieron con más o menos esplendor los nombres de Consuelo Leticia Nouel, Gladys Ascanio Arredondo, Olga Antonetti, María de las Casas, Mariela Pérez Branger, Peggy Kopp, Bella La Rosa, Jeanette Donzella, María Antonieta Cámpoli, Desireé Rolando, Neyla Moronta y muchas más hasta llegar a momentos más cercanos en el tiempo, en los que descuellan otros nombres.

Y podríamos seguir enumerando, entre más, los nombre de Irene Sáez, Pilín León, Paola Ruggieri, Carmen María Montiel, Silvia Martínez, Bárbara Palacios, Maritza Sayalero, Inés María Calero, Yajaira Vera, Eva Lisa Ljung, Milka Chulina, Alicia Machado, Marena Bencomo, Veruska Ramírez, Mariángel Ruiz, Mónica Spears (1984-2014), Cynthia Lander, Stefanía Fernández hasta llegar a Maryuris Rodríguez.

La sola mención de estos nombres constituye un disparador de nuestra memoria audiovisual: es nombrar a estas misses y escuchar a Gilberto Correa acompañado de Carmen Victoria Pérez o de Mayte Delgado. Es nombrar a estas jóvenes y evocar la banda sonora del Miss Venezuela inundando el poliedro de Caracas engalanado con una coreografía de Mery Cortez bajo la producción de Joaquín Riviera.

Es entrar en contacto con el paréntesis de frivolidad: de lentejuelas, de artistas nacionales e internacionales. En rememorar, con malicia complaciente, el momento de las preguntas embarazosas. Es cerrar los ojos y ver el nerviosismo de unas niñas recién salidas de su adolescencia, aunque con un metro ochenta de estatura y unas medidas perfectas. Recordar el concurso nos hace sonreír.

Cuestión de imaginarios

Cornelius Castoriadis fundamentó una parte significativa de su carrera como investigador en el área de las ciencias sociales, y uno de sus grandes aportes como teórico es precisamente el concepto de imaginario social. Un concepto asociado medularmente con nociones como mentalidad, cosmovisión, conciencia colectiva e ideología.

Se puede entender el imaginario colectivo como la representación mental que una nación tiene de sí misma. Se trata, por lo general, de una configuración simbólica basada en creencias y autopercepciones del tipo “somos el país de las mujeres bellas”.

Por su parte, Edgar Morin nos habla de imaginario social para referirse al conjunto de mitos y de símbolos que, en cada época, funcionan efectivamente como la “mente” social colectiva. Esa mente colectiva es alimentada, tanto en su dimensión real como en su dimensión imaginaria por medio de transferencias y de proyecciones, de una forma casi religiosa  –vale decirlo– a través de los medios de comunicación social y se identifica en los productos de consumo y de personalidades mediáticas (políticos, misses, deportistas, actores, cantantes, etc.).

A partir de ambos tipos de imaginarios –o, más precisamente, por la existencia de esos imaginarios– es que creemos lo que creemos y que esperamos lo que esperamos de los demás. Es por esos imaginarios que no podemos juntar en una misma frase, ni en un mismo escenario, mujer venezolana y fealdad; mujer venezolana y crueldad, mujer venezolana y ordinariez. Aunque tal sintaxis sea posible, la televisión nos ha hecho creer que esa construcción no aplica.

Es lo que llaman el imaginario instituido: ese universo de significaciones que operan como organizadores de sentido de los actos humanos, estableciendo líneas de demarcación de lo lícito y lo ilícito, lo permitido y lo prohibido, lo bello y lo feo. De manera que, sea cual sea la circunstancia, la mujer venezolana –incluso si es poco agraciada– se verá como poseedora de una cierta chispa.

Excepciones, decepciones y disrupciones

Conforme existe el imaginario instituido, existe también el instituyente que, al permitir la irrupción de nuevos organizadores de sentido, transforma –o se propone transformar– las significaciones imaginarias de una sociedad. Las revoluciones –o pseudo revoluciones– políticas y sociales son ejemplo de este tipo de imaginario: su razón de ser es, justamente, arrasar con lo ya existente para proponer otra cosa.

Esa otra cosa incluye, por ejemplo, ver a una primera dama (o primera combatiente) bailando merengue mientras el pueblo pemón es masacrado y mientras le pegan candela a unos camiones cargados de medicina. Incluye ver a la ministra del Poder Popular para el Servicio Penitenciario de Venezuela tomándose una selfie en compañía de civiles armados con fusiles AR15. Incluye  escuchar a la vicepresidenta declarando a viva voz que lo de la quema de la ayuda humanitaria es “apenas un pedacito de lo que estamos dispuestos a hacer”.

Esas imágenes, disruptivas todas, torpedean el imaginario colectivo; sabotean el imaginario social. No concuerdan. Uno ve a estas señoras en su desempeño mediático, amparadas en la investidura de su cargo, y uno empieza a dudar. ¿En serio Venezuela es un país de mujeres bellas?

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Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores

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