OPINIÓN · 28 FEBRERO, 2017 18:27

El diario de Matatías

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Eritza Liendo

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Escribir ficción supone la creación de mundos posibles. Posibles, por supuesto, dentro de los límites de las páginas del cuento o de la novela. Escribir ficción supone una apuesta por la verosimilitud; por la activación de una serie de mecanismos lingüísticos, retóricos y estéticos que hagan propicia la suscripción del contrato ficcional.

Cuando autor y lector suscriben ese contrato –y queda convenido el pacto de ficción– lo leído se experimenta como cosa cierta y con las consecuencias emocionales, espirituales e intelectuales que acarrea ser testigo de los hechos (pertenezcan éstos a la vida real o provengan de la imaginación de alguien).

La vida del contrato se extiende hasta que llega la última página, y en ese momento, se agradece la buena lectura y se felicita al autor. También el lector se felicita por el tino de haber elegido una obra que, al menos por unas horas, lo mantuviera fuera de la realidad y sumergido en el universo ficticio de la literatura.

Ciertas condiciones aplican

Casi siempre, leer supone un proceso de abstracción. Se trata, las más de las veces, de hacer un alto en la realidad circundante para tantear otros universos donde lo fantástico, lo simbólico o lo paródico nos gratifiquen de alguna manera. Sin embargo, leer Diario del enano (Eduardo Liendo, 1995) es como leer, en registro de dramaturgia autorreferencial, la crónica trágica del proceso (político) venezolano.

Un tirano (un megalómano, un ególatra, un actor de quinta categoría venido a más) se hace con el poder en la isla de Tacalma y su objetivo principal es anular la voluntad de los “pánfilos” que lo apoyan incondicionalmente porque necesitan que alguien ejerza en ellos el poder de la autoridad sobrevenida.

“Yo les ahorré la creencia de pensar que podían pensar con su propia cabeza. Yo pensé por todos los comunes, decidí por ellos, les quité esa exigente carga de ser pensantes. Los dejé estar en su inercia, alimenté la secular desidia de sus huesos”. (1995: 130).
El pánfilo es pánfilo, entre otras cosas, por carecer de voluntad, ¡y eso es justo lo que necesita José Niebla –el tirano protagonista de Diario del enano– para alimentar su enfermiza sed de poder!

Sabiéndose el dispensador de ilusiones y de vanas promesas; sabiéndose el padre necesario y proveedor del aliento que da vida, tuvo una revelación fatídica: “Yo comprendí que sus vidas eran vacías, rastreras, opacas, carentes de toda importancia. Me siguieron sin titubear, porque significo la audacia encumbrada, el resplandor después de la tormenta. La locura. A cambio de la felicidad prometida, les exijo obediencia absoluta”. (1995: 121).

El credo de los bobos

Ninguna dictadura, ningún gobierno totalitario, ningún poder abusivo podría perpetuarse en el tiempo sin la anuencia abúlica de unos seguidores genuflexos. Ningún mal gobierno se entroniza sin la complicidad, consciente o inconsciente, de sus propias víctimas.

Por eso, cuando diez o más personas se reúnen en nombre, y a nombre, de un “gigante”, de un “máximo líder”, de un “benemérito”, de un “eterno”, se abona la tierra para que germine la violencia institucionalizada y para que la esclavitud mental y espiritual sea asumida como un credo político. Y hay hombres a quienes les gusta que les recen como si fueran vicarios de la divina felicidad.

Al tirano del que nos habla Matatías en su diario –una evocación caricaturizada del máximo líder de la revolución bolivariana– también le gustaba que le rezaran: “Creo en José Niebla que conduce a su capricho el único universo que conozco. Creo en su astucia infinita para sortear todas las emboscadas. Creo en su verbo alucinógeno que explica todo lo inexplicable y algo más. Creo en su crueldad invicta. Creo en su fatal omnipresencia. Creo en su ambición inextinguible. Creo en su megalomanía insaciable. Creo en su inmortalidad y en la perpetuidad de su mandato para dirigir mi existencia, aquí, mañana, y en el más allá, y para siempre sin término. Creo en el Único». (1995:14).

Al lado del placer y del regusto por leer una historia tan bien contada como la de Liendo, queda en la boca –como sabor residual– el amargor de la coincidencia. El enano Matatías es el albacea de la peor premonición jamás cumplida: un día saldrá de entre los descalzos un infeliz acomplejado que, creyéndose la farsa, la toma por su verdad y se la impone a otros que “[…] con la mente poblada de resentimientos, eran adecuado receptáculo para el adoctrinamiento […]”. (1995: 58).

Sí: hay ficciones que, de tan veristas, no nos apartan de la realidad sino que nos adentran más en ellas.

Foto: El actor Peter Dinklage como Tyrion Lannister en la serie Juego de tronos.

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Escribir ficción supone la creación de mundos posibles. Posibles, por supuesto, dentro de los límites de las páginas del cuento o de la novela. Escribir ficción supone una apuesta por la verosimilitud; por la activación de una serie de mecanismos lingüísticos, retóricos y estéticos que hagan propicia la suscripción del contrato ficcional.

Cuando autor y lector suscriben ese contrato –y queda convenido el pacto de ficción– lo leído se experimenta como cosa cierta y con las consecuencias emocionales, espirituales e intelectuales que acarrea ser testigo de los hechos (pertenezcan éstos a la vida real o provengan de la imaginación de alguien).

La vida del contrato se extiende hasta que llega la última página, y en ese momento, se agradece la buena lectura y se felicita al autor. También el lector se felicita por el tino de haber elegido una obra que, al menos por unas horas, lo mantuviera fuera de la realidad y sumergido en el universo ficticio de la literatura.

Ciertas condiciones aplican

Casi siempre, leer supone un proceso de abstracción. Se trata, las más de las veces, de hacer un alto en la realidad circundante para tantear otros universos donde lo fantástico, lo simbólico o lo paródico nos gratifiquen de alguna manera. Sin embargo, leer Diario del enano (Eduardo Liendo, 1995) es como leer, en registro de dramaturgia autorreferencial, la crónica trágica del proceso (político) venezolano.

Un tirano (un megalómano, un ególatra, un actor de quinta categoría venido a más) se hace con el poder en la isla de Tacalma y su objetivo principal es anular la voluntad de los “pánfilos” que lo apoyan incondicionalmente porque necesitan que alguien ejerza en ellos el poder de la autoridad sobrevenida.

“Yo les ahorré la creencia de pensar que podían pensar con su propia cabeza. Yo pensé por todos los comunes, decidí por ellos, les quité esa exigente carga de ser pensantes. Los dejé estar en su inercia, alimenté la secular desidia de sus huesos”. (1995: 130).
El pánfilo es pánfilo, entre otras cosas, por carecer de voluntad, ¡y eso es justo lo que necesita José Niebla –el tirano protagonista de Diario del enano– para alimentar su enfermiza sed de poder!

Sabiéndose el dispensador de ilusiones y de vanas promesas; sabiéndose el padre necesario y proveedor del aliento que da vida, tuvo una revelación fatídica: “Yo comprendí que sus vidas eran vacías, rastreras, opacas, carentes de toda importancia. Me siguieron sin titubear, porque significo la audacia encumbrada, el resplandor después de la tormenta. La locura. A cambio de la felicidad prometida, les exijo obediencia absoluta”. (1995: 121).

El credo de los bobos

Ninguna dictadura, ningún gobierno totalitario, ningún poder abusivo podría perpetuarse en el tiempo sin la anuencia abúlica de unos seguidores genuflexos. Ningún mal gobierno se entroniza sin la complicidad, consciente o inconsciente, de sus propias víctimas.

Por eso, cuando diez o más personas se reúnen en nombre, y a nombre, de un “gigante”, de un “máximo líder”, de un “benemérito”, de un “eterno”, se abona la tierra para que germine la violencia institucionalizada y para que la esclavitud mental y espiritual sea asumida como un credo político. Y hay hombres a quienes les gusta que les recen como si fueran vicarios de la divina felicidad.

Al tirano del que nos habla Matatías en su diario –una evocación caricaturizada del máximo líder de la revolución bolivariana– también le gustaba que le rezaran: “Creo en José Niebla que conduce a su capricho el único universo que conozco. Creo en su astucia infinita para sortear todas las emboscadas. Creo en su verbo alucinógeno que explica todo lo inexplicable y algo más. Creo en su crueldad invicta. Creo en su fatal omnipresencia. Creo en su ambición inextinguible. Creo en su megalomanía insaciable. Creo en su inmortalidad y en la perpetuidad de su mandato para dirigir mi existencia, aquí, mañana, y en el más allá, y para siempre sin término. Creo en el Único». (1995:14).

Al lado del placer y del regusto por leer una historia tan bien contada como la de Liendo, queda en la boca –como sabor residual– el amargor de la coincidencia. El enano Matatías es el albacea de la peor premonición jamás cumplida: un día saldrá de entre los descalzos un infeliz acomplejado que, creyéndose la farsa, la toma por su verdad y se la impone a otros que “[…] con la mente poblada de resentimientos, eran adecuado receptáculo para el adoctrinamiento […]”. (1995: 58).

Sí: hay ficciones que, de tan veristas, no nos apartan de la realidad sino que nos adentran más en ellas.

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