OPINIÓN · 23 SEPTIEMBRE, 2022 05:00

El bolívar y sus circunstancias

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Oscar Doval

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QUÉ INDIGNANTE
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Antonio Guzmán Blanco -quien gobernó nuestro país en varias ocasiones entre 1870 a 1888- dijo en una oportunidad: «Venezuela es como un cuero seco, lo pisan por un lado y se levanta por el otro». Con esta aseveración, se refería a la situación económica de entonces.

Casi 150 años después, lamentablemente, no podemos decir algo distinto. No nos referimos particularmente a la situación actual, sino a una larga historia de crisis económicas, sociales y políticas recicladas que nos hace uno de los países más ecológicos en términos de crisis, por eso del reciclaje, claro está.

El bolívar de antes

Venezuela es uno de los pocos países del mundo que tiene como moneda principal a un prócer de la Independencia, al más notorio y principal, nuestro Libertador.

Con esa decisión monetaria, flaco favor hacemos a la imagen del Liberador como factor histórico y social, ya que, como moneda, el bolívar lo hemos maltratado sin escrúpulo a lo largo de la historia.

Después del cambio del «peso venezolano» y el «venezolano», monedas de la época independentista, reemplazados por el bolívar en 1879, nuestra moneda ha vivido los embates de muchos períodos de devaluación. Durante el siglo XIX y hasta entrado el siglo XX, existía una paridad 1 a 1 entre el bolívar y el dólar americano.

Gómez en 1929 decide devaluar la moneda a 3,19 por influencia directa de los gringos, así, estos podrían comprar nuestro petróleo más barato. Más adelante, a finales de la presidencia del general López Contreras, la moneda sufre otra devaluación para llegar a 3.35. Este valor se mantuvo hasta los albores de la Cuarta República, allá en el inicio de los 60.

Ya durante el gomecismo y postgomecismo se comenzaba a imprimir dinero inorgánico para hacer frente al creciente gasto público. Esto era el comienzo de una tendencia que signaría las políticas monetarias de nuestra historia contemporánea. 

Debemos mencionar la excepción histórica. Durante el penoso periodo dictatorial de Pérez Jiménez (1953-1958), quien entre tortura y asesinatos en la Seguridad Nacional, se logró una estabilización macroeconómica, sin comparaciones posibles en la historia pasada y reciente de la patria. Durante su periodo presidencial, se lograron las reservas internacionales más importantes que ha visto la nación —en cifras relativas—, una inflación acumulada año que difícilmente superaba el 2%, un importante desarrollo de infraestructura, una estable y elevada producción petrolera y un incremento del PIB per cápita de un 60%, mucho mayor que en EE. UU. y Gran Bretaña.

Quizás bajo el mandato de Pérez Jiménez fue el periodo de tiempo durante el cual el bolívar fue más estable. De hecho, en 1955 la prestigiosa revista Time nombró a Pérez Jiménez como el Hombre del Año, apareciendo su rostro en su portada. Para ese momento, las sanciones y el bloqueo se destinarían a Fidel y a Cuba, una piedra en el zapato de los americanos, ya que un dictador como Pérez Jiménez, lacayo del imperio, sí gustaba a los gringos y bien merecía ser portada de revistas.

En 1961 con el liderazgo de Rómulo Betancourt, el bolívar fue nuevamente devaluado llegando a un precio de 4,30. Como mecanismo de preservación de valor, ya el bolívar producía clara desconfianza en la gente, la cual prefería ahorrar en ladrillos o en dólares.

Para aquel entonces, era práctica y costumbre de las administraciones nacionales y de los ciudadanos gastar más de lo que ganábamos. De modo que la mayoría de los años la balanza de pago nacional cerraba en cifras negativas. Imprimir «un chorro de billetes» era la medida de rigor para hacer frente a los huecos fiscales generados. Total, después veríamos cómo resolver, «petróleo había y bastante»

El Viernes negro

Tras la nacionalización de la industria petrolera y ferrominera, durante CAP I, en 1976, Venezuela ve una bonanza sin precedentes, con una balanza comercial marcada por enormes ingresos por concepto de exportaciones. Como suele pasar en nuestra golpeada patria, a más ingresos más gastos. El endeudamiento externo, la corrupción y el derroche de recursos no se hicieron esperar, y en apenas un lustro después, la riqueza se convirtió en miseria.

Desde 1968 y hasta 1983, el dólar se cotizó a 4,30 sin revaluación a la vista en tiempos de vacas gordas y haciendo malabares fiscales en tiempos de vacas flacas.

El viernes 18 de febrero de 1983, un primer golpe de devaluación posicionó el bolívar en 6,5 y un altisonante control de cambio, bajo el nombre de Recadi, se instauró para evitar una mayor fuga de capitales. Este fue el inicio de una caída en barrena de nuestro signo monetario, que hoy en día no ha encontrado freno.

Lo nuevo

Tras 40 años de alternancia entre adecos y copeyanos, rematados por el chiripero de Caldera, Venezuela seguía siendo una economía de explotación y de puertos, muy parecida a la que la caracterizó en el siglo XIX. Como siempre, muy poco desarrollo del sector secundario de la economía, con un aparato productivo gestado en torno a la producción petrolera estatal y la actividad comercial privada.

El PIB per cápita y el déficit fiscal iban fluctuando año a año según los precios del petróleo, primando un Estado hipertrófico y gran asimetría de clases sociales.

Las fortunas amasadas en torno al gobierno, poco apostaban al futuro de la nación, y así como se producían iban saliendo de la patria para cómodamente arrellanarse y seguir engordando en bancos suizos o gringos. Se estima que en la actualidad, más de 500 mil millones de dólares de ahorros de venezolanos se encuentran repartidos por el mundo, en dólares verdecitos.

Chávez y la Quinta República emergen como una oferta política y económica de acabar con la pobreza y reconstruir la dignidad de una patria que poco ha importado a políticos y empresarios.

Después de dos décadas de intentos fallidos, gobernando lo que parece ser un país indómito, que recuerda al cuero seco que mencionara Guzmán Blanco, los líderes de la quinta, y nosotros, los ciudadanos de a pie hemos vivido épocas de extrema bonanza y de extrema escasez; una continua y masiva devaluación del bolívar, que con tres reconversiones que «mocharon» 14 ceros a la moneda; controles de cambio de diferentes nombres y colores; inflaciones impensables para terminar en lo mismo: déficit fiscal, políticas monetarias expansionistas, muchos pobres y poquitos ricos.

Sin duda, las salvajes sanciones económicas fueron la guinda del helado de una mala gestión administrativa gubernamental.

¿Qué nos pasa?

A los venezolanos, así como a otros pueblos latinoamericanos, entre muchas cosas, nos caracteriza una miopía social y económica que nos impide ver tan sólo 5 años adelante. Buscamos el enriquecimiento inmediato y resguardar el patrimonio fuera de nuestros países, en destinos que consideramos más seguros.

Si para ello tenemos que imprimir dinero sin respaldo, pues lo imprimimos. Si para ello tenemos que aprovecharnos de los sistemas de control cambiario, pues nos aprovechamos. Si para ello tenemos que vender los productos bien caros, pues los vendemos. Si para ello tenemos que meter la mano en el erario público, pues la metemos.

No nos importa mucho el futuro, ni el desarrollo de proyectos a largo plazo, ya sean políticos o empresariales, sino saciar de manera inmediata una enorme hambre por dinero o poder —que son la misma vaina—, aunque nos llevemos «por los cachos» al país, que es y será una fuente inagotable de recursos, riquezas y bondad.

Tal cortedad de visión nos hace colapsar nuestra Venezuela, generar crisis, una tras otra, económicas, sociales y políticas. Así no hay moneda, ni signo monetario alguno que pueda preservar valor. Al bolívar lo usamos tan sólo como un medio de intercambio frugal y conveniente, no como una apuesta de valor.

Si tan solo pudiéramos ver un poco más allá, con el corazón puesto en el futuro de la patria, en el futuro de nuestros hijos, otro gallo cantaría.

***

Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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Venezuela es uno de los pocos países del mundo que tiene como moneda principal a un prócer de la Independencia, al más notorio y principal, nuestro Libertador.

Con esa decisión monetaria, flaco favor hacemos a la imagen del Liberador como factor histórico y social, ya que, como moneda, el bolívar lo hemos maltratado sin escrúpulo a lo largo de la historia.

Después del cambio del «peso venezolano» y el «venezolano», monedas de la época independentista, reemplazados por el bolívar en 1879, nuestra moneda ha vivido los embates de muchos períodos de devaluación. Durante el siglo XIX y hasta entrado el siglo XX, existía una paridad 1 a 1 entre el bolívar y el dólar americano.

Gómez en 1929 decide devaluar la moneda a 3,19 por influencia directa de los gringos, así, estos podrían comprar nuestro petróleo más barato. Más adelante, a finales de la presidencia del general López Contreras, la moneda sufre otra devaluación para llegar a 3.35. Este valor se mantuvo hasta los albores de la Cuarta República, allá en el inicio de los 60.

Ya durante el gomecismo y postgomecismo se comenzaba a imprimir dinero inorgánico para hacer frente al creciente gasto público. Esto era el comienzo de una tendencia que signaría las políticas monetarias de nuestra historia contemporánea. 

Debemos mencionar la excepción histórica. Durante el penoso periodo dictatorial de Pérez Jiménez (1953-1958), quien entre tortura y asesinatos en la Seguridad Nacional, se logró una estabilización macroeconómica, sin comparaciones posibles en la historia pasada y reciente de la patria. Durante su periodo presidencial, se lograron las reservas internacionales más importantes que ha visto la nación —en cifras relativas—, una inflación acumulada año que difícilmente superaba el 2%, un importante desarrollo de infraestructura, una estable y elevada producción petrolera y un incremento del PIB per cápita de un 60%, mucho mayor que en EE. UU. y Gran Bretaña.

Quizás bajo el mandato de Pérez Jiménez fue el periodo de tiempo durante el cual el bolívar fue más estable. De hecho, en 1955 la prestigiosa revista Time nombró a Pérez Jiménez como el Hombre del Año, apareciendo su rostro en su portada. Para ese momento, las sanciones y el bloqueo se destinarían a Fidel y a Cuba, una piedra en el zapato de los americanos, ya que un dictador como Pérez Jiménez, lacayo del imperio, sí gustaba a los gringos y bien merecía ser portada de revistas.

En 1961 con el liderazgo de Rómulo Betancourt, el bolívar fue nuevamente devaluado llegando a un precio de 4,30. Como mecanismo de preservación de valor, ya el bolívar producía clara desconfianza en la gente, la cual prefería ahorrar en ladrillos o en dólares.

Para aquel entonces, era práctica y costumbre de las administraciones nacionales y de los ciudadanos gastar más de lo que ganábamos. De modo que la mayoría de los años la balanza de pago nacional cerraba en cifras negativas. Imprimir «un chorro de billetes» era la medida de rigor para hacer frente a los huecos fiscales generados. Total, después veríamos cómo resolver, «petróleo había y bastante»

El Viernes negro

Tras la nacionalización de la industria petrolera y ferrominera, durante CAP I, en 1976, Venezuela ve una bonanza sin precedentes, con una balanza comercial marcada por enormes ingresos por concepto de exportaciones. Como suele pasar en nuestra golpeada patria, a más ingresos más gastos. El endeudamiento externo, la corrupción y el derroche de recursos no se hicieron esperar, y en apenas un lustro después, la riqueza se convirtió en miseria.

Desde 1968 y hasta 1983, el dólar se cotizó a 4,30 sin revaluación a la vista en tiempos de vacas gordas y haciendo malabares fiscales en tiempos de vacas flacas.

El viernes 18 de febrero de 1983, un primer golpe de devaluación posicionó el bolívar en 6,5 y un altisonante control de cambio, bajo el nombre de Recadi, se instauró para evitar una mayor fuga de capitales. Este fue el inicio de una caída en barrena de nuestro signo monetario, que hoy en día no ha encontrado freno.

Lo nuevo

Tras 40 años de alternancia entre adecos y copeyanos, rematados por el chiripero de Caldera, Venezuela seguía siendo una economía de explotación y de puertos, muy parecida a la que la caracterizó en el siglo XIX. Como siempre, muy poco desarrollo del sector secundario de la economía, con un aparato productivo gestado en torno a la producción petrolera estatal y la actividad comercial privada.

El PIB per cápita y el déficit fiscal iban fluctuando año a año según los precios del petróleo, primando un Estado hipertrófico y gran asimetría de clases sociales.

Las fortunas amasadas en torno al gobierno, poco apostaban al futuro de la nación, y así como se producían iban saliendo de la patria para cómodamente arrellanarse y seguir engordando en bancos suizos o gringos. Se estima que en la actualidad, más de 500 mil millones de dólares de ahorros de venezolanos se encuentran repartidos por el mundo, en dólares verdecitos.

Chávez y la Quinta República emergen como una oferta política y económica de acabar con la pobreza y reconstruir la dignidad de una patria que poco ha importado a políticos y empresarios.

Después de dos décadas de intentos fallidos, gobernando lo que parece ser un país indómito, que recuerda al cuero seco que mencionara Guzmán Blanco, los líderes de la quinta, y nosotros, los ciudadanos de a pie hemos vivido épocas de extrema bonanza y de extrema escasez; una continua y masiva devaluación del bolívar, que con tres reconversiones que «mocharon» 14 ceros a la moneda; controles de cambio de diferentes nombres y colores; inflaciones impensables para terminar en lo mismo: déficit fiscal, políticas monetarias expansionistas, muchos pobres y poquitos ricos.

Sin duda, las salvajes sanciones económicas fueron la guinda del helado de una mala gestión administrativa gubernamental.

¿Qué nos pasa?

A los venezolanos, así como a otros pueblos latinoamericanos, entre muchas cosas, nos caracteriza una miopía social y económica que nos impide ver tan sólo 5 años adelante. Buscamos el enriquecimiento inmediato y resguardar el patrimonio fuera de nuestros países, en destinos que consideramos más seguros.

Si para ello tenemos que imprimir dinero sin respaldo, pues lo imprimimos. Si para ello tenemos que aprovecharnos de los sistemas de control cambiario, pues nos aprovechamos. Si para ello tenemos que vender los productos bien caros, pues los vendemos. Si para ello tenemos que meter la mano en el erario público, pues la metemos.

No nos importa mucho el futuro, ni el desarrollo de proyectos a largo plazo, ya sean políticos o empresariales, sino saciar de manera inmediata una enorme hambre por dinero o poder —que son la misma vaina—, aunque nos llevemos «por los cachos» al país, que es y será una fuente inagotable de recursos, riquezas y bondad.

Tal cortedad de visión nos hace colapsar nuestra Venezuela, generar crisis, una tras otra, económicas, sociales y políticas. Así no hay moneda, ni signo monetario alguno que pueda preservar valor. Al bolívar lo usamos tan sólo como un medio de intercambio frugal y conveniente, no como una apuesta de valor.

Si tan solo pudiéramos ver un poco más allá, con el corazón puesto en el futuro de la patria, en el futuro de nuestros hijos, otro gallo cantaría.

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Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores.

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La Ruta Verde