El asombro perdido - Efecto Cocuyo

OPINIÓN · 23 MARZO, 2019 05:14

El asombro perdido

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Muy lejos –tanto en tiempo como en espacio– quedaron las ocasiones en las que uno reaccionaba con un tan sonoro como asombrado “¿¡En serio!?”. Y, en serio, se podían palpar en la frase los signos de interrogación absorbiendo los de exclamación. Así sucedía porque en este mundo –tal como lo conocemos– ocurrían cosas que, simple y llanamente, uno no podía creer. Hasta para lo insólito había un límite, y las aberraciones estaban circunscritas a ámbitos específicos.

Ya nadie se escandaliza al leer en las redes sociales la noticia de que un par de niños (él 12 y ella 13) trajeron al mundo a su primer hijo. Dos niños, jugando a papá y mamá, pasaron de lo lúdico a lo trágico tras nueve meses de gestación. Porque si dos personas adultas, maduras, conscientes y legalmente unidas (por decir lo menos) se lo piensan dos (y hasta tres) veces para tener familia, por la responsabilidad tremenda que eso conlleva, ¡habría que ver cómo se las apañan dos críos que obviamente están –o deberían estar todavía– bajo la tutela de sus propios padres!

Pero tal noticia es la menos escandalosa si la comparamos, por ejemplo, con el apagón que durante casi una semana dejó sin luz al país entero. Esa noticia es una nadería, si se pone al lado del secuestro del periodista Luis Carlos Díaz o el de Roberto Marrero, el asistente del despacho de Juan Guaidó.

Que dos niñitos hayan concebido a otro niñito hasta gracia causa si uno mira hacia otro lado y se encuentra con el maquillaje express de algunos hospitales de cara a la visita de una delegación extranjera. Hay noticias de noticias, y migran tan vertiginosamente que a pocos les da tiempo de que se les caiga la mandíbula.

Como decían las abuelas

Hoy, para mal de muchos (y aunque no funcione como consuelo para los tontos), muchas cosas han cambiado, y el horror se ha ido haciendo cada vez más con los espacios de lo cotidiano, y, cada vez más también, lo insólito, lo extravagante, lo vulgar y lo insensato se han ido convirtiendo en rutina. En moneda de curso común.

Quizás fue por eso que la explicación dada por el señor Maduro acerca de lo ocurrido en Guri causó más risa que rabia: era de esperarse que saliera con algo así. Decidió que había sido “el imperio” a través de un ataque cibernético, y nada mencionó acerca de las labores de inspección rutinaria que, de otro modo, habrían mantenido el sistema en buen funcionamiento y que, de existir, habrían permitido en un plazo más corto el restablecimiento del servicio.

Maduro se aferró  a una “razón” cienciaficticia. Y, para los efectos, se invocó la figura de un hacker actuando sobre un sistema que, hasta donde se sabe, es analógico. Como para no quedarse atrás en materia de falacias (y otros modos de inventar excusas), el ministro Mota Domínguez dijo que el sabotaje se llevó a cabo con una vara de bambú. El presidente de Corpoelec apeló a una razón más primitiva. Mientras que el cuento del ataque cibernético sonaba más a La guerra de las galaxias, ésta sonaba más al Planeta de los simios.

Ni una razón ni la otra dieron lugar al “¿¡En serio!?” caído en desuso. Ya en Venezuela estamos hechos a la idea de que las vocerías oficiales se activan no desde el poder originario sino desde el poder medalaganario.  “Arriba” se decide cómo son las cosas, y el paso siguiente es ponerlas en palabras para que se conviertan en discurso irrefutable. Atar cabos es un desacato. Triangular datos es una insurrección. Cuestionar la verosimilitud del argumento es alzamiento y replicar es traición a la patria.

Por eso y por más, todos miramos al cielo con cara de ponchados al saber que la jueza María Afiuni había sido condenada por “corrupción espiritual”. Un delito que no está tipificado en ninguna parte que no sea el ánimo castigador que alienta la vocación del escarmiento público. Lo de la jueza es una advertencia para todos: ándate derechito que en mi chistera tengo cargos pa’ tirá p’al techo.

Cuando una persona llegaba a ese estadio de no sorpresa, las abuelas de uno decían “es que ya Perencejo está curado de espanto”. Y, sí. Ya nada nos sorprende: ya vemos con impasibilidad, a causa de la insistente costumbre, cualquier desafuero, cualquier despropósito, cualquier aberración… No obstante, un día –algún día– puede que encontremos el asombro perdido, y nos sorprendamos a nosotros mismos con las resultas de una irrefrenable voluntad de cambio.

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Las opiniones expresadas en esta sección son de entera responsabilidad de sus autores

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