#AcciónPorLaVida. Protestas desde la ciudad no reconocida - Efecto Cocuyo

OPINIÓN · 21 FEBRERO, 2019 04:15

#AcciónPorLaVida. Protestas desde la ciudad no reconocida

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Cheo Carvajal

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Puede resultar curioso, pero las protestas políticas que estallaron en los barrios en el mes de enero fueron en su mayoría nocturnas. ¿Por qué? He escuchado esta explicación: en el día la gente trabaja, aunque sea para costear la caja CLAP. Cuando en las protestas de 2017 algunos grupos trancaban calles y avenidas (“trancazos”) e impedían de manera furibunda que la gente circulara, con el “argumento” de que había que paralizar todo porque solo así caería el régimen, era obvio que no entendían la importancia vital del trabajo para la inmensa mayoría que vive “al día”.

En los barrios, antes de este particular estallido del mes de enero, en los últimos años hubo miles de protestas por reivindicaciones: por alimentos, salud, gas, agua, transporte, seguridad. Esa conflictividad social, centrada en las inmensas carencias de la vida cotidiana, se manifiesta a plena luz del día, haciendo caso omiso a los mecanismos de control social y político, dada la crudeza de la situación. Es tan evidente el deterioro de la vida que las respuestas han sido absolutamente orgánicas, sobrepasando los intentos de contención desde adentro. Esa suerte de “Caracazo” sostenido, atomizado y territorializado en el que vivimos, sin dudas resulta menos costoso al gobierno, siempre y cuando no se articule y amenace con un auténtico “estallido social”.

La base social se harta

Tengamos claro el panorama: dentro del barrio sobre todo se protesta por la ausencia de lo esencial y por el impacto directo que esto tiene en la vida de la gente. No necesariamente se protesta por “la libertad”, por “la democracia” (lo cual no equivale a decir que el que habita en el barrio no proteste exigiendo democracia y libertad, aunque lo haga en otros escenarios). En tiempos de abundancia, sin importar mucho la ideología y las restricciones a las libertades en el país, muchos han terminado aceptando, con resignación o a regañadientes, ese chantaje disfrazado de bienestar.

Pero cuando merman los recursos, cuando los servicios básicos no funcionan y no se garantizan los suministros que han alimentado milimétricamente esa dependencia (y el gobierno miente negando esa realidad), la base social se harta. La gente desata las contenciones y, abiertamente, no solo reclama gas, agua, comida, sino que también exige a Maduro que se vaya. Ante este momento de descontrol, alerta de un posible estallido social, los operadores de estos “beneficios” en cada territorio pasaron sin pudor de distribuidores de novedades (“mañana llega la caja”, “mañana llega el pernil”, “mañana hay operativo de salud”) a encargados de delatar a los sublevados.

Control político del territorio

Los CLAP (Comités Locales de Abastecimiento y Producción), las UBCh (Unidades de Batalla Hugo Chávez), las Redes de Articulación y Acción Sociopolítica (RAAS), asumen ahora abiertamente su rol de aparato de vigilancia y control político del territorio. Los testimonios revelan que han sido en estos días la llave de entrada para una forma de represión mucho más violenta que la de suspender a la gente el beneficio de la caja de alimentos. Llega la misión amedrentamiento, la misión allanamiento, la misión ejecución extrajudicial, de manos de las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES).

Terminaron por cruzarse, de manera evidente, dos líneas que pretendían fuesen paralelas: la del control social y la del control político. Hacían parecer que operaban sobre territorios, reales y simbólicos, distintos. Pero en estos días de enero se rompió esa supuesta frontera. La violación de los derechos humanos, que operaban de manera distinta según los escenarios, también terminó cruzándose y juntándose en un mismo expediente.

Infundir miedo

Antes de este enero, que causó horror y cientos de videos por la acción de las FAES en algunos barrios donde se protestaba contra Nicolás Maduro y su gobierno, ese –el barrio– ha sido su territorio predilecto de acción e impunidad. Cuando vemos sus alcabalas en avenidas y calles de la parte baja del valle de Caracas, con sus macabros uniformes, es obvio que están cumpliendo el rol de infundir miedo a la ciudadanía. Pero en contraposición con sus despliegues en los barrios ese dispositivo de miedo de la avenida palidece, pues allá apelan sin pudor a la violación del hogar, a la ejecución sin miramientos y a la amenaza de más muerte a familiares y vecinos que osen denunciar sus crímenes y flagrantes violaciones de los derechos humanos.

Keymer Ávila, abogado y criminólogo, ha indicado que los datos oficiales revelaron 4.998 muertes a manos de fuerzas del Estado en 2017, de las cuales 32% son responsabilidad de la Policía Nacional Bolivariana (PNB), a la que pertenecen las FAES, cuerpo creado por Nicolás Maduro en julio de ese año. Según Ávila, en 2016 la PNB fue responsable de 22% de las muertes perpetradas por cuerpos policiales, y en tan solo seis meses del 2017 las FAES elevaron ese porcentaje en 10 puntos. No hay dudas de su misión.

Lograr el reconocimiento de la existencia del barrio

En el 2017 una parte de la clase media se preguntaba indignada por qué los sectores populares no protestaban, por qué no asumían el costo de enfrentarse al régimen que los ha chantajeado permanentemente. No se daban cuenta de que esas protestas existían, pero atadas a asuntos cuyo impacto en la vida cotidiana resulta insoportable.

¿Por qué esa clase media se quejaba de la ausencia del barrio en sus protestas en vez de acompañarlo en las suyas? Quizás porque la crisis de los servicios no le afecta con la misma intensidad o porque logra paliarla a su manera. Quizás porque asume que las consignas de libertad y democracia no tienen conexión con algo tan pedestre como la ausencia de bombonas de gas, recogida de basura o inseguridad, es decir, entre el concepto de ciudadanía y el reconocimiento y ejercicio pleno de esa ciudadanía para quienes habitan en el barrio.

En el fondo, quizás, se deba a esa razón estructural: la ausencia real de reconocimiento de la existencia del barrio y de la igualdad de derechos de los ciudadanos que los habitan. Ni más ni menos, la misma razón por la que este gobierno piensa que puede controlarlo vía dependencia alimentaria o reprimiéndolo de manera brutal y sistemática con las FAES, haya o no haya protestas.

El barrio no es el coco

Reconocer la existencia del barrio y a sus habitantes como parte de la trama urbana y social de la ciudad es tarea obligatoria para evitar más violaciones a nuestros derechos, humanos y ciudadanos, y para conseguir un equilibrio sostenible que, con honestidad, nunca hemos logrado. Apenas hemos surfeado esa negación, ese conflicto, a fuerza de momentos de bonanza petrolera, antes y durante Chávez.

No reconocer la existencia del barrio como actor urbano, en tensión con una ciudad y unas instituciones que no lo reconocen plenamente, ha sido, es y ojalá no lo siga siendo por mucho tiempo más, una tara política para la vida y la convivencia. No se puede seguir viendo el barrio como “el coco” desde el resto de la ciudad. Pero está claro que su desborde le mortifica y su sometimiento poco la conmueve.

Febrero en Venezuela

El calendario nos pone adelante un hito fundamental de nuestros febreros: el 27 de aquel revelador Caracazo, registrado no por casualidad como “el día que bajaron los cerros”. El día que nos exilió de aquella normalidad impostada. Un campanazo, un sacudón, secuestrado en un discurso que prometió, con sangre, reconocimiento y reivindicación de los eternamente excluidos. Gran fracaso, cortesía de una ideología encorsetada y un voraz apetito de poder y dinero. Una brutal traición, no al cacareado “legado”, sino a los fines de aquella promesa. ¿Acaso no están constituidas las FAES a imagen y semejanza de ese enorme fracaso y de esa traición?

Los ciudadanos tenemos una gran oportunidad para resignificar esa fecha, para constituirla en leitmotiv, no de la revancha social, sino de la construcción de un tejido social diferente. No a partir del énfasis en la separación entre “pobres y ricos”, sino del reconocimiento de la igualdad de derechos desde la visión de una ciudad completa, y no de territorios mitificados o instrumentalizados.

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