#AcciónPorLaVida. La memoria de los objetos perdidos - Efecto Cocuyo

OPINIÓN · 23 FEBRERO, 2019 05:11

#AcciónPorLaVida. La memoria de los objetos perdidos

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Marelia Armas Molina, Kayré García Graffe, Roneisy González Espejo y John Souto Rey (*)

Al finalizar enero el Foro Penal reseñó 943 detenciones, en su mayoría, realizadas por las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES) en el marco de la intensa crisis política y social que se está viviendo en nuestro país. Al principio se supo de 77 menores de edad arrestados, esa cifra llegó 120, de los cuales, 67 aún permanecían injustamente apresados para el momento del reporte; donde además se mencionaban testimonios de los maltratos sufridos y de las precarias condiciones materiales de su detención. También se sabe de fallecimientos, los cuales quieren adjudicarse a dudosos enfrentamientos con los cuerpos de seguridad y de las inaceptables presiones recibidas por familiares a fin de certificar actas de defunción incontrastables con lo sucedido (Moreno, 2019, febrero 3)[1].

El que dichos operativos, detenciones y muertes hayan ocurrido en algunas de las comunidades con las que hemos trabajado por largo tiempo, como La Vega, Carapita, El Junquito y otros sectores populares de Caracas, nos llevó a contactar con muchas de las familias y jóvenes a quienes conocemos desde hace años para saber cómo se encontraban, corroborando las situaciones que se vienen denunciando. Al mismo tiempo esta situación nos hizo pensar en el tema de la memoria, en cómo haremos recuerdo de estas experiencias.

Recordando los objetos perdidos

Por más de dos años trabajamos en el Centro Comunitario de un sector popular con una fuerte actividad de bandas armadas y cuerpos de seguridad. Allí desarrollábamos espacios para niños y niñas junto al voluntariado de psicología perteneciente a la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB).

Cierto día leímos con el grupo el cuento de Oliver Jeffers titulado “Perdido y Encontrado” (Jeffers, 2005)[2]. Una historia ilustrada en donde repentinamente un pingüino llega a casa de un niño, quién lo supone perdido y busca diversas formas de ubicar su lugar de origen para llevarlo de vuelta a casa. Así, el pingüino era acarreado a la búsqueda de pistas que indicaran el camino a su hogar. Se realizó entonces una lectura conjunta del material, mientras intercambiaban preguntas y comentarios en torno al mismo.

 

Imagen 1. Perdido y Encontrado (Jeffers, 2005).

A cierta altura del relato, el niño empeñado en buscar indicios sobre el hogar del pingüino llega a la Oficina de Objetos Perdidos donde un señor de gran tamaño y lentes pequeños, detrás de un escritorio con talante burocrático, carpeta en mano, le hace saber que nadie ha ido a reclamar un pingüino. Lo conversado se resume en la siguiente nota de campo[3]:

Cuando el niño se dirige a La Oficina de Objetos Perdidos, preguntamos: “¿Qué harían si pierden algo? … ¿Dónde están los objetos perdidos?”, Jonás [niño] respondió: “En la cárcel”. Kathleen [psicóloga] le preguntó: “¿En la cárcel se encuentran los objetos perdidos?, pero Jonás ya no supo qué responder, se quedó callado. Sin embargo, Amatista [niña] intervino y dijo: “¡Sí! Porque en las cárceles están los presos que se encuentran perdidos de otras cárceles”. Amatista empezó hablar de los tribunales, había ido a uno para ver si le dejaban visitar un familiar y afirmó: “…la gente perdida la pasan de una cárcel a otra…”

En ese momento, Jonás dijo: “Yo tengo un hermano en la cárcel”. Y Amatista dijo que también tenía un hermano en la cárcel. Así, Kathleen preguntó cuántos tenían familiares en la cárcel, y la gran mayoría levantó la mano.

La imagen de la cárcel parecía ser ajena a la narrativa que se nos iba presentando, pero para estas niñas y niños era claramente cercana y les conectaba con un extravío (masivo), una búsqueda y en especial, con la Oficina de los Objetos Perdidos.

Estas numerosas pérdidas y separaciones relacionadas con aprensiones de familiares, parece aludir a la estela observada por Zubillaga y Hanson (2018)[4] y que denominan como un punitivismo carcelario por parte del Estado, el cual ha sido ejecutado fundamentalmente en las poblaciones de sectores populares:

El avance de este punitivismo carcelario se advirtió en el intenso incremento de la población penitenciaria en un corto período de tiempo: la población en prisión se duplicó entre 2009 y 2011 pasando de 30.483 privados de libertad a 50.000. De hecho, el Ministro de Interior y Justicia Tareck El Aissami comentó él mismo sorprendido en twitter: “La situación es compleja, durante el año 2010, el sistema penitenciario alcanzó la población privada de libertad más alta de la historia” develando precisamente el avance de la zancada del Estado penal en período de revolución socialista (Zubillaga y Hanson, 2018, p. 39).

Los niños y niñas, de una forma casi irreverente, pusieron en palabras un recuerdo que les inquieta y duele, el extravío de seres queridos que ha roto el tejido social de nuestras comunidades, presentándonos una memoria que no teníamos en cuenta, y que viene acumulando pérdidas poco visibles en la actualidad, pero que estos(as) niños(as) no han perdido de vista en su día a día.

Sólo están revisando carros

Para continuar con la reflexión, traeremos la siguiente anotación de campo tomada por una de nosotras durante un operativo policial, días después que un joven fuera asesinado en la comunidad y cuyo cuerpo permanecería durante varias horas en la principal vía de acceso:

En el trayecto que lleva al Centro Comunitario, nos topamos con un operativo policial, lo cual casi detuvo el tránsito de vehículos por la vía. De este evento a Elizabeth (unas de las enfermeras que trabaja allí) le preocupaba como explicarle a su nieta de cinco años la situación, ya que la niña preguntaba constantemente qué hacían los policías en la zona; Elizabeth sólo acertó a contestar que estaban: “revisando los carros, ya tú sabes…”; cuestión que luego asoció con la semana anterior, cuando mataron un joven en la comunidad, situación en la que una sobrina adolescente estuvo presente (…) Ese jueves, de la semana pasada, Elizabeth le llamaron para contarle lo sucedido mientras ella buscaba a su nieta en el lugar donde recibe clases de ballet.

De regreso decidió entonces bajarse de la camioneta que les llevaba antes de lo acostumbrado, a cierta distancia de su casa, pues cerca estaba el cuerpo del joven asesinado y así evitaría que la niña viera los policías, la sangre y la cantidad de gente reunida. Sin embargo la niña la cuestionó y Elizabeth le dio la misma explicación que usaría una semana después: “solo están revisando los carros”.

Aquí se hace evidente la amplitud del sufrimiento generado por el régimen de violencia,  la angustia y amenaza que experimentan niños(as) y adultos de la comunidad en general. Es una guerra instalada desde hace años. El sufrimiento no sólo se centra en las acciones de las bandas delincuenciales implicadas en la muerte del joven, sino también por las aproximaciones masivas y punitivas de los cuerpos policiales y militares, quienes lejos de generar seguridad y resguardo en la población nutren las prácticas violentas y ensanchan su letalidad.

Zubillaga y Hanson (2018) describen esto como el paso del punitivismo carcelario, ya mencionado, a la práctica sistemática de la muerte. Las autoras precisan el papel de las iniciativas de seguridad para consolidar esta matanza sistemática:

(…) la Fiscal General de la República denunció que en el año 2016, 4.667 personas fueron muertas a manos de las distintas fuerzas del orden. Patrón que se prolongó el año siguiente y que quedó en evidencia en diciembre de 2017, cuando el Ministro de Interior y Justicia, Nestor Reverol, al declarar sobre “el descenso” de crímenes durante su gestión, también reveló que en manos del Estado murieron al menos 4.389 personas. De nuevo, por segundo año consecutivo, como también denunció K. Ávila, el Estado sería el responsable de 25% de las muertes violentas en nuestro país (Ávila, 2018). (Zubillaga y Hanson, 2018, p.45).

Por otro lado, la nota de campo también evidencia el reclamo de los(as) niños(as) por el qué pasó, mientras que los adultos creemos reservarnos el monopolio en la construcción de la memoria, excluyéndoles ingenuamente de esta práctica, por suponer cierta incapacidad para interpretar lo trágico y complejo de una realidad que nos desgarra todos(as). Ellos(as) interpelan entonces, versiones de la memoria, con frecuencia simples y canónicamente hechas para trasmitir y aceptarlas “tal como fue”.

¿Cuál es la memoria que vendrá?

Las últimas semanas dibujan un panorama de masivos apresamientos y muertes violentas. Lo que Zubillaga y Hanson (2018) observaron como un proceso en cierta forma secuencial (“del punitivismo carcelario a la matanza sistemática”) puede leerse en estos días a manera de acción simultánea e imponente, que se levanta no como un referente inédito, sino como un pico de una lógica de guerra antigua que ha legado incontables pérdidas, rasgando nuestro tejido social como país y naturalizando prácticas de seguridad y gobierno contrarias al bienestar de nuestras comunidades.

Desde la Red de Activismo e Investigación por la Convivencia (REACIN) junto con otras organizaciones, venimos reclamando hace un tiempo la creación de un Sistema de Reparación y Apoyo a las Víctimas de la Violencia, el cual va asociado con la construcción de una Memoria que deje constancia de lo sucedido y sufrido.

Las dos anotaciones de campo que compartimos antes nos impelan a pensar en los niños y niñas como protagonistas para la construcción de una memoria colectiva, bien porque nos recuerdan las numerosas pérdidas, aquellas que no tienen la oportunidad de salir en los titulares de la actualidad o formar parte de una lista que permita hacer seguimiento a su situación; pero de igual modo, porque nos impulsan a preguntar una y otra vez, sobre una realidad manufacturada por adultos que les resulta ajena e incompleta.

Los niños, niñas y jóvenes no deberán ser receptores de lecturas adultas, sino cuestionadores de relatos oficiales e instaurados. Adicionalmente, el posicionamiento que hemos observado en ellos(as), conviene sean incorporado en nuestro actuar como adultos, activistas, investigadoras, incluso a nivel organizacional, para emprender esta labor.

La memoria que pretende ser parte de un proceso de reparación, sería una inquietante, siempre en movimiento, que nos discuta como país. Una Memoria de ese tipo evidencia el lugar de la violencia en nuestras vidas y mantiene en interpelación a los responsables del sufrimiento y la violencia, rompiendo los refugios que ofrecen las memorias monolíticas. Sin embargo, en momentos donde pareciera avecinarse un cambio en la administración del poder, no deja ser curioso la resonancia de una memoria incuestionable, completa y definitiva.

Por un lado están aquellos que creen poseer el monopolio de la lucha social, sintiendo que a través de nobles ideales y un puñado de reivindicaciones temporalmente logradas con escaso impacto en la transformación del Estado, pueden andar libres de cuestionamientos en relación a la catástrofe social que hoy acompaña su gestión; mientras que otros, reproduciendo parte del discurso humanitario de aquellos y creyéndose no implicados en la gestión del sufrimiento encarnado en nuestro país durante los últimos años, les advierten a unos pocos, para finalmente advertirnos a todos(as), que aún estamos a tiempo de colocarnos “en el lado correcto de la historia”.

Lo último no da lugar a una memoria reparadora, quizás con esto se puedan construir Oficinas de Objetos Perdidos donde no sabrán dar respuestas a nuestras preguntas. Conviene entonces seguirle la pista a los(as) niños(as) y no dejar de cuestionar, no dejar de inquietarse.

[1]Moreno, V. (2019, febrero 3). La nueva compra de armas es una pésima noticia para la población. Efecto Cocuyo. Consultado el 4 de Febrero de 2019, desde https://efectococuyo.com/principales/enero-termina-con-983-presos-politicos-entre-ellos-67-adolescentes/

[2]Jeffers, O. (2005). Perdido y Encontrado. México: Fondo de Cultura Económica.

[3]Tanto esta nota de que campo como la que se presenta más adelante en el artículo corresponde a una etnografía que se realizó durante más de dos años en una comunidad popular al oeste de Caracas y el equipo de investigadoras que firman el artículo trabajaron dentro de la alianza que establecieron el Parque Social de la UCAB y la Red de Activismo e Investigación por la Convivencia (REACIN) para llevar a cabo dicha investigación. Los nombres de los(as) niños(as) y psicólogas participantes fueron alterados en favor de la confidencialidad. Agradecemos al voluntariado de psicología de la UCAB que trabajó de la mano con nosotras a lo largo de la etnografía.

[4]Zubillaga, V., y Hanson, R. (2018). Del matanza El avance punitivismo de sistemática: los operativos carcelario militarizados a la en la era post-Chávez. Revista M, 3(5), 32-52.

(Psicólogas, fueron profesoras de la UCAB, trabajan como investigadoras para REACIN)

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