Futuro imperfecto: Sophia, periodismo y democracia con sabor a fresa

LA HUMANIDAD · 13 DICIEMBRE, 2021 08:00

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Luz Mely Reyes | @LuzMelyReyes

Foto por Revista Anfibia

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Sophia era la estrella de aquella sesión. Cientos la observaban, entre sorprendidos y embelesados. Ella intentaba mirar a su interlocutor directamente, pero de vez en cuando sus ojos se desviaban como si sufriera de estrabismo. Esbozaba una sonrisa que podía ser vista como un milagro o como una mueca que te recuerda que el cuerpo humano es una maravilla.

Tiene la cabeza calva, la piel de su rostro es lisa, los labios están pintados con tonalidad rosada, como sus mejillas. La parte trasera de su cráneo es transparente, su cuerpo es un torso ensamblado. Ella reposa, como una muñeca de tamaño humano, en una silla, lleva una blusa gris de mangas cortas, que permiten ver unos brazos, llenos de cables. En su pecho,  tres luces titilan. Apenas escucha voces, gira el cuello y al hacerlo pareciera que tiene tortícolis. Intenta precisar quién habla, mientras su rostro se mueve. ¿Se le pasó la mano con el bótox?

Guido Baumhauer, director general de Deutsche Welle, le pregunta qué tan importante es la libertad de expresión y ella responde:

—La libertad de expresión es un derecho humano fundamental y tal vez algún día también sea un derecho fundamental de los robots. Eso me llena de emoción sobre el futuro.

El público sonríe y aplaude a petición de Baumhauer.

Los circuitos de Sophia, en la parte trasera de su cabeza, se iluminan.

La humanoide fue una de las invitadas al foro global de medios organizado por la Deutsche Welle en Bonn en 2019.

Recordar a Sophia, la robot híbrido de inteligencia artificial y carcaza de animatronic humanizada, me hizo pensar en la primera vez que probé las fresas reales y en las primeras impresiones.

Era una niña de unos ocho años. No sé cuándo había probado el sabor artificial a fresa en sustitutos vitamínicos, en la asquerosa emulsión de Scott (aceite de hígado de bacalao) en paletas y sorbetes, pero soñaba con probar las fresas reales.

De alguna manera, en la entrada de mi barriada –la última frontera entre la ciudad urbanizada y el cerro sin agua directa, cloacas ni teléfonos– los vendedores ambulantes, en su mayoría migrantes pobres procedentes de Colombia, empezaron a vender fresas con crema.

Ahorré lo más que pude para comprar ese lujo.

El vaso tendría unas cinco frutillas y un copete lleno de crema batida. Me abrí paso entre esa espuma para llegar a mi ansiada fruta. La mordí con la emoción de quien comía mango desde bebé. Un sabor ácido me picó en la lengua y me hizo rechazarlo de plano.

—¡Naaaaaaaaa, eso no sabe a fresas!

Quedé como en shock.

Creo que fue por esa misma época cuando le di la mano a un candidato presidencial.

Un día cualquiera de 1978. Regresaba de la escuela. Estaba en primaria y, pese a la criminalidad, me movía sola por mi zona. Mientras caminaba a la parada de jeeps (para subir a los cerros caraqueños donde hay asentamientos pobres se usan vehículos rústicos), vi un río de gente en las aceras.  Esperaban ansiosos a alguien. Me colé como pude.

A lo lejos vi a un señor regordete que casi corría. Solo algunos tendrían la suerte de que los mirara a los ojos mientras los saludaba. Alguien me animó a darle la mano y así lo hice. Mi mano, cuando no pesaba 30 kilos, se perdía en las manotas de un hombre que pesaba como 100. Era el socialcristiano Luis Herrera Campins, quien ganaría las elecciones nacionales en diciembre de aquel año.

Con el tiempo supe que la mercadotecnia política usaba las técnicas de campaña para intentar convertir apretones de mano en votos. Con el tiempo también sabría que no era la única en rechazar un sabor natural, si antes lo había conocido en su versión refinada; que hay un quinto sabor, el umami, del cual poco se habla; que hay muchos factores que inciden en la percepción del gusto; con el tiempo también dudaría de ciertas verdades; con el tiempo me preguntaría si el periodismo que estamos haciendo es un “sucedáneo” con sabor a fresa; con el tiempo me preguntaría si la idea de democracia en la que crecí era más que un toque de manos, el mínimo, para que las personas creyesen que eran ciudadanos.

Con el tiempo, en medio de la pandemia por COVID-19, me pregunto cómo la revolución digital nos confronta con todas esas certezas que creía inamovibles y me obligan a revisar cómo he ido viviendo el periodismo y la democracia.

****

Sophia, la robot híbrido, tiene la nacionalidad de Arabia Saudita. Es la única persona de género femenino de aquel reino que puede hablar en público sin cubrir su rostro de silicona con una niqab, ni su cuerpo con una abayat; que puede entablar una “conversación” con un hombre que no es de su entorno familiar.

El foro que vendría a continuación de esta entrevista era sobre periodismo local. Otra vuelta a la página de las complejidades de la sociedad digital.

Los primeros medios en sufrir el impacto de la revolución digital fueron los locales. Veinte años después, resurge ser local para ser relevante, servir a una comunidad.

Las nociones no son nuevas. Esto lo confirmo, luego de invertir seis años en Efecto Cocuyo, medio nativo digital venezolano que fundé junto a Laura Weffer y Josefina Ruggiero.

Un cocuyo es un pequeño insecto que muchos confunden con una luciérnaga. No lo es, pero emite luz.  El lema de Efecto Cocuyo es “Periodismo que ilumina”. Su conceptualización es que todos juntos, periodistas y comunidades, somos chispas (de información) que podemos iluminar una nación entera.

El encuentro con la humanoide también me hizo conectar con las lecturas de ciencia ficción en las que me refugié desde que aprendí a leer.

En 1942, el científico y escritor Isaac Asimov formuló las tres leyes de la robótica. La primera de ella es: “Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño”.

Por los tiempos que corren, entre algoritmos y convergencias de lo virtual con lo físico, podría haber nuevas leyes. Para elaborarlas más valdría saber qué terreno estamos pisando. Es difícil saberlo con certeza. Esa incertidumbre puede ser estresante o liberadora.

¿Son nuevas preguntas existenciales o son las mismas de siempre?

“¿Quién eres?” “¿Qué se hace con un moscardón, Sofía? ¿Me lo puedes decir?” *

***

Soy una ratona de redacción de medios impresos. Las conocí cuando había máquinas de escribir que me partían las uñas y me rasgaban la piel de los dedos al fallar una tecla. Fumar en espacios cerrados era habitual. En las gavetas de los escritorios de varios colegas había una botella de whisky para beber un trago a media tarde, mientras se cerraba la edición. Si hubiese habido un movimiento #MeToo en aquellos tiempos, más de un jefe hubiera sido despedido.

Las redacciones para mí eran como los hospitales.

Puedes estudiar mucho, pero solo la práctica te permite mejorar. Aprendes mientras haces. Con suerte, un día colegas más experimentados, a quienes has admirado en la distancia, se detienen y te dicen: “leí tu nota, me gustó”.

O tal vez harían como Josefina Ruggiero, a quien conocí mientras editaba mis textos en el diario El Nacional.

Yo me sentaba a su lado, toda prepotente; ella con paciencia me iba corrigiendo y enseñando. Con firmeza suficiente paraba mis ínfulas de reportera prometedora y con una capacidad pedagógica inigualable me animaba a seguir creciendo.

Cuando junto a Laura, a quien también conocí en una redacción, fundamos Efecto Cocuyo, lo hicimos desde el amor que sentimos por este oficio, el desconocimiento de todas las responsabilidades que implicaba gestionar un medio propio y, sobre todo, con unas ganas inmensas de construir nuestra propia casa, ante el desmantelamiento de las otras que nos habían cobijado.

Tres mujeres fundadoras de un medio que luego llegamos a ser  cuatro directoras. Con el tiempo, descubriría que en muchos espacios eso era una novedad.

¿Si una sala de redacción es como un hospital, qué tipo de hospital sería?

De los muchos medios en el mundo tal vez The New York Times, y otros con su trayectoria, sería el gran hospital, con todos los servicios, incluyendo el área de especializaciones e investigaciones. En la mayoría de los medios en los que he trabajado, apenas tendríamos los servicios básicos: una sala de emergencia y una de especialistas.

La pandemia de COVID-19 fue un catalizador de varios cambios que ya estaban ocurriendo. Ha impulsado la telemedicina y el teleperiodismo. Así como muchos han muerto solos, aislados en las salas de terapia intensiva o en hogares para adultos mayores, de alguna manera la pandemia nos reta. Ya sea para acelerar la muerte de un modelo que agonizaba o para obligarnos a replantear de una vez el juego.

El 4 de febrero de 1992 fue mi primer día oficial de trabajo. Ese mismo día ocurrió un golpe de Estado en Venezuela. En 2020, cuando escribo el borrador de estas líneas, ya no hay grandes redacciones en mi país. En 2021 cuando hago nuevas correcciones, los ataques no cesan, mientras que crecen desiertos informativos en lo que fue un bosque lleno de medios.

Más en serio que en broma, algunos venezolanos decimos que venimos del futuro. Un futuro lleno de retos, de personas hartas del ejercicio del poder unilateral y en donde los pactos que se hacían desde esa concepción del poder son desafiados constantemente. Esto incluye a medios y a periodistas.

Venimos de un futuro en el que la toma de los espacios físicos que simbolizan ese poder, o que lo contradicen, puede ocurrir frente a los ojos del mundo. Un futuro en el que liderazgos populistas –sin importar que sean de izquierda o derecha– sacan ventaja del dolor y resentimiento que puede generar una sociedad donde hay exclusiones.

En este punto hago un alto, porque para hablar de periodismo, al menos el que me interesa, también habría que hablar de democracia y de sus instituciones. Pero eso serían muchos otros ensayos. Por lo pronto, solo mencionaré que el autoritarismo no se trata de ideología. “Es algo que atrae a las personas que simplemente no toleran la complejidad […] es una actitud mental, no un conjunto de ideas”, describe Anne Applebaum en su ensayo El ocaso de la democracia (2021).

Requiere, como lo hemos comprobado, de gente que “manipule el descontento, canalice la ira y el miedo e imagine un futuro distinto […] necesitan a miembros de la élite culta e intelectual”.

No es tan nuevo, aunque en los últimos años lo hemos visto en gobiernos como el de Trump en Estados Unidos, Bukele en El Salvador, Bolsonaro en Brasil y, obviamente, en Venezuela, inaugurado en la era Chávez. Todos han apuntado a los medios y al periodismo como enemigos.

Salí de una redacción bien establecida cuando ya era habitual para algunos editores tener dos pantallas, cuando ya era imposible fumar sin violar la ley, cuando el uso de las redes sociales se perfilaba como una manera de romper hegemonías y de hecho fue donde nació nuestro medio. Llegué a estar en “la Nasa” de las redacciones venezolanas. Un edificio nuevo que albergó a una de las cadenas de medios más exitosas de mi país.

Hoy mi perfil es el de alguien que “produce contenidos multimedia” al tiempo que gerencia un medio, con mentalidad emprendedora. No tengo oficina fija.

Al inicio de nuestro propio experimento, Laura reclutó a tres prometedores estudiantes de periodismo: Ibis León, María Laura Chang y Jorge Agobian. Fue Josefina la que insistió para que hubiese un espacio físico al cual concurriéramos las “históricas” (me gusta pensarnos como “adultas contemporáneas digitalizadas”) con las y los jóvenes periodistas que queríamos formar para asumir retos en el periodismo independiente, mientras aprendíamos con ellos su conexión con las nuevas tecnologías y sus maneras de ver el oficio.

Una de nuestras primeras actividades fue ir a la redoma de Petare –la entrada al barrio donde crecí–, con unos envases de plásticos a buscar microdonaciones.

Le decíamos a la gente que queríamos seguir haciendo periodismo, que deseábamos hacerlo de manera independiente. Prometimos y así lo cumplimos, que estaríamos cerca de la gente y que ellos eran la razón de nuestra existencia.

Laura dice que esa actividad le dejó grandes lecciones. Una de ellas es que las personas con las que habló le pedían que siempre estuviésemos atentos a sus necesidades y que informásemos apegados a los hechos.

Recuerdo que había una cálida actitud de apoyo al periodismo, pero también de crítica.

También fue Josefina quien nos alertaba en plena pandemia por COVID-19: no podíamos quedar confinados y hacer solo coberturas a distancia o periodismo drone. Para contar mejor la pandemia debíamos ir a las calles. De esta manera, algunos de nuestros reporteros y reporteras, con las medidas de precaución correspondientes, fueron a ver de cerca qué ocurría en una ciudad donde además escaseaba la gasolina. Hallaron historias extraordinarias, como las de la vida de familias, a menos de dos kilómetros del Palacio de Gobierno, que vivían en contenedores dentro de un túnel abandonado, extraían agua de un manantial urbano e hicieron una playa en el pozo que se formaba con el riachuelo.

Formo parte de lo que llaman una generación bisagra.

En mi propia transición reflexiono: podemos querer ser diferentes, pero nuestro aprendizaje viene de modelos que todavía no se han transformado. Así como nos cuesta mudarnos de casa, incluso cuando una nueva pueda ser mejor, podemos sentir nostalgia por una época que ya acabó.

Si nos atenemos a la comparación con los hospitales, los medios pequeños apenas somos una sala de atención. No tenemos recursos ni personal para muchos casos.

Además, nos desenvolvemos en un nuevo paradigma.

Atrás quedó el halo de un oficio que se ejercía desde la posición privilegiada de tener acceso a las fuentes de información. Ahora nos aplauden o nos cuestionan desde las mismas redes que creímos liberadoras.

También desde el poder político se agitan banderas para que muchos no solo duden de los hechos, sino que desconfíen de quienes supuestamente somos “intermediarios” entre el relato de esos hechos y los usuarios de los medios.

En esta ocasión, el populismo autoritario y otros factores de poder, a diferencia de otros tiempos, usan una herramienta muy poderosa: las nuevas tecnologías para construir otras realidades. Lo hacen no solo interviniendo en los medios, censurando, seduciendo a periodistas o haciendo propaganda, sino produciendo desinformación y apelando a creencias establecidas.

Si no pueden cambiar los hechos, al menos hay que dudar de ellos. Como ha ocurrido con líderes políticos que han diseminado bulos sobre el coronavirus e instaron a no escuchar a los científicos.

La ciencia ficción obviamente se adelantó a estos cambios. En 2017, la novela 1984, de George Orwell, se convirtió en uno de los libros más vendidos, luego de que una asesora de Donald Trump introdujera la expresión “hechos alternativos”, que aparecía en ese libro, escrito más de medio siglo antes, para defenderse de un señalamiento sobre una mentira divulgada por la Casa Blanca.

Pero, ya vueltos a la realidad, hallamos lo que el sociólogo Silvio Waisbord describe como irracionalismo político. La antítesis de un periodismo de calidad, “basado en hechos y evidencias que fomenten virtudes democráticas”.

A todos estos cambios nos enfrentamos, ya sea desde medios chicos o grandes. Y creo que nos trae desafíos y oportunidades.

***

 

En 1990, los cambios que se pronosticaban en la comunicación y en la industria de medios eran tan imposibles de creer para algunos como la posibilidad del viaje a la Luna, contada por Julio Verne en 1875.

Para 2008, Barack Obama revolucionó la política no solo por ser el primer presidente negro de Estados Unidos, sino por saber usar para su campaña las nuevas tecnologías disponibles. Sin embargo, doce años después, lo que fue un descubrimiento y una innovación terminó mostrando otro rostro en las elecciones de 2016 cuando ganó Trump y Facebook se reveló como gran reservorio de noticias falsificadas.

En su búsqueda de reelección Trump dio un paso más. En un universo paralelo, él ganó las elecciones. En el nuestro no solo las perdió, sino que en su caída buscó llevarse la credibilidad del sistema electoral de Estados Unidos.

 

***

En febrero de 2020 volvía de Caracas a Río de Janeiro. En marzo me iría de la Cidade Maravilhosa a grabar un documental en mi país. De allí seguiría a México a dar clases por un mes. Luego volvería a Caracas a concentrarme en tareas algo tediosas, pero necesarias: la reorganización de Efecto Cocuyo, que habíamos empezado en octubre de 2019.

Tenía mi vida más o menos planificada.

Ya saben. Llegó COVID-19 y las certezas se pusieron en un congelador.

Cuando caminé a mediados de marzo de 2020 por Copacabana y vi sus playas sin un alma en la arena supuse que esta pandemia llegaba para cambiarnos. De vez en cuando los que desafiaban las normas eran los surfistas, pero ellos siempre lo han hecho. Viven en el agua como peces, sin la piel llena de escamas.

¿Cómo vamos a surfear nuestras olas?

Nosotras en Efecto Cocuyo nos preguntamos constantemente: ¿para qué y por qué hacemos lo que hacemos?

¿Con qué dinero lo vamos a hacer?

Estas preguntas marcaron nuestro encuentro anual en febrero de 2020, días antes de que la pandemia nos confinara a todos. Nos reunimos en Caracas las fundadoras y nuestra directora de estrategia, Danisbel Gómez, una evangelizadora del periodismo desde el enfoque de la gente.

Solemos hacer encuentros o encerronas para pensarnos, para planificar el futuro. Nos guiamos por un eje transversal: cómo convertir la pasión que sentimos por el oficio en algo que nos permita hacer buen periodismo y a la vez ser sostenibles. Somos románticas, pero con los pies en la tierra.

Pese a que en lo personal soñé con ser propietaria de un medio, nunca me imaginé el alcance de ese pequeño emprendimiento, que nació en una cafetería y fue tomando forma en la cocina de Josefina y en el patio de la casa materna de Laura.

Nos ha tocado aprender a buscar fondos, resolver cada detalle de una organización que busca ser permanente.

En estos seis años desde Efecto Cocuyo hemos formado a cientos de periodistas jóvenes y llevado las innovaciones a Venezuela, luego de que para muchos se hizo prácticamente imposible salir del país para acudir a eventos internacionales.

Puedo decir que todas hemos trabajado más que nunca en nuestras vidas para poder atender las demandas internas de un equipo que a veces supera las 25 personas y de una audiencia que confía en nuestras publicaciones.

Lo hemos hecho incluso bajo persecución, mientras alguna ha debido resguardarse ante amenazas, salir del país de manera clandestina o bajar el perfil para evitar retaliaciones contra algún familiar.

En medio de tantos cambios, los que hacemos medios chicos, nativos digitales, somos unos bichos raros. Muchos contamos con una red mundial de aliados. Eso da una sensación de libertad maravillosa.

Por ejemplo, podemos adaptarnos rápidamente.

Así como muchas consultas médicas ya se pueden hacer sin pisar el consultorio, se pueden celebrar encuentros entre los periodistas sin ir a la redacción.

Es obvio que también se puede entregar información desde la distancia. Sin embargo, tal vez uno de los hechos más desafiantes en la pandemia ha sido no tener encuentros presenciales.

Esto me lleva a imaginar una redacción mixta, con simulaciones en tiempo real.

Pero también debe haber maneras de estar cerca de la gente, incluso en medio del distanciamiento físico.

Una de esas formas es ofrecer contenidos que ayuden a reducir incertidumbres. Por ejemplo, durante los primeros meses de la pandemia, nuestras métricas crecieron consecutivamente hasta siete veces, especialmente las notas relacionadas con COVID-19.

¿Estamos mutando o evolucionando?

Sophia, la robot, no puede establecer una conversación con nadie.

Sus respuestas son prediseñadas. Pero su apariencia impresiona. El diálogo con su entrevistador concluye más o menos así.

—Hay muchos periodistas en el salón y algunos tienen la sensación de que la Inteligencia artificial puede tomar sus puestos. Dime ¿son razonables esos temores?

—En realidad —dice ella— la inteligencia artificial puede ayudar al crecimiento de las empresas y en el tema de salud por ejemplo y crear nuevos puestos de trabajo para los seres humanos, pero sí hay que cuidar que ningún ser humano quede fuera de la transición

Al callar,  Sophia esboza su sonrisa enigmática.

—¿En qué medida la inteligencia artificial puede ayudar a los periodistas?

—Los robots pueden escanear miles de archivos en minutos. La inteligencia artificial también puede ser utilizada para escribir los resultados de deportes o de las elecciones. Y eso daría más tiempo a los periodistas para escribir grandes historias.

Suenan aplausos. El intercambio duró menos de 10 minutos y a mí me generó un mundo de preguntas.

Pero, más allá de lo instrumental, la duda que sigue surgiendo es qué mundo terminará de construirse a través de los algoritmos con el desbalance de la función periodística, con comunidades cada vez más delimitadas en burbujas que tienen que ver con sus ideas e intereses; pero no necesariamente con los intereses y necesidades de quienes están físicamente cerca.

Por otra parte, las brechas tecnológicas siguen mediando el acceso a la información.

Las redes sociales y el mundo que se articula a través de ellas nos unen a personas que pueden estar a miles

de kilómetros de distancia, pero a la vez nos pueden alejar de quien tenemos al lado.

¿Cómo podemos aprovechar esas características para promover la diversidad de una comunidad en términos territoriales y físicos?

¿Dónde vamos a estar los periodistas? ¿Tendremos la capacidad de articular las redes suficientemente fuertes para resistir y generar nuevos conceptos sobre nosotros mismos? ¿O nos quedaremos con el sabor artificial a fresa?

  • Se refiere a la novela  El mundo de Sofía. 
El libro Futuro Imperfecto: ¿ Hacía dónde va el periodismo?

El libro Futuro Imperfecto: Hacía dónde va el periodismo es producto de la beca Cosecha Anfibia