Pese a los apagones, huecos y escasez, el arte ilumina a Maracaibo - Efecto Cocuyo

LA HUMANIDAD · 21 AGOSTO, 2019 17:20

Pese a los apagones, huecos y escasez, el arte ilumina a Maracaibo

Texto por Danisbel Gómez Morillo

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Llegar a Maracaibo no es fácil ni barato. Si es por tierra, hay que enfrentar un verdadero rally que nos lleva por varias estaciones para encontrar combustible, sortear huecos y salvarse de los que corren a más de 160 kilómetros en una carrera con obstáculos o rezar para lograr viajar en alguno de los pocos autobuses que salen a recorrer esos caminos.

Si es por aire, hay que ponerse en las listas de esperas de las aerolíneas para finalmente optar a un boleto aéreo que suele costar entre 40 y 60 dólares, porque según dicen en las agencias no hay vuelos disponibles, aunque cuando abordas el avión te das cuenta que sobraban asientos.

Al llegar a la ciudad ves lo que ya habías leído en los diarios digitales, que si no hay luz en este o aquel sector, que si el agua llega a tal hora y dura poco o que la cisterna pequeña ya cuesta 25 dólares.

Y así como se siente la brisa marina, la llegada a Maracaibo empieza a despertar bonitos recuerdos de lo que antes estaba y ya no: las hamacas wayuu de diferentes colores que adornaban las orillas de la Circunvalación 2 y que ahora han sido sustituidas por pimpinas y tanques de plástico que se ofrecen en venta; el local de Pastelitos Monserrate que cerró hace unos meses; los vendedores de raspado en las principales avenidas, las tienditas (o bodeguitas) en las calles; los autobuses de San Jacinto a altas horas de la noche saliendo del centro.

Sin embargo, sorprende la variedad de nuevos locales y actividades que siguen haciendo los zulianos para vencer los nubarrones, muchas de ellas vinculadas al arte, el cine, la gastronomía, el ecoturismo y el entretenimiento.

Es cierto que quien no tenga ingresos extras no podría disfrutarlas, pero también lo es el hecho de que representan una oportunidad de empleo, de apuesta y emprendimiento en medio de tal oscuridad. Si no fuera por estas actividades, y por aquellas que aún siguen siendo baratas (dentro de lo que sabemos puede llamarse en este país algo barato) Maracaibo estaría en la oscurana total, y es así como vuelve a resaltar esa cualidad que la salva: ser una ciudad de contrastes.

Comienza el rally

De Barquisimeto a Maracaibo hay 17 estaciones de servicio activas, pero el pasado viernes, entre las 8 y la 1 de la tarde, solo en el del peaje de El Venado había gasolina. Con un golpe de suerte unos pocos vehículos lograron llenar el tanque allí, mientras otros formaban parte de las largas colas de carros, rústicos y camiones que esperaban por la llegada de una gandola que los abasteciera.

En la vía, unos pocos carros particulares (algunos con dos y tres pimpinas en su techo) y muchas gandolas se disputaban los estrechos pedazos sin huecos del asfalto, en un zigzag que sigue haciendo de la carretera Lara-Zulia uno de los tramos más difíciles de manejar en el occidente. Hundimientos, fallas de borde, resquebrajamiento de la vía, policías acostados sin avisos hacen que llegar a Maracaibo se sienta un destino aún más lejano y traumático.

El riesgo de perder los cauchos o el tren delantero así como no tener dónde surtir combustible influyen en la merma del transporte colectivo. En este trayecto de unos 328 kilómetros solo se vieron dos unidades de transporte público, un autobús de 48 puestos de la  línea Rápidos del Zulia y otro que venía de regreso de la línea Venezolana Express.

Las queseras que se despliegan en este tramo mostraban orgullosamente los carteles de “si tenemos punto de débito y PagoMóvil”, pero lastimosamente frente a los mostradores que exhiben los productos lácteos no había compradores. Entre 35 y 50 mil bolívares el kilo de queso duro, mucho más caro que en algunos lugares de la capital. La parada de Los Pinos, una de las más grandes y famosas por sus quesos y suero, apenas tenía unos cuantos comensales.

A diferencia de otras épocas en las que era raro ver una moto rodando, en este viaje mujeres y hombres jóvenes se sumaban al “surfeo” de la carretera en dos ruedas, a pesar del inclemente sol y las altas temperaturas. Las motos se convirtieron en una opción para movilizarse de un lado a otro, incluso para trasladarse de la Costa Oriental del Lago a Maracaibo.

Calles raspadas

En las avenidas de Maracaibo, los conductores y peatones también deben “surfear” los huecos. A la rotura de tuberías se suma el raspado del asfalto que hacen las cuadrillas de la Alcaldía de Maracaibo como parte de un plan de embellecimiento  que se ha quedado congelado, dejando a la ciudad con retazos de vías intransitables.

En Bella Vista, 5 de Julio y El Milagro los carros se disputan los pedacitos de vías buenas para hacer su recorrido. Los peatones se pelean con los carros por dónde cruzar o pasar sin perder los zapatos. La falta de alumbrado no deja ver y si llueve la cosa se pone peor en la noche. Los semáforos adornan el espacio pues con los apagones buena parte ya no hace su función.

Los cortes de luz van y vienen a lo largo del día, sin programación. Algunos zulianos se han convertido en una especie de adivinos del corte eléctrico y logran advertir el apagón, pero a la mayoría los agarra por sorpresa, aunque suene raro que un corte de luz en el Zulia pueda sorprender a estas alturas.

En Ciudad Ojeda por ejemplo, el pasado viernes, la luz se fue a las 8 de la mañana y regresó a las 2 de la tarde. Los campos petroleros y las casas que están en los alrededores siguen con luz de Pdvsa, sin embargo los centros comerciales, los comercios, pequeñas empresas e instituciones públicas sí. Las notarías, por ejemplo, deben esperar a que llegue la luz para tener internet y poder procesar algún trámite pues ahora toda protocolización debe hacerse en línea.

En Maracaibo los cortes de luz oscilan entre los 15 minutos y las 12 horas y son intermitentes. Puede durar un día, como el último que vivieron los habitantes del callejón de Santa Lucía que da hacia la iglesia, o menos de una hora como los de algunas zonas de Bella Vista o Cecilio Acosta. Algunos restaurantes se han armado son sendas plantas eléctricas para poder ofrecer servicio y por supuesto el costo del menú se ha encarecido, con precios superiores a los de un buen local en Caracas.

La vereda se está hundiendo

En La Vereda del Lago ahora es fácil estacionarse. Pocos carros se disputan la orilla y hasta no hay cola para alquilar las bicis. El pasado sábado a las 4 de la tarde se podía parar el carro sin mucho recorrido, aunque para comprar un raspado o una cocada había que pagar en dólares, pues entre los apagones y la falta de efectivo se dificultaba el pago.

Algunos puestos cierran a las 5 de la tarde, ante el cansancio de lidiar con la luz que va y viene o de esperar que pase el punto de débito o explicarle a los transeúntes que no está fácil el servicio, dicen los vendedores.

Las caminatas frente al lago deben hacerse con cuidado pues la acera se ha ido levantando y en algunos tramos hay hundimientos y en otros ya las cabillas estallaron y con ellas el lago llega al asfalto.

Pese a ello, los marabinos arman las fiestas para celebrar el cumpleaños de algún pequeño y La Vereda (o el Paseo del Lago, como le decían antes) vuelve a cobrar vida, a llenarse de color y bulla.

La alcaldía y la gobernación se han esforzado en echarle pintura a algunos íconos de la ciudad, como la Plaza República en donde un blanco imponente hace resaltar al Obelisco, hoy cubierto por una bandera tricolor de punta a punta. El aviso de  “Maracaibo renace” en toda la entrada de la plaza pone a pensar a los transeúntes.

También se ve que han invertido en embellecer algunas partes de Santa Lucía, Casco Histórico, Basílica y alrededores de la plaza Baralt y Lía Bermúdez, aunque ello haya sido para restringir la presencia de los buhoneros, pues el comercio de alimentos -ahora en manos de grandes galpones- sigue haciendo de Las Pulgas un punto difícil aunque el que marca la pauta en la negociación de efectivo. Es tan así que a este lugar lo refieren como “el Banco Central de Las Pulgas”, al señalar que de allí salen “las medidas” de no aceptar billetes de un dólar o que solo se reciban billetes de mil bolívares en adelante”.

El arte que ilumina

Los zulianos no dejan su buen humor aunque ya no es tan fácil verlos sonrientes. La angustia por el rebusque hace que la ciudad se sienta en tensión, en adormecimiento a pesar de su bullicio natural.

Aún así, hay iniciativas hermosas como la del proyecto Cíngaro Cine, que lleva películas de autor a diferentes espacios de la ciudad y que más recientemente ha hecho del estacionamiento del centro comercial Costa Verde una sala a cielo abierto, con 100 espectadores por función e incluso más cuando se trata de actividades especiales, como nos cuenta Ramón Bazó, quien forma parte del proyecto y además ha sido coordinador de Cine Arte del Lía Bermúdez.

También está la gente de Mestizo Cine, productora audiovisual, que sigue apostando a la creación y tiene en pleno rodaje y producción tres documentales sobre petróleo, migración y abuso infantil, proyectos en los cuales ponen su sudor Rita González junto a Ionesco Troconis.

El equipo que diseña y pone en marcha la programación del Museo de Arte Contemporáneo del Zulia (Maczul) y que pese al calvario de la falta de aire acondicionado en algunas salas hace posible la Exposición Permanente de su Colección, charlas como la del sábado 17 de agosto sobre la obra del maestro Cruz Diez y el Concurso de Arte Juvenil 2019.

Los trabajos y puestas en escena que están haciendo las diferentes compañías de teatro y escuelas de danza como la del Museo Bellas Artes, según nos refiere Benita Martínez, madre de una de las bailarinas de danza contemporánea del MBA y quien también forma parte de un movimiento de mujeres emprendedoras que hacen de la ropa y los accesorios una referencia de moda en Venezuela.

La reapertura del Jardín Botánico, que de la mano de la Alianza Francesa ha hecho posible un espacio para la recreación y el descanso, así como el proyecto Ciclovias Suramérica que con sus Bici-Tour salen desde el Casco-Histórico contra sol y lluvia para recorrer y recoger las crónicas de la ciudad.

Los dominó masivos y familiares en El Pozón, que al ritmo de gaita y cerveza llenan de algarabía al Saladillo, y se suman a las apuestas que se apegan al colorido de las casas para ahuyentar el pesar.

En materia gastronómica, los restaurantes y espacios para la degustación hacen la diferencia en medio de la escasez y también confirman que las crisis son oportunidades para diferenciarse ofreciendo calidad y originalidad. Y allí encontramos desde pequeños locales, hasta experiencias como la de Estación Central Café o las más exclusivas como la gastronomía a puerta cerrada de Bake My Day, en donde solo entran los amigos de los amigos que tienen a bien recomendar para poder degustar de una especie de pizzas celestiales cocinadas por un grupo de religiosas.

A todo esto se suma el esfuerzo y trabajo de los jóvenes zulianos, que como el equipo de Codhez, cuyos defensores de derechos humanos han ido más allá con actividades de formación y sensibilización para el público en general, hacen de esta ciudad un ejemplo de sobrevivencia.

Muchos se preguntan ¿pero cómo es que el Zulia no se ha levantado? pues se levanta, a su modo, a su ritmo, a ese mismo que mueve a millones de venezolanos a persistir, algunos se van del país, pero otros se quedan para reinventarse y enfrentar la adversidad haciendo.

Y como dice la gaita de Barrio Obrero: “cuando zarpes del puerto aquel que te impresionó, sientas en el alma que algo te embrujó. Así es Maracaibo, señor turista”.

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