La Luna desde los ojos de poetas y escritores - Efecto Cocuyo

LA HUMANIDAD · 19 JULIO, 2019 17:09

La Luna desde los ojos de poetas y escritores

Texto por Julett Pineda Sleinan | @JulePineda

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Julett Pineda Sleinan | @JulePineda

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No solo los lobos veneran a la Luna. Durante siglos, el único satélite natural de la Tierra ha inspirado a poetas, escritores, músicos, artistas y a la humanidad entera por igual. Célebres obras creadas por hombres y mujeres la tienen como eje y en un plano más terrenal: los pescadores la respetan, también los campesinos y los científicos insisten en investigarla.

En la víspera del 20 de julio, fecha en la que se cumplen 50 años de la llegada del hombre a la Luna, Efecto Cocuyo invitó a cuatro escritores y poetas a contarnos cómo el cuerpo celeste los ha inspirado y la relevancia del satélite en la literatura y la poesía.

Jacqueline Goldberg

Reviso un archivo de mi poesía que contiene 13 de mis libros y veo con asombro que no menciono la palabra «Luna» ni una sola vez. Y me asombra porque la Luna es un elemento que nunca deja de maravillarme y hace que suba la mirada en noches en las que está llena, en que alumbra mi apartamento en madrugadas de insomnio. Por años me he cuidado de palabras que me han sonado cursis y lugar común, supongo que Luna es una de ellas. Tonterías que la madurez va cambiando. Ya me ocuparé de que haya Lunas y nubes (que tampoco menciono) en mis futuros textos. Es una deuda.

Jamás he escrito sobre el día que llegó el hombre a la Luna: tenía yo dos años y ocho meses, pero lo recuerdo con exactitud. Mis padres hablaban del tema, salí al balcón, miré la Luna, llamé a mi madre y le dije con la sabirduría, inocencia y arrogancia de esas edades: mirá, se ven claritos los astronautas, allí están.

Desde el comienzo mismo de la literatura está la Luna, en la narrativa, en la filosofía, en la poesía, en los mitos, en la música popular. Imposible olvidar el Romance a la Luna de Federico García Lorca: «La Luna vino a la fragua / con su polisón de nardos./ El niño la mira, mira./ El niño la está mirando», O el A la una la Luna de Aquiles Nazoa. O de Eugenio Montejo: «Queda la amarga Luna errando a ciegas,/ ella y su sombra en nuestros ojos,/ ella y lo que no sabemos de este mundo».

Fedosy Santaella

Recuerdo que hace muchos años, tendría yo unos 15 años quizás, escribí un poema donde mi madre era la Luna y la Luna era mi madre. Para mí, la Luna, no obstante es un elemento simbólico muy poderoso que nos remite a pulsiones humanas profundas. La Luna está donde está el bosque, el mar nocturno, la Luna está donde están los lobos y las huellas del lobo, donde están las hogueras y las bacantes. La región donde habita la Luna está cargada de belleza, de miedo y poesía.

La Luna en muchas ocasiones hace pensar a los poetas que están cerca de una verdad que a punto de tenerla se les escapa. Su serenidad es engañosa, su luz que parece abrir lo oscuro poco dice, o dice en otra lengua. La Luna ha visto y vuelto a ver a hombres y animales bajo las praderas y en los bosques. Pareciera tener una sabiduría milenaria.

También la Luna, en la narrativa, pareciera ser el lugar de los alcances posibles. Un reto para el hombre. Verne viajó de la tierra a la Luna, y más atrás aún, Luciano de Samósata, en el siglo II a.c., habló de los viajes a la Luna en el libro Relatos verídicos. Hoy día, incluso, el cine celebra y vuelve  a celebrar el viaje a la Luna del Apolo 11 con renovado interés heroico. La Luna, digamos, puede ser una forma del misterio, pero también una forma
de la épica.

Eloi Yagüe

El 20 de julio de 1969 me instalé en la sala con un vaso de coca-cola y unas cotufas, pues la cosa era para largo. Había un televisor Philco desde el cual Rctv transmitía, en blanco y negro por supuesto, el momento cumbre de la anunciadísima Misión Apolo 11. Recuerdo la voz característica del periodista Óscar Yanes pronunciando de manera aparatosa el nombre de Werner von Braun, el famoso científico alemán que dejó de prestar servicios a los nazis para ponerse en la misión de la Nasa.

Otra cosa que me emocionaba era que Neil Armstrong, el hombre que puso el pie por primera vez en el único satélite natural de la tierra, había sido boy scout, como yo lo era entonces. Entre los pocos gramos de equipaje personal que le permitieron llevar (el traje de astronauta pesaba 140 kilos) estaba su insignia de los scouts. Por eso, cuando escuché su voz diciendo la famosa frase, casi que no lo podía creer.

El día en que llegamos a la Luna me faltaba 20 días para cumplir 12 años, pero ya me sentía todo un aventurero espacial. Mis series favoritas de televisión eran Thunderbirds o Perdidos en el espacio y Flash Gordon. Había leído De la Tierra a la Luna, de Julio Verne. Sin embargo, la imagen que tenía de los alienígenas era inquietante, pues los veía como seres extraños que llegaban al planeta tierra con no muy buenas intenciones y había que destruirlos. Mucho después llegarían ET, la película que nos enseñó a amar a los extraterrestres, y Star Wars.

Después de la hazaña del Apolo 11 me fue mucho más fácil aceptar que no éramos los únicos en el infinito universo, me sentí menos solo en este extraño viaje que llamamos vida.

Rodrigo Blanco Calderón

De las muchas referencias literarias sobre la Luna, recuerdo el Romancero Gitano, de García Lorca, con su Romance de la Luna. Recuerdo la Luna caliente, de Mempo Giardinelli, un magnífico thriller. Recuerdo De la tierra a la Luna, de Julio Verne. Pero el texto que más me ha gustado al respecto se llama Breve curso de oceanografía, de Julio Cortázar. Es una bellísima fabulación sobre cómo se creó la Luna. Está en su primer libro, La otra orilla.

Foto principal: Nasa