La Guaira a tres semanas del doble terremoto: una búsqueda que desafía al olvido

Edwin busca a su hijo de 5 años y a su esposa, quienes quedaron bajo los escombros de la OPPE 22.

A tres semanas del doble terremoto en La Guaira, Heidy Bandres, de 29 años de edad, todavía espera respuesta ante las ruinas. Ella es una migrante que cruzó la frontera entre Colombia y Venezuela pocas horas después de que ocurriera la catástrofe; tomó la decisión al perder comunicación con sus familiares, quienes vivían en el estado Vargas.

Bandres es madre de Yusneidi Clemente, una niña de 9 años que residía junto a su tía en el piso 6 de la torre A del complejo urbanístico de la Misión Vivienda OPPE 22, uno de los edificios que colapsó en la urbanización Caribe de la parroquia Caraballeda.

La mañana del 26 de junio, apenas llegó a La Guaira, la joven madre se instaló bajo un toldo rojo. En el lugar fueron desplegadas algunas carpas y colchones para pernoctar, y allí se quedará hasta que logre encontrar el cuerpo de su hija.

“Desde el día que llegué me he quedado aquí para recuperarla. No hay nada más difícil que esperar a mi hija para que me la saquen. Es una angustia, estoy buscando y buscando y nada”, señaló Bandres, a quien la acompañan sus familiares y vecinos del urbanismo.

Tras su llegada al país, Heidy comenzó a buscar a sus familiares entre los escombros junto a los vecinos. Sin embargo, el colapso de la estructura fue tan violento que los pisos quedaron compactados, lo que ha dificultado las labores de rescate y recuperación de cuerpos sin ayuda mecánica o especializada.

“Nosotros hemos estado buscando por nuestra cuenta. Aunque desde la semana pasada (8 de julio) llegó una maquinaria para ayudarnos, ellos (los maquinistas) trabajan de 8:00 a. m. a 6:00 p. m. como si se tratase de una oficina; después de esa hora, los familiares seguimos en la búsqueda”, agregó.

Heidy recordó, la tarde de este miércoles, 15 de julio, que los vecinos del urbanismo ya tienen más de 20 días buscando a sus seres queridos, y que cada vez que logran recuperar algún cuerpo, ella debe acercarse para intentar reconocer a su pequeña.

“Ya no se reconocen los cuerpos; uno lo reconoce por el cabello, por la ropa que tengan o por una marca o cicatriz”, indicó.

Edwin busca a su hijo de 5 años y a su esposa

En la OPPE 22 también se encuentra Edwin Aliendre, un padre de 30 años que busca a su hijo Zaid, de 5 años, y a su esposa Maritza Cordero, desde la tarde del 24 de junio, cuando ocurrieron los terremotos.

Al igual que Heidy, Edwin pernocta con sus vecinos frente a las ruinas de lo que fue su hogar. Él mismo logró escarbar entre los escombros hasta llegar al piso siete de la edificación; allí dio con el cuarto donde dormía su único hijo, pero solo encontró la cama y algunas prendas de ropa del niño.

“Hemos trabajado sacando escombros y no ha aparecido nada. Ha estado rudo. Tenemos la colaboración de unas personas que nos están ayudando y así hemos podido descansar un poco”, dice el joven, sentado en un sofá que lograron rescatar del complejo urbanístico estatal.

Edwin trabaja en la construcción. El día del doble terremoto estaba laborando en una torre residencial de La Candelaria, en Caracas; apenas sintió el temblor bajó corriendo por las escaleras y le envió un mensaje de voz a su esposa que jamás llegó al destino. “Yo pensé que no le había llegado porque la señal estaba caída, pero no fue así”, recuerda.

Inmediatamente después de los terremotos, el joven obrero se subió a su moto y manejó con prisa hacia La Guaira para saber de su familia. Al llegar, se topó con una escena que, según describe, supera la peor película de terror.

“Todo era un caos, los vecinos gritando, todo esto era irreconocible. No se veía casi nada por el polvo y yo solo estaba desesperado buscando a mi bebé y a mi esposa”, aseguró.

Edwin relató que al principio no contaban con apoyo oficial y que la ayuda llegó solo por la presión de la propia comunidad. “Aquí no había máquina; las otras residencias tenían entre dos y tres máquinas, así que un grupo fue y le protestó a un general hasta que mandó la maquinaria. Nos la trajeron como cinco días después del terremoto porque nunca tuvimos ayuda de nada, hemos peleado para que nos pudieran colaborar. De aquí no han sacado a nadie vivo”, lamentó el joven.

Para él, cada hora que pasa sin respuestas profundiza la incertidumbre de la pérdida. “Esto es difícil, estar sin saber qué les pasó. El último mensaje que tuve con mi esposa fue a las 5:46 de la tarde”, concluyó.

Sin energía eléctrica para conservar la insulina

*Angélica López expone otra de las realidades que afecta a quienes, a pesar de vivir en la urbanización Caribe, no sufrieron daños severos en sus viviendas tras los movimientos telúricos. Muchos de los residentes permanecen dentro de sus hogares por el temor de que otras personas invadan sus propiedades.

Convivir con las vulnerabilidades que dejó la tragedia ha sido duro para ella, sus dos hijos y su esposo, debido a que los servicios de electricidad y agua no han sido restablecidos.

“Primero pasamos el miedo que dejó el terremoto; vimos cómo el edificio de al lado, donde vivían mis queridos vecinos, se desplomó y ellos murieron. Luego se generaron saqueos y ahora tenemos miedo de salir y que nos invadan”, agrega la mujer, mientras contempla las ruinas de una edificación en la calle Circunvalación 2 de la parroquia Caraballeda.

A sus 47 años de edad, Angélica padece de diabetes y depende de la aplicación diaria de insulina, un medicamento hormonal indispensable para regular los niveles de glucosa en la sangre. Sin energía eléctrica en la zona, vive con el pánico de que el tratamiento pierda la cadena de frío y se dañe. Para evitarlo, recurre a una planta eléctrica que enciende por las noches.

“Ha sido maratónico tener que conservar la insulina fría. No tenemos luz desde el día del terremoto; yo he resuelto con la planta eléctrica”, aseguró.

La vecina expone que tampoco cuentan con servicio de agua por tuberías y que, para abastecerse, acude a un edificio cercano para extraerla de un tanque subterráneo. Además, señala que desde hace una semana las ayudas voluntarias son cada vez menos frecuentes. 

“Ya nadie baja como antes a traer insumos, ha sido difícil. Esto me recuerda a la película de Mad Max, tenemos que salir a buscar de todo para poder sobrevivir”, relata.

Angélica agregó que, según supo por los afectados, los familiares de las personas que fallecieron en el edificio contiguo tuvieron que pagar 1.800 dólares diarios por el uso de maquinaria pesada para remover los escombros, y 500 dólares adicionales por un tractor encargado de recogerlos. “Utilizaron la maquinaria dos días y esa tarifa era diaria”, explicó.

En La Guaira, miles de varguenses enfrentan la tercera semana posterior a los terremotos entre las ruinas de lo que fueron sus hogares, debatiéndose entre la resignación, la resiliencia y la esperanza. A pesar de la devastación y la emergencia latente entre los escombros, en parroquias como Maiquetía, Carlos Soublette, La Guaira y parte de Caraballeda comienza a reactivarse el transporte público y los comercios han vuelto a abrir sus santamarías.

*Se utilizó un nombre ficticio a petición de la entrevistada para resguardar su identidad

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Me dedico al periodismo con enfoque en derechos humanos. Hago cobertura sobre violencia en un país con pocas garantías