La frontera se reabrió pero los problemas siguen iguales, afirman ciudadanos

LA HUMANIDAD · 26 SEPTIEMBRE, 2022 19:33

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Mariana Duque

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Con una frontera calmada, con poca afluencia de peatones, sin vendedores informales, escasos carretilleros y un Puente Internacional Simón Bolívar limpio y ordenado, amaneció este lunes 26 de septiembre, día programado por las autoridades de Venezuela y Colombia para la apertura comercial de frontera, después de tres años sin intercambio de mercancías.

El paso peatonal se abrió como todos los días a la 6 de la mañana. De ambos lados, ahora separados por vallas metálicas que obligan al peatón a caminar sobre las aceras para dejar libre la mitad del puente, se mantuvo un ingreso fluido de peatones, pero en menor cantidad que días atrás, tal vez por el anuncio del cierre del paso en las horas de los actos protocolares.

Efectivos de la Policía de Colombia se desplegaron en su lado del puente, controlando el paso de quienes transitaban en sillas de ruedas o requerían circular por la mitad, justo donde ahora es el paso de gandolas; mientras que en el sector conocido como La Parada de Cúcuta, en Villa del Rosario, desaparecieron los vendedores informales, alquileres de teléfono, los estacionamientos de taxis, y los carretilleros o mulas humanas, que se encargan de cruzar el mercado o las maletas que llevan los venezolanos de regreso a su país, a cambio de unos pesos.

En este sector, ubicado del lado colombiano del puente Simón Bolívar, hubo poca afluencia vehicular, es como si todo se hubiera ordenado o desaparecido por arte de magia. La visita del presidente colombiano, Gustavo Petro, que no había sido confirmada a los medios de comunicación, pareció no ser una sorpresa para los organizadores del evento.

De lado venezolano, en la avenida Venezuela de San Antonio, municipio Bolívar del estado Táchira, a tempranas horas del día ya estaban apostadas tres gandolas listas para el intercambio comercial. Una de ellas, adornada con globos y una bandera tricolor, sería la primera en cruzar en el marco del intercambio comercial.

Quienes cruzaban el puente preguntaban constantemente a los medios de comunicación si iban a estar presentes los presidentes de Venezuela y Colombia; sobre todo si Nicolás Maduro visitaría alguna vez la frontera, pues lo culpan de haberla cerrado hace siete años, en agosto de 2015, sin que posteriormente acudiera a San Antonio y Ureña a conocer cómo estaban sus habitantes.

“Ojalá viniera ese señor para que se diera cuenta de cómo se volvió la frontera después de que la cerró. Nosotros éramos prósperos; trabajábamos de un lado y del otro sin problemas, sin requisitos para cruzar el puente, que además no lo hacíamos a pie, sino en carros o en busetas. Ahora mírenos, con esta pepa e’ sol caminando siempre de un lado a otro”, expresó Joaquín Hernández, habitante de San Antonio.

Carnet fronterizo

En la mitad del puente continúa la carpa de Migración Colombia, en donde realizan el control de ingresos a su país con el carnet fronterizo. Quienes no lo tengan deben presentar pasaporte sellado o simplemente no ingresan. En esos casos, la mayoría de los ciudadanos recurren a las trochas, en donde pagan unos 5.000 pesos colombianos por pasar.

Desde ese punto del puente a diario se ven hombres, mujeres y niños cruzando entre las aguas del río Táchira, pasando sobre sus piedras y en pasos improvisados. Esto ocurre ante los ojos de las autoridades de ambas naciones, de la Guardia Nacional (GN), de la Policía de Colombia y de migración, sin que nada ocurra.

Este lunes 26 de septiembre, la magia de la apertura comercial también llegó a esas trochas, pues no se vio ni a una sola persona cruzar por allí.

Ambos países no han discutido qué ocurrirá con ese carnet fronterizo. El secretario de Fronteras del Norte de Santander, Víctor Bautista, indicó que aunque quieren garantizar una amplia movilidad, este instrumento permite tener un control de quienes viven en la zona de frontera y cruzan a diario. Destacó que Migración Colombia y Saime harán esas evaluaciones y dispondrán lo que ocurra. “Cuando ingresen vehículos particulares debe cambiar el esquema de control, porque esto es un control a pie en los puentes”, dijo.

La cola para sellar pasaporte también estaba corta tanto en Venezuela como en Colombia. Lo que algunos días representa hasta dos horas de espera, este lunes no significaba ni 15 minutos. Quienes estaban en la fila para sellar eran todos viajeros, ninguno lo hacía por no tener carnet fronterizo.

Gustavo Parra es de Barquisimeto. Selló su pasaporte para viajar con su hijo menor de edad a Ecuador, en donde vive desde hace siete años. Se fue de Venezuela buscando mejoras económicas, y ahora que estaba visitando a su familia ve con optimismo la apertura gradual de frontera; su proceso de sellado fue rápido en ambas partes, pues llevaba los papeles en orden, incluyendo el permiso de viaje con su hijo.

“No es suficiente”

El cruce por los puentes internacionales tiene mayor afluencia de venezolanos que de colombianos, por la crisis humanitaria que enfrenta el país. José Gutiérrez de 58 años de edad, cruza todas las semanas el Puente Simón Bolívar apoyándose en sus muletas. Hace dos años tuvo un accidente de tránsito que le ocasionó tres fracturas, dos de ellas en la pierna derecha y una en el codo izquierdo.

La operación de José fue tardía, pues en Venezuela no conseguía como operarse, hasta que finalmente lo logró en Colombia. De la primera cirugía quedó mal, por lo que tuvieron que volver a intervenirlo, y eso ocasionó que ahora una pierna sea más larga que la otra y tenga que depender de una muleta. Los medicamentos para el dolor los compra en Colombia, porque en Venezuela no los encuentra, y las consulta médicas también las hace al otro lado de su frontera.

“En Venezuela no hay buena salud, no hay para comprar medicinas y las que se consiguen son muy caras. Yo vengo a Colombia a hacerme mis tratamientos, pero también a pedir dinero para poderlos comprar. Así no puedo trabajar, soy solo y no tengo nadie que me ayude. La frontera me lo da todo”, expresó.

Rosa Sánchez tiene 65 años de edad, cruzaba el puente apoyada de un bastón. Esperó dos horas bajo un sol de 40 grados centígrados para ir a comprar medicamentos para la tensión. Es hipertensa, diabética y padece esclerosis múltiple, y al momento de ser entrevistada aseguró sentir que se desmayaba. No cree que la apertura comercial de fronteras mejore la situación humanitaria.

“Esto es más de lo mismo, no ve que uno tiene que esperar en el sol para que ellos se hagan fotos, no dejan pasar transporte público, no dejan pasar carros, quienes estamos enfermos seguimos padeciendo. Mis hijos se fueron del país y ahora vivo sola, todo esto me toca sola y es muy duro”, dijo.

Ramón Mendoza es colombiano, trabaja como taxista en el sector de La Parada de Cúcuta. Sueña con poder pasar con su vehículo hacia Venezuela, pero no cree que sea pronto, porque no ve esa disposición en las autoridades de ambos países. “Creo que no podemos soñar con tanto. Hay qué ver que tan realista es esta apertura, porque muchos lo llaman un acto simbólico, y en el fondo yo lo creo”.

A siete años del cierre de frontera y tres años del cierre comercial, no queda claro si la frontera entre Colombia y Venezuela volverá a ser la más dinámica de América Latina. Mientras se anuncia un intercambio de papel higiénico, carbón, acero, aluminio, vasos y bolsas plásticas e insumos médicos, otras mercancías seguirán a la espera, pues no hay fecha para la apertura de consulados, encargados de la certificación de ciertos productos. Lo humano parece esperar más tiempo, el ciudadano tendrá que cruzar más limitado, en las aceras del puente, a un lado de las gandolas.

 

LA HUMANIDAD · 9 DICIEMBRE, 2022

La frontera se reabrió pero los problemas siguen iguales, afirman ciudadanos

Texto por Mariana Duque
Foto por Mariana Duque

Con una frontera calmada, con poca afluencia de peatones, sin vendedores informales, escasos carretilleros y un Puente Internacional Simón Bolívar limpio y ordenado, amaneció este lunes 26 de septiembre, día programado por las autoridades de Venezuela y Colombia para la apertura comercial de frontera, después de tres años sin intercambio de mercancías.

El paso peatonal se abrió como todos los días a la 6 de la mañana. De ambos lados, ahora separados por vallas metálicas que obligan al peatón a caminar sobre las aceras para dejar libre la mitad del puente, se mantuvo un ingreso fluido de peatones, pero en menor cantidad que días atrás, tal vez por el anuncio del cierre del paso en las horas de los actos protocolares.

Efectivos de la Policía de Colombia se desplegaron en su lado del puente, controlando el paso de quienes transitaban en sillas de ruedas o requerían circular por la mitad, justo donde ahora es el paso de gandolas; mientras que en el sector conocido como La Parada de Cúcuta, en Villa del Rosario, desaparecieron los vendedores informales, alquileres de teléfono, los estacionamientos de taxis, y los carretilleros o mulas humanas, que se encargan de cruzar el mercado o las maletas que llevan los venezolanos de regreso a su país, a cambio de unos pesos.

En este sector, ubicado del lado colombiano del puente Simón Bolívar, hubo poca afluencia vehicular, es como si todo se hubiera ordenado o desaparecido por arte de magia. La visita del presidente colombiano, Gustavo Petro, que no había sido confirmada a los medios de comunicación, pareció no ser una sorpresa para los organizadores del evento.

De lado venezolano, en la avenida Venezuela de San Antonio, municipio Bolívar del estado Táchira, a tempranas horas del día ya estaban apostadas tres gandolas listas para el intercambio comercial. Una de ellas, adornada con globos y una bandera tricolor, sería la primera en cruzar en el marco del intercambio comercial.

Quienes cruzaban el puente preguntaban constantemente a los medios de comunicación si iban a estar presentes los presidentes de Venezuela y Colombia; sobre todo si Nicolás Maduro visitaría alguna vez la frontera, pues lo culpan de haberla cerrado hace siete años, en agosto de 2015, sin que posteriormente acudiera a San Antonio y Ureña a conocer cómo estaban sus habitantes.

“Ojalá viniera ese señor para que se diera cuenta de cómo se volvió la frontera después de que la cerró. Nosotros éramos prósperos; trabajábamos de un lado y del otro sin problemas, sin requisitos para cruzar el puente, que además no lo hacíamos a pie, sino en carros o en busetas. Ahora mírenos, con esta pepa e’ sol caminando siempre de un lado a otro”, expresó Joaquín Hernández, habitante de San Antonio.

Carnet fronterizo

En la mitad del puente continúa la carpa de Migración Colombia, en donde realizan el control de ingresos a su país con el carnet fronterizo. Quienes no lo tengan deben presentar pasaporte sellado o simplemente no ingresan. En esos casos, la mayoría de los ciudadanos recurren a las trochas, en donde pagan unos 5.000 pesos colombianos por pasar.

Desde ese punto del puente a diario se ven hombres, mujeres y niños cruzando entre las aguas del río Táchira, pasando sobre sus piedras y en pasos improvisados. Esto ocurre ante los ojos de las autoridades de ambas naciones, de la Guardia Nacional (GN), de la Policía de Colombia y de migración, sin que nada ocurra.

Este lunes 26 de septiembre, la magia de la apertura comercial también llegó a esas trochas, pues no se vio ni a una sola persona cruzar por allí.

Ambos países no han discutido qué ocurrirá con ese carnet fronterizo. El secretario de Fronteras del Norte de Santander, Víctor Bautista, indicó que aunque quieren garantizar una amplia movilidad, este instrumento permite tener un control de quienes viven en la zona de frontera y cruzan a diario. Destacó que Migración Colombia y Saime harán esas evaluaciones y dispondrán lo que ocurra. “Cuando ingresen vehículos particulares debe cambiar el esquema de control, porque esto es un control a pie en los puentes”, dijo.

La cola para sellar pasaporte también estaba corta tanto en Venezuela como en Colombia. Lo que algunos días representa hasta dos horas de espera, este lunes no significaba ni 15 minutos. Quienes estaban en la fila para sellar eran todos viajeros, ninguno lo hacía por no tener carnet fronterizo.

Gustavo Parra es de Barquisimeto. Selló su pasaporte para viajar con su hijo menor de edad a Ecuador, en donde vive desde hace siete años. Se fue de Venezuela buscando mejoras económicas, y ahora que estaba visitando a su familia ve con optimismo la apertura gradual de frontera; su proceso de sellado fue rápido en ambas partes, pues llevaba los papeles en orden, incluyendo el permiso de viaje con su hijo.

“No es suficiente”

El cruce por los puentes internacionales tiene mayor afluencia de venezolanos que de colombianos, por la crisis humanitaria que enfrenta el país. José Gutiérrez de 58 años de edad, cruza todas las semanas el Puente Simón Bolívar apoyándose en sus muletas. Hace dos años tuvo un accidente de tránsito que le ocasionó tres fracturas, dos de ellas en la pierna derecha y una en el codo izquierdo.

La operación de José fue tardía, pues en Venezuela no conseguía como operarse, hasta que finalmente lo logró en Colombia. De la primera cirugía quedó mal, por lo que tuvieron que volver a intervenirlo, y eso ocasionó que ahora una pierna sea más larga que la otra y tenga que depender de una muleta. Los medicamentos para el dolor los compra en Colombia, porque en Venezuela no los encuentra, y las consulta médicas también las hace al otro lado de su frontera.

“En Venezuela no hay buena salud, no hay para comprar medicinas y las que se consiguen son muy caras. Yo vengo a Colombia a hacerme mis tratamientos, pero también a pedir dinero para poderlos comprar. Así no puedo trabajar, soy solo y no tengo nadie que me ayude. La frontera me lo da todo”, expresó.

Rosa Sánchez tiene 65 años de edad, cruzaba el puente apoyada de un bastón. Esperó dos horas bajo un sol de 40 grados centígrados para ir a comprar medicamentos para la tensión. Es hipertensa, diabética y padece esclerosis múltiple, y al momento de ser entrevistada aseguró sentir que se desmayaba. No cree que la apertura comercial de fronteras mejore la situación humanitaria.

“Esto es más de lo mismo, no ve que uno tiene que esperar en el sol para que ellos se hagan fotos, no dejan pasar transporte público, no dejan pasar carros, quienes estamos enfermos seguimos padeciendo. Mis hijos se fueron del país y ahora vivo sola, todo esto me toca sola y es muy duro”, dijo.

Ramón Mendoza es colombiano, trabaja como taxista en el sector de La Parada de Cúcuta. Sueña con poder pasar con su vehículo hacia Venezuela, pero no cree que sea pronto, porque no ve esa disposición en las autoridades de ambos países. “Creo que no podemos soñar con tanto. Hay qué ver que tan realista es esta apertura, porque muchos lo llaman un acto simbólico, y en el fondo yo lo creo”.

A siete años del cierre de frontera y tres años del cierre comercial, no queda claro si la frontera entre Colombia y Venezuela volverá a ser la más dinámica de América Latina. Mientras se anuncia un intercambio de papel higiénico, carbón, acero, aluminio, vasos y bolsas plásticas e insumos médicos, otras mercancías seguirán a la espera, pues no hay fecha para la apertura de consulados, encargados de la certificación de ciertos productos. Lo humano parece esperar más tiempo, el ciudadano tendrá que cruzar más limitado, en las aceras del puente, a un lado de las gandolas.

 

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