Javier Cercas: La palabra es dinamita y usarla con frivolidad es un crimen

LA HUMANIDAD · 11 OCTUBRE, 2015 11:21

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Eloi Yagüe Jarque | @eloiyague


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Javier Cercas es uno de los escritores españoles de mayor proyección internacional, pero no siempre fue así. En 2000 era uno entre muchos, un profesor de filología, nacido en un pueblo de Cáceres en 1962, que había escrito tres novelas y era un perfecto desconocido en el mundillo literario. Sin embargo, con esa persistencia propia de genios y de majaderos, siguió escribiendo y culminó otra novela.

Cuando un día de 2000 se reunió con la editora a la que se la había entregado, ella, que era una mujer experimentada, le dijo: qué interesante, de este libro se van a vender cinco mil ejemplares (que para Cercas ya era como sentirse Hemingway), y lo van a leer personas mayores de 60 años. Pero no fue así: lo leyeron más de un millón de personas y la mayoría de ellas de menos de 30 años. Fue traducido a veinte idiomas y se sigue leyendo. Y además fue llevado al cine por David Trueba en 2003.

Ahora tengo a Cercas frente a mí, en la sede de la embajada española en Caracas. Ha venido por primera vez a Venezuela a participar en la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, en Valencia, donde presenta su nueva novela El Impostor.
Yo tenía 15 años esperando hacerle a Cercas una pregunta y se la hago:

–¿Por qué tuvo tanto éxito esa novela sobre la guerra civil española en un país donde son abundantísimas las novelas sobre ese tema?

–La respuesta es que ahí se aborda la historia de una forma distinta y en literatura la forma es el fondo. Yo había estado siempre muy interesado en la guerra civil, me interesaba la historia, pero nunca me había planteado la idea de escribir una novela. Si la escribí fue por un azar; es decir, porque me contaron la anécdota en la que está basado el libro: la historia de un soldado republicano que salva la vida de un jerarca fascista y esa historia simplemente me obsesionó, y a partir de ahí empezó todo. Y de hecho, ese libro no habla de la guerra civil exactamente, habla de cómo vemos la guerra en el presente. No es una novela histórica sobre la guerra civil, en lo absoluto: la mayor parte del libro transcurre en el presente, habla de un diálogo entre el pasado y el presente, de cómo el pasado pervive en el presente, de cómo el pasado es una dimensión del presente y sobre todo un pasado tan decisivo, tan determinante como la guerra civil.

–Se dice que la guerra civil española se desató por la existencia de dos Españas que nunca llegaron a tolerarse.

–Eso empieza con la llamada guerra de la independencia de los franceses, que en realidad fue una guerra civil, se enfrentó a una España clerical, a una España partidaria de la unión entre el Estado y la Iglesia, a una España antiliberal, a una España antieuropea. Entonces, ahí se parte el país y efectivamente esas dos Españas perduran a lo largo de dos siglos. Yo estoy seguro de que esas dos Españas ya no existen. En España tenemos problemas muy serios, pero ese ya no lo tenemos. De hecho, yo creo que esas dos españas se acabaron exactamente el 23 de febrero de 1981, en el momento al que se refiere Anatomía de un instante (su sexta novela) en el que un general franquista, un secretario general del partido falangista llamado Adolfo Suárez, y un secretario general del Partido Comunista llamado Santiago Carrillo, se juegan la vida por la democracia. En ese momento se acaban las dos Españas.

–Venezuela hoy en día es una sociedad polarizada. ¿Será que heredamos de los españoles esa tendencia al radicalismo que se manifiesta en el fútbol y en la política?

–Lo que ocurre en Venezuela se sigue con muchísimo interés en España como lo que ocurre en Cuba por motivos históricos. Y sí es verdad, esto creo que puedo decirlo, que Venezuela está partida, que hay una división profunda y eso es muy peligroso. No creo que se trate de una herencia, los españoles hemos legado a América Latina muchas cosas malas, como esa tradición de golpes de Estado, guerras civiles, pero yo no creo en un destino fatal. Hay muchos españoles que lo creen y dicen “es que nuestro carácter es así”. Eso es mentira, yo no lo creo, no creo en las herencias, no creo en los destinos fatales, no creo en nada de eso. Los caracteres nacionales no existen, jamás han existido, nunca. Los caracteres cambian, se forjan, somos historia, somos lo que queremos ser, no estamos determinados por un destino fatal. España no está fatalmente condenada a las guerras civiles y a los golpes de Estado. Eso es mentira.

–En Venezuela se ha agitado el espectro de una guerra civil como única salida a la polarización.

–Venezuela no está fatalmente destinada al enfrentamiento civil, eso es falso. Esta división que existe en la sociedad venezolana se puede arreglar, mejor dicho se debe arreglar; ahora hay que hacerlo, para empezar, respetando al adversario, cosa que no siempre se hace. El pecado español es la intolerancia, y es verdad que eso lo hemos exportado a Latinoamérica. Pero con eso se puede acabar. La mejor definición de intolerancia la dio el escritor mexicano Alejandro Rossi: consiste en no confundir un error intelectual con un error moral. Es decir, tú puedes ser chavista y yo no, pero no por eso te voy a partir un garrote en la cabeza; simplemente tú piensas distinto que yo, da igual, yo te voy a respetar. En eso consiste la tolerancia: en aceptar que el otro puede equivocarse intelectualmente y no por eso es un cabrón o un sinvergüenza. Y en eso se basa la democracia, sin eso es imposible la convivencia. En España hubo 40 años de una época dificilísima y se salió sin sangre, además. Y aquí también se puede salir, seguro.

–Usted vive en Barcelona, ¿qué opina del nacionalismo catalán?

–El franquismo fue la última manifestación salvaje de la intolerancia. Bueno, en realidad fue ETA. Como no pienses como yo, te mato. El nacionalismo catalán nunca ha matado, eso hay que decirlo. Yo no soy nacionalista ni estoy a favor de la independencia. Creo que es una mala idea la independencia de Cataluña y estoy contra todos los nacionalismos, especialmente contra el nacionalismo español, que ha sido el más letal.

–Hace muchos año Jean Paul Sartre plasmó el concepto del intelectual comprometido. ¿Hasta qué punto tiene vigencia hoy en día?

–Desde un punto de vista muy europeo, en Europa y Estados Unidos hay un gran desprestigio de esa idea, unido al desprestigio de la literatura comprometida. Para mí cuando era joven, la literatura comprometida era lo peor, era literatura barata, populista, de propaganda. Lo que pienso ahora es que toda gran literatura es comprometida en la medida en que es una literatura que aspira a cambiar el mundo o que aspira a cambiar la percepción del mundo del lector. Es decir, una literatura que no es un mero entretenimiento, una literatura que es un desenmascaramiento de la realidad. En ese sentido, la literatura es revolucionaria. Y en cuanto al compromiso del escritor, eso depende mucho del país. El escritor desempeña una función social, le guste o no, y tiene una responsabilidad. Los intelectuales se han ganado a pulso el desprestigio, porque se convirtieron durante muchos años en apologistas de causas abyectas, del fascismo, del comunismo, etc. Pero eso no significa que el intelectual no tenga una responsabilidad. Yo entiendo al intelectual como el hombre rebelde de Camus, es el hombre que dice NO.

–Parece que en América Latina está vigente la idea del intelectual comprometido, hay algunos que incluso se lanzan como candidatos a la presidencia de la república.

–En Latinoamérica, el intelectual tiene más responsabilidad cuanto menos culta es la sociedad y aquí hay todavía unos grados de analfabetismo importantes y eso significa que quien tiene la palabra maneja un poder extraordinario y tiene que saber usarlo con responsabilidad. La palabra es dinamita y usarla con frivolidad es un crimen y eso lo planteo en algunos de mis libros, en particular en Soldados de Salamina, de cómo la palabra puede ser usada para provocar catástrofes pero también para lograr cosas estupendas. Y el dueño de la palabra es el escritor y tiene una responsabilidad en ese sentido; pero repito, en cada caso es distinto. Yo creo que es un hombre que es capaz de decir NO cuando todo el mundo dice sí. Esa tiene que ser la capacidad del intelectual, de pensar racionalmente, con serenidad.

LA HUMANIDAD · 26 ENERO, 2023

Javier Cercas: La palabra es dinamita y usarla con frivolidad es un crimen

Texto por Eloi Yagüe Jarque | @eloiyague

Javier Cercas es uno de los escritores españoles de mayor proyección internacional, pero no siempre fue así. En 2000 era uno entre muchos, un profesor de filología, nacido en un pueblo de Cáceres en 1962, que había escrito tres novelas y era un perfecto desconocido en el mundillo literario. Sin embargo, con esa persistencia propia de genios y de majaderos, siguió escribiendo y culminó otra novela.

Cuando un día de 2000 se reunió con la editora a la que se la había entregado, ella, que era una mujer experimentada, le dijo: qué interesante, de este libro se van a vender cinco mil ejemplares (que para Cercas ya era como sentirse Hemingway), y lo van a leer personas mayores de 60 años. Pero no fue así: lo leyeron más de un millón de personas y la mayoría de ellas de menos de 30 años. Fue traducido a veinte idiomas y se sigue leyendo. Y además fue llevado al cine por David Trueba en 2003.

Ahora tengo a Cercas frente a mí, en la sede de la embajada española en Caracas. Ha venido por primera vez a Venezuela a participar en la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo, en Valencia, donde presenta su nueva novela El Impostor.
Yo tenía 15 años esperando hacerle a Cercas una pregunta y se la hago:

–¿Por qué tuvo tanto éxito esa novela sobre la guerra civil española en un país donde son abundantísimas las novelas sobre ese tema?

–La respuesta es que ahí se aborda la historia de una forma distinta y en literatura la forma es el fondo. Yo había estado siempre muy interesado en la guerra civil, me interesaba la historia, pero nunca me había planteado la idea de escribir una novela. Si la escribí fue por un azar; es decir, porque me contaron la anécdota en la que está basado el libro: la historia de un soldado republicano que salva la vida de un jerarca fascista y esa historia simplemente me obsesionó, y a partir de ahí empezó todo. Y de hecho, ese libro no habla de la guerra civil exactamente, habla de cómo vemos la guerra en el presente. No es una novela histórica sobre la guerra civil, en lo absoluto: la mayor parte del libro transcurre en el presente, habla de un diálogo entre el pasado y el presente, de cómo el pasado pervive en el presente, de cómo el pasado es una dimensión del presente y sobre todo un pasado tan decisivo, tan determinante como la guerra civil.

–Se dice que la guerra civil española se desató por la existencia de dos Españas que nunca llegaron a tolerarse.

–Eso empieza con la llamada guerra de la independencia de los franceses, que en realidad fue una guerra civil, se enfrentó a una España clerical, a una España partidaria de la unión entre el Estado y la Iglesia, a una España antiliberal, a una España antieuropea. Entonces, ahí se parte el país y efectivamente esas dos Españas perduran a lo largo de dos siglos. Yo estoy seguro de que esas dos Españas ya no existen. En España tenemos problemas muy serios, pero ese ya no lo tenemos. De hecho, yo creo que esas dos españas se acabaron exactamente el 23 de febrero de 1981, en el momento al que se refiere Anatomía de un instante (su sexta novela) en el que un general franquista, un secretario general del partido falangista llamado Adolfo Suárez, y un secretario general del Partido Comunista llamado Santiago Carrillo, se juegan la vida por la democracia. En ese momento se acaban las dos Españas.

–Venezuela hoy en día es una sociedad polarizada. ¿Será que heredamos de los españoles esa tendencia al radicalismo que se manifiesta en el fútbol y en la política?

–Lo que ocurre en Venezuela se sigue con muchísimo interés en España como lo que ocurre en Cuba por motivos históricos. Y sí es verdad, esto creo que puedo decirlo, que Venezuela está partida, que hay una división profunda y eso es muy peligroso. No creo que se trate de una herencia, los españoles hemos legado a América Latina muchas cosas malas, como esa tradición de golpes de Estado, guerras civiles, pero yo no creo en un destino fatal. Hay muchos españoles que lo creen y dicen “es que nuestro carácter es así”. Eso es mentira, yo no lo creo, no creo en las herencias, no creo en los destinos fatales, no creo en nada de eso. Los caracteres nacionales no existen, jamás han existido, nunca. Los caracteres cambian, se forjan, somos historia, somos lo que queremos ser, no estamos determinados por un destino fatal. España no está fatalmente condenada a las guerras civiles y a los golpes de Estado. Eso es mentira.

–En Venezuela se ha agitado el espectro de una guerra civil como única salida a la polarización.

–Venezuela no está fatalmente destinada al enfrentamiento civil, eso es falso. Esta división que existe en la sociedad venezolana se puede arreglar, mejor dicho se debe arreglar; ahora hay que hacerlo, para empezar, respetando al adversario, cosa que no siempre se hace. El pecado español es la intolerancia, y es verdad que eso lo hemos exportado a Latinoamérica. Pero con eso se puede acabar. La mejor definición de intolerancia la dio el escritor mexicano Alejandro Rossi: consiste en no confundir un error intelectual con un error moral. Es decir, tú puedes ser chavista y yo no, pero no por eso te voy a partir un garrote en la cabeza; simplemente tú piensas distinto que yo, da igual, yo te voy a respetar. En eso consiste la tolerancia: en aceptar que el otro puede equivocarse intelectualmente y no por eso es un cabrón o un sinvergüenza. Y en eso se basa la democracia, sin eso es imposible la convivencia. En España hubo 40 años de una época dificilísima y se salió sin sangre, además. Y aquí también se puede salir, seguro.

–Usted vive en Barcelona, ¿qué opina del nacionalismo catalán?

–El franquismo fue la última manifestación salvaje de la intolerancia. Bueno, en realidad fue ETA. Como no pienses como yo, te mato. El nacionalismo catalán nunca ha matado, eso hay que decirlo. Yo no soy nacionalista ni estoy a favor de la independencia. Creo que es una mala idea la independencia de Cataluña y estoy contra todos los nacionalismos, especialmente contra el nacionalismo español, que ha sido el más letal.

–Hace muchos año Jean Paul Sartre plasmó el concepto del intelectual comprometido. ¿Hasta qué punto tiene vigencia hoy en día?

–Desde un punto de vista muy europeo, en Europa y Estados Unidos hay un gran desprestigio de esa idea, unido al desprestigio de la literatura comprometida. Para mí cuando era joven, la literatura comprometida era lo peor, era literatura barata, populista, de propaganda. Lo que pienso ahora es que toda gran literatura es comprometida en la medida en que es una literatura que aspira a cambiar el mundo o que aspira a cambiar la percepción del mundo del lector. Es decir, una literatura que no es un mero entretenimiento, una literatura que es un desenmascaramiento de la realidad. En ese sentido, la literatura es revolucionaria. Y en cuanto al compromiso del escritor, eso depende mucho del país. El escritor desempeña una función social, le guste o no, y tiene una responsabilidad. Los intelectuales se han ganado a pulso el desprestigio, porque se convirtieron durante muchos años en apologistas de causas abyectas, del fascismo, del comunismo, etc. Pero eso no significa que el intelectual no tenga una responsabilidad. Yo entiendo al intelectual como el hombre rebelde de Camus, es el hombre que dice NO.

–Parece que en América Latina está vigente la idea del intelectual comprometido, hay algunos que incluso se lanzan como candidatos a la presidencia de la república.

–En Latinoamérica, el intelectual tiene más responsabilidad cuanto menos culta es la sociedad y aquí hay todavía unos grados de analfabetismo importantes y eso significa que quien tiene la palabra maneja un poder extraordinario y tiene que saber usarlo con responsabilidad. La palabra es dinamita y usarla con frivolidad es un crimen y eso lo planteo en algunos de mis libros, en particular en Soldados de Salamina, de cómo la palabra puede ser usada para provocar catástrofes pero también para lograr cosas estupendas. Y el dueño de la palabra es el escritor y tiene una responsabilidad en ese sentido; pero repito, en cada caso es distinto. Yo creo que es un hombre que es capaz de decir NO cuando todo el mundo dice sí. Esa tiene que ser la capacidad del intelectual, de pensar racionalmente, con serenidad.

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