#GüiriaDuele en cada rincón

LA HUMANIDAD · 20 DICIEMBRE, 2020 10:00

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Yohennys Briceño Rodríguez/Historias que laten

Foto por Yohennys Briceño Rodríguez, cortesía HQL

“La calle Paria, una de las más desoladas, se ha convertido en el nuevo centro de Güiria”

“Los que bajan salen rotos en lágrimas porque vienen de confirmar que su ser querido murió”

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Todo en Güiria es duelo e incertidumbre por estos días. Identificar los cuerpos de quienes naufragaron del peñero Mi recuerdo, esperar si se es o no un familiar del próximo que encuentren flotando en el mar. Hacer vigilia y orar entre vecinos. Porque Güiria duele y mucho. A una semana de encontrarse las primeras víctimas del naufragio, una tragedia que ya suma 29 fallecidos y 8 desaparecidos, presentamos el primer trabajo de una serie que contará en profundidad la conmoción de un pueblo marcado por la migración forzada hacia Trinidad y Tobago. 

Esta cobertura especial #GüiriaDuele es producto de una alianza de periodismo colaborativo entre Efecto Cocuyo, Historias que laten, Crónica.Uno y Fe y Alegría

 

María Luisa* llevaba tres horas esperando, de pie, bajo la sombra de un árbol, cuando se enteró de que su amigo y compañero de la iglesia evangélica naufragó en el peñero que había desaparecido días antes. Su cuerpo fue uno de los primeros que encontraron flotando en la costa de Güiria, y su esposa acababa de identificarlo en el muelle 1. Viajaba en el bote Mi Recuerdo, ese que había zarpado el 6 de diciembre rumbo a Trinidad y Tobago

Es lunes y ha pasado una semana y un día desde que esa embarcación salió hacia la isla antillana que queda a unas cuatro horas de ese muelle. María Luisa sostiene a su hija de tres años mientras se frota sus ojos irritados de tanto llanto.

—¡Ay, amiga! Él habló conmigo antes de irse. Ahora que lo pienso hablamos tanto que pareció una despedida. Hasta me dejó un mensaje para su esposa. 

Frente al muelle, amontonados bajo el mismo árbol, y deambulando por la calle Paria de Güiria hay decenas de personas que esperan noticias de familiares y amigos, como María Luisa. Ella es morena y menuda, lleva su cabello recogido con un gran moño, y a sus 36 años tiene otros dos hijos además de la pequeña que sostiene en brazos. Su esposo migró a Trinidad hace dos años y los espera allá. Está sudando a chorros, y aunque ya se acerca el atardecer, el calor sigue picando en esta costa del oriente. 

—Yo me iba ayer para Trinidad. Iba a llevar conmigo a mis tres hijos. ¡Imagínate! Cuando nos enteramos de lo que había pasado con ese peñero que estaba desaparecido, decidimos cancelar todo. 

La calle Paria, que suele ser una de las más desoladas, se ha convertido en el nuevo centro de Güiria, un pequeño pueblo pesquero en el noreste de Venezuela, en la Península de Paria del estado Sucre. Al final de esa calle queda el muelle 1, luego de pasar la sede de la Guardia Costera, el hotel Eco Inn y en una esquina, al costado este, la casa de dos pisos donde funciona la Zona Operativa de Defensa Integral Marítima e Insular, conocida en el pueblo como la Zodi Marítima.

#GüiriaDuele en cada rincón

La comunidad está de luto. Foto: Yohennys Briceño Rodríguez

Es la calle más transitada en estos días por los güireños que van y vienen desde que se enteraron que habían hallado el cuerpo de una mujer a casi siete millas náuticas (13 kilómetros) de la costa del pueblo, la noche del sábado 12 de diciembre, y antes de que se difundiera la noticia por la prensa la mañana siguiente. Luego fueron apareciendo más cuerpos flotando, uno a uno los estaban llevando a ese muelle, base de operaciones de la Guardia Costera. 

La costa no puede verse desde la avenida pues la estructura de los muelles y la maquinaria deteriorada bloquean la visual. Pero basta con caminar un poco, unos 500 metros hacia los desembarcaderos, para escuchar las olas chocar contra el malecón de enormes piedras que protegen al pueblo. Al mar de Güiria lo envuelven las aguas del río Orinoco que desembocan por el Delta, una fusión de corrientes muy particular que caracteriza a esta costa caribeña. 

Todo en esta postal con un paisaje tan paradisíaco ha cambiado en los últimos días por la conmoción de un nuevo naufragio. En un lunes distinto a éste, muchos estarían conversando frente a los porches de sus casas, haciendo alguna diligencia, comprando víveres o trabajando. 

El güireño es un gentilicio de piel bronceada, de risa bulliciosa y dicharachero. Pero desde la noticia del naufragio, nadie está para contar chistes. Muchos se encontraron hoy bajo el árbol, al final de la calle Paria. Algunos están rodeando a una señora sentada en una silla plástica color verde y descolorida por el sol, que alguien le prestó. Con caricias en los hombros y el cabello intentan consolarla porque a ratos llora, gime, se desvanece y se inclina hacia el frente para gritar, con las manos en el pecho: “¡Mi hijita!”. 

La señora acaba de identificar el cadáver de su única hija entre un grupo de los primeros cuerpos que fueron encontrados flotando en el mar. 

Hasta ayer, 19 de diciembre, han aparecido 29 personas sin vida, incluidos cuatro niños: Dariangelys Martínez Rausseo, de 2 años; Analize Martínez, de 6 años; Dylan Astudillo, de 3 años; y Daniel Eduin Patinez, de 8 años, según datos difundidos por la Fiscalía General de la República.

Reconocer a sus muertos 

María Luisa no pudo quedarse en su casa después de enterarse de que su amigo estaba desaparecido. Desde que él zarpó de la costa de Güiria no había tenido información de su paradero y estaba preocupada. Hasta que ese día se enteró de que lo habían encontrado muerto en el mar.

—Enterarme de eso fue una cosa aterradora. Una cosa que me quemó por dentro. No sabía qué pensar ni qué decir. No sabía si gritar o llorar. Fue espantoso. 

Después de pasar tres horas parada bajo la sombra del árbol junto a su hija Virginia*, aún se sobresalta cuando escucha los gritos de los presentes contando que un familiar o conocido también iba en ese peñero.

A todos, cada vez que tenía la ocasión, les decía: “Dios te bendiga”. 

En ese rincón, la gestualidad se repite como en un espejo: rostros desconsolados, en silencio, y por momentos gritos de furia hacia los funcionarios de la Guardia Nacional que custodiaban la Zodi, o el personal de la Gobernación de Sucre, quienes esperaban en las afueras, mientras el gobernador Edwin Rojas se reunía con el alcalde de Güiria, Ander Charles. 

Familiares exigen que continúen labores de rescate. Foto: Yohennys Briceño Rodríguez

Muchos claman para que alguna autoridad brinde más información. La gente sigue gritando para que les entreguen a sus familiares fallecidos. Quieren darle cristiana sepultura.

—De aquí no me voy a salir. Ustedes quieren que nos vayamos para llevarse a nuestros familiares. No lo vamos a permitir –exclama una de las mujeres desde el árbol. 

Una morena robusta aprovecha la multitud para vender café de un termo, le sirve un vaso a la señora sentada en la silla de plástico que de nuevo parece desvanecerse. Alguien más le ofrece un vaso de agua fría. Después otra mujer se acerca y le da un abrazo. Ambas lloran con desesperación. 

De repente, la escena se interrumpe con la llegada de un autobús blanco que se estaciona frente a la Zodi. Entonces todos voltean a ver quién desciende. 

Aquel bus hizo varios viajes de ida y vuelta desde que aparecieron los primeros fallecidos. Recogía frente a la sede de la Zodi a los familiares de las personas desaparecidas para trasladarlos hasta el final de la calle Paria.

Al área del muelle 1 sólo puede entrar el personal del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc), de los bomberos y de Protección Civil, además de los familiares autorizados de los desaparecidos. 

Cada vez que el autobús regresa del muelle, varios corren hasta donde se estaciona. Los que bajan salen rotos en lágrimas porque vienen de confirmar que su ser querido murió en el mar. 

 María Luisa de repente se aleja de esa escena:

—Esto es horrible, chama. Uno quiere salir de aquí para darle un mejor futuro a sus hijos y pasa todo esto. Yo investigué mucho antes de decidir irme. Y después de buscar y buscar, encontré a un muchacho que tenía un bote grande, con salvavidas y motores casi nuevos. Pero después de esto siento que nada es seguro. 

El sueño truncado

Migrar en peñero hacia Trinidad y Tobago se ha vuelto muy común entre los güireños. Desde el año 2018, ese viaje se ha convertido en la decisión más típica entre los jóvenes y muchas familias. Se arriesgan a navegar en alta mar y en embarcaciones precarias, buscando mejores condiciones de vida para ellos y sus familiares. 

Muchos han llegado a salvo a su destino. Pero otros han desaparecido o los han encontrado muertos tras un naufragio. Como le pasó al compañero de iglesia de María Luisa. 

Después de enterarse de su muerte, ella desistió de la idea de reencontrarse con su esposo en Trinidad. Al menos por el momento.

—Decidí que es mejor no irnos y esperar a ver la conducta que tomarán ambos países sobre esta situación. 

Trinidad y Tobago se encuentra a 138 kilómetros de la costa de Güiria. Es más rápido llegar hasta Trinidad (cuatro horas y media), que a la capital del estado Sucre, Cumaná (6 horas), aunque el viaje sea peligroso (travesía por fuertes corrientes marinas y oleaje) y costoso (se necesitan alrededor de 300 dólares). Por eso, para los güireños y otros sucrenses sigue siendo la opción más viable para migrar, pues descartan traspasar las fronteras por Colombia o Brasil. 

La mayoría de las personas que han salido desde Güiria conocen a los capitanes de los peñeros y les ofrecen pagarle el precio del pasaje una vez que hayan recibido su primer pago en Trinidad. Es un acuerdo común y la única posibilidad de muchos de migrar a otro país.

Las salidas son clandestinas, en botes ilegales y por poblados costeros aledaños a Güiria como Las Salinas, El Rincón y Río Salado. 

En 2011, el Instituto Nacional de Estadística indicaba que el municipio Valdez, del que Güiria es la capital, tiene 40.000 habitantes. Pero casi todos los güireños con bajos ingresos, que son mayoría, tienen a uno o varios familiares en Trinidad y Tobago. La migración ha ido “vaciando” al pueblo, como comentan algunos allí. Algunas autoridades municipales aseguran, extraoficialmente, que en este pueblo no habitan ahora más de 25.000 habitantes.

En la Plataforma de Coordinación para Refugiados y Migrantes de Venezuela (R4V), en su reporte más actualizado de diciembre de 2020, se puede verificar que el número de migrantes venezolanos en Trinidad y Tobago suman aproximadamente 24.000 personas. De ese total, se calcula, según un reporte de la OIM, que al menos 20.000 deben ser migrantes provenientes de Güiria y de otras poblaciones cercanas del Golfo de Paria como Macuro, Mapire, Río Grande, Juan Diego, Irapa, e incluso de otras de zonas de Sucre como Cumaná y Carúpano. 

Unidos en el luto

Las actividades familiares y la vida nocturna en Güiria siempre sucedían en la plaza Bolívar. Ese era el punto de encuentro para entretenerse en familia, con amigos, bailar o tener una cita. 

La iglesia se llenó el 14 de diciembre. Foto: Yohennys Briceño Rodríguez

Pero el lunes 14 de diciembre, la plaza y sus alrededores estaban repletos de personas que se aglomeraron para otro fin: acercarse al templo de la Parroquia Inmaculada Concepción para participar en la vigilia en honor a las víctimas. Los familiares de los fallecidos iban con prendas negras, otros vestían camisas blancas. Y todos llevaban una vela encendida en las manos y el duelo en sus ojos. 

Llegaban allí desde distintos rincones del pueblo, y el tumulto era mayor que lo que se ve en cualquier Carnaval. De todas las casas de Güiria salía alguien en dirección a la plaza para llegar antes de las seis de la tarde, hora en la que estaba prevista la misa convocada por Cáritas y Fe y Alegría, y oficiada por el Obispo de Carúpano, Jaime Villarroel. 

No todos habían perdido a un familiar, pero muchos perdieron a un amigo o un vecino en esa tragedia. Frente a la iglesia, mientras esperaban a que terminara la misa, frases como éstas se repetían: “ella estudió conmigo”, “ese niño jugaba béisbol con el mío”, “esa gente tuvo que haberse volteado del lado de acá, del sur, para poder varar ahí”, “¡claro! Y más en estas fechas que ese mar se pone bravo”. 

Decenas de personas esperaban afuera porque los 150 asientos de los bancos del templo estaban ocupados y muchos se apiñaron en los pasillos para escuchar el acto religioso de pie. 

Habían pasado tres días desde que encontraron el primer cuerpo ahogado, y hasta ese momento, se habían identificado 21 fallecidos en el naufragio.

María Luisa vivía alejada del centro del pueblo y de la plaza. No tenía con quién dejar a sus pequeños de 3, 7 y 11 años. Por eso no pudo asistir a la vigilia. Por eso no vio cómo la primera vela ayudó a encender a todas las demás en un efecto dominó. Tampoco cómo las candelas iluminaban como luciérnagas las calles oscuras de Güiria (que suelen ser muy sombrías por las fallas en el alumbrado público). 

Con velas recordaron a las víctimas. Foto: Yohennys Briceño Rodríguez

El pueblo entero se movilizó. Nunca antes se había visto una reunión de esas dimensiones, una comunidad entera unida en el luto. Uno de los comerciantes chinos del pueblo llegó en una camioneta y le obsequió velas a todos para que las usaran durante el recorrido. Muchos niños también participaron y sostenían dentro de un vaso de plástico las velas que sus madres le entregaban.   

Al concluir la misa, con la imagen de la Inmaculada Concepción al frente, el pueblo entero partió en procesión en un recorrido que atravesó las calles Bolívar, Turipiari, Vigirima y Paria, hasta regresar nuevamente a la Plaza Bolívar. 

El pueblo entero partió en procesión al finalizar la misa. Foto: Yohennys Briceño Rodríguez

En hojas blancas pegadas sobre las paredes de la entrada de la iglesia, se leían los nombres impresos en letras negras y mayúsculas de los fallecidos que hasta ese momento habían sido identificados. El lugar se transformó en un altar. Cada güireño culminó la procesión colocando en el piso su vela encendida a modo de ofrenda en memoria de sus paisanos muertos.

La incertidumbre continúa

Al día siguiente de la vigilia, frente a la sede de la Zodi, varios pescadores conversaban con uno de los diputados recién electo ese 6 de diciembre cuando Mi recuerdo zarpó. 

—Ya viene una gandola de gasolina por ahí –prometió el diputado a los pescadores—. Nos faltan más embarcaciones para cubrir el otro lado, el lado de Yoco para allá.

—Para allá vamos a ir nosotros, pero necesitamos la gasolina –respondió uno de los del Comité de pescadores artesanales que exigían al diputado combustible para poder continuar la búsqueda de las demás víctimas del naufragio. 

A metros de allí, decenas de güireños seguían esperando noticias bajo la sombra del árbol que cobija y los protege del sol. El mismo lugar donde estuvo parada María Luisa el día anterior, y donde contó que uno de sus tres hijos tiene discapacidad auditiva. Esa fue una de las razones que la motivaron a preparar su viaje para migrar a Trinidad en peñero con sus tres hijos.  

Mucha gente sigue con la idea de irse de la misma manera en que se fue mi amigo. Como las cosas acá están tan costosas, no nos queda otra opción. 

*Los nombres reales de María Luisa y su hija fueron cambiados para proteger la integridad de ambas