La educación en las fronteras está en emergencia

LA HUMANIDAD · 7 SEPTIEMBRE, 2019 11:10

Guerrilla, contrabando y deserción amenazan educación en la frontera (I)

Texto por Isabella Reimí │@isabellareimi Fotos por Iván E. Reyes

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La educación en la frontera venezolana está en emergencia.  En los estados que limitan con Colombia, los estudiantes son más vulnerables a abandonar el sistema educativo que en el resto de las regiones del país, pues aunque existen las mismas trabas como el deterioro del transporte público y el mal funcionamiento de los servicios de luz, agua y gas, la oportunidad de migrar al país vecino y la tentación de unirse al contrabando, se hacen latentes.

En marzo del 2019 la Organización de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef, por sus siglas en inglés) arrancó el programa “Todos y todas a las escuelas” en planteles de Fe y Alegría de Táchira, Zulia y Bolívar, estados que son foco de la misión de esta agencia de la ONU en Venezuela.

El propósito principal de este programa es garantizar la permanencia escolar de los niños en las aulas, para proteger su derecho a la educación. También tiene el objetivo capacitar al personal docente de las escuelas, para que pueda adquirir herramientas de manejo psicoemocional y transmitirla a los alumnos.

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Fe y Alegría trabaja con psicólogos y promotores educativos en cada uno de los centros, que se guían con la metodología de recreación de la Unicef y se vale de sus recursos.

En la región “Frontera”, conformada por los estados Táchira y el Alto Apure, seis escuelas pertenecen al programa. Una de educación integral y cinco escuelas agropecuarias. “Todos y todas a las escuelas” comenzó en el mes de marzo de 2019, pero fue en mayo que comenzó a ser implementado en estas dos regiones.

Pero los riesgos están latentes. Fundaredes, una organización destinada al monitoreo del sistema educativo con especial atención a las fronteras, denunció ante el Ministerio Público que grupos como las Farc y el ELN captaban niños en la frontera colombo-venezolana a través de una supuesta fundación destinada a la entrega de útiles escolares.

Su director, Javier Tarazona, viene advirtiendo de este tipo de hechos desde hace varios años y la última queja la presentó a finales del mes de agosto.

Aunque estos casos hacen ruido, los alumnos promedio no están unidos a grupos armados; sin embargo, muchos participan en actividades ilícitas como el contrabando de gasolina, de acuerdo con María Antonieta Velandia, directora de la escuela agropecuaria Rubén Darío Mora, en Táchira.  “Uno los intenta convencer de que no lo hagan, pero también entiende que lo hacen por la misma necesidad”, dijo.

Migración forzada

Migrantes cruzan desde San Antonio de Táchira a  Cúcuta. Foto del proyecto Venezuela a la Fuga

Para Velandia, el programa en su escuela se esfuerza por transformar el pensamiento de los estudiantes, al educarlos y motivarlos a emprender. Con sus distintas actividades recreativas, integran los aprendizajes pedagógicos al trabajo, en este caso, la producción de alimentos. El reto mayor es que la mayoría de los estudiantes cuestiona si estudiar vale la pena.

Ana Buitrago, directora de la Escuela Simón Rodríguez en Alto Apure, dijo que en su plantel la comunidad es aliada de la escuela. Los vecinos, que monitorean las actitudes de los muchachos, le reportan a los profesores cuando ven a algún joven “en malos pasos”.

Cambiando pan por gasolina

Para los educadores venezolanos no es un secreto que los estudiantes asisten a clases cuando se les garantiza alimentación, y se ven excluidos de la educación cuando tienen que trabajar para asegurarse el pan de cada día. Esto sucede, aunque la escuela tenga el programa pedagógico más avanzado.

Aunque Unicef no proporciona las comidas de los niños, como parte de los kits educativos que reparte en los planteles, Fe y Alegría procura llevar los programas de alimentación a sus escuelas que no son atendidas por el Estado en esta materia, por lo cual algunas de estas instituciones cuentan comedores.

En la escuela de Buitrago el comedor se sustenta mediante la ayuda de empresas privadas, que aunque han ayudado a bajar los índices de desnutrición en sus alumnos, no pueden evitar que la desnutrición sea alta, ya que solo le garantizan una comida al día.

“Cuando los alumnos se regresan a sus casas, no tienen que comer”.
Este progreso se ha hecho notar ya que, por instrucciones de Fe y Alegría, debido a la crisis económica que se agrava en el país, las escuelas que pesaban anualmente a sus alumnos, ahora deben hacerlo mensualmente, dijo la directora.

San Isidro Labrador, en Orope, Táchira, tiene una mayor suerte. Sus índices de desnutrición son nulos, en vista de que cuentan con un programa de alimentación patrocinado por el Consejo Noruego para los Refugiados, que se complementa con la producción agrícola de los estudiantes en esta escuela técnica.

Sin embargo, por su cercanía a la frontera fue uno de los planteles con más abandono en el período escolar pasado, al cerrar con poco más de la mitad de sus alumnos, ya que muchos migraron a Colombia.

El padre jesuita, Jesús Andrés Duarte Moreno, director de este plantel, valora estas actividades impulsadas por el programa como positivas. Está de acuerdo con que la educación debe cambiar, y a partir de la Unicef ha concluido que “hay muchas maneras hoy de incentivar al chamo a estudiar. La educación en Venezuela está en emergencia”, asevera, “y eso es responsabilidad del Ministerio de Educación. Pero nosotros tenemos que ver cómo rescatamos el verdadero valor de lo humano, desde la fe, la educación y el amor”.

La deserción de profesores

Si en los estudiantes existe la tentación de migrar o unirse a la economía informal, en sus docentes también. Ser educador no es fácil por todas las limitantes económicas que les impiden incluso llegar a la propia escuela, según Mariela Chacón, coordinadora de Todos y todas a las escuelas en la frontera.

“La frontera es muy atractiva por la movilidad y todo lo que se pueda vender. Es muy atractivo para el docente que se pueda ir a lucrar en la frontera del Alto Apure”, dijo.

Se refería al caso de una de las escuelas apureñas, donde había 51 vacantes de los 75 docentes que alguna vez conformaron la nómina. Ahora, solo cuentan con 14 educadores para cubrir una matrícula de 214 estudiantes.

Debido a que los docentes de Fe y Alegría tienen salarios subvencionados por el Ministerio, desde sesenta mil hasta cien mil bolívares soberanos, es decir, de tres a cinco dólares, muchos dependen de otras actividades económicas que realizan en su tiempo extra.

“Me estoy rebuscando arreglando zapatos, me estoy rebuscando arreglando uñas”, confesó la coordinadora.

“Todo lo que nos podamos rebuscar nos queda mucho mejor, pero a pesar de que estemos ganando poco, estamos garantizando una educación de calidad, con todas las estrategias de innovación educativa” dijo Chacón.