En Petare ya no existe el miedo al COVID-19, dicen sus transeúntes

LA HUMANIDAD · 22 MAYO, 2021 11:02

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Albany Andara Meza | @AlbanyAndara


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La vendedora de frutas estornuda y se tapa la nariz húmeda con la mano derecha. Se estruja el tabique descubierto y con la misma mano sigue escogiendo seis kilos de mangos para un cliente distraído cuyo tapabocas cuelga de una oreja. Los guarda todos en varias bolsas. El precio final a pagar es de 1$.

El cliente saca un billete arrugado de su bolsillo. “Ese no, papi, ese no me lo aceptan después”, responde ella. Se llama Kaylis, tiene 29 años y vende  informalmente al final de la calle Libertad de Petare, desde que su mamá murió en noviembre de 2020. 

“Pero no se murió por COVID. Le dio fue un paro. Aunque en el hospital nos dijeron que salió positiva. Pero creo que es mentira, porque nadie en la casa tuvo COVID después”, dice.

Tiene un niño de seis años que corre a sus anchas con otros chiquillos por la amplia redoma de Petare, atestada de gente que camina rápido, hombro con hombro, en medio del calor de la mañana del 19 de mayo. Es semana de cuarentena radical en Venezuela.

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Kaylis se suena la nariz con tela de su propia blusa. Termina de darle las bolsas con mangos al cliente y se sienta en un banquito a observar la calle. Frente a ella, un funcionario de la Policía Nacional Bolivariana revisa su celular con el tapabocas debajo de la barbilla. Kaylis no sabe dónde está su propia mascarilla. Piensa que su hijo se la llevó para jugar y le resta importancia. 

La cuarentena en Petare se rige con reglas propias. Se trata del barrio más grande de América Latina y uno de los más violentos de Venezuela. Pertenece al municipio Sucre y se levanta al este de la ciudad de Caracas, laberíntico y lleno de contrastes. El miedo al COVID-19 parece haber desaparecido allí: diez, veinte, treinta, cuarenta puestos de frutas, ropa, productos básicos y artículos de segunda mano están acomodados uno al lado del otro en las aceras.

Hace calor y solo unos pocos vendedores, sobre todo los más ancianos, llevan puestos los cubrebocas obligatorios. 

La semana radical en Petare

La cuarentena radical en Venezuela se produce por semana. Esto forma parte del esquema 7 + 7 implementado por el gobierno de Nicolás Maduro con el fin de parar los contagios por el COVID-19.

De acuerdo con lo planteado por el régimen, cada mes se permiten de manera intercalada dos semanas de jornadas flexibles de movilidad y empleo y otras dos semanas con normas radicales, en los que se restringen los horarios y no se les autoriza a los negocios laborar después del mediodía o las 2:00 p. m. Estas semanas se alternan durante el mes. 

Pero la cuarentena en Petare es singular. Los días de semana radical, la Policía Nacional Bolivariana se encarga de que se cumplan las normas y los comerciantes recojan su mercancía a las 12:00 p. m. en la redoma. Sin embargo, poco después de las 2:00 p. m., cuando ya no hay patrullas, los puestos vuelven a abrir y algunos permanecen hasta las 5:00 p. m. si el clima lo permite y los funcionarios no regresan. 

“Necesitamos trabajar todo el día. Nadie hace plata trabajando solamente en la mañana. A veces no hago ni 1$ para el mediodía. ¿Cómo llego a mi casa sin real?”, exclama Fanny García, que se dedica a vender pilas usadas de teléfonos y viejos cables USB que muestra desde una sábana desgastada en el suelo.

“De algo hay que morirse”

De acuerdo con el último censo que se realizó en Venezuela, en 2011 convivían poco más de 372.616 habitantes en Petare. El 62 % de la población del municipio Sucre de Caracas. Hoy en día, las calles petareñas principales son bulliciosas y difíciles de recorrer; caminar es una suerte de ejercicio en el que debes estar alerta para no tropezar con nadie.

Según el Ministerio de la Salud, para el 18 de mayo (día en que se realizaron las entrevistas) Caracas contaba con 32 nuevos contagiados con COVID-19, por debajo de Miranda que contabilizó 33. En total, en Venezuela se detectaron 1.188 casos nuevos para un total de 217.603 casos registrados en el país. Pero estas cifras no significan nada para algunos petareños, en especial para aquellos que trabajan en el comercio informal.

Neida Polo es enfermera de profesión, nació en el barrio 5 de Julio pero vive en Barlovento. Decidió devolverse temporalmente a su casa materna para comenzar a vender tapabocas y perfumes de imitación cerca de la estación de metro de Petare. Asevera que no piensa estar en primera línea contra el virus debido a su sueldo. 

“Me vine para Caracas con 2$, básicamente un salario mínimo. Eso fue lo que pagué de pasaje desde Barlovento. Llegué, como quién dice, limpia. Ser enfermera en este país ya no da y una tiene que trabajar de lo que sea para comer”, comenta. El sueldo mínimo integral venezolano se ubica en 10 millones de bolívares, aproximadamente 3,25 dólares al cambio del día. 

Neida es un mujer morena de mediana edad, lleva una red en el pelo y el cubrebocas bien puesto. “Doy 3 por 1$ o al cambio en bolívares. Pero en efectivo, porque punto no tengo”, aclara. Los diseños en las telas varían: flores, personajes de dibujos animados y estampados militares.

“Aquí nadie se cuida, tú ves a todo el mundo con el tapabocas guindando. A veces se lo ponen cuando los regaña la policía”, puntualiza Neida. 

Una cuadra adelante, Deniré Rodríguez, de 25 años, vende pastillas anticonceptivas en 5$. Es solo una de las ocho jóvenes que se acomodan frente al elevado de Petare ofreciendo inyecciones y pastillas de emergencia al mismo precio. Deniré lleva la cara descubierta. El tapabocas va guardado en el bolsillo de sus jeans desteñidos. 

Dice que no tiene miedo al COVID-19. 

“Eso es mental, chama. Y si me da, de algo hay que morirse”, murmura. “Si no me vas a comprar, dame permiso que me tapas la vista. Sí, todo en dólares. Aquí todo el mundo vende en efectivo. ¿Vas a querer algo?”, entorna los ojos y hace un gesto de despedida con la mano. Una mano sin guante, naturalmente.  

Trabajar y contagiarse o morir de hambre

La calle Libertad de Petare está llena de puestos de frutas, carne y productos básicos sacados de la caja CLAP. Todo se vende a gritos, incluso las tripas y los huesos del pollo. Sobran las moscas y falta espacio para moverse. Los mototaxistas le silban a las adolescentes en faldas cortas y en el aire se respira un cumulo de aromas dulzones y olores de alcantarilla. 

Un hombre de tercera edad permanece sentado en una silla de plástico al lado de la parada de autobuses que llevan hasta la zona 9 del barrio José Félix Ribas. Sostiene una caja de madera entre las rodillas. Dentro hay cigarrillos detallados, yesqueros y caramelos.

Tiene 82 años y se llama Humberto, pero dice que su esposa lo llamaba Beto. Ella, la señora Cecilia, murió en febrero de 2021 a causa del COVID-19.

“Yo siempre me pongo a vender por aquí. Porque ir a buscar la pensión es muy difícil. Antes tenía a un sobrino que me acompañaba, pero se fue a Colombia y ya no sé nada de él. Yo acepto bolívares, no me tienes que pagar en dólares. Lo que sea para comprar una harina PAN o una canilla en la panadería de allá abajo”, expresa. Dos tapabocas llenos de polvo le cubren la mitad del rostro, solo se asoman un par de ojos azules y vidriosos. 

“Ahora uno tiene que elegir cómo morirse, mija. O trabajas o te mueres de hambre. Yo no me quiero morir de hambre; eso debe ser muy feo. A veces me gustaría haberme ido con Cecilia, pero no me dio esa enfermedad. Ella estaba en Guarenas cuando se murió. Ni siquiera la pude ver”, cuenta.

El dólar es la forma de pago favorita de los vendedores informales en Petare. Arrugan el rostro cuando los clientes les preguntan si tienen punto de venta y suelen cobrar más caro en bolívares. Prefieren la moneda estadounidense y, a diferencia de otras zonas de Caracas, siempre consiguen cambio para devolver a los compradores. 

“A veces yo pido fiada una harina por aquí cerca y cuando logro reunir el dólar, voy y la pago”, finaliza Humberto.

La calle principal de José Félix Ribas

Al igual que en Petare, en la calle principal de José Félix Ribas hay que moverse rápido. La gente se aglomera en las decenas de puestos de comida y productos de primera necesidad. Los transeúntes se quitan el cubrebocas por el calor y las patrullas recorren el sitio. Es el mediodía del 19 de mayo.

Luis Cardozo, de 21 años, se mantiene tranquilo en su silla de ruedas. Espera que algún policía le diga algo para recoger sus productos. “Igual me voy a poner de nuevo en un rato, ellos ya no vuelven en la tarde”, explica. 

Frente a él, una mujer vestida de rosa lo mira por largo rato. “Deberías ponerte el tapabocas”, lo amonesta. “Me das un aceite, porfa. Ponte el tapabocas, niño. Los únicos que no se contagian de COVID-19 son los pastores. Ellos están protegidos por Jehová”, finaliza.

Se llama Carmen y pertenece a la Iglesia Cristiana. Tiene 42 años. “Yo me contagié, pero el pastor que fue a orar por mi no. Ellos están blindados por la fe. Por eso uno si tiene que llevar tapabocas y ellos no”, asegura con ahínco. Paga 2$ en efectivo y se va. 

Luis la observa irse. Una funcionaria de la policía se baja de la patrulla a tres metros. El sol calienta en lo alto. Los comerciantes contemplan con aburrimiento a la PNB que comienza a ordenar el desalojo del área.

“Otra vez lo mismo”, murmura Cardozo. “Todos los días igual: si no es de COVID, me voy a terminar enfermando del fastidio”.