El Castaño: la tragedia se anunció con olor a jungla y barro

LA HUMANIDAD · 18 OCTUBRE, 2022 11:50

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Soraya Borelly Patiño

Foto por Soraya Borelly Patiño

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El sol de mediodía maracayero quemaba en la piel. Nada presagiaba que la enorme nube oscura que literalmente se estacionó sobre el parque nacional Henry Pittier traería consigo la tragedia. Ni siquiera estaba lloviendo. La vida transcurría con normalidad. Los niños en las escuelas, los padres en sus trabajos. En segundos el cielo se oscureció y un penetrante olor a humedad y jungla penetró en nuestros hogares.

Desde mi pórtico escuchaba a mi vecina gritar hacia la calle. Todos preguntaban qué estaba sucediendo. Una vecina me envió un WhatsApp alertándome sobre la posible ruptura del dique en Corozal (versión que desmintió este martes el alcalde de Maracay). “Agarra documentos, todo lo de valor y corre, corre”, remató en el mensaje.

Salí a mi puerta y todos los vecinos estaban en medio de la calle. Nadie sabía nada. Tan sólo se escuchaba en dirección a Las Delicias un rugido, como si un tractor gigantesco estuviera destrozando todo a su paso.

Yazmín, la líder del Clap, me pidió que la acompañara al río a desalojar a una señora de la tercera edad. Cuando vi el bramar de aquel río convertido en una enorme masa de lodo, que arrastraba piedras y árboles, comprendí que me encontraba en el centro de un deslave.

Lea más en: Río Corozal y El Castaño se desbordan en Maracay y causan estragos en la zona norte de la ciudad

Qué se vivió en El Castaño

Los vecinos en el otro lado de la quebrada, en La Pedrera, filmaban con sus celulares. El cuerpo de una persona pasó por debajo de la pasarela seguida de varias bombonas de gas. Preferimos alejarnos del río o correr hacia la avenida Las Delicias.

Allí el escenario era dantesco. No se veía el pavimento, tan sólo un caudal de lodo por el que vehículos a alta velocidad se desplazaban desde El Castaño con dirección a la redoma de El Toro. Una unidad del Cuerpo de Bomberos alertaba sobre el peligro que corríamos.

Contrario a lo que todos hacían, enrumbé mis pasos hacia El Castaño. Tomé mi celular, llamé a Josefina Rugiero y posteriormente a Fernand Hernández, ambos periodistas de medios nacionales y regionales. Mientras hablaba con Josefina una oleada de barro pasó a escasos metros de donde me encontraba. Corrí hacia una cerca y me aferré a ella como pude.

Luego, acompañada de bomberos, policías, voluntarios y vecinos decidí llegar lo más alto que pude, recopilando fotos, testimonios, videos de una tragedia que se desarrollaba frente a mis ojos, una tragedia que no era ajena, mi casa y mi integridad también estaban en peligro.

Tres fallecidos, cinco desaparecidos y 50 familias afectadas es el balance preliminar en El Castaño. Foto: Soraya Borelly Patiño

El lodo lo cubrió todo

Fue sorprendente la manera casi inmediata en la que los cuerpos de seguridad actuaron. Grabando un video, alguien a mi lado tocó mi hombro, era el secretario de Gobierno del estado Aragua, quien se abría paso en el lodo al igual que yo. Por ocasiones me brindó su mano impidiendo que fuera arrastrada por la corriente.

A cada paso la devastación era evidente. Vehículos arrastrados por la corriente, los vecinos con celulares en mano en las casas de sus viviendas. Al llegar a la Casa Apure el lodo llegó a mis muslos. Me abría paso entre los troncos. Lo más curioso de todo es que a pesar de la humedad no llovía torrencialmente, caía una suave llovizna, casi imperceptible.

Pude tan sólo llegar hasta la entrada de la urbanización El Castaño. Una funcionaria del Cuerpo de Bomberos se encontraba atascada en un enorme hueco, una de sus piernas estaba siendo succionada. Sus compañeros hacían esfuerzos por rescatarla. Era imposible continuar el ascenso y la noche se acercaba.

Sirenas y helicópteros

Postes de electricidad y enormes guayas impedían el paso. Decidí retornar. Mi camino de regreso fue aún más complicado. Ahora era un río de gente que trataba de llegar a sus hogares, todos se habían enterado en sus trabajos de la tragedia. Las conversaciones giraban en torno a la salud de familiares, en ubicar el paradero de seres queridos.

La noche cayó. El silencio era perturbado por las sirenas y helicópteros. Con el sol salimos a barrer nuestras calles, a despejar vías, a cortar ramas, a cocinar para nuestros vecinos. Hoy somos un pueblo solidario, aportando nuestro hombro para juntos salir de la tragedia. El olor a barro y selva mojada persiste, ese mismo olor que llegaba a mi casa en Los Frailes de Catia durante el deslave de La Guaira, un olor conocido, el olor que anuncia que la muerte anda suelta en la forma del agua.

Si quieres saber más sobre este tema, lee también:

LA HUMANIDAD · 29 NOVIEMBRE, 2022

El Castaño: la tragedia se anunció con olor a jungla y barro

Texto por Soraya Borelly Patiño
Foto por Soraya Borelly Patiño

El sol de mediodía maracayero quemaba en la piel. Nada presagiaba que la enorme nube oscura que literalmente se estacionó sobre el parque nacional Henry Pittier traería consigo la tragedia. Ni siquiera estaba lloviendo. La vida transcurría con normalidad. Los niños en las escuelas, los padres en sus trabajos. En segundos el cielo se oscureció y un penetrante olor a humedad y jungla penetró en nuestros hogares.

Desde mi pórtico escuchaba a mi vecina gritar hacia la calle. Todos preguntaban qué estaba sucediendo. Una vecina me envió un WhatsApp alertándome sobre la posible ruptura del dique en Corozal (versión que desmintió este martes el alcalde de Maracay). “Agarra documentos, todo lo de valor y corre, corre”, remató en el mensaje.

Salí a mi puerta y todos los vecinos estaban en medio de la calle. Nadie sabía nada. Tan sólo se escuchaba en dirección a Las Delicias un rugido, como si un tractor gigantesco estuviera destrozando todo a su paso.

Yazmín, la líder del Clap, me pidió que la acompañara al río a desalojar a una señora de la tercera edad. Cuando vi el bramar de aquel río convertido en una enorme masa de lodo, que arrastraba piedras y árboles, comprendí que me encontraba en el centro de un deslave.

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Qué se vivió en El Castaño

Los vecinos en el otro lado de la quebrada, en La Pedrera, filmaban con sus celulares. El cuerpo de una persona pasó por debajo de la pasarela seguida de varias bombonas de gas. Preferimos alejarnos del río o correr hacia la avenida Las Delicias.

Allí el escenario era dantesco. No se veía el pavimento, tan sólo un caudal de lodo por el que vehículos a alta velocidad se desplazaban desde El Castaño con dirección a la redoma de El Toro. Una unidad del Cuerpo de Bomberos alertaba sobre el peligro que corríamos.

Contrario a lo que todos hacían, enrumbé mis pasos hacia El Castaño. Tomé mi celular, llamé a Josefina Rugiero y posteriormente a Fernand Hernández, ambos periodistas de medios nacionales y regionales. Mientras hablaba con Josefina una oleada de barro pasó a escasos metros de donde me encontraba. Corrí hacia una cerca y me aferré a ella como pude.

Luego, acompañada de bomberos, policías, voluntarios y vecinos decidí llegar lo más alto que pude, recopilando fotos, testimonios, videos de una tragedia que se desarrollaba frente a mis ojos, una tragedia que no era ajena, mi casa y mi integridad también estaban en peligro.

Tres fallecidos, cinco desaparecidos y 50 familias afectadas es el balance preliminar en El Castaño. Foto: Soraya Borelly Patiño

El lodo lo cubrió todo

Fue sorprendente la manera casi inmediata en la que los cuerpos de seguridad actuaron. Grabando un video, alguien a mi lado tocó mi hombro, era el secretario de Gobierno del estado Aragua, quien se abría paso en el lodo al igual que yo. Por ocasiones me brindó su mano impidiendo que fuera arrastrada por la corriente.

A cada paso la devastación era evidente. Vehículos arrastrados por la corriente, los vecinos con celulares en mano en las casas de sus viviendas. Al llegar a la Casa Apure el lodo llegó a mis muslos. Me abría paso entre los troncos. Lo más curioso de todo es que a pesar de la humedad no llovía torrencialmente, caía una suave llovizna, casi imperceptible.

Pude tan sólo llegar hasta la entrada de la urbanización El Castaño. Una funcionaria del Cuerpo de Bomberos se encontraba atascada en un enorme hueco, una de sus piernas estaba siendo succionada. Sus compañeros hacían esfuerzos por rescatarla. Era imposible continuar el ascenso y la noche se acercaba.

Sirenas y helicópteros

Postes de electricidad y enormes guayas impedían el paso. Decidí retornar. Mi camino de regreso fue aún más complicado. Ahora era un río de gente que trataba de llegar a sus hogares, todos se habían enterado en sus trabajos de la tragedia. Las conversaciones giraban en torno a la salud de familiares, en ubicar el paradero de seres queridos.

La noche cayó. El silencio era perturbado por las sirenas y helicópteros. Con el sol salimos a barrer nuestras calles, a despejar vías, a cortar ramas, a cocinar para nuestros vecinos. Hoy somos un pueblo solidario, aportando nuestro hombro para juntos salir de la tragedia. El olor a barro y selva mojada persiste, ese mismo olor que llegaba a mi casa en Los Frailes de Catia durante el deslave de La Guaira, un olor conocido, el olor que anuncia que la muerte anda suelta en la forma del agua.